Serie Siempre: Colección completa 29. Cristo
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29. Cristo

Cristo

Llego a casa más tarde de lo que tenía pensado.

Entre que estos días tenemos los supermercados a tope y hay que vigilar el stock de todos los productos, para que los clientes no se vayan a la competencia; y que me he equivocado de camino y me he ido a casa de mis padres por inercia, son casi las once cuando estoy abriendo la puerta.

El olor a pizza me impacta y hace que mis tripas rujan.

Mierda, tendría que haber comprado algo antes de salir.

Mi zona de la nevera tiene un total de cero cosas, pero es que no me ha dado la vida para más.

Y que no tengo costumbre de hacerlo, todo sea dicho.

Cuando conseguí librarme de todas las chicas que mi madre trajo a casa el día de Navidad, le informé que me mudaba al día siguiente.

¿Su reacción? Felicitarme. Al principio pensé que me estaba tomando el pelo, hasta que empezó a hablar: «Es normal que un hombre quiera vivir un poco de libertad antes de casarse.

Tú disfruta unos meses y luego ya tomarás una decisión.

Pero, hijo, con discreción, ninguna mujer que se precie elegirá a un mujeriego conocido».

Busqué las miradas de Feli y Alberto, aunque era imposible que me las devolvieran, los dos estaban en shock .

Estoy seguro de que mi hermana se estaba acordando de esas historias de la nobleza inglesa que leía hace tiempo.

Por suerte, mis sobrinos no estaban allí para escuchar esa mierda machista del siglo pasado.

—¿Tienes hambre? —pregunta Óscar observándome desde la cocina que da al recibidor. Parece que me he quedado ahí parado.

—Sí, la verdad es que sí, pero puedo bajar a coger algo de comida, no te preocupes.

—Tengo otra pizza en la nevera y tú no tienes nada. Ya la repondrás —dice con una sonrisa y la verdad es que agradezco el detalle, porque no hubiera bajado a por nada. Estoy demasiado cansado—. El traje te queda bien, nunca te había visto así vestido.

Bajo la vista para mirar qué llevo puesto, un traje gris claro y camisa blanca.

Sí, la verdad es que este en concreto me queda especialmente bien.

Para trabajar siempre llevo traje y camisa, tal y como nos pide nuestro padre que hagamos, pero fuera de allí soy más de vaqueros y camiseta, no sé si por rebeldía o comodidad, pero lo hago, así que es normal que Óscar no me haya visto nunca con uno.

—Gracias —agradezco el piropo—. Voy a cambiarme y te ayudo.

Me quito los zapatos y el abrigo y los dejo en el recibidor antes de dirigirme a mi nueva habitación.

Pese a ser grande, es la mitad de la que tenía en casa de mis padres, aunque era algo que ya había asumido.

Lo bueno es que me ha cabido todo lo que me he traído, que es lo que necesito para el día a día.

Tengo alquilado un almacén donde guardo todas las cosas de la universidad, con la esperanza de usarlas en algún momento, y he metido las cajas que no podía traerme, como los trofeos de balonmano.

Si lo pienso, en realidad podría tirarlos, pero es un recordatorio de que soy algo más que el hijo de mi padre y el futuro de la empresa.

Cuando salgo de la habitación, Óscar ya ha puesto la mesa y está sacando la segunda pizza , así que las corto mientras va a por agua y nos sirvo un trozo a cada uno. En el momento que cojo el segundo trozo, Óscar rompe el silencio cómodo que se había instaurado entre nosotros:

—¿Estás bien? No te lo tomes como una queja, pero llevas dos días aquí y no te he visto el pelo. Además, parecías desesperado por salir de casa de tus padres y no me has contado por qué.

—Estoy agotado. Estos días son los más intensos del año en los súper y no paramos en todo el día —le explico—. Además, estamos teniendo problemas con un par de proveedores y María Dolores no está, que esto no es que se note mucho, pero todo suma. El siete de enero lo pasaré entero durmiendo.

Asiente y no dice nada más. Acabamos de cenar, o más bien devorar, en silencio, solo roto con el sonido de la televisión que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba encendida.

Recojo la mesa, pero decido que los platos los fregaré mañana, no puedo más y mañana, sábado treinta de diciembre, va a ser horrible.

Ahora mismo echo de menos el lavavajillas.

Cuando me dirijo al baño veo la puerta de su habitación abierta y lo observo mientras juega con Rufus sentado en la cama.

No sé por qué me dijo que no le gustaba la gente, el gato se ha pasado las dos noches que llevo aquí pegado a mí.

Ha sido una compañía más que agradecida, teniendo en cuenta que casi no he dormido.

—El día de Navidad mi madre organizó una comida para todas sus amigas con hijas solteras con el fin de que eligiera una como esposa —confieso al fin a la pregunta de antes y alza la vista para mirarme sorprendido—.

La decisión de mudarme ya estaba tomada, puesto que nada me retenía allí, así que simplemente lo adelanté.

—Y ¿qué pasará el día que tu madre te diga que se acabó y que tienes que casarte?

—No lo he decidido —me sincero encogiéndome de hombros—. Roma no se construyó en un día, y yo acabo de poner el primer ladrillo.

—Y ¿cómo te sientes?

—Llevo dos días encerrado en mi habitación llorando sin consuelo por todo el peso que me he quitado de encima al mudarme —confieso—. Así que la respuesta es liberado. Me siento como si acabase de salir de la cárcel después de años encerrado.

—Se me ocurren encierros peores —bromea con una sonrisa.

—Lo dudo —murmuro yendo al baño y zanjando la conversación. Seguramente, una de las más sinceras de toda mi vida, si no la que más.