Serie Siempre: Colección completa 32. Óscar
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32. Óscar

Óscar

Hoy Juanma me ha pedido que le acerque cuando hemos acabado de cenar con nuestros hermanos, es martes, así que tocaba ponernos al día.

Por suerte, no había nada trascendente que contar.

Según me ha dicho, Mar necesitaba el coche, tampoco es que me moleste, tengo cero interés en llegar a casa. No tengo ganas de cabrearme.

—¿Cómo va la convivencia con Cristo? ¿Ya lo has matado?

—Estoy a punto —murmuro y suelta una carcajada—. Es un desastre.

—Eso es algo que ya sabías cuando le propusiste compartir piso.

—No pensé que sería para tanto. Me paso el día entero esquivando sus cosas por la casa y la mitad de los días acabo fregándole los platos.

—Eso no es culpa de él —suelta y lo miro indignado—. ¿Sabes una de las cosas que más odio en el mundo? Acabar de comer o cenar y tener que levantarme a fregar los platos. Es algo superior a mí.

—Pero en casa lo hacías.

—Claro, porque si no, lo hacías tú.

—¿Qué quieres decir?

—Establecimos que lo haríamos una semana cada uno —me recuerda y asiento—. Sin embargo, cuando me tocaba a mí, si no lo hacía nada más acabar de comer o cenar, al poco te levantabas y te ponías a fregar. Incluso si no habías comido conmigo. Como me sabía mal empecé a hacerlo tal y como tú querías.

—¿Me estás diciendo que deje los platos sucios hasta que se digne a fregarlos?

—Has dicho que solo la mitad de los días tienes que hacerlo, ¿qué pasa con la otra mitad?

Me quedo pensativo e intento rememorar algún día que haya llegado a casa y no me haya encontrado los platos sucios en el fregadero.

Los martes, después de la cena con mis hermanos, suelo llegar tarde y la cocina está recogida.

Los viernes también. ¿Tendrá razón Juanma y solo tengo que ignorar los platos hasta que Cristo vuelva de trabajar?

Lo miro y tiene una sonrisa de suficiencia en la cara que le borraría de un puñetazo si no estuviera conduciendo.

—Es posible que tengas razón.

—Siempre la tengo, baby —bromea. Espera a que pare en un semáforo para seguir hablando—: Y ¿cómo llevas eso de follarte a tu compañero de piso?, o ¿eres de los que los dejan a dos velas por no fregar los platos?

—¿Perdona?

—¡Oh, venga ya! No me digas que has decidido que ahora que vivís juntos ya no vais a acostaros más. Me decepcionas, hermanito.

—No nos…

—Voy a fingir que no estás intentando mentirme a la cara —suelta interrumpiendo mi farsa—. ¿De verdad pensabas que no me iba a enterar?

—Sí —admito, y se ríe.

—Sé que pensáis que no me entero de las cosas, pero lo hago. Lo que pasa es que soy más sutil que Maite y finjo que no lo sé para daros tiempo a que nos lo contéis. Tranquilo, esto no saldrá de aquí jamás. No por ti, sino por Cristo.

—Gracias. —Suelto el aire que estaba reteniendo—. Puse como norma nada de sexo mientras viviéramos juntos.

—Eres un soso —se mofa—. Me voy de casa para daros vía libre y así me lo pagas.

—¿Que tú qué?

—Sabía que Cristo buscaba un sitio donde vivir y que, con lo pijo que es, no iba a encontrar nada que le acoplase.

Pero, seamos sinceros, tiene veintiocho años y seguía viviendo en casa de sus padres, vete a saber por qué.

Si ya había tomado la decisión de mudarse, a la primera oportunidad que viera se tiraría de cabeza mientras buscase otra cosa.

A Mar la dejó tirada la compañera de un día para otro y no se sentía cómoda dejando que el propietario le encontrase a alguien, así que vi la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro: Mar no tendría que compartir piso con un desconocido y tú podrías follar sin tener que echarle porque yo llegase a casa.

—Y ¿si Cristo no hubiera accedido a compartir piso?

—Era una posibilidad, no te lo niego. Pero me di cuenta de que si Cristo no lo aceptaba, tú no hubieras buscado a nadie para compartir piso. Eres demasiado maniático de tus cosas como para meter a un desconocido.

Me callo porque tiene razón. Al principio me fui a vivir con Juanma porque a los dos nos pareció natural hacerlo y era tontería tener dos pisos cuando prácticamente estábamos todo el tiempo juntos.

Tomamos la decisión y ni siquiera pensábamos en compartir piso, la realidad es que vivíamos juntos.

Y con Cristo, supongo que imaginé que sería un poco así, pero no lo es.

¿Será posible que no sepa compartir piso?

—Ya hemos llegado —le informo.

—No te diré lo que tienes que hacer, pero Mar y yo no tenemos esa norma de mierda que tenéis vosotros y estamos la mar de felices compartiendo piso. —Me regala una sonrisa de oreja a oreja y sale del coche sin decir nada más.

Lo que me callo es el porqué puse esa norma. No estoy preparado para admitir que si convivo con Cristo y nos acostamos es muy posible que acabe enamorándome de él. Y tengo que protegerme de ese sentimiento como sea o acabará rompiéndome el corazón, lo tengo claro.