Serie Siempre: Colección completa 22. Cristo
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22. Cristo

Cristo

El viaje a Nueva York con Feli fue espectacular y no solo por todo lo que visitamos allí.

Su cara de felicidad constante y sus saltos de emoción hicieron que valiera la pena cada euro gastado.

Y fueron muchos, ya que no dejé que pagase ni una Coca-Cola.

Hemos estado dos semanas allí y, aun así, hemos vuelto con la sensación de que nos han faltado meses para poder visitarlo todo.

Ya le he dicho que volvemos cuando quiera, pero que esta vez paga ella.

Ayer me pasé el día entero dormitando para paliar los efectos del jet lag , pero no sé si habrá servido de algo o no, porque tengo el mismo sueño que cualquier otro lunes. Respiro hondo y pongo mi mejor cara para afrontar el día.

—Buenos días —saludo nada más entrar en el supermercado más grande del que es dueña mi familia.

Tenemos varios distribuidos por la zona y, aunque el efecto Mercadona nos quita algunos clientes, lo cierto es que muchos acaban volviendo, así que algo estaremos haciendo bien, supongo.

Visualizo a una de las clientas habituales y me acerco a saludarla—: Eugenia, estás aún más guapa de lo que recordaba.

—No he cambiado mucho en dos semanas. —Se hace la interesante, pero la verdad es que le encanta que le eche piropos—. Estoy haciendo una compra grande, ya le he dicho a tu padre que me mande al chico guapo a casa.

—Oh, lo siento, Eugenia, hoy no podré, tengo mucho lío en la oficina —bromeo.

No se refiere a mí, sino a Alberto, mi compañero de equipo, amigo y empleado.

Lo tiene todo el chaval, además de ser una grandísima persona con la paciencia de un santo, todo sea dicho—.

Pero estoy seguro de que Alberto te hará el apaño.

Se ríe, encantada de las atenciones, y le doy un beso en la mejilla antes de dirigirme al piso de arriba a la oficina. Por el camino me encuentro al «chico guapo».

—Tienes a Eugenia esperándote abajo —me burlo y sonríe picarón—. ¡Tío, que podría ser tu abuela!

—Las propinas de esa señora me han pagado el iPhone. Estoy encantado de llevarle lo que quiera a casa.

—Y ¿las propinas son solo por llevarle la compra? —Alzo las cejas y me gano un puñetazo en el hombro.

—Estoy totalmente seguro de que aprendería muchas cosas de ella —dice con un tono meloso que me hace arrugar la nariz—, pero Eugenia sabe que mi corazón está ocupado, y sin él, yo no doy mi cuerpo.

—Luego el zalamero soy yo —me quejo.

—No tengo la culpa de tenerlas locas por mí. Me voy, tengo muchas compras que llevar y muchas mujeres a las que contentar —se despide con un guiño de ojos.

La madre que lo parió, ahora entiendo que siempre nos pidan la compra para llevar.

Entre las camisetas ajustadas que lleva, que insinúan un cuerpo de escándalo que sé que tiene, y ese pico de oro, como un día deje la empresa nos quedamos sin la mitad de la clientela, lo tengo claro. Antes de perderlo de vista, lo llamo:

—Oye, ¿qué es eso de que tienes el corazón ocupado? ¡No me has contado nada! —Se gira a mirarme con una sonrisa burlona y se encoge de hombros antes de desaparecer. ¡Qué cabrón!

Cuando llego a mi mesa, Feli ya está a tope, aporreando el teclado como si no hubiera un mañana.

—Buenos días, hermanita. Procura no romperlo, anda, que no son baratos.

—Como si los pagases de tu bolsillo —se queja mirándome—. Estoy acordándome de toda la familia del proveedor de encurtidos, por si te interesa.

—Si quieres lo reviso cuando acabes de escribirlo. Por si te has dejado a alguien, ¿sabes?

—Sí, creo que sería interesante. Necesito que vayas a Caniles, parece que ha habido un problema entre los dos cajeros.

—¿Esos no estaban casados? —pregunto cogiendo las llaves del coche de la empresa.

—Parece ser que ya no. Vas a tener que sacar todos tus encantos.

—Nací para esto. —Le guiño un ojo y se ríe.

Decido aprovechar para comprarle pastelitos a Feli ya que he venido aquí para «nada».

¿La crisis en Caniles? Una pareja separada que ha decidido que el almacén era un sitio ideal para recordar viejos tiempos.

Del ímpetu se han cargado varias botellas que se les descontarán del sueldo y se les ha puesto una queja formal, aunque daba igual lo que les hubiera dicho en ese momento, el bochorno de que les hayan pillado con el culo al aire todos sus compañeros les va a durar semanas.

Se lo tienen bien merecido. ¿A quién se le ocurre liarse en el puesto de trabajo?

Y hablando de revolcarse, aprovecho que estoy en el coche solo para mandarle un mensaje a Óscar e informarle de que ya he vuelto del viaje.

Le mandé alguna foto suelta, pero no hemos hablado mucho desde nuestro último encuentro.

Tampoco es algo trascendental, suele ser nuestra dinámica; sin embargo, una alegría para el cuerpo sí que me apetece dármela.

Y más después de dos semanas con Feli en las que ha intentado liarme con todas las mujeres con las que nos hemos cruzado. Y cuando digo todas, son todas.

Al llegar a la oficina y subir, me doy cuenta de que el ambiente está cargado y que la tensión se podría cortar con un cuchillo. Miro a Feli buscando una explicación, pero se esconde y se sonroja como jamás la había visto. Antes de que pueda decir nada, mi hermana mayor me llama:

—Cristo, papá quiere hablar contigo en el despacho. —Miro a María Dolores extrañado por el tono solemne con el que ha hablado y me dirijo hacia allí.

Mi hermana mayor es la secretaria de nuestro padre, un trabajo que está «obligada» a hacer, porque estoy totalmente seguro de que ella preferiría quedarse en casa.

No para dedicarse a los niños o a la casa, no, para disfrutar de la vida yendo de compras y tocándoselo a dos manos como la señora que cree que es.

Sin embargo, el amor no entiende de dinero y se enamoró del comercial que contrató nuestro padre.

Es un hombre peculiar, que no calla ni debajo del agua, y un calzonazos que besa el suelo que ella pisa, pero que no es rico como a ella le hubiera gustado.

Así que si no trabaja, no puede tener esa vida de lujos de la que le gusta alardear.

Hay gente tan pobre que solo tiene dinero.

Nuestra relación nunca ha sido muy buena, podría achacarse a que nos llevamos ocho años, pero la realidad es que no la soporto.

Es igual de clasista y elitista que nuestra madre, o peor, porque al menos nuestra madre sí tiene el dinero de nuestro padre para «justificar» su forma de ser.

Cuando entro al despacho, mi padre tiene una cara que le llega a los pies y me pide que cierre y me siente, así que eso hago. Me apoyo en el respaldo y tamborileo los dedos mientras espero paciente a que me explique qué cojones está pasando.

—No encuentro una forma diplomática de decir esto, así que lo diré y ya: me he encontrado a tu hermana Feli con Alberto en la sala de los archivos.

Quiero que hables con ellos. —Me río incrédulo en cuanto proceso sus palabras, hoy debe de ser el Día Internacional de Liarse en el Puesto de Trabajo—. No te rías, no ha sido bonito.

—Y ¿qué quieres que les diga? ¿Que se dejen los pantalones puestos cuando estén aquí? Creo que es algo que ya saben.

—Cristo, por favor, que es tu hermana. —Se pinza el puente de la nariz con los dedos y suspira—. Solo se estaban besando.

—Creo recordar que a María Dolores la pillaste en una postura mucho menos adecuada para el puesto de trabajo y no me pediste nada.

Yo estaba en la universidad, pero me gusta recordarle que su hija mayor no es perfecta.

A veces parece que Feli y yo seamos las ovejas negras de la familia, cuando son ellos los que son incapaces de ver más allá de su culo.

Feli me llamó para explicármelo cuando pasó.

Cuarenta y cinco minutos de llamada necesitó para calmarse antes de poder hablar y que se le entendiera algo.

Creo que hasta se meó de la risa. Siempre lo saca a relucir en navidades, aunque puede que esta vez decida no hacerlo.

—Es diferente, tu hermana acababa de casarse y bueno, ya se sabe, la pasión del principio…

—No tengo ni idea de lo que me hablas, la verdad —me burlo, porque ahora mismo puedo hacerlo y, por una vez, me lo permito aunque me esté asesinando con la mirada—.

¿Quieres que hable con Alberto de hombre a hombre para ver qué intenciones tiene con mi hermana?

¿Concreto una fecha para la boda? O ¿prefieres que me bata en duelo con él? Ha besado a mi hermana, ¡qué deshonra!

—Como se entere tu madre… —Es fácil deducir lo que pasará cuando se entere: o machacará a Feli para que se case hasta la saciedad o la pondrá de fulana para arriba. Blanco o negro, no hay matices para ella.

—Se enterará, asúmelo. Me extraña que no te haya llamado aún.

—He amenazado a tu hermana con ponerla a reponer abajo si se lo contaba —murmura mirando hacia otro lado y me sorprende—. Al menos hasta saber si es una relación seria o no. Alberto es un buen empleado, no quiero tener que despedirlo, pero si juega con tu hermana lo haré.

—Feli no es un alma cándida que necesite que la protejan, lo sabes, ¿no?

—Para mí seguirá siendo siempre mi niña —admite con una sonrisa.

Cuando dice estas cosas, me viene a la memoria cuando solo era nuestro padre, no nuestro jefe.

A veces lo echo de menos, hasta que vuelven a mi memoria todos los partidos a los que venía a verme—.

Mira, Cristo, sabe Dios que no llevé nada bien la relación de tu hermana con José Antonio al principio, y, pese a lo que pueda parecer, aprendo de mis errores.

Solo habla con ellos y luego vemos cómo actuar, ¿de acuerdo? Tú sabrás hacerlo mejor que nadie.

—Está bien —cedo. Además, es la primera vez que me pide algo relacionado con mi formación de psicólogo, así que voy a valorarlo como algo positivo—. Gracias por confiar en mí.

—Eso siempre. Por cierto, ¿qué ha pasado en Caniles? Feli me ha dicho que has tenido que ir para allí.

—Que dos empleados se estaban dando como cajón que no cierra en el almacén. Parece que hoy era el día. —Frunce el ceño hasta que entiende lo que quiero decir y bufa frustrado—. Debe de ser el espíritu de la Navidad, que los tiene a todos más contentos de lo normal.

—Si están así con el frío que hace, no imagino qué pasará en primavera.

—Ya está aclarado, no creo que vuelva a ocurrir —le informo.

—¿Deberíamos enviar un correo a todos los empleados? —pregunta realmente preocupado y me guardo una réplica.

—Podemos esperar al inicio de año y mandar las normas de conducta y vestimenta generales a modo recordatorio. De esa forma no lo haces para reprender un mal comportamiento, sino para reforzar el conocimiento de las normas.

—Te dejo encargado de ello.

—Perfecto, voy a hablar con Feli y Alberto.

—Que sea leve —murmura cuando voy a salir y sonrío. ¡La madre que los parió!