Serie Siempre: Colección completa 38. Maite
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38. Maite

Maite

Pauso la película que estoy viendo con Óscar en su casa porque me da la impresión de que estoy escuchando algo, aunque no sé muy bien el qué. Me levanto y doy una vuelta sobre mí misma a ver si localizo de dónde puede venir.

—¿Qué pasa?

—Estoy escuchando algo, creo. —En ese momento, el sonido cesa y sacudo la cabeza. Me lo habré inventado—. No será…

El móvil de Óscar empieza a sonar y me mira extrañado.

Al girarlo y ver el nombre de Cristo me asusto.

Él fue quien me llamó la otra vez y me dijo que fuera a casa.

No, no, no puede ser. Otra vez no. César no ha podido hacerme esto de nuevo.

No puedo con esto. No quiero saber lo que tenga que decirnos Cristo.

Me niego. No podré superarlo. No podré perdonarme haber sido tan ingenua.

Me quedo paralizada mirando el móvil durante lo que parecen horas y no soy la única, Cristo vuelve a llamar en cuanto la llamada se corta y Óscar reacciona.

Veo como descuelga, aunque no pone el manos libres hasta dos frases después.

— Maite, todo está bien —suelta Cristo a modo saludo—. Bueno, César no se encuentra bien, pero no ha pasado nada de lo que te estás imaginando.

—¿De verdad? —murmuro, porque el corazón me va a mil por hora. Óscar me arrastra hasta el sofá para que me siente.

— Te lo juro. Estoy llevando a César a Urgencias porque debería verlo un médico. No se encuentra bien. Creo que le gustará que estés ahí con él, por eso te llamo.

—Sí, claro. Voy ahora mismo —digo levantándome—. ¿Qué le ha pasado?

— Mejor te lo explico cuando llegues, ¿vale? —La voz calmada de Cristo me ayuda a relajarme, siempre lo hace—. Óscar, ¿podrías traerme unos pantalones y unos tenis, por favor? Y unos calcetines también.

—Claro. ¿Algunos en concreto?

— Da igual, los que sean estarán bien. —Eso nos pone en alerta. Cristo es demasiado vanidoso para que le dé igual la ropa—. Y Maite, que sepas que acabo de perdonarle todo a César. Todo.

¿Qué cojones ha pasado esta noche? ¿Qué voy a encontrarme cuando llegue al hospital?

Óscar debe de leerme la mente, porque noto como me arrastra hacia la calle.

En algún momento, siento mi bolso en el regazo y es cuando me percato de que estoy en el coche.

¿Cuándo me he sentado? Ni idea. Un segundo después estoy fuera y Alberto está con nosotros.

Habla, dice cosas, pero no entiendo ni una sola palabra, solo quiero entrar y ver a César, saber que está bien y qué ha pasado.

Vuelvo a ser arrastrada hasta dentro, veo la cara de Cristo delante de la mía, dice algo, pero no le oigo.

Quiero pedirle que me lleve con César, que quiero verle, pero no me salen las palabras.

Aun así, sonríe. Sonríe y coge mi mano para llevarme por un pasillo lleno de puertas, hasta que se para delante de una y la abre.

Ahí está César, con cara de que algo le duele, pero está bien, entero.

Se incorpora en cuanto me ve, corro a sus brazos y lloro.

Lloro porque este tiempo desde que me ha llamado Cristo se me ha hecho eterno, por mucho que haya dicho que estaba bien.

Y lloro por pensar que había vuelto a traicionarme, por pensar lo peor de él cuando no había motivos.

Ojalá pudiera librarme de esos demonios.

—Estoy bien —dice y, por la forma en la que lo hace, me da la impresión de que no es la primera vez. La voz le suena rasposa.

—¿De verdad?

—Avergonzado, no te lo voy a negar, pero estoy bien —susurra, aunque en realidad es como si estuviera afónico.

—¿Avergonzado? —pregunto confundida.

—Cristo y Alberto me han entrado en brazos. Que no se entere Juanma o me lo recordará toda la vida.

—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué hablas así?

—Ha pasado algo muy malo que nos va a traer algo muy bueno. —Posa sus dedos en mi boca para que no le interrumpa y continúa—: Hablo así porque me duele un poco la garganta después del lavado de estómago que me han hecho. Y el motivo por el que me lo han hecho es porque me han drogado, Maite.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Quién?

—Pues por lo que me ha contado Cristo, porque querían un hijo mío.

Me sentiría halagado si no supiera el motivo real.

—Se ríe y yo cada vez entiendo menos—. Ha sido Carmen Mari.

Y, antes de que te pongas a maldecir a toda su familia, voy a explicarte algo más: la peor noche de nuestras vidas también me drogó, con el mismo propósito.

—¿Que qué? O sea, ¿que te drogó para quedarse embarazada de ti? ¿Qué? No entiendo nada.

—Si no fuera porque Cristo la ha grabado mientras se lo explicaba, pensaría que me estaba tomando el pelo.

Es tan rocambolesco que parece un chiste mal contado.

Cree que tiene derecho, por gracia divina, a una parte de la empresa de mi padre.

Como mi padre no quería dársela, pensó que si le daba un hijo lo haría.

Por eso se acostó con mi padre, pero él tiene hecha la vasectomía, así que tuvo que buscar un plan b.

—¿Drogarte y violarte? ¿En serio? Mira que no tenía a Carmen Mari por alguien muy inteligente, pero esto se escapa de todo entendimiento.

—Lo sé, yo también he alucinado. Cristo la ha obligado a renunciar y ha hablado con mi padre, se ve que lleva un cabreo bastante grande.

—¿Has hablado con él? Está en Málaga con tu hermana, ¿no?

—Le he mandado un mensaje. Mañana cuando vuelva hablaré con él.

—Yo os puedo echar una mano mientras buscáis a alguien.

—Eso sería perfecto, gracias —dice besando mi cabeza—. Esa noche no me fui con ella por voluntad propia, me fui porque me engañó. Se hizo pasar por ti. Hoy ha hecho lo mismo.

—¡Puta pirada! —grito y tengo que recordar que estoy en un hospital para no ponerme a patear todo lo que tengo alrededor.

—El hospital ha llamado a la Guardia Civil. Cristo se ha encargado de todo, tendré que ir a comisaría a poner una denuncia. Hablaré con mi hermana.

—Estoy flipando mucho, César.

—Lo sé, yo también. Pero todo eso me da igual, ¿sabes por qué?

—No.

—Porque significa que lo que hice no fue real, que yo pensaba que estaba contigo en todo momento.

—«No son cuernos porque pensaba en ti todo el rato». Como argumento deja mucho que desear —me burlo—. Aunque es bonito.

—No había sido capaz de perdonarme por lo que te hice, Maite. Y no sabía si algún día lo sería. Ahora lo que no me perdono es haber sido tan pardillo, pero estoy seguro de que con el tiempo lo superaré.

—No es culpa tuya que te drogaran, César.

—Lo sé, pero a partir de ahora iré con petaca cuando salga —bromea y le sonrío—. ¿Sabes qué más significa?

—¿Que me quieres?

—Eso siempre, no lo dudes ni un solo momento.

—Nunca.

—Significa que soy capaz de perdonarme y dejar de ver tu cara de dolor ese día.

Significa que no volverá a pasar, aunque beba, porque mi subconsciente siempre regresará junto a ti.

Significa algo que ya sabía: que no hay otra mujer en mi vida que no seas tú, Maite.

Significa que te quiero y que ya no hay barreras entre nosotros, ni grandes ni pequeñas.

Significa que puedo volver a pedirte algo que no sabía si sería capaz.

—¿El que? —le pregunto cuando se queda callado y me limpia las lágrimas que no paran de caer por mis mejillas.

—Maite, ¿quieres casarte conmigo y convertirme en el hombre más feliz del mundo a tu lado?

—Sí, quiero.

Me lanzo de nuevo a sus brazos y lloro, aunque esta vez por un motivo totalmente distinto a cuando he llegado. César no me traicionó, no me engañó y sé, sin lugar a dudas, que jamás lo hará.