Serie Siempre: Colección completa 35. Cristo
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35. Cristo

Cristo

Respiro hondo cuando cierro la puerta de casa.

Llevo un par de semanas añadiendo kilómetros extras a la ruta que suelo correr los domingos para compensar todas las cenas que le estoy preparando a Óscar.

En realidad, me viene genial cocinar para alguien más, llevaba tanto tiempo sin hacerlo que estoy haciendo un intensivo de recetas para refrescar la memoria. Cómo lo echaba de menos.

—Pensaba que estabas durmiendo. —Oigo que dice Óscar apareciendo por la puerta que da al comedor. Me pega un repaso de abajo arriba y bufa cuando ve mi sonrisa de medio lado que le indica que le he pillado—. La casa ya está limpia.

—Qué eficiencia —admito quitándome los tenis y dejándolos dentro del zapatero. Noto su cara de satisfacción sin ni siquiera mirarlo—. Salgo a correr todos los domingos por la mañana, pero normalmente cuando vuelvo el que está durmiendo eres tú.

—Para un día que no tengo que madrugar, aprovecho.

—Bien hecho. Voy a ducharme.

—¿Vas bien de tiempo? ¿Quieres que vaya preparando algo mientras?

—¿Quieres ayudarme? —Le sonrío, es la primera vez que lo propone, pero la idea me gusta, mucho más de lo que quisiera admitir.

—Es lo mínimo, teniendo en cuenta que es culpa mía que se hayan acoplado a comer.

—No te fustigues, conozco a tus hermanos. Si no hubiera sido hoy, habría sido otro día.

—Eso es verdad. Aun así, me gustaría ayudarte.

—¿Sabes pelar patatas? —Alza una ceja y me encojo de hombros—. ¿Qué? Todo lo que consumes que no he cocinado yo viene listo para calentar, no era una pregunta tan descabellada.

—¿Te estás vengando?

—Puede —admito con una sonrisa de medio lado y se ríe—. En el fregadero hay patatas y zanahorias limpias. Puedes pelarlas mientras me ducho.

—Y ¿después?

—Ya habré vuelto. No te preocupes, que hay mucho por hacer.

Se mete en la cocina y yo voy a la ducha.

Nunca he cocinado para tanta gente, así que espero no quedarme corto.

También quiero preparar un buen aperitivo, de esa forma, si no hay mucho del segundo, no se notará tanto.

Además, estoy seguro de que Juani traerá algo, es incapaz de aparecer con las manos vacías.

Una vez duchado y vestido, entro en la cocina cuando Óscar está terminando de pelar la última patata.

—¿Desde cuándo tenemos estos cuchillos? Casi me quedo sin mano —se queja.

—Ese no es el cuchillo que tienes que coger para pelar patatas. —Niego con la cabeza—. A no ser que quieras quedarte sin mano.

—Es un cuchillo, ¿no?

—¿Usas la misma sierra para cortar un tubo de PVC que para cortar madera?

—No, claro que no.

—Pues lo mismo para los cuchillos. Y no los has fregado porque los limpio nada más usarlos para que no se estropeen.

—¿Desde cuándo los tienes? —se interesa—. Se nota que no son nuevos.

—Me los compré en Granada durante el segundo año de universidad. Hice un curso de corte y me di cuenta de que los que había en el piso eran de juguete.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dice una vez le he enseñado cómo quiero que corte las patatas y me pongo con la cebolla.

—Siempre.

—¿Por qué volviste al terminar la universidad?

—La pregunta del millón —bromeo y me pongo serio—.

No iba a regresar. Me daba igual dónde ir, mientras no fuera Baza.

También es cierto que es más fácil arriesgarse cuando tienes un lugar al que volver.

—Asiente—. Hice muchas entrevistas, para pequeñas empresas, grandes, no importaba siempre que consiguiera un trabajo.

Incluso fui a alguna de las que tienen tantos empleados que son apenas números en un Excel, las cuales odio con todas mis fuerzas.

—Solo querías un trabajo para tener la excusa de no volver —deduce.

—Exacto. La empresa donde había hecho las prácticas me ofreció quedarme y no lo descarté, aunque quería valorar otras opciones.

Su concepto de cuidar a los empleados era ponerles una máquina de café y esconder los conflictos con despidos o cambios de horarios.

El caso es que conseguí una entrevista en una multinacional con sede en Barcelona y les gusté.

Sé que no es oro todo lo que reluce, pero nada más entrar en las oficinas supe que quería trabajar allí.

Jamás había visto un ambiente de trabajo tan bueno.

—¿Conseguiste el trabajo?

—Sí, y no solo eso, la oferta que me hicieron estaba por encima del mercado para alguien sin experiencia. Alegaron que no querían que nadie me «robase».

—Tuvo que ser genial.

—Lo fue. Estaba pletórico, tanto que cuando llamé a Feli para explicárselo ni siquiera me di cuenta de lo callada que estaba.

Acababa de aterrizar e iba a hacer las maletas para mudarme en dos semanas.

Pasaría por casa para despedirme y cogería un avión hacia mi nueva vida, lejos de aquí y de todas las barreras que me habían impuesto.

Feli se quedaría al cargo de la empresa, tal y como siempre había querido, y vendría a visitarme. Era el plan perfecto.

—Acabaste la universidad hace seis años —murmura y lo miro extrañado—. A tu hermana le diagnosticaron cáncer, por eso no te fuiste.

—¿Lo sabías?

—No había hecho la asociación hasta ahora. Aitana nos lo contó el día de Navidad a Adri y a mí, van juntas a pilates.

—Lo sé, lo que no esperaba era que Feli lo contase.

No quería que nadie lo supiera. No quería que la miraran con pena, así que solo se lo comenté a Maite porque necesitaba hablarlo con alguien y mi hermana no era una opción.

Al resto les dije que había vuelto porque quería vivir de mis padres hasta que pudiera vivir de mis hijos.

Una patraña que acalló todas las preguntas de por qué había vuelto y por qué no me mudaba.

—Mi hermana nunca nos lo ha explicado.

—Me alegra saberlo. —Sonrío triste y continúo con mi historia—: Cuando acabé de contarle a Feli todo sobre mi nuevo trabajo, me dijo que se alegraba mucho y que me iba a echar mucho de menos.

Noté que algo pasaba, así que le insistí hasta que me dijo que había ido al médico porque no se encontraba bien y le habían diagnosticado cáncer.

Fue como si me lanzasen al lago más helado del mundo, mi vida se rompió en mil pedazos, y toda la alegría previa se transformó en preocupación.

—No tienes que seguir si no quieres —me interrumpe Óscar limpiando una lágrima que resbala por mi mejilla, pero niego con la cabeza.

—Feli aún vivía con mis padres, estaba ahorrando para comprarse una casa, y no podía imaginarme un escenario peor para pasar su enfermedad.

Llegué al piso y me tumbé en la cama. Estuve así horas.

Pensando, maldiciendo, odiando la mala suerte de mi hermana y buscando una razón para irme a Barcelona y dejarla allí sola.

No la encontré. Feli siempre estuvo ahí para mí: cuando mi padre me exigía que fuera el mejor estudiante o el mejor jugador de balonmano.

Cuando tenía pesadillas porque tenía que dirigir la empresa y no quería, pero me arrastraban a ella.

Cuando sentía que no tenía voz, ella me escuchaba y validaba mis emociones.

Cuando me apoyó frente a mi padre para estudiar Psicología en lugar de Administración y Dirección de Empresas.

No podía dejarla sola. Ella no me pidió que volviera, fui yo quien quiso hacerlo.

Siempre podría buscar trabajo e irme, pero no me hubiera perdonado no estar con ella cuando más me necesitaba.

—¿Te arrepientes?

—No, nunca lo he hecho. He estado con ella, la he acompañado, hemos llorado juntos y he sacado fuerzas cuando ella no podía. Hasta le rapé el pelo y le compré la mejor peluca que encontré. No iba a dejarla sola, el resto podía esperar.

—Siento haber pensado que habías elegido el camino fácil cuando no era así.

—La gente solo ve lo que queremos mostrar, muy pocas personas se toman la molestia de ver más allá.

—Pero yo creía que te conocía. Está claro que estaba equivocado.

—Seguramente seas una de las personas que más me conocen —admito con una sonrisa—. No te fustigues porque no te haya dejado ver mi mierda, me gusta tenerla guardada para que no huela.

—Gracias por contármelo.

—Gracias por preguntar. Puede que no cuente las cosas, pero nunca te voy a negar una respuesta cuando me la pidas.

Y prometo no mentir. —Cojo la bandeja con el asado de cordero que hemos ido preparando mientras le explicaba mi historia y la meto en el horno.

Saco los encurtidos de la nevera y me giro para mirarlo—. ¿Sabes hacer salsa tártara?

—No.

—Pues vas a aprender.

Y así, sin darme cuenta, le he abierto otra puerta a Óscar.

Cada vez está más cerca de derribar todos mis muros, y, aunque sé que no hay nadie mejor para ello, me aterra que lo que descubra no le guste.

Porque Óscar siempre había sido mi lugar seguro, un lugar donde ser cuando la vida me engullía, y sin él, siento que podría perderme.