Serie Siempre: Colección completa 21. Maite
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21. Maite

Maite

¿Me he pasado todo el puente de diciembre pegada a César como una lapa y lo he disfrutado como cuando empezamos a salir? Por supuesto.

¿Estoy viendo cómo recoge sus cosas para irse a su piso, pese a que no quiero que lo haga, pero me estoy callando como si me fuera la vida en ello? Evidentemente.

Porque puede que sea una persona echada para delante y que parezca que no tengo miedo a nada, pero la realidad es que me aterra pedirle que volvamos a vivir juntos, porque ese sí sería un paso casi definitivo en nuestra relación.

Si doy ese paso, quedarán pocos más por dar y, después de todo lo vivido, no sé si estoy preparada para que me rompa el corazón por segunda vez.

Porque puede que esté en casa casi todos los días, pero de momento es mi refugio.

Si vuelve a pasar, me quedaré sin lugar al que ir.

A ver, que sí, que confío en él y sé que no lo va a hacer, porque si quisiera hacerlo, ¿para qué volver?

Aun así, pues hay una milésima de duda en mi cabeza que no para de gritarme que soy idiota y que no debería lanzarme a la piscina porque la hostia será épica.

—Ya está todo —dice mirándome desde la puerta con la mochila colgada del hombro.

—Genial. —Intento poner una sonrisa de oreja a oreja, pero se queda en eso, en un intento.

—¿Te paso a buscar mañana después del trabajo o nos vemos aquí directamente? O prefieres que no.

—Vamos viendo —indico, porque ahora mismo le contestaría que sí a todo lo que fuera vernos.

—Perfecto. Pues me voy. —Pero no se mueve.

—Vale.

—¿No hay beso de despedida? —comenta riendo.

—Oh, sí, claro.

Me acerco a darle un beso, por lo que aprovecha para rodearme la cintura con el brazo y profundizarlo. Pasado muy poco tiempo, se separa y junta su frente con la mía.

—Debería irme —murmura.

—Deberías, sí. Quedamos en eso.

—Pero no quiero —admite.

—Ya, bueno, no eres el único.

—Poco a poco —dice con una sonrisa triste.

—Poco a poco.

Me da un último beso y se va, no sin antes volver a mirarme desde la puerta con anhelo.

Me tiro en el sofá y suspiro. Cada vez me cuesta más separarme de él.

Me he acostumbrado a que esté en casa, a sus besos robados en el sofá y a su cuerpo enredado con el mío al despertar.

Y, aunque es algo que ya hacíamos antes, ahora se siente diferente.

Más real, más íntimo, más nosotros que nunca.

El sonido de una notificación interrumpe mis pensamientos y cojo el móvil para mirar:

César

He decidido qué quiero para Navidad: volver a casa

No hace falta que contestes, solo necesitaba decírtelo

Lunes, 11 de diciembre

Esta mañana está Óscar por aquí, no entiendo muy bien por qué. Me está poniendo nerviosa, no para de reordenar toda la oficina y no necesito esto ahora mismo. Quiero estar tranquila y pensar en la propuesta de César. Necesito saber que si le digo que sí, no voy a arrepentirme de ello.

—Oye, Maite, ¿tú sabes dónde están los tacos del ocho? Solo encuentro del seis.

—Yo no toco vuestras cosas, pregunta a Fer o Juanma.

—Estaba pensando que podríamos cambiar las estanterías que tienes detrás, hablaré con Juanma. Si las ponemos en blanco dará más sensación de amplitud. Y si te ponemos la mesa en ese otro lado, quizás…

—Eh eh, para el carro, ¿qué haces? —le interrumpo, antes de que redecore la oficina entera—. Este es mi territorio, no puedes tocar nada sin mi permiso.

—Es que me ha parecido que sería mejor si hacemos algunos cambios.

—¿Quién es la persona que está aquí ocho horas diarias?

—Tú.

—¿Quién crees que es la persona más indicada para sugerir cambios?

—Tú.

—Vale, una vez aclarado este punto. ¿Qué cojones te pasa? ¿Por qué te han enviado conmigo? —Porque no está aquí porque quiera, estoy segura de que Fer lo ha mandado por algo. O para que le sonsaque algo.

—No me pasa nada, Fer está más quisquilloso de lo normal y Juanma está tan sonriente que no es capaz de mirar nada más que su culo.

—Fer siempre ha sido quisquilloso, no me vale como excusa.

—He cruzado el cableado y conectado todos los enchufes al revés. Dos veces —murmura y alzo una ceja, eso no es propio de él—. Igual tengo la cabeza en otra parte.

En ese momento le suena el móvil y se le dibuja una sonrisa tonta en la cara que intenta disimular al momento, pero es demasiado tarde, ya la he visto.

—¿Quién es?

—Del banco —miente y me río—. Me han ingresado un dinero que no esperaba.

—¿Quién? ¿Un amante escondido?

—Imbécil —susurra—. ¿Qué te pasa a ti? Estás más callada de lo normal.

—No te vas a librar por cambiar de tema, lo sabes, ¿no?

—Pero puedo aplazarlo —contesta con una sonrisa de medio lado que me hace reír.

—César me ha pedido vivir juntos de nuevo.

—Y ¿crees que posponer ese momento va a hacer que tengas menos miedo a hacerlo?

—No, pero a lo mejor sí estoy más preparada —me defiendo, aunque no entiendo la necesidad de ello.

—Habéis pasado todo el puente juntos en casa, ¿no? —Asiento—. ¿Querías que se fuera ayer a su casa y estar sola o hubieras preferido que se quedase?

—Hubiera preferido que se quedase —admito en un susurro—, pero eso no quiere decir…

—Claro que quiere decir, Maite —me interrumpe—. Mira, cuando estaba con Eloy, yo quería estar con él, pero no era recíproco y tú no parabas de hacérmelo ver.

—No creo que fuera así, yo creo que él también quería estar contigo, pero…

—Pero bajo sus condiciones —continúa por mí—.

Prefería no verme a venir, esa es la realidad.

El caso es que cuando me dejó, me di cuenta de que había desperdiciado mi tiempo y amor con una persona que no lo merecía.

Y tú fuiste la primera en hacerme ver la realidad durante ese tiempo.

Así que voy a hacer lo mismo por ti: los dos queréis estar juntos, los dos queréis volver a vivir juntos y los dos os estáis esforzando para seguir adelante, por igual.

»El miedo no se irá mañana, y es posible que tardes años en recuperar la confianza absoluta que tenías en él, pero una cosa está clara: los dos queréis esto y estáis luchando por ello.

¿Da miedo? Pues claro, ya te pasó la primera vez.

Sin embargo, si no avanzas, acabarás estancada y así solo conseguiréis haceros daño, porque ninguno de los dos quiere quedarse donde está ahora.

—Y ¿si lo vuelve a hacer?

—Será hombre muerto —promete solemne—. Mira, Maite, no seré yo quien defienda a un infiel, pero César lleva diciendo desde que pasó que no se acuerda de nada de esa noche.

Y sinceramente, si quisiera estar con otras, ¿para qué volver?

El daño ya estaba hecho y no es tan mala persona como para querer retenerte a toda costa.

—Ha dejado de beber —le informo—. Dice que no quiere volver a hacerlo, ni siquiera sin darse cuenta.

—No me parece mal. —Se acerca y me da un abrazo seguido de un beso en la cabeza—.

No voy a decirte lo que debes o no debes hacer, solo puedo aconsejarte y darte mi opinión, porque hasta la fecha nunca te ha molestado que lo haga.

Cualquier decisión que tomes, estará bien tomada.

No existe la respuesta correcta o incorrecta, solo la que te cause más paz mental.

¿Quieres decirle que sí ya? Hazlo. ¿Quieres esperar semanas o meses?

Hazlo. Nosotros te apoyaremos, hagas lo que hagas.

—Gracias.

—Y le partiremos todos los huesos del cuerpo si vuelve a hacerte daño. Eso también —bromea riendo.

—¿Me vas a contar qué te pasa?

—Me he dado cuenta de algo que no esperaba.

—¿Puedes ser más críptico, por favor? —ironizo.

—Había adquirido cierta rutina después de dejarlo con Eloy y al romperla, me he dado cuenta de que la echo de menos. Y no lo esperaba, porque no era algo importante.

—A quién echas de menos, ¿a Eloy o la rutina?

—La rutina.

—Pues vuelve a ella, ¿no? —digo encogiéndome de hombros—. O ¿no puedes?

—Sí, no, no lo sé. Supongo.

—Y por eso no eres capaz de poner bien los cables en un enchufe —me burlo—. Aclárate o te pondré a hacer papeleo conmigo. Te adoro, pero me pone de los nervios cuando te dedicas a reordenarlo todo.

—Me centraré, lo prometo.

Coge su mochila y se dirige a la puerta, cuando va a abrirla, lo llamo:

—Óscar. —Se gira para mirarme con una sonrisa—. ¿Algún día me contarás quién es él?

—No. —Y sale de la oficina sin decir nada más.