Serie Siempre: Colección completa 40. Cristo
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40. Cristo

Cristo

Me despierto con la vibración del móvil y me cuesta varios segundos recordar dónde estoy. Lo hago justo cuando Óscar gruñe y se estira para coger el móvil.

—Maite, ya puede ser importante. Nos has despertado.

— ¿Nos? —Óscar se da cuenta de su error nada más escuchar el tono extrañado de su hermana.

—A Rufus y a mí. ¿Qué quieres?

— Alberto ha llamado a César, está preocupado por Cristo. No ha ido a comer a casa de sus padres hoy. ¿Puedes ir a mirar si está bien?

—Claro, ahora te llamo. —Óscar cuelga nada más decirlo y me mira—. Yo creo que estás bien, podemos seguir durmiendo.

—¿Qué hora es?

—Las tres de la tarde.

—¡Mierda!

Me levanto de golpe y me voy a mi habitación a por el móvil. Veintitrés llamadas perdidas entre mi madre, Maria Dolores, Feli y Alberto, además de varios mensajes de los dos últimos alegando que solo quieren saber si estoy bien. Llamo a Feli y descuelga al momento.

— ¿Estás bien?

—Estaba durmiendo.

— Eso no contesta a mi pregunta.

—Estoy bien.

— Y por qué será que no te creo.

—En serio, estoy bien. Sé que no es culpa mía, pero eso no hace que no me joda no haberme dado cuenta en su momento.

— Te diste cuenta ayer, creo que eso lo compensa todo.

—Yo creo que no, pero ayuda. ¿Cómo están las cosas por casa?

— Mamá lleva un cabreo de tres pares de narices, había invitado a la familia de la influencer a comer y, claro, qué desconsiderado por tu parte no haber venido. Papá ha aprovechado la historia de anoche para ponerte por las nubes, pero tampoco parecía muy feliz. ¿Vas a venir?

—Me apetece entre cero y nada, la verdad.

— Les diré que tienes que ir a hablar con César por el tema de la denuncia y que, si puedes, te pasarás luego. Si ves que tal manda un mensaje sobre las siete diciendo que aún tienes para un rato.

—Gracias por cubrirme.

— Esto no es gratis. Un día por ti, otro por mí. Pienso cobrármelo —bromea y asiento, incluso si no me ve—. ¡Que pases un buen día!

—Igualmente.

Cuando cuelgo me apoyo en el quicio de la puerta de la habitación de Óscar, que sigue tumbado mirando el móvil. Lo deja en la mesita cuando nota mi presencia.

—¿Todo bien?

—Solo tenía que dar señales de vida para que no mandasen a los geos a por mí y te llevaran arrestado por secuestro.

—Acabas de joderme una fantasía sexual, que lo sepas. —Se ríe y al momento se pone serio—. ¿Tienes que irte?

—No.

—¿Te apetece hacer algo?

—No —miento. No me atrevo a decirle lo que me apetece—. Y ¿a ti?

—No. —Un silencio incómodo nos envuelve y no sé qué decir. Está claro que ayer cambió nuestra relación y ahora toca saber en qué dirección. Óscar es el primero en dar un paso—: ¿Quieres tumbarte aquí conmigo?

—Sí. —Me tumbo a su lado bocarriba porque no me atrevo a mirarlo a los ojos, aunque parece que no soy el único.

Nuestras manos se rozan, sin embargo, es el único gesto que nos permitimos.

Pasados unos minutos, no aguanto más—: Anoche nos saltamos la única norma que me pusiste para poder vivir aquí. ¿Tengo que empezar a buscar piso?

—¿Quieres hacerlo?

—No. ¿Quieres que lo haga?

—No.

—Vale.

El silencio nos envuelve de nuevo, aunque noto los dedos de Óscar buscando los míos, así que salgo a su encuentro.

Una sonrisa se forma en mi boca sin poder evitarlo.

Rufus aprovecha ese momento para saltar en la cama y se tumba entre nosotros buscando mimos.

Giro la cabeza para darle un beso y Óscar hace lo mismo.

Justo en ese momento, nuestras miradas conectan y siento lo mismo que anoche: que ha dejado de ser el hermano de Maite o mi follamigo , ahora es algo más.

Algo mucho más profundo que no sé si estoy dispuesto a admitir todavía.

Aunque si soy del todo sincero, es posible que siempre lo haya sido pero nunca lo haya querido admitir.

Sin despegar mi mirada de la suya, me tumbo de lado y empiezo a acariciar a Rufus, de forma que el dorso de la mano hace lo propio en su pecho descubierto.

Sonríe y empieza a hacer lo mismo, así que nuestros pies se buscan y los entrelazamos.

Me gustaría hacerle un millón de preguntas pero no quiero romper este momento.

Además, si quiero poder preguntar, debería tener la respuesta para ellas, porque entiendo que él también tenga dudas, y, para muchas de ellas, no las tengo.

O más bien, no sé si me atrevo a tenerlas.

—Va a quedar fatal lo que voy a decir —interrumpe el momento que habíamos creado con una mueca de disculpa—, pero me muero de hambre.

—Yo también —admito—. Rufus, ¿tienes hambre? —Salta de la cama y se va corriendo, supongo que buscando el cuenco.

—Lo tienes de un consentido…

—¿Cómo a ti, dices? —bromeo y se ríe mientras se acerca un poco más a mí. Nuestros alientos se mezclan y rompo la distancia que nos separa para darle un beso que dura un suspiro—. Buenos días.

—Buenas tardes —contesta estampando sus labios contra los míos y profundizando el beso mucho más que yo. Cuando nos separamos, nos sonreímos—. Sigo teniendo hambre.

—Vamos a la cocina.

Volvemos a besarnos antes de levantarnos y pienso qué fácil sería que siempre fuera así.

Un pensamiento peligroso, sobre todo si tenemos en cuenta que no hemos hablado de la dirección en la que vamos a ir.

Nunca se me ha dado bien improvisar, es posible que acabe perdido en mitad del monte y, si eso ocurre, ¿seré capaz de volver?