23. César
César
Me gusta observarla, siempre me ha gustado.
Sobre todo cuando se ríe como lo está haciendo ahora.
Sus carcajadas resuenan por todo el bar del pabellón y pienso cómo es posible que esa mujer tan extraordinaria sea la mía.
Cómo es posible que después del acto tan despreciable que hice, esté aquí, junto a mí, luchando por sacar esto adelante y por librarse de los demonios que yo mismo le he provocado.
Aún no me creo que haya aceptado que vuelva a casa, pensé que no estaría preparada, y no la hubiera culpado por no estarlo.
Sin embargo, una vez más salió a la luz esa fortaleza de la que me enamoré hace trece años.
No creo que se pueda querer a nadie tanto como la quiero yo a ella.
Cuando mi mirada se cruza con la de Cristo, se agacha para susurrarle algo a Maite y esta se gira para mirarme con una sonrisa preciosa que le devuelvo.
Lucía está con ellos, aunque ahora mismo solo tiene ojos para Adri, que está llegando a donde están.
Al menos uno de los dos ha decidido dar el paso y Adri va a declararse en fin de año en una sorpresa que le tiene preparada y de la que soy partícipe.
No le he dicho nada a Maite porque estoy totalmente seguro de que se lo contaría a Lucía y así aprovecho para sorprenderla a ella también.
Voy hacia ellos y Cristo decide irse con Alberto, lo que provoca una mirada triste por parte de Maite seguida de una perpleja al ver llegar a la hermana de Cristo, Feli creo que se llama, y besar a Alberto ante la mirada atónita de todos, menos su hermano que se ríe.
Qué pena que no esté Marcos, me dan ganas de decirle que la sonrisa de Cristo es la misma que debería tener él al lado de las parejas de su hermana.
—Recordad que del veintiséis al veintinueve son los campeonatos —dice Adri a modo de despedida al grupo que ha decidido no quedarse a cenar—. Y que todos estamos suscritos a la San Silvestre el día treinta y uno.
Las quejas por obligarnos a apuntarnos nos siguen todo el camino al restaurante, pero a nuestro presi le da igual.
Habla con Lucía como si el resto del mundo no existiera.
Seguramente lo perciba así. Nos sentamos como siempre, Adri, Lucía, Maite y yo, aunque esta vez, por primera vez en toda la temporada, tengo a Cristo enfrente.
Se ha sentado junto a su hermana y, como hoy falta tanta gente por culpa de las cenas de empresa y eventos sociales varios navideños, nos ha tocado la pajita más corta.
Aun así, habla y se ríe como si no pasase nada.
A veces envidio la capacidad que tiene de ocultar las emociones.
—Así que te toca currar en tus vacaciones de Navidad —le comenta Maite a Lucía riendo y me centro en la conversación que tengo a mi lado—. Eres una pringada.
—Me apetece, voy a estar con mis niñas —se defiende su amiga—. Además, Mar también vendrá con algunos chicos de la asociación y quiero que se conozcan.
—¿Mar es la chica que trae de cabeza a Juanma? —pregunto. Creo que así la ha llamado Maite cuando me ha informado de la nueva chica de su hermano. Parece que le ha dado fuerte con ella.
—Sí —contesta Maite—. Entre mi madre y él no sabría decir quién está más tonto de los dos.
Según me ha contado Maite, Juanma se pasa el día tarareando y trae de cabeza a Fer y Óscar.
Y su madre, bueno, ella está viviendo un amor como si tuviera quince años, pero en lugar de ocultárselo a sus padres, lo hace a sus hijos, aunque los cuatro saben perfectamente que están juntos desde septiembre.
—¿Ya sabemos con quién está saliendo tu madre? —interroga Lucía ilusionada y ruedo los ojos.
—Es un secreto —ironizo—. Nadie lo sabe, se ocultan superbién.
—¿Y eso? —pregunta Adri, uniéndose a la conversación—. ¿Qué ha hecho mi tía ahora?
—Tu tía es tonta —añade Maite—. Porque si no quiere que sus hijos se enteren de con quién está saliendo, debería echarlo de casa antes de que lleguemos a comer el domingo.
—O borrar las fotos del móvil antes de enseñaros otra —me burlo, y Maite se lleva una mano a la cara.
Se ve que el otro día intentaba mostrarles a sus hijos un sitio en el que había estado y salió una foto con él.
Lo peor es que en lugar de admitirlo, mintió, como si sus hijos tuvieran cuatro años—. Esa fue buena.
—Y ¿por qué no le decís que lo sabéis y ya está? —pregunta Lucía no entendiendo nada. Normal.
—Fer se lo ha dicho y dice que no sabe de qué habla —comenta Maite exasperada—. Yo paso, bastante tengo con lo mío como para preocuparme también por ella.
Pongo una mano en su muslo y le doy un beso en la mejilla. Está muy nerviosa desde que accedió a que volviera a casa. Solo puso una condición: tenía que contárselo a su madre antes. Pensé que esperaría, pero ha decidido hacerlo el día de Navidad y es un flan desde entonces.
—Todo saldrá bien, ya lo verás —la animo en un susurro.
—No será bonito. Te odia mucho.
—Tus hermanos estarán allí. Además, da igual lo que me diga, solo me interesa tu opinión. Puedo aguantar un poco de odio.
—Gracias.
—¿Vamos a casa después de cenar?
—Les he prometido a Fer y Óscar que iríamos a La Pérgola con ellos. Bueno, a Óscar.
—¿Todo bien?
—Ni idea, me ha dicho que sí, pero hasta a mí me ha parecido raro.
—¿Qué os habéis pedido para Navidad, chicos?
—interrumpe Cristo para que toda la mesa le haga caso.
Por la cara de cabreo de Alberto y de circunstancia de Feli ha pasado algo y Cristo ha hecho un cambio de tema.
Me encanta porque parece un niño ante la pregunta cuando seguro que por dentro lleva un enfado de cuidado—.
Yo he pedido un alquiler que pueda pagar.
Me sorprende que quiera mudarse, siempre ha vivido muy bien en casa de sus padres.
De hecho, no me cabe duda de que puede pagar el alquiler que quiera, lo que pasa es que sus estándares no son los del resto de los mortales.
Cuando se fue a Granada, a la universidad, lo hizo en su propio piso que tenía servicio de limpieza, con eso lo digo todo.
El resto vivíamos en pisos compartidos y gracias.
—Papá Noel hace magia, pero no tanta —se mofa Maite.
—¿Vas a irte de casa de tus padres? —le pregunto con una sonrisa burlona—. ¿Qué ha sido de tu lema de vivir de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos?
—Se fue a la mierda cuando mi padre me dijo que ya debería estar casado y con hijos, y me di cuenta de que no estaba hecho para tener zagales a mi cargo.
—Lo dice como si lo creyese de verdad, aunque siempre he tenido claro que acabaría así, casado y con hijos, como su padre. Solo está posponiendo lo inevitable.
—En mi opinión, nadie que no quiera tener hijos debería tenerlos —comenta Lucía riendo—. Así que, Cristo, por favor, no los tengas.
—No, no, no tengo intención. —Seguramente sea lo más solemne que le he oído decir jamás, pero no me lo trago. Lo he visto con sus sobrinos y le encantan los zagales. Es como uno más.
—No se va a perder nada importante —bromeo siguiendo su farsa, y Cristo me contesta con una mueca burlona—. Yo le he pedido a Maite volver a casa. Si quieres, cuando me conteste hablo con mi casero.
¡Mierda!, no tendría que haberlo dicho. Me he despistado con la conversación. Es que me sorprende que quiera irse, de verdad que pensaba que se iría cuando se casase. Aunque, ahora que lo pienso, Cristo nunca ha tenido pareja.
—Gracias —contesta Cristo algo tenso contemplando a Maite, que le esquiva la mirada. Supongo que no se lo había contado, su relación no está en su mejor momento desde que volvimos—. Y tú ¿qué has pedido, Maite?
—Un día de Navidad sin sobresaltos —dice con una sonrisa preocupada—. ¿Crees que lo conseguiré, primo?
La verdad es que podría decírselo a su madre otro día, pero quiere aprovechar que se la liará menos si hay familia delante. Además, a mí me ayudará tener a Adri cerca.
—A ver, mi madre no ha vuelto a hablar de Felipe desde que Aitana dijo lo de la anulación matrimonial, por lo que, por ese lado, parece que estamos a salvo. Pero mi padre quiere mudarse y creo que se ha compinchado con tu madre para insistir ese día. Así que no, no creo que lo consigamos.
—Entonces, igual mi aparición a la hora del café no ayuda —comento y Lucía se atraganta con el agua que estaba bebiendo—. Lucía, no te mueras. Vente tú también.
—Ya tengo suficiente drama en mi casa, gracias —ironiza.
—¿Qué has pedido tú? —le pregunta Adri.
—Un coche —dice riendo—. Mi padre ya me ha dicho que si cae, no volveré a tener regalo en años.
—Dile que de juguete no vale —bromea Cristo—. ¿Y tú, Adri?
—Yo se lo he pedido a los Reyes, pero espero que llegue antes —contesta de forma enigmática, pero no añade nada más.
Sé que se refiere a Lucía, pero me callo, quiere conquistarla y declararse en fin de año. Cuando veo que Cristo va a preguntar, decido cambiar de tema a uno que no podrá resistirse:
—¿Al final vamos a hacer el amigo invisible para la cena del veintinueve o no?
Empezamos a discutir sobre si hacer amigo o enemigo invisible y nos olvidamos de las peticiones a Papá Noel o los Reyes.
La verdad es que me encanta hacer el enemigo invisible.
Al conocernos tanto es fácil encontrar un regalo que le moleste al otro.
Seguimos hablando de planes navideños, quejas por el trabajo extra de estos días y apuestas sobre quién será el más lento en la San Silvestre.
Alberto se lleva todos los votos, nuestro chico tiene velocidad, pero no resistencia.
No pasamos mucho rato en La Pérgola, el suficiente para ver un baile entre Adri y Lucía, que podría haber volatilizado al local entero, y enterarnos de que Óscar quería salir para dejarle a Juanma la casa libre.
Parece que le ha dado fuerte con la chica, me alegro por él.
Al llegar a mi casa, me desplomo en la cama.
—¿No vas a quitarte la ropa? —Se ríe Maite yendo al baño.
—¿Me la quitas tú? —digo de forma melosa y se ríe de una forma que sé que es un no—. Siento haber dicho que íbamos a vivir juntos de nuevo.
—En algún momento tenían que enterarse, no te preocupes por eso —le resta importancia—. Cristo me ha dicho antes de irse que se alegraba por mí, que solo le había molestado que no se lo contase.
—¿En serio?
—Bueno, sigue sin perdonarte, pero va a tragárselo por mí.
—Si eso no es bonito… —bromeo.
—No seas guarro —me acusa—. Le he dicho que venga el día de Navidad.
—¿Crees que es una buena idea?
—Mi madre le adora, si él no puede apaciguarla, nadie podrá. Además, sería raro que no lo hiciera.
—Eso es verdad. ¿Estás segura de que quieres contárselo?
—Sí. Sinceramente, me parece cruel que sea la única que no lo sabe.
—Ella tampoco te ha contado su relación.
—Calla, no me lo recuerdes.
—¿Estás bien? —pregunto abrazándola desde atrás y mirando nuestro reflejo en el espejo.
—Siempre que estoy contigo.
—Entonces, perfecto, porque no pienso separarme de ti jamás.