24. Maite
Maite
Reviso el móvil mientras espero a que llegue Lucía, hemos quedado para cenar.
Necesito hablar con ella y creo que ella también conmigo.
Solo espero que no nos den las tantas de la noche, mañana hay que trabajar igual.
Justo en este momento me llega un mensaje de Cristo.
He estado hablando con él sobre volver a vivir con César, no es la persona más imparcial del mundo, pero sí la que más me conoce y me gusta saber su opinión, sobre todo ahora que ha decidido aceptar mi decisión y apoyarme.
Aunque a veces me da la impresión de que solo quiere estar cerca por si César vuelve a traicionarme para recoger los pedazos de mi corazón roto.
Cristo
No sé por qué sigues preguntando, tienes la decisión tomada, solo hace falta que la verbalices en voz alta
Sabías que este sería un camino largo, pero llevas mucho avanzado y no habéis dado pasos en falso
Si la piscina tiene agua o no cuando te lances, no será algo que vayas a ver ahora, posponerlo seguramente os haga más mal que bien
Retrasarlo un par de meses no va a cambiar la situación
¿Crees que lo volverá a hacer?
Sinceramente
Mi lado racional y analítico me dice que no, que para eso no hubiera vuelto y se hubiera pasado el verano zumbándose a todo bicho viviente
Mi lado emocional me dice que lo deje estéril por si acaso
Tú eliges con cuál de los dos te quedas ;)
Gracias
Te dejo, acaba de llegar Lucía
Dale un beso de mi parte
Y dile que se folle de una vez a Adri, los dos tienen demasiada tensión sexual y es insoportable estar cerca
Estoy en ello
No lo he dudado ni un solo instante ;)
Disfrutad
—¿Con quién hablas?
—Con Cristo —contesto mientras le doy un abrazo—. Me ha dicho que te dé un beso de su parte y que te folles de una vez a mi primo, que es insoportable teneros cerca.
—¡Maite! —Se tapa la cara con las manos, pero consigo ver el rojo escarlata con el que se han teñido sus mejillas. Cuando hace estas cosas me recuerda a los niños a los que da clase.
—Palabras de Cristo, no mías. —Esbozo una sonrisa de oreja a oreja y niega con la cabeza—. Anda, vamos a cenar, que tengo hambre.
Comentamos nuestro día a día de camino al bar, y hasta que no nos han traído las bebidas y los bocadillos no empezamos a hablar de verdad:
—¿Empiezas tú o yo? —la animo, porque a este paso nos vamos a casa sin decir nada importante.
—He decidido declararme a Adri en fin de año —confiesa en un murmullo—. Después de cenar, en lugar de ir a la fiesta lo llevaré a casa. Así, si me rechaza, podré acurrucarme en mi cama y llorar sin que nadie me vea ni me moleste.
—¿De verdad crees que te va a rechazar? ¿En serio? —Niego con la cabeza por lo ciega que está. Mi primo besa el suelo por donde pisa—. Mira, si tenía alguna duda, después del baile del otro día se esfumaron todas.
—Lo sé, pero el miedo siempre está ahí.
—El mismo que lleva tres meses impidiéndote hacer nada. Ya va siendo hora de mandarlo a la mierda, ¿no crees?
—Eso estoy intentando hacer.
—Ni se te ocurra rajarte, eh. —La amenazo con el dedo—. Como ese día después de cenar no vayas a tu casa, te llevaré de los pelos.
—Lo prometo.
No le insisto para que lo adelante, sé que tiene que lidiar con sus miedos, sus dudas y las consecuencias de hacerlo. Le ha costado tomar la decisión, pero una vez lo ha decidido, no hay quien la pare. Al menos solo tendrá que esperar diez días para conseguir lo que siempre ha querido.
—Bueno, pues yo, después de pensarlo mucho: quiero que César vuelva a casa.
—Algo dentro de mí se aligera cuando lo verbalizo y sonrío al recordar las palabras de Cristo—.
La verdad es que no me gusta cuando no está, y no porque piense que está haciendo otras cosas y quiera controlarlo.
Echo de menos estar con él y ese me parece un motivo de peso para hacerlo.
—Me parece que has tomado la decisión correcta.
—Sonríe—. Lo que hizo no se puede deshacer, pero la verdad es que se está esforzando para volver a construir algo sólido entre vosotros, similar a lo que teníais.
Nunca sabremos qué lo motivó a hacerlo, porque parece que ni él lo sabe.
Sin embargo, nos quedaremos con la fuerza que está poniendo para no volverlo a repetir.
—En verano intenté buscar muchas razones y Cristo me decía que encontrar la justificación no iba a hacer que me doliera menos. Tenía razón, cuando dejé de intentar hallar un porqué dejé de llorar a cada minuto.
—Siento mucho que tuvieras que pasar por eso. Me hubiera gustado estar aquí para apoyarte.
—Estuviste, aunque fuera a distancia, y ahora estás aquí para hacerlo —le recuerdo y aprieto su mano. Aprovecho para cambiar de tema a otro menos intenso y más divertido—: ¿Nos vamos la semana que viene cuando tengamos vacaciones a comprar ropa sexy para fin de año?
Y se ríe mientras asiente, aunque se esté muriendo de vergüenza. Cómo me gustan estas charlas con Lucía. Es la mejor amiga que nadie pueda tener.