Serie Siempre: Colección completa 34. Maite
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34. Maite

Maite

—¡Lucía!

Sonrío ante el grito de Juanma cuando se oye la campanilla que indica que alguien ha entrado al local.

Óscar me está ayudando a guardar unos documentos en un cuarto que tenemos al final del almacén, así que desde donde estamos no los vemos.

Hoy he quedado con mi amiga para cenar y ponernos al día, aunque, conociendo a mis hermanos, es probable que se acoplen.

—Hola, princesa —le saluda Fer—. Qué buena cara tienes. Se nota que mi primo te hace feliz.

—Si no lo hace nos lo dices y sacamos la pistola de clavos —bromea Juanma y Óscar y yo nos reímos—. ¿Has venido a invitarnos a cenar?

—¡Ni en broma! Sois muy caros de alimentar.

—Sabes que se van a ir con vosotras de cena, ¿no? —me dice Óscar colocando el último libro de cuentas en su sitio.

—¿Tú no? —pregunto extrañada.

—Depende de lo que Cristo haya preparado de cena —admite y ladeo la cabeza para observarlo. Han llegado a un acuerdo para que la convivencia no sea una pesadilla, pero no esperaba que llegase al punto de no ir a cenar por ello—. Ahora lo llamaré.

—Mirad a quién me he encontrado en la puerta —interrumpe Juanma entrando al cuarto donde estamos con Lucía atrapada debajo de su brazo riendo—. Dice que nos invita a cenar.

—Eso no es verdad. Yo no he dicho eso.

—Minucias —le resta importancia Juanma y me atrapa con el otro brazo—. Venga, vamos, que tengo hambre.

—Ahora voy —comenta Óscar sacando el móvil del bolsillo. Juanma nos arrastra fuera, donde nos espera Fer.

—Y ¿Óscar?

—Ha llamado a Cristo para ver si puede venir o no a cenar —suelto alucinada aún.

—Y ¿eso? —pregunta Lucía.

—Es el pacto de no agresión —se burla Juanma y Lucía lo mira curiosa—. Cristo cocina y Óscar friega los platos. Su compañero de piso ha sabido encontrar el punto débil de nuestro hermano y lo está aprovechando.

—Cristo cocina muy bien —admite Lucía—. Depende de lo que haya cocinado, podríamos ir todos allí.

—¿No sería raro?

—Me parece un planazo. —Juanma y yo hablamos a la vez y Lucía se ríe.

—Me apunto a la cena —interrumpe Óscar entrando con una sonrisa y nos mira a todos extrañado cuando nos lo quedamos mirando—. ¿Qué?

—¿Te han dado permiso? —se mofa Fer.

—Igual le toca dormir en el sofá hoy —continúa con la broma Juanma.

—Yo veo más a Cristo de los que ponen laxante en el café. Yo mañana no tomaría, por si acaso —se une Lucía.

—Idos a la mierda.

—Eres tú el que ha llamado a su compañero de piso para ver si podía venir a cenar —le recuerdo—. Ni siquiera Juanma, con lo enchochado que está, ha avisado a Mar.

—Mierda. Mar. Gracias, hermanita. —Niego con la cabeza cuando Juanma saca el móvil y manda un mensaje.

—Podemos ir a cenar solas, lo sabéis, ¿no? De hecho, era la idea. —Mis hermanos me miran con incredulidad. Si sus miradas hablaran dirían «¿Es que no nos conoces o qué?»—. Anda, vamos.

Salimos, cerramos y nos acercamos al bar de Vicente. Una vez que tenemos una cerveza en la mano y hemos pedido unas tapas, miro a Óscar esperando una respuesta.

—Cristo me ha preguntado esta tarde si iba a ir a cenar y le he dicho que sí. Me parecía feo decirle que no iba sin más. Además, depende de lo que hubiera cocinado, no está igual al día siguiente.

—Qué considerado —se burla Juanma.

—¡Lo tiene totalmente dominado con la comida! —exclama Fer—. Ahora necesito probar algo que cocine. Óscar, avisa al cocinero de que mañana vamos a comer todos.

—Mañana no puedo —admito con una mueca—. César y yo nos vamos a pasar el día por ahí. El domingo mejor.

—El domingo le dije a mamá que iríamos a comer allí —informa Juanma—. Le digo que se venga. Lucía, veniros vosotros también.

—¿Sois conscientes de que estáis haciendo planes para ir a una casa y no le habéis preguntado a los que viven en ella si podéis?

—No es la primera vez —se queja Óscar—. Cristo los domingos va a casa de sus padres.

—Nadie ha dicho que tenga que estar él —bromea Juanma—. Solo que cocine.

—Qué morro tienes —murmura Óscar riendo.

—¿Y a cenar el sábado? —propone Fer.

—Tienen partido —decimos Lucía, Óscar y yo a la vez. Nos reímos, aunque no me pasa desapercibido la mirada que Juanma le dedica a Óscar, que le responde alzando una ceja.

—Voy a decir una locura. —Todos prestamos atención a Fer que nos mira como si se le hubiera ocurrido la idea del año—. ¿Y si Cristo, por una vez en su vida, no va a comer a casa de sus padres el domingo? Así, como idea loca.

—Ni de coña —admito—. Su madre aún le echa en cara que no fuera los domingos cuando estaba en la universidad.

—Ya no vive con ellos —dice Juanma serio—. Su madre se tendrá que aguantar.

—A veces me pregunto por qué Cristo volvió aquí después de la universidad —comenta Lucía negando con la cabeza—.

Siempre pensé que sacaría su lado rebelde y lo perderíamos de vista.

En cambio, regresó y cuando le preguntabas soltaba eso de que quería vivir de sus padres hasta que viviera de sus hijos.

—En realidad no quería. Pasó algo que lo hizo volver, pero no me toca a mí explicarlo. —Zanjo el tema para que mis hermanos no pregunten, ya que los tres tienen esa mirada que conozco bien y que quiere decir que necesitan más información. Por suerte, saben cuándo no pueden insistir.

—Cristo dice que si queréis venir a comer el domingo, puede preparar algo —nos informa Óscar mirando el móvil—. Pero que del postre se encargue otro.

—¿Veis? Hay que ser pesado para conseguir las cosas —bromea Juanma—. ¿Le has dicho que Lucía y Adri también vienen?

—Sí, ha dicho que Feli y Alberto también se apuntan.

—Yo me encargo del postre —dice Fer—. Juanma, tú del vino.

—Desde luego, sabéis cómo improvisar un plan en minutos —se burla Lucía—. ¿Queréis organizar la despedida de Marcos y Alba?

Cuando acaba la cena, decido irme con Lucía en el coche para poder hablar con ella tranquilamente, ya que con mis hermanos es muy difícil mantener una conversación sin que hagan bromas o cambien de tema cada dos segundos.

—Nunca pensé que Cristo y Óscar consiguieran convivir sin matarse —admite Lucía riendo—. Desde luego, ganarse a tu hermano por el estómago es la mejor decisión que ha tomado.

—Cristo siempre ha sido un hombre de recursos, aunque no las tenía todas con que Óscar claudicara tan rápido. Pensé que acabaría mudándose antes.

—No lo descartes. Igual la comida del domingo es para decir que ha encontrado otra cosa —bromea y cambia de tema—: No has mirado el móvil en ningún momento de la cena.

—No, no lo he hecho —digo con una sonrisa—. No lo necesito.

—Sé que me contaste que confiabas en él, pero tenía que verlo. Me alegro mucho, lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé. César no para de decirme que le escriba cuando quiera. Al principio se preocupó por si era un signo de que me arrepentía de haberle perdonado, pero enseguida se dio cuenta de que no, que había vuelto a mi manía de ignorar el móvil lo más grande.

—Eso está bien. ¿Tu madre lo lleva mejor?

—Sí, aunque lo sigue mirando con recelo. Paco lo invitó a la despedida de soltero que organizaron mis hermanos, así que bien.

—¿Te contó que Juanma se llevó la pistola de clavos a la despedida? Cuando Adri me lo comentó no podía parar de reír.

—Fer me mandó una foto cuando salieron de su casa. —Niego con la cabeza—. Les dije que se llevasen otra cosa, que era de papá y que podría poner triste o tenso a Paco. Menos mal que mi padrino los conoce y empezó a reírse a carcajadas en cuanto los vio a los tres con ella.

—Es un gran hombre. Y es lo que tú dices, os conoce. Nada de lo que hagáis le va a sorprender.

—Mi madre es muy feliz con él y con eso nos basta, pero es cierto que es más fácil que sea alguien con quien podemos seguir siendo nosotros.

—Bueno, tampoco ibais a dejar de serlo, solo hubiera huido despavorido.

—Entonces, no se hubiera merecido a mi madre.

—Totalmente de acuerdo.

—Y tú, ¿qué tal con mi primo? He tardado dos meses en conseguir que te despegues de su lado para quedar a solas —le reprocho, aunque sabe que no es en serio.

—Es genial. Es como si llevásemos toda la vida viviendo juntos. Todo es fácil. Bueno, todo menos la obra. Nos está costando elegir los azulejos del baño nuevo y casi todo el resto de cosas también. Fer creo que nos va a matar un día de estos.

—No será peor que con mi tía. ¿Te ha contado tu suegra que mis hermanos la han echado de la casa y no puede volver hasta que acaben la obra?

—¡No! —Se ríe—. La madre de Adri no me comenta esas cosas, solo me pregunta por la fecha de la boda y me cuenta, así, de pasada, que la habitación de Adri de pequeño es la mejor para la cuna del bebé porque se oye mejor si llora.

—Mi tía siempre en su línea. —Niego con la cabeza—. Mi primo acabará cediendo, no te preocupes por los azulejos, ni por nada en realidad.

—Ese es el problema, que quiero que elija y dice que lo que yo decida le va bien. No quiero ser su ex.

—No podrías ni aunque quisieras —me mofo—. Tenéis gustos similares, estoy segura de que os gustará lo mismo. Dile que tiene derecho a veto. Tú eliges, pero él puede eliminar esa opción. Así la decisión es entre los dos.

—Pues no es mala idea. Gracias.

—¿Cuándo hemos llegado? —pregunto viendo que estamos paradas en la puerta de mi casa.

—Hace más de cinco minutos —se ríe Lucía—. Te hubiera dicho de ir a tomar algo, pero mañana tienes día romántico y, conociendo a César, querrá madrugar.

—¡No me lo recuerdes! No entiende que da igual a qué hora ponga el despertador, si me despierto con la alarma es madrugar. Fin.

—Opino igual. Adri tampoco lo entiende. ¿Vendrás mañana al partido?

—Claro, ahora que me he aficionado no me pierdo un solo partido.

—Podrías venir a verme jugar a mí algún día.

—Tampoco te pases —bromeo—. Buenas noches.

—Que descanses.

Nos abrazamos y bajo del coche para despedirme con la mano antes de entrar a casa.

Al hacerlo, noto un pellizco en el corazón al ver todo a oscuras, hasta que oigo un «Arriba» que me hace soltar todo el aire que estaba reteniendo.

Confío en él, pero eso no significa que no tenga miedo a que vuelva a pasar, aunque sepa que las probabilidades sean casi nulas.

Casi. Ese es un demonio del que no sé si alguna vez podré librarme.