Serie Siempre: Colección completa 30. Maite
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30. Maite

Maite

Está sonando una alarma. ¿Por qué está sonando una alarma?

¡Venga, ya! No hemos dormido apenas buscando a Adri toda la puta noche y nos hemos acostado al llegar a casa sin comer después de la San Silvestre.

¿Por qué tiene que despertarme una alarma?

Vale, yo no he corrido, pero he estado de pie animando a todos como la que más. Estoy cansada, quiero dormir.

—Tenemos que movernos, dormilona. —César besa mi mejilla y le gruño, lo que provoca que se ría—. Si no espabilamos perderemos la reserva.

—¿No se enfadarán si vamos dos en lugar de cuatro? Yo creo que lo mejor es cancelar y quedarnos en casa. Hay uvas en la nevera y lacasitos, podemos instaurar una nueva tradición de fin de año: tomar lacasitos en la cama durante las campanadas. A mí me parece un planazo.

—La reserva nunca fue para cuatro.

—¿Qué? —Levanto la cabeza para mirarlo, aunque solo me alcanza para ver su culo entrando en el baño. Un culo precioso, sí, pero no va a contestarme.

—Llegaremos tarde —me indica—. Si quieres saber de qué hablo, tendrás que ponerte las pilas. Ah, y prepara ropa para mañana, hoy no dormimos aquí.

Con esas últimas palabras consigue su objetivo y me levanto para hacer lo que me pide.

Una hora después estoy metida en el coche, vestida con una falda azul y una camisa mostaza, y una bolsa con una muda para mañana sin saber a dónde nos dirigimos.

La única cosa que he conseguido sonsacarle es que no tenía que arreglarme en exceso, cosa que he agradecido.

César se ha puesto una camiseta azul que me vuelve loca y solo espero que donde vayamos no haya mucha gente, porque en lo único que puedo pensar es en arrancársela.

—¿Tardaremos mucho? —le interrogo nada más salir de Baza y se ríe.

—Un rato.

—Esa respuesta no me vale, es como cuando le pregunto a mi madre por una receta y me dice un puñado. No es una medida precisa.

—Es todo lo que vas a conseguir.

—Pues no me gusta —refunfuño cruzándome de brazos como una niña pequeña. Pone una mano en mi muslo y me insta para que entrelace mis dedos con los suyos. Cedo a regañadientes.

—¿Confías en mí? —Me lo quedo mirando, sé que la pregunta es por la ocasión. Sin embargo, yo la llevo mucho más allá y me sorprende comprender que tengo muy clara la respuesta.

—Sí.

—Pues relájate, pon música y disfruta del trayecto. Llegaremos en un rato. —Sonríe ante ese comentario y yo con él. Siempre con él.

Pasado lo que mi paciencia considera que es un rato largo, donde he aprovechado para ponerme al día en los mil grupos que suelo ignorar, cerciorarme de que Lucía y Adri no han muerto de combustión espontánea y que Juanma me haya asegurado mil veces que mañana llegará para la hora de comer a casa de nuestra madre, decido alzar la vista para ver por dónde vamos.

Frunzo el ceño al ver que estamos en la calle de casa.

—¿Cuándo hemos vuelto? —César se ríe por mi nivel de abstracción. Es algo que me ha comentado más veces, que le alucina que sea capaz de olvidar todo a mi alrededor cuando tengo el foco en algo. A mí me parece que debería ser lo normal.

—Me he dejado una cosa —admite y bufo; odio el coche y lo sabe—. Lo siento.

—Tendrás que compensarme.

—Hecho —dice cogiendo mi mano para besar la palma. Baja del coche y me acurruco en el asiento. Qué pereza me está dando celebrar fin de año. En ese momento, César abre mi puerta y me ofrece su mano—. ¿Me acompañas?

—Está bien —cedo negando con la cabeza.

Me coloca el abrigo, que no sé en qué instante ha cogido, y me sonríe mientras me ayuda a ponerlo bien. Me abraza por los hombros y me dirige hasta casa. Una risa incrédula sale de mis labios, ¿se puede saber qué hace? Lo entiendo todo nada más cruzar la puerta y llegar al salón.

La mesa está dispuesta para dos, con velas decorando toda la estancia, y el olor a bizcocho de zanahoria recién hecho lo envuelve todo.

Al fijarme, observo varios platos de comida encima de la mesa, entre ellos canapés de salmón con salsa tártara y banderillas picantes, dos de los aperitivos que más me gustan.

Miro a César sorprendida y feliz, y me besa antes de empujarme ligeramente para que me siente.

—Y ¿todo esto?

—Nuestra cena de fin de año. Pensé que preferirías celebrarlo en casa, pero me apetecía que fuera especial. Es el primer fin de año del resto de nuestras vidas. —Coge mi mano y besa el dorso.

—Y ¿por qué me has hecho preparar una bolsa para mañana?

—Para disimular. —Se ríe—. Eres demasiado lista como para no ver más allá.

—Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza algo así —admito cogiendo una banderilla—. ¿Quién lo ha preparado?

—Un servicio de catering . Fer les ha abierto. Lo cogí todo frío para que fuera más fácil, por si no era capaz de entretenerte mucho fuera de casa —confiesa—. La idea del coche fue de tu primo Adri.

—Entonces, nunca íbamos a cenar con Adri y Lucía, ¿no?

—No —niega mientras se ríe—. Adri iba a declararse esta noche en un plan que había montado para Lucía. No sé cuál era, no pregunté, pero creo que era similar a este.

—Espero que fuera en casa porque dudo mucho que vayan a moverse de allí.

Lo observo mientras asiente y come algo.

Ni siquiera me fijo en qué. Es tan guapo.

Tiene esa sonrisa relajada que suele mostrarme cuando está en casa y sé que solo reserva para mí.

Relajado, feliz, como si todo lo que necesitase fuera esto, estar juntos hablando de todo y nada mientras cenamos.

Y sé que es justo eso. No necesitamos nada más para ser felices más allá de nuestra compañía, sin recelos, sin demonios.

Los dos juntos, acompañados de nuestros amigos o solos, pero juntos.

Me levanto ante su atenta mirada y me siento a horcajadas encima de él.

Me acaricia la mejilla con los dedos y clava sus ojos verdes en los míos.

Lo hace como solo él sabe hacerlo, no me mira a mí, mira mi alma, mi esencia, todo mi ser.

Ese verde que siempre sabe cómo me siento.

Ese verde que tanto eché de menos en verano, aunque ahora me parezca una eternidad.

Ese verde que es casa. Y lo beso, con todo el amor que soy capaz de transmitirle, mientras noto sus dedos enredarse en mi pelo.

Pierdo la noción del tiempo cuando nuestras lenguas se reconocen y me dejo llevar por el mar de emociones que todo esto me provoca: amor, felicidad, deseo, seguridad.

Confianza. Y percibo como si algo dentro de mí volviera a su sitio cuando llega ese sentimiento hasta lo más hondo de mi ser.

No hay ningún otro sitio donde quiera estar que no sea a su lado.

Sonrío contra sus labios cuando noto su dureza crecer debajo de mí y empiezo a balancearme encima de ella, provocándole un jadeo.

Su mano viaja hasta mi muslo y sube la falda hasta la cintura para acabar amasándome el culo.

Aprovecho que empieza a besarme el cuello para desabrocharle el pantalón y su polla me saluda como siempre.

Adoro cuando no lleva calzoncillos. Levanta la vista para mirarme y, sin perder el contacto visual, me alzo para posicionar la punta en mi entrada.

Cierro los ojos en el instante que me dejo caer y me llena por completo.

Noto su mano en mi cara y los abro para mirarle.

Me balanceo poco a poco mientras nuestros ojos se enganchan y su pulgar me acaricia la mejilla.

El tiempo se detiene, nada a nuestro alrededor existe, solo nuestros cuerpos y almas conectados, en un baile eterno que nos transporta a toda nuestra vida juntos: nuestro primer beso, nuestra primera vez, nuestras primeras vacaciones; y todas las primeras veces que nos quedan por cumplir.

El orgasmo nos alcanza sin aviso y arrasa con todos los pensamientos coherentes. Me apoyo en su pecho, que no para de subir y bajar; conseguimos relajarnos pasado un rato, aunque no me separo. No pienso hacerlo nunca.