Serie Siempre: Colección completa 36. Óscar
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36. Óscar

Óscar

Observo a Cristo poner la mesa y no puedo evitar verlo de una forma diferente a como lo veía ayer.

Y no tiene nada que ver con que esté haciendo formas con las servilletas, ni que haya puesto cubiertos distintos para el aperitivo y el plato principal, no.

Tiene que ver con lo que me ha confesado antes.

Creo que no se ha dado cuenta de que, mientras me explicaba por qué volvió cuando acabó la universidad, me ha dejado ver mucho más allá que el motivo de ello.

Me ha explicado su trabajo ideal, gestionando personas, haciendo su vida más fácil y cómoda en el entorno laboral y, la parte más triste, me ha dado pinceladas de cómo fue su infancia.

Conozco a su familia, todo el mundo en Baza sabe quiénes son, intuía que sus hermanas y él no se habían criado en un entorno familiar similar al mío, pero no imaginaba que sería tan malo.

Causarle a tu hijo pequeño tanta ansiedad hasta el punto de que le provoque pesadillas porque no quiere dirigir la empresa es algo que no soy capaz de entender.

Fer se planteó ir a la universidad y nuestro padre no solo no le dijo una sola mala palabra, sino que le animó a hacerlo.

Al final desechó la idea, pero pudo tomar la decisión libremente. Los cuatro pudimos.

Ahora que me ha dado carta blanca para preguntarle todo lo que quiera, me gustaría que me contara cómo consiguió estudiar Psicología y por qué.

Aunque no sé si es prudente. El corazón me dio un vuelco cuando me dijo que me explicaría todo lo que quisiera.

Sé que esa premisa no se extiende a todo el que pregunte y esa confianza en mí me ha gustado mucho, quizá más de lo que debería.

Es posible que no necesite acostarme con él para tener sentimientos más fuertes.

¡Joder! Si hasta el mes pasado eché a un polvo asegurado de casa porque sentí que no era lo correcto.

Fue verle allí, con todo preparado para cenar juntos, y pensar que no querría estar en otro lugar que a su lado.

De hecho, he sido incapaz de acostarme con alguien desde noviembre, es decir, desde que empezamos a acostarnos de nuevo. Estoy jodido, muy jodido.

Intento centrarme en otra cosa y lo encuentro en cuanto me pongo a contar los platos dispuestos en la mesa.

—Has puesto un plato de más, somos trece, no catorce.

—No, somos catorce, lo he contado bien. ¿Te has contado a ti mismo?

—Claro. —Alzo la mano y empiezo a repasar—. Nosotros dos, mis hermanos son cinco, mi madre y Paco otros dos. Eso hacen nueve. Lucía, Adri, Feli y Alberto, cuatro, que suman trece. Has puesto catorce.

—Tu prima Aitana también viene.

—¿Mi prima?

—¿No la has invitado tú? Yo me enteré de casualidad porque me lo dijo Feli anoche.

—Yo no le he dicho nada.

—Pues se ha acoplado. —Se ríe—. No pasa nada, donde comen trece comen catorce.

—¡Qué morro tiene! —Justo en ese momento, llaman al timbre—. Voy a abrir.

Son mis hermanos con sus parejas y mi madre con Paco.

Suben de dos en dos, que es la máxima capacidad del miniascensor del edificio.

Espero en la puerta a que suban y le estrecho la mano a Paco, ya que mi madre decide saludar a Cristo antes que a mí, aunque si lo pienso bien, no debería extrañarme. Siempre ha sido su niño bonito.

—¡Qué guapo estás! ¡Qué bien te sienta haber salido de esa casa! He traído un bizcocho para todos y este es para ti, para mañana para desayunar. —Mi madre le da dos bandejas del mismo tamaño y ruedo los ojos. Para desayunar un mes entero dirá—. Hola, Óscar, cariño. Has engordado.

—Hola, mamá. Yo también me alegro de verte.

—No lo tomes como una queja, estabas muy delgaducho. Se nota que Cristo te cuida bien.

—Igual soy yo quien lo cuida a él —me defiendo y mi madre suelta una carcajada.

—Cariño, tienes muchas cualidades, pero cocinar nunca ha sido una de ellas.

—Las pizzas al horno las clava, mamá —se mofa Juanma entrando en casa y dándole varias bolsas a Cristo—. He traído el vino, cocinero.

—Serás bruto, has comprado una botella para cada uno —se burla Cristo llevándolo a la cocina.

—Se lo he dicho —dice Mar riendo—. Le ha dado igual.

—Mi responsabilidad era traer el vino y yo me tomo mis deberes muy en serio.

—No tendremos que comprar vino en años —me informa Cristo saliendo e indicando a todos que pasen al salón, ya que nos habíamos quedado en el recibidor.

—¿Así que no te mudarás en años? —suelta Juanma mirándome a mí con una mirada que no augura nada bueno.

—¿Quién no va a mudarse? —pregunta Maite entrando por la puerta junto a César—. Si es Fer, no me lo creo, aunque ya he perdido la apuesta.

—Cristo —dice Juanma—. Que no va a mudarse.

—Yo no he dicho eso, lo has deducido tú solo.

—Juanma es muy de deducir —murmuro, pero todos me escuchan igual.

—O de inventar —suelta Fer entrando junto a Aitana.

—Cristo, ¡qué bonita te ha quedado la mesa! —exclama mi madre—. ¿Quieres encargarte de la decoración de mi boda?

—No creo que esté al nivel de un evento tan importante, Juani, pero gracias.

—¡Serás zalamero! —lo acusa Maite riendo.

—¿Mi hermano? Siempre. —Me giro para mirar a Feli que está junto a Alberto quitándose el abrigo en el recibidor—. No os fieis de nada de lo que os diga, seguro que hay algo más escondido.

—Hermanita, te he invitado para que me apoyes, si no lo vas a hacer, puedes irte.

—¿Y perderme tu asado? ¡Ni de coña!

—Yo te defiendo —dice mi madre y Maite niega con la cabeza.

Cuando llegan Adri y Lucía minutos después, ya estamos todos, y Cristo y yo empezamos a repartir las bebidas.

Hemos distribuido la nevera de forma distinta para la ocasión y ahora no hay una zona mía y otra de él, es todo de los dos.

No es la primera vez que me pide poner sus cosas en mi parte, sin embargo, este cambio me ha gustado especialmente.

Así es como teníamos la nevera Juanma y yo, se siente familia.

La comida transcurre entre bromas por los cubiertos dobles, apuestas que quedan en nada, anécdotas que nos hacen reír a carcajadas y alabanzas a Cristo por la comida tan espectacular que ha preparado.

—¿Desde cuándo tenéis lavavajillas? —pregunta mi madre saliendo de la cocina junto a Fer con el postre que ha preparado cada uno.

—El niño pijo, que no quiere fregar platos —se mofa Juanma.

—Entonces, ¿te llamo así cuando uses el de casa? —contraataca Mar y Cristo se atraganta con el agua de la risa.

—Coño, cariño, ¡sígueme el juego!

—Lo siento, pero Cristo cocina muy bien y quiero que nos invite más veces —bromea Mar.

—Tú puedes venir siempre que quieras —la convoca Cristo—. Juanma no.

—La próxima vez que necesites un armario para ayer te lo va a hacer tu padre.

—Hablando de tu padre —interrumpe Maite señalando a Cristo y Feli—. ¿Cómo habéis conseguido libraros de ir hoy a comer?

—Casualmente nos acordamos de que les regalamos un bono regalo para una noche de hotel en Navidad y caducaba este fin de semana —explica Feli mirando a Cristo mientras los dos tienen una sonrisa de medio lado—. Menos mal que nos dio por comprobarlo el sábado por la mañana.

—Y, claro, con tan poca antelación, solo había disponibilidad en el hotel de Cádiz —termina Cristo encogiéndose de hombros—. Imposible comer hoy juntos.

—Joder, dais miedo —admite Aitana aplaudiendo y el resto asentimos con respeto—. ¡Me encanta!

Y así, sin más, pienso que ojalá esta sea la primera comida de muchas que preparemos juntos para nuestra familia. Un pensamiento peligroso que no pienso desechar.