33. Cristo
Cristo
Admito que estoy nervioso. Le he preparado una pequeña sorpresa a Óscar, para compensar el mes de mierda que llevamos viviendo juntos.
Porque podría decir que es para celebrarlo, pero no hay nada que festejar más allá de que creo que he encontrado una forma de dejar de discutir.
Bueno, ese sería un gran motivo en realidad, pero no tengo claro que lo consiga.
El miércoles de la semana pasada apareció Juanma en casa para preguntarme cómo me iba la convivencia.
Solo alcé una ceja y ya empezó a reírse a carcajadas.
Cuando consiguió tranquilizarse, después de explicarle lo «bien» que iba todo, estuvimos hablando.
Le comenté cosas que había pensado, como cambiar el zapatero de la entrada para que cupiera todo el calzado de los dos o poner un lavavajillas, pero que no sabía cómo se lo tomaría Óscar, teniendo en cuenta que es su casa.
—No es su casa —me corrigió—. Compartís piso, deberías poder cambiar lo que quisieras.
—No es la sensación que tengo. Parece que le estorbe el mero hecho de mi existencia.
—Eso es posible que sea verdad —se mofó—. Ahora en serio, nunca te hubiera dicho de compartir piso si realmente no quisiera, pero es un maniático del orden. No sé de dónde lo ha sacado, a mi madre también la ponía de los nervios.
—Y aun así, te fuiste a vivir con él.
—Tiene sus ventajas, pero no te las voy a contar. No quiero que te aproveches de mi hermano.
—Cabrón —murmuré y se rio—. Entonces, ¿crees que no le importará que haga cambios?
—Si lo hace, que le den. Tú también vives aquí.
Me pareció un argumento cogido con pinzas, pero me ayudó a tomar la decisión.
Además, me prometió que tendría todo listo para hoy.
Y así ha sido. Ha llegado esta mañana con Fer y lo han dejado todo hecho, no sé qué excusa le habrán puesto a Óscar, pero no me importa.
Ahora el piso es mucho más funcional para dos personas que comparten piso: hay un zapatero grande, un perchero donde caben más de dos abrigos y un mueble en el baño donde poder guardar las cosas que allí se usan.
También hay un lavavajillas, aunque es cierto que esto no era un imprescindible, solo un capricho que he decidido darme.
Juanma también me ha hecho un armario nuevo, mucho más grande que el que había, por lo que ya puedo usar el escritorio de mi habitación para trabajar.
De todas formas, sigo prefiriendo el salón.
Saco el bizcocho de zanahoria del horno y lo dejo en la rejilla para que se enfríe.
Mi plan para que Óscar no se enfade es ganármelo por el estómago.
Le encanta comer, así que le he preparado su comida favorita: carrilleras.
Puede que hasta hace unas semanas no supiera poner una lavadora, pero cocinar se me da de lujo, además de que me flipa.
En casa de mis padres no podía practicar, así que estoy aprovechando para disfrutar de la cocina todo lo que puedo.
Una pena que Óscar no se haya dado cuenta de ello.
Su zona de la nevera da miedo con tanta pizza y comida precocinada. Espero que al menos valore el gesto.
Miro el reloj y frunzo el ceño, es raro que no haya llegado aún.
Cualquier otro viernes ya estaría aquí, refunfuñando, pero aquí.
Juanma me ha dicho que me lo mandaría en cuanto lo viera, aunque es posible que no se hayan visto.
Me pinzo el puente de la nariz y suspiro.
¿Será posible que justo hoy haya decidido irse por ahí?
En fin, era una posibilidad. Dejo todo preparado, la mesa puesta y me siento en el sofá a ver la televisión con Rufus.
Si se hace tarde, cenaré solo y que se lo coma mañana.
Cuando me queda claro que hoy no vamos a coincidir, me levanto para prepararme un plato y desmenuzo un poco de carne en el bol de comida de Rufus, al menos así no parecerá que he hecho la cena para mí solo.
En el momento que voy a salir por la puerta de la cocina, se oyen unas llaves junto con las risas de Óscar y alguien más que no conozco.
Aprovecho que tarda más de lo normal en abrir para tragarme la decepción y poner mi mejor cara.
Me cuesta dos segundos más de lo normal hacerlo; he perdido el hábito de hacerlo cuando estoy relajado en casa.
Para cuando consigue abrir estoy apoyado en el quicio de la puerta con una sonrisa de medio lado y un plato de comida en las manos mientras observo la escena ante mí.
—Hola —saluda Óscar sorprendido de verme ahí plantado—. Este es Jorge.
—Juan —le corrige el tipo, aunque no parece muy afectado.
—Él es Cristo, mi compañero de piso. —Juan y yo asentimos, y miramos a Óscar esperando que haga o diga algo—. Vamos a mi habitación.
—Muy bien.
Me dirijo al salón y me siento para comer mi cena.
Cuando Óscar cruza por él frunce el ceño al ver que la mesa está dispuesta para dos personas.
No lo he recogido, por si llegaba mientras cenaba, además, tampoco iba a esconderme.
Sin embargo, no comenta nada y se pierde en el pasillo que da a las habitaciones.
En el momento que escucho la puerta, suspiro.
Es lo que tienen las sorpresas, que a veces el sorprendido eres tú.
Empiezo a cenar y subo el volumen de la televisión.
Es la primera vez que Óscar trae a alguien a casa y no sé cómo de insonorizada está la habitación.
No es algo que me haya preocupado cuando era yo el que le acompañaba, teniendo en cuenta que estábamos solos.
Imagino que no se escuchará mucho si ha aguantado tanto tiempo viviendo con Juanma, es el rey de los rollos de una noche y, por lo que sé, ninguna ha tenido una queja nunca.
Pasados menos de cinco minutos, Jorge —¿o era Juan?
— atraviesa el salón con un cabreo de narices y se va pegando un portazo que hace que Rufus le bufe desde el sofá.
Silencio la televisión, apoyo los codos en la mesa y me quedo mirando a Óscar que está recostado sobre el quicio de la puerta que conecta el salón con el pasillo de las habitaciones.
—¿Todo bien? —pregunto intentando que no suene a mofa. Fracaso de forma estrepitosa.
—Los hay que no entienden las cosas. Una lástima, estaba bastante bueno. —Chasquea la lengua—. ¿Eso son carrilleras?
—Si te sientas, te sirvo un plato. Tienes cara de haberte quedado con hambre —me burlo y niega con la cabeza mientras hace lo que le pido. Llego al poco con su plato y el del bizcocho en la otra mano.
—¿Dónde lo has comprado? —Sonrío ante su cara de placer al probarlo.
—Lo he hecho yo.
—¿Sabes cocinar? —pregunta incrédulo y alzo una ceja—. ¿Qué? Se te dan de pena el resto de cosas de la casa, perdona si me sorprende.
—Sé cocinar, se me da bien y me gusta. Algo que sabrías si no te hubieras encerrado en tu habitación todos los días al llegar.
—Ya… Me cuesta lidiar con el desorden y desde que vives aquí es como entrar en un lugar caótico. Sé que no es culpa tuya, al menos no del todo. Creo que he sido demasiado duro contigo. Lo siento.
—Bueno, yo tampoco te lo he puesto fácil. Creo que me he tomado a mal más cosas de las que debería. ¿Has entrado en el baño?
—Sí. Me gusta, el cambio en el recibidor también. Nunca me había planteado que fueran necesarios, está claro que debería sacar la cabeza del culo. Aunque quiero que me expliques qué guardas en el baño, porque no me parece normal que tú necesites un cajón entero y a mí con la mitad me sobre espacio.
—Un mago nunca revela sus trucos —bromeo y se ríe—. No sabía si te molestaría que cambiase cosas del piso. Juanma dijo que te dieran, que yo también vivía aquí, pero es Juanma, no es que sea alguien a quien tener en consideración. Es mi forma de pedir perdón por este mes que te he hecho pasar.
—Y ¿la cena?
—Por si te molestaban los cambios.
—Me han molestado mucho, creo que deberías hacer más. —Nos reímos y me mira—. Siento que tuvieras la sensación de que no podías cambiar nada. Puedes hacerlo, también vives aquí y quiero que estés a gusto.
—Gracias.
—Aparte del baño y el recibidor, ¿has cambiado algo más?
—Ahora tenemos lavavajillas.
—Bien.
—Y voy a tirar todas las sartenes y ollas que tienes. Son una basura.
—Tenemos, en el piso vivimos los dos.
—Esa mierda no es mía —me defiendo—. Juanma me dijo que lo comprasteis todo vosotros, así que imagino que no habrá problema.
—En absoluto. De hecho, voy a proponerte algo: tú cocinas y yo friego las ollas y todo lo que uses.
—Hecho.