Serie Siempre: Colección completa 37. Cristo
50%

37. Cristo

Cristo

¿Sigue siendo una despedida si el novio se ha tenido que ir a cuidar a la futura novia?

Vaya mierda de embarazo está teniendo Alba.

Siempre han dicho que les gustaría tener varios hijos, pero, visto lo visto, creo que se van a plantar en el primero y nadie la culparía.

Aun así, aquí seguimos todos de fiesta, aunque el homenajeado ya hace horas que ha desaparecido.

Me he tenido que venir a la barra y disimular que tenía calor, que lo tengo, para que dejasen de buscarme una pareja, chica, claro, ya que «eres el único soltero del equipo».

Hoy han decidido ignorar todos mis intentos evasivos para justificar que no tenía pareja y se han puesto de acuerdo para presentarme a todas las solteras del lugar.

Y hubiera estado genial si no me hubieran obligado a bailar con la mayoría de ellas.

Que no tengo problema, me encanta bailar, pero no quiero hacerlo si la persona con la que lo hago cree que es para otra cosa. Odio que me soben.

Decido observar todo a mi alrededor mientras apuro mi refresco.

Con todos los secretos que guardo prefiero no beber alcohol, y mucho menos si estoy rodeado de gente que me conoce.

No es una cuestión de principios, es de control.

Si estoy sobrio controlo lo que digo y lo que hago, si no…

Bueno, mis compañeros de la universidad tienen muchas anécdotas memorables.

Suspiro, los echo de menos. Allí era libre.

Debería empezar a plantearme qué hacer con mi vida de una vez, ahora que todas las excusas se han esfumado una a una: Feli ya está recuperada y tiene su vida junto a su pareja; yo estoy fuera de casa y, por tanto, les debo entre cero y nada; y mis sobrinos son los suficiente mayores como para seguir en contacto si quieren.

Lo malo es que me gusta mi trabajo en la empresa, aunque todavía me debato entre «gusto» y «síndrome de Estocolmo».

Me decanté por ver lo bueno cuando decidí volver y quizá puse demasiado esfuerzo en ello, porque ya no veo todo lo que me desagradaba.

Claro que las faenas que no me gustan las hace Feli, pero es que a ella le encanta y en mí delega todas las que tienen que ver con el personal, que es lo que realmente me apasiona hacer.

Hacemos un buen equipo, una pena que nuestro padre no lo vea.

En uno de los barridos del local, localizo a César, que por cómo se tambalea tiene pinta de que va muy borracho.

Creía que no bebía, supongo que hoy se lo ha saltado porque es un día de celebración.

O no; puede que necesite olvidar que otros se casan y que él la cagó a un mes de hacerlo.

Me fijo más en él y el cabreo me invade cuando veo quién está a su lado: Carmen Mari.

No puede ser. ¿En serio lo va a volver a hacer?

Esta vez no pienso permitirlo, por encima de mi cadáver va a romperle el corazón de nuevo a Maite.

Aunque da igual que no lo lleve a cabo, si tan solo ha tenido una pequeña intención de irse con ella, es hombre muerto.

Voy hacia ellos empujando a todas las personas que se ponen en mi camino y cojo a César del brazo, arrancándolo de los brazos de la puta de la secretaria de su padre.

—¿Se puede saber qué coño haces? —siseo a su oído.

—¿Cristo? ¿Eres tú? —Su duda me confunde y lo coloco frente a mí—. Dime que eres tú, por favor.

—Claro que soy yo, gilipollas —espeto cabreado—. ¿Se puede saber cuánto has bebido?

—¿Ella es Maite? Dice que es Maite, pero no es ella. Ella no está aquí, está en casa de Óscar. Ella no está aquí, no es ella. —Lo repite como si fuera un mantra y eso me pone en alerta.

—No, no es Maite —le confirmo con un tono de voz mucho más suave del que he usado antes—. ¿Estás bien?

—No me dejes irme con ella. No quiero irme con ella. Ella no es Maite. No quiero. No quiero, Cristo. Ayúdame.

Me quedo de piedra al ver que está llorando mientras me suplica, así que lo saco fuera para que le dé el aire. ¿Qué coño le pasa? Lo apoyo en un coche aparcado e intento hablar con él:

—César, ¿qué has bebido?

—Dos refrescos de limón. No, tres, Adri me ha traído uno al principio —balbucea—. No bebo alcohol, eso le hace daño a Maite y yo no quiero hacerle daño.

—Mierda… —Saco el móvil del bolsillo y le enfoco la linterna directamente a los ojos. Cero reacción, tiene las pupilas tan grandes que apenas se ve el verde. Va drogado—. César, ¿has tomado algo para que la noche fuera más divertida?

—¿Qué?

—César, ¿te has drogado?

—¡No! —grita e intenta empujarme, pero está demasiado ido para hacerme nada—. ¿Cómo puedes pensar eso? ¡Joder, Cristo! ¿Qué coño te pasa conmigo? ¡Me conoces! ¡Sabes que nunca lo haría!

—César, quiero que te centres en mi voz, ¿vale? —Asiente e intenta enfocar la vista en mí, pero le es imposible—. Te han drogado, por eso te encuentras así de mal.

—No me encuentro mal —me contradice y parece que esté divagando—. Estoy en una nube y floto. Como Goku, pero voy más lento y todo da vueltas. Mi boca sabe a limón. Me encuentro igual que en la fiesta de final de temporada. Ese día no debí beber. Soy un…

—¿Qué has dicho?

—Que ese día no debí beber. Tiré toda mi vida por la borda por gilipollas.

—Digo antes de eso.

—Que me encuentro igual que ese día —espeta, pero no es consciente de lo que está diciendo—.

También estaba en una nube, nunca debí subirme a ella.

¿Sabes? Entiendo que no me perdones, yo tampoco lo he hecho.

Ni siquiera entiendo que ella lo haya hecho.

La quiero, ¿sabes? Más que nada en el mundo, pero cuando la miro, solo veo su cara de dolor.

No sé si podré verla de alguna otra manera alguna vez…

La primera conversación a solas que tengo con él desde que se fue con Carmen Mari aquel fatídico día y tiene que estar drogado.

Debe de ser una broma. Al menos es sincero, eso se lo reconozco.

¿Debería llevarlo al hospital? ¿A casa? No tengo ni idea de lo que hay que hacer en estos casos.

Debería verle un médico o algo, ¿no? Saco el móvil para buscar qué hacer, pero un coche se para al lado nuestro y me centro en Carmen Mari, que sale de él como si le fuera la vida en ello.

—Vámonos, César. Te estaba buscando —suelta con voz melosa y lo agarra del brazo, interrumpiendo la conversación con él mismo que estaba teniendo aquí el amigo, provocando que se caiga al suelo—. Venga, vámonos.

—¡César no va a ir a ningún sitio! —siseo cabreado levantándolo con un brazo—. Y tú te vas a quedar aquí hasta que llegue la policía. Acabo de llamarla.

—¿Yo? —El chillido agudo que emite me confirma mis sospechas. Ella lo ha drogado y lo drogó hace unos meses—. Y ¿por qué debería quedarme?

—Para que le digas la droga que le has metido en la bebida a César y te interroguen por agresión sexual —la acuso y se queda blanca.

—Yo, yo, yo… —Será zorra, ni siquiera tiene la decencia de negarlo—. ¡Tú no lo entiendes!

—Pues explícamelo. Igual, si me convences, te dejo que te lo lleves —miento y, por el brillo que veo en sus ojos, se lo ha creído. Idiota.

Hago como si me guardase el móvil en el bolsillo, pero activo la grabadora sin que pueda verme y me cruzo de brazos a escucharla.

Voy vigilando a César de reojo, no quiero que le pase nada; sin embargo, creo que tanto él, como Maite, como la policía necesitan escuchar esto.

Por suerte, mi amigo está superinteresado en la forma de sus dedos.

Si la situación no fuera la que es, hasta me reiría.

—Llevo años trabajando para ellos y sigo siendo secretaria. —Contengo las ganas de rodar los ojos y la miro esperando algo más—. Me merezco una parte de la empresa al menos, pero no quieren dármela.

—¿Y crees que este es el camino? —pregunto incrédulo señalando a César, que ahora está fascinado con los colores de su camisa. No parecía tan ingenua.

—¡Claro que no! Él iba a dejarme embarazada y a mi hijo sí le darían lo que me corresponde.

Lo intenté con su padre, pero el muy idiota tenía la vasectomía hecha.

Estuve a punto de conseguirlo la otra vez, pero la puta de su novia tuvo que aparecer.

—Me cuesta horrores no matarla en estos momentos.

Se cree absolutamente todas las palabras que dice, ¡es alucinante!

—¿Tú te estás escuchando? Has drogado a un hombre e ibas a violarlo porque crees que tienes derecho a algo en una empresa que no es tuya.

—¡Esa empresa se iría a pique sin mí!

—Te pagan por hacer ese trabajo. Y muy bien por lo que tengo entendido.

—Y ¿qué? ¡Quiero más! —escupe enfadada—. ¡Me lo merezco!

—Por supuesto —le concedo, aunque es mentira.

Si ha sido capaz de hacer lo que ha hecho por lo que cree que merece, a saber lo que hará cuando le diga que se largue de aquí. Como por gracia divina, Alberto aparece en ese momento en la puerta del local y, al vernos, se acerca a nosotros.

—¿Estáis bien? —pregunta confuso.

—¿Puedes quedarte un momento con César, por favor?

Asiente y su rostro se endurece cuando ve el estado en el que está.

Va a hablar, pero niego para que no la líe.

Me acerco a Carmen Mari con una sonrisa pacificadora, quiero que confíe en mí.

La cojo por el codo y la acerco a su coche mientras me mira esperanzada.

Bajo hasta su oído para que nadie nos oiga:

—He grabado todo lo que has dicho y pienso llevarlo a la policía. —Todo el color de su rostro se esfuma y empieza a temblar—. Pero al primero que pienso enviárselo es al padre de César y, después, al tuyo. Estoy seguro de que les encantará saber lo que has estado haciendo.

—No, por favor, haré lo que sea —suplica llorando y suspiro, fingiendo que cedo.

—Vas a presentar tu renuncia en la empresa de forma inmediata —le exijo y asiente—. Eso es lo primero que vas a hacer al llegar a casa y lo siguiente es la maleta.

—¿Qué?

—Te vas a ir a vivir con tu madre a Almería. Aquí nadie te va a contratar, pienso asegurarme de ello.

—¡Pero mi vida está aquí!

—Almería o la cárcel, tú eliges.

—¿Prometes que no lo enviarás a la policía? —Asiento y suspira aliviada—. No volveréis a verme, lo juro.

—Carmen Mari —la llamo cuando se sube al coche—, ya sabes quién es mi padre. Si vuelves, lo sabré.

—No volveré. —Acelera y sale del aparcamiento como si le fuera la vida en ello. En realidad, es así.

Me giro para ver a Alberto, que está dándole unas palmadas en la cara a César y corro para volver a su lado.

Justo al llegar parece que medio despierta, pero no me da tiempo a apartarme cuando vomita todo lo que ha cenado en mis pantalones y zapatos.

Cierro los ojos un segundo y respiro. Solo es ropa.

Alberto lo aguanta por la frente y yo le froto la espalda mientras el pobre César saca hasta la primera papilla.

—¿Me explicas ya qué ha pasado o qué le pasa al menos? —me pide Alberto preocupado.

—Lo ha drogado.

—¿Carmen Mari? —Asiento y suspiro. Antes de que pueda decir nada más, veo como hace la conexión mental él solo—. No me jodas.

—Sí jodo, sí. Quería que la dejase embarazada para tener un trozo de la empresa.

—¿Qué dices? Puta pirada… —Niega con la cabeza y mira a César con pena—. Bueno, al menos ahora sabe lo que pasó.

Cierto, ahora sabemos lo que pasó.