Serie Siempre: Colección completa 39. Óscar
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39. Óscar

Óscar

Arrastro a Maite hasta el coche y la meto en el asiento del copiloto.

No reacciona a nada de lo que le digo, aunque no me extraña.

Sé que ha conseguido tranquilizarse cuando Cristo le ha dicho que todo estaba bien, pero el hecho de que le dé igual la ropa…

Algo muy malo está pasando, sin embargo, me ha asegurado que no nada más descolgar. Solo espero que no nos haya mentido.

Llego al hospital en un tiempo récord. Ni siquiera he sido consciente de correr, pero imagino que sí lo he hecho porque he tardado la mitad de lo que debería. Al salir del coche, Alberto nos está esperando con una sonrisa y nos pide calma con las manos.

—Está bien. —Es lo primero que dice y creo que los dos medio respiramos—. Le han hecho un lavado de estómago. Lo habían drogado.

—¿Qué? —Maite ni siquiera es capaz de emitir una palabra, así que la abrazo por detrás por si tienen que atenderla a ella también.

—Cristo ha sido el que ha controlado la situación, deberíais hablar con él. Está dentro con la Guardia Civil. Maite, ¿estás bien?

—Solo quiero entrar y ver a César, saber que está bien y qué ha pasado —balbucea, diría que ni siquiera es consciente de que está hablando.

—Vamos. —Alberto asiente y nos sigue.

Dentro veo a Cristo despedirse de una pareja de guardias civiles y se acerca a nosotros.

Me fijo en los pantalones de traje negro que lleva y están llenos de vómito, imagino que de César.

Alberto ha dicho que lo habían drogado, pero ¿quién?

¿Por qué? ¿Es por eso por lo que Cristo lo ha perdonado?

Tiene que haber algo más, ¿no? O igual se ha asustado por verle en esa tesitura y ha pensado que todo lo demás no importa. ¿Tan mal estaba César?

—Hola, guapa. —Cristo se pone delante de Maite y ladea la cabeza al observarla—. Está en shock .

—Lleva ida desde que has llamado. En realidad, desde que has dicho que te daba igual qué pantalones te trajera. —Chasquea la lengua—. Nos hemos asustado.

—Lo siento.

—Llévame con César, quiero verle.

—Claro, preciosa. —Cristo sonríe a Maite y le coge la mano—. Voy a llevarla con él, ahora vuelvo. Alberto, puedes irte si quieres.

—No te preocupes, espero a que vuelvas. —Veo como se abraza a sí mismo y se va hacia la zona de espera, así que lo sigo cuando Cristo y Maite se pierden en un pasillo.

—¿Estás bien? —le pregunto cuando nos sentamos y asiente, aunque su cara blanca indica otra cosa.

—Este lugar me trae demasiados malos recuerdos —reconoce, pero no añade nada más. Tampoco pregunto, no a todo el mundo le gustan los hospitales.

Cristo aparece al poco y le doy la bolsa con la ropa que le he traído.

Me sonríe y se dirige al baño que hay en un lateral.

Al poco sale cambiado por completo y con el pelo mojado; he pensado que era mejor si se podía cambiar entero, así que he añadido una camiseta y una sudadera junto a los vaqueros, los calcetines y los tenis que había pedido.

Le he visto salir de casa y he pensado que estaría incómodo con la camisa que llevaba.

—Gracias —dice sentándose a mi lado y apoya los codos en las rodillas—. Alberto, vete ya. Estoy bien y César también.

—Si necesitas algo, me llamas, ¿vale? Sea la hora que sea.

He avisado a Adri para que supiera por qué nos habíamos ido.

—Alberto le da un apretón en el hombro, pero al ver que no reacciona, le pone las dos manos y lo alza para encararlo—.

No fue culpa tuya, no voy a dejar que te fustigues por ello, ¿de acuerdo?

—Cristo asiente—. Mañana te llamo. Y Óscar, si ves que tal, le pegas un par de hostias para que espabile.

Cristo se ríe y Alberto se va tranquilo.

Sin embargo, en cuanto lo perdemos de vista, mi compañero de piso deja caer la máscara que se había puesto y las lágrimas empiezan a caer por sus mejillas.

Hunde la cara en sus manos y empieza a sollozar sin control, así que lo abrazo por la espalda y lo arrastro hasta mí.

Me deja que lo consuele el rato que pasa soltando todo lo que llevaba dentro, hasta que se tranquiliza y se apoya en la pared con los ojos cerrados.

—Podría haberlo evitado —empieza a murmurar—.

Podría haberle evitado a Maite que pasase por todo eso.

A todo el mundo. Solo tenía que haber sido más observador.

Haber sido más rápido y salir detrás de él.

Podría haberlo evitado y no lo hice. Llevo casi un año odiando a César sin motivo y ahora me doy cuenta de que en realidad a quien odio es a mí.

Tendría que haberlo sabido, tendría que haber escuchado a mi instinto que me gritaba que era imposible.

¡Y tanto que lo era! ¡Qué gilipollas fui!

—¿Es ahora cuando tengo que darte las dos hostias? —bromeo y parece que se relaja cuando un intento de sonrisa se forma en su boca—. Sea lo que sea, no importa. A tiro pasado siempre es más fácil tomar decisiones.

—Me cabreé tanto que me cegué. Yo, que siempre alardeo de lo bien que controlo mis emociones, me dejé llevar por la ira y, en lugar de buscar un porqué más allá de lo que cualquier otra persona diría que es evidente, me centré en el qué.

Joder, tendría que devolver el título de psicólogo. Vaya amigo de mierda que soy.

—Al final va a ser verdad que te mereces dos hostias. —Una sonrisa incrédula se forma en su boca mientras niega.

—Me merezco muchas más. Estoy seguro de que Maite saldrá de ahí y me las dará.

Como si la hubiera invocado, mi hermana sale abrazada a César por el mismo pasillo por el que se había perdido antes.

Los dos tienen una cara de felicidad difícil de disimular, aunque a mi cuñado parece que le haya pasado un tractor por encima.

Y, contra todo lo que ha dicho Cristo antes, mi hermana se le lanza encima y lo abraza como si no hubiera un mañana mientras repite «Gracias» tantas veces que pierdo la cuenta.

—No las merezco, tendría que haberlo intuido el año pasado.

—Eso ya no importa —le resta importancia Maite—. Lo importante es lo que has hecho hoy. Así que, gracias. César tiene algo que decirte.

—Me gustaría que fueras mi testigo en nuestra boda. Te quiero arriba en el altar junto a mí, es gracias a ti que podemos celebrarla sin reservas.

—¿Os casáis? —pregunto sorprendido.

No entiendo nada. Por otro lado, es normal si Cristo no me ha explicado qué ha pasado, ni yo se lo he pedido. Me he centrado en que estuviera bien, así que el resto ya vendrá. Pero todo esto no puede ser solo porque lo hayan drogado, tiene que haber algo más.

—¡Sí! —grita Maite con una sonrisa radiante—. En cuanto podamos. No voy a retrasarlo más.

—¡Felicidades! —Me levanto para abrazarla y veo como Cristo hace lo mismo con César. Su abrazo se demora más de lo normal y veo como mi cuñado le susurra cosas al oído, pero es imposible saber la reacción de Cristo ahora que ha vuelto a alzar su habitual máscara—. Os acerco a casa.

—Llevaros mi coche —dice Cristo poniendo las llaves de su Audi en las manos de Maite y los tres lo miramos alucinados. No deja el coche a nadie. Nunca. De hecho, en la comida del otro día Feli dijo que ni siquiera a ella se lo había dejado. Pone una sonrisa de medio lado—. Si lo rallas, lo pagas.

—Si lo rallo, te jodes —contesta mi hermana riendo—. Pero manda huevos que la primera vez que se lo dejes a alguien sea a mí, que odio conducir.

—Eres la persona perfecta precisamente por eso. Sé que me lo vas a devolver.

Nos dirigimos al aparcamiento y Cristo se monta en mi coche una vez Maite y César se han ido, aunque más que sentarse, se deja caer.

—No quería volver solo —confiesa cuando arranco y asiento.

El resto del viaje lo hacemos en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos y, al llegar a casa, Cristo se sienta en el sofá con los ojos cerrados.

—Vete a dormir, anda, que son las seis de la mañana —le pido.

—No creo que sea capaz, la verdad.

—Al menos te tumbas y descansas.

—Da igual, me pondré una serie o algo.

—Deja de decir tonterías. —Lo cojo del brazo y tiro de él, sin éxito—. Ve a ponerte el pijama, hoy duermes conmigo.

—Óscar, no…

—No te he preguntado. Lo vas a hacer quieras o no. Espabila.

Cede a regañadientes, pero lo hace. Lo espero en la puerta de su habitación para que no se eche atrás y, cuando sale vestido con un pantalón corto y una camiseta, le cojo la mano para dirigirlo a mi cama.

Nada más llegar, se tumba pegado a la pared y sonrío mientras me pongo el pijama, se ha acordado del sitio donde me gusta dormir.

Me tumbo a su lado y nos quedamos bocarriba mirando el techo un tiempo infinito.

Entrelazo mis dedos con los suyos y aprieto, para que sepa que estoy aquí, pero no le fuerzo a hablar ni le pregunto, hoy respeto que necesite su tiempo, mañana será otro día.

Cuando estoy a punto de quedarme dormido, habla:

—Carmen Mari ha drogado a César e intentaba irse con él.

Quería que la dejase embarazada para que le dieran una parte de la empresa.

Eso fue lo mismo que pasó en junio, solo que ese día no me acerqué a ver qué pasaba, solo los vi irse y llamé a Maite cuando al salir no los encontré.

Si me hubiera acercado, si hubiera hecho caso de mi instinto que me decía que César no es así…

ahora estarían casados y tu hermana no hubiera sufrido.

He odiado a César todo este tiempo, pero la culpa es mía por no actuar, por no ver más allá.

Proceso todo lo que me cuenta y me cuesta horrores no ponerme a gritar. Respiro hondo un par de veces antes de contestarle:

—La culpa solo la tiene la tarada de Carmen Mari, eso para empezar.

No puedes culparte por lo que pasó, porque dio la casualidad de que los viste, pero podría no haber pasado.

Si no hubieras llamado a mi hermana ese día, ella hubiera seguido de fiesta y a saber qué se hubiera encontrado al llegar.

Es posible que Carmen Mari hubiera conseguido su objetivo y se hubiera ido o no.

Eso nunca lo sabremos. Lo importante es que aquel día evitaste un daño mucho mayor y hoy también.

Y has ayudado a que vuelvan a ser felices el uno con el otro.

—La teoría me la sé, pero no puedo evitar sentirme como una mierda. César me ha dado las gracias y me ha dicho que entiende que no lo perdonase en su momento aunque le doliera. Y, sobre todo, que haya sido capaz de ver más allá hoy y lo haya ayudado. He sido un amigo de mierda todos estos meses.

—Para ser justos, tú siempre has sido amigo de mi hermana, así que es normal que te quedases en su bando.

—Vosotros no lo hicisteis —me reprocha y suspiro.

—Nosotros decidimos no darle la paliza que se merecía, pero no porque no estuviéramos en el bando de Maite, sino porque vimos lo hecho polvo que estaba y, la verdad, no merece la pena zarandear a alguien que quiere que lo hagas.

Pero no te equivoques, yo siempre he estado a muerte con mi hermana y si hubiera estado en tu lugar, hubiera actuado igual o peor que tú.

Ninguno de los tres hemos perdonado a César, lo que pasa es que vimos a Maite bien y pensamos que era mejor darle un voto de confianza y no echarle más mierda encima.

—¿Crees que hice eso?

—No, creo que Maite necesitaba gente a su lado que la apoyara y gente que no, para seguir teniendo un pie en la tierra. Nosotros siempre intentamos respetar las decisiones, así que eso hicimos, darle lo que ella necesitaba, que era tranquilidad por nuestra parte. A ti te tocó ser el malo esta vez.

—Vaya, gracias.

—Creo que hubieras actuado diferente hoy de haber sido del otro grupo. Puede que incluso hubieras dejado que se fuera con ella. Así que todo lo que has hecho, bien hecho está.

—Es posible que hubiera actuado de otra manera, es verdad. Las emociones hubieran sido otras.

—Entonces, deja de castigarte. César y Maite no te guardan rencor porque saben que no es culpa tuya. Cualquier persona sabe que no es culpa tuya. Yo sé que no es culpa tuya. Ahora solo tienes que creértelo. —Giro la cabeza para mirarlo y él hace lo mismo.

—Gracias.

—No tienes por qué darlas.

—Pero quiero hacerlo. Gracias por no dejarme solo, gracias por darme tiempo para hablar y gracias por escucharme.

—Siempre que lo necesites.

—Gracias —susurra y me da la impresión de que cada vez estamos más cerca.

Nuestros alientos se entremezclan y nuestras miradas conectan. No sé quién de los dos da el paso primero, pero cuando me quiero dar cuenta, nos estamos besando. Es un beso lento, pausado, distinto a cualquiera que nos hayamos dado antes. Está cargado de sentimientos, de pertenencia, de compresión.

Poco a poco la ropa se va perdiendo con la misma cadencia pausada con la que nos estamos besando.

Gemimos, nos acariciamos y hacemos el amor por primera vez, porque esto no tiene nada que ver con cualquier otro encuentro que hayamos compartido, va mucho más allá.

Nos dejamos llevar y nuestros cuerpos reaccionan el uno al otro como la misma parte de un todo.

Cuando acabamos, nos quedamos dormidos abrazados.

Sin embargo, justo antes de ese momento me doy cuenta de que nuestra relación nunca volverá a ser igual. Y no sé si será en la dirección correcta.