Serie Siempre: Colección completa 31. Cristo
46%

31. Cristo

Cristo

Dos semanas. Ese es el tiempo que llevo viviendo con Óscar y he perdido la cuenta de las veces que hemos discutido.

Mis zapatos, los cuales dejo bien puestos en el recibidor, siempre están en medio, según él.

¿Cómo quiere que los guarde si no hay sitio en el zapatero que tiene lleno de calzado que no le he visto puesto en la vida?

Llega la hora de cenar y si mi portátil, con el que estaba trabajando cinco minutos antes, no está guardado, se queja, ya que no puede poner la mesa.

Mis platos siempre están sucios en el fregadero, porque claro, si no los friego dos minutos después de acabar de comer, soy el mal reencarnado.

Y como eso, mil cosas. Creo que el colmo de todo fue el día que se quejó porque había dejado una toalla mal puesta en el baño, cuando aún no había acabado de usarla.

Entiendo que está acostumbrado a Juanma, y yo a que me lo hagan todo, por lo que no soy el primero en levantarse a hacer las cosas, pero es que no me da ni un respiro. Aún recuerdo lo mal que lo pasé cuando le pedí que me explicase cómo funcionaba la lavadora:

—¿En serio no has puesto una lavadora en tu vida?

—No —contesté avergonzado por su reproche. Tampoco es que le estuviera diciendo que no quería ponerla o que me pareciera una labor menor, solo que era algo que no sabía hacer.

—¿Cómo es posible? ¿No estuviste cuatro años en Granada en la universidad?

—El piso tenía servicio de limpieza y lavandería —admití en un murmullo. No es algo que yo hubiera elegido, pero tampoco iba a quejarme, la verdad.

—¿Perdona? ¿Eso existe?

—Sí, mi padre nos alquiló el mismo piso a los tres. Según él, para que nos centráramos en estudiar y no en otras cosas.

—Y seguro que en eso pusiste el foco, ¿verdad? —se burló alzando las cejas y le contesté con una sonrisa de medio lado—. No sé si quiero saberlo.

—Tampoco pensaba contártelo —bromeé, pero puso una mueca extraña, como si no le hubiera gustado mi comentario—. ¿La lavadora?

—¿Cómo has lavado tu ropa estos días? ¿Tanta tienes que no necesitas lavar en dos semanas?

—Las camisas las llevo a una tintorería, así que les pedí que me lavasen también la ropa, pero es insostenible.

—¿Tú crees?

—¿Sabes? Empiezo a pensar si no hubiera sido mejor llamar a Juanma para que me explicase lo de la lavadora —le reproché.

—¿De verdad piensas que Juanma es mejor opción? —Alzó la ceja.

—Dios, no —admití riendo. Su hermano me lo hubiera recordado toda la vida.

—Asumo que tampoco sabes tender la ropa, ¿no?

—Se pone la prenda y pinzas suficientes para que no vuele. No es física cuántica, creo que sabré hacerlo —me defendí y suspiró mientras se pinzaba el puente de la nariz—. ¿Qué?

—Nada, que con lo pijo que eres con la ropa, me sorprende que no sepas cuidarla.

—No soy un pijo con la ropa.

—¿Cuánto tardas en elegir lo que te vas a poner cada día? —Ladeó la cabeza—. Porque desde que vivimos juntos no te he visto repetir la misma combinación ni una vez.

—Perdóname por tener estilo. Y no tardo tanto como pueda parecer. —Me acerqué a él para susurrarle al oído y pese a que puso cara de sorpresa, no se separó—. Pero me gusta saber que te fijas en lo que suelo llevar puesto, lo tendré en cuenta.

—Idiota —murmuró y se rio—. Anda, ven, que voy a enseñarte a poner una lavadora con veintiocho años.

—Nunca es tarde si la dicha es buena —bromeé con una sonrisa, aunque por dentro me seguía muriendo de vergüenza por ello.

El sonido de la llave abriendo me saca de mis pensamientos y miro la hora. Qué raro, debería estar con sus hermanos cenando. Oigo un suspiro frustrado, imagino que por culpa de mis zapatos, y me trago una réplica. Ya no sé dónde dejarlos para que no le estorben.

Entra al salón y se queda mirando la mesa en la que estoy con el portátil y Rufus, que le gusta estar al lado para que lo acaricie de vez en cuando.

Me encanta trabajar aquí, hay más luz y espacio.

El escritorio de mi habitación tiene mis enseres del baño, porque allí no hay sitio donde dejarlas, la mochila del entrenamiento y varias cosas más que me impiden estar a gusto. Apenas cabe el portátil.

—¿No había más cosas para poner encima de la mesa? —escupe en broma, pero me cabrea. Ni siquiera tendría que estar aquí.

—Puedo ir a buscar más si quieres —le desafío y niega con la cabeza—. ¿No deberías estar cenando con tus hermanos?

—Maite nos ha mandado a los tres a casa a ducharnos y quemar la ropa.

—¿Por qué…? —Se acerca a darle mimos a Rufus y arrugo la nariz—. Apestas. —Rufus huye de él y se va para la zona de las habitaciones. Me río.

—Lo has puesto en mi contra —me acusa.

—No me culpes porque sea un gato inteligente —bromeo.

—Lo tienes comprado con esas latas de comida gourmet que le das.

—¿Las has visto alguna vez? Eso tiene de gourmet lo mismo que yo de monja.

—Veo lo que sale. Te invito a que lo hagas alguna vez. —Suspiro, otro dardo envenenado. Da igual que me haya ocupado de que el gato coma y tenga agua desde que vivo aquí, pese a que no es mío, tenía que soltar que nunca he limpiado su caja—. Me voy a la ducha.

Asiento y finjo que me centro en el portátil. No tengo ganas de discutir hoy. Para cuando sale vestido, ya he recogido todo y me dispongo a prepararme algo de cena. Estoy buscando una sartén que sea grande cuando oigo que carraspea:

—¿Te importaría tender la ropa cuando acabe la lavadora? —me pide y le sonrío de medio lado.

—¿Y si la cuelgo mal? ¿Te vas a arriesgar a ello?

—Es la ropa del trabajo, me da igual cómo esté mientras no apeste.

—Ya decía yo. Sí, claro que puedo, pero ¿cómo se piden las cosas? —le pico solo por el gusto de hacerlo.

—Por favor.

—Muy bien. —Aplaudo como hacía con mis sobrinos cuando eran pequeños—. Tenderé tu ropa.

—Gracias —dice saliendo de la cocina. Se pone la chaqueta y me mira desde la puerta—. Y friega los platos cuando acabes de cenar, por favor.

Bufo, será capullo.