Serie Siempre: Colección completa 18. Maite
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18. Maite

Maite

Estoy agotada, aunque lo más seguro es que sea un bajón de adrenalina después de la noche de ayer.

Al menos solo quedó en un susto y no tuvimos que actuar; no sé si me hubiera podido controlar.

Puedo parecer la más pacífica de mis hermanos, pero como cualquiera se atreva a tocar a alguien de mi familia, le falta campo para correr.

Cuando recibí el mensaje de Lucía de que la tóxica de la ex de Adri, mi primo, había vuelto, la ira me incendió tanto que era incapaz de ver más allá de su culo pateado.

Menos mal que César estuvo a mi lado todo el rato y me ayudó a pensar con la cabeza.

Sonrío al pensar en él, desde que no tenemos que ocultarnos todo ha ido a mejor; incluso hemos aumentado las horas en las que no hablamos por mensajes y, de momento, no he entrado en modo paranoia, aunque sé que eso no significa que no vaya a pasar.

—¿Pensando en mi cuñado? —Fer interrumpe mis pensamientos y asiento avergonzada.

A veces olvido que está cerca cuando me lleva en el coche.

Iba a volver andando después de la comida de primos para celebrar que Adri mandó a paseo a la ex, pero ha insistido en acercarme—. ¿Estabas con él anoche? ¿Os vio Aitana?

—Sí, me llevó hasta el pabellón. Y si Aitana nos vio, ni siquiera se dio cuenta. Estaba demasiado ocupada buscando a su hermano. De todas formas, creo que hubiera guardado el secreto con sus padres, sobre todo porque la tita es incapaz de ocultarle algo así a mamá.

—Sí, eso sí. Por cierto, ¿tú desde cuándo haces yoga?

—Suelto una carcajada, he mentido a Adri en la comida diciendo que quería montarle una cita a Lucía con una compañera de yoga, pero era mentira, no he hecho yoga ni ningún deporte en mi vida.

Puede que mi primo estuviera demasiado ocupado intentando ocultar sus celos como para pensar en ello, pero no mis hermanos.

—Adri es idiota, igual que Lucía. Solo estaba dando un pequeño empujón. —Y Dios sabe que lo necesitan los dos, no hay más ciego que el que no quiere ver.

—¿Crees que lo conseguirán?

—Serían tontos si no lo hicieran. De todas formas, teniendo en cuenta que no paran de quedar y que son incapaces de darse un beso, igual hace falta un empujón más grande.

—Que tú te encargarás de dar, ¿verdad?

—Por supuesto —admito—. Aunque me da la impresión de que Aitana se está encargando de ello. ¿Has visto cómo me ha seguido con lo de la cita de Lucía?

—Claro, no ha sido sutil precisamente. —Nos reímos. Nuestros primos son casi como hermanos para nosotros y, aunque alguna vez han comentado que les da envidia nuestra relación, lo cierto es que Aitana y Adri están tan unidos o más que nosotros.

—¿Tú cómo estás por lo de tu vecina? ¿Has dormido?

Anoche no fui la única que salió de casa corriendo para ir a ayudar a nuestro primo Adri, si no hubiera sido por César, me hubiera plantado en la puerta del pabellón con pantuflas.

Fer no tuvo tanta suerte. Se puso la chaqueta de cuero encima del pijama, pilló dos martillos y salió como alma que lleva el diablo.

Al volver, le pegó un susto de muerte a su vecina.

En la comida lo ha explicado como una broma, pero no le gusta hacer sentir mal a la gente y sé que no lo está pasando bien.

—He dormido, aunque creo que fue el bajón después de los nervios y que todo se quedase en un susto más que otra cosa. Me disculpé mil veces y la pobre mujer le restó importancia cuando volvió en sí, pero pensé que la había matado.

—Exagerado.

—Se desmayó, Maite —confiesa avergonzado—. Antes no he querido entrar en detalles, pero se desplomó en el suelo y no se partió la crisma porque llegué a tiempo. Me pegó un susto de muerte.

—Como tú a ella, ahora estáis en paz —bromeo para quitarle un poco el peso de la culpa.

—Me explicó que cuando experimenta una emoción fuerte, ya sea miedo o alegría, le da un pequeño vahído. Reconozco que no me quitó la culpa, pero me sentí un poco menos malvado.

—No eres malvado, Fer. No podrías ni aunque quisieras.

—Gracias, pero no me alivia.

—Lo sé.

—Ahora pasaré por casa de mamá a por el bizcocho de calabaza que le he encargado e intentaré volver a pedirle perdón. Las disculpas entran mejor con comida.

—Es posible que esta mañana estuviera en misa y por eso no te abriera la puerta, ¿lo has pensado?

—La verdad es que no. —Me río, porque es un fatalista y estoy segura de que ya estaba poniéndose en lo peor y viéndose en la cárcel por asustar a una pobre mujer—. Aunque tiene sentido siendo domingo.

—Venga, drama queen , que no es para tanto.

—No quiero volver a mudarme, Maite. Realmente me gusta esta casa.

—¿Será posible? ¡A la séptima va la vencida!

Mi hermano se ha mudado tantas veces que hemos perdido la cuenta. De hecho, a la cuarta mudanza nos plantamos y le pagamos una empresa para que le ayudase a hacer cajas y el traslado. No podíamos más.

—Eso parece. Ya hemos llegado, creo que está César en casa —dice señalando la ventana, desde la que se intuye una luz encendida.

—Eso parece —comento confundida. No ha usado sus llaves en todo este tiempo.

—¿No sabías que iba a estar?

—No. Iba a comer con su padre, es todo lo que sabía, no hemos vuelto a hablar.

Y me doy cuenta de que es otro pequeño avance.

No he pensado en él de forma negativa mientras estábamos separados ni he mirado el móvil de forma compulsiva por si me escribía.

Sabía que él estaba con su padre, yo con mis hermanos y mis primos, y que nos veríamos después, y no necesitaba saber más.

Poco a poco, paso a paso, firme y sin mirar atrás.

—¿Contenta por este pequeño avance? —Sonrío a Fer y asiento—. Me alegro. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana. —Me despido con un beso y bajo del coche. Como siempre, mi hermano espera a que entre para irse.

—¿Hola? —pregunto al entrar y escuchar la televisión.

—¡Hola! —Su sonrisa de oreja a oreja me relaja. Puede que pensase que era él, pero no podía tener la certeza absoluta—. ¿Cómo ha ido? ¿Cómo está Adri?

—Sorprendentemente bien, la verdad —admito mientras me quito las botas y me lanzo al sofá a su lado.

Pausa la película de guerra que está viendo y se gira para mirarme y darme un beso—.

Creo que le ha venido muy bien este encuentro para cerrar de una vez por todas ese capítulo de su vida. Estoy muy contenta por él.

—Yo también. —Sonríe y aparta un mechón de mi cara—. Y tú ¿qué tal has estado? Te he escrito y no me has contestado, lo he tomado como una buena señal.

—No he tenido pensamientos intrusivos, solo he disfrutado de la comida con mis hermanos y mis primos.

—Eso es genial —dice abrazándome—. Yo he tenido mis dudas sobre si te esperaba o no en casa. Así que te he comprado merienda por si te molestaba.

—En realidad, me ha hecho ilusión —murmuro y me levanta la barbilla para que lo mire.

Me encanta el brillo que veo en sus ojos, me hace sentir segura, en casa.

Me siento en su regazo y lo beso con amor mientras jugueteo con los pelos de su nuca.

Pasado un rato indefinido, me separo para observarlo.

Adoro la cara de tonto enamorado que tiene en estos momentos—. Te quiero.

Su sonrisa se ensancha y me coge de la nuca para estampar sus labios con los míos. Ahora el beso es mucho más pasional, como si le faltase tiempo para demostrarme lo mucho que me quiere, y caigo en la cuenta: es la primera vez que se lo digo desde que hemos vuelto. Ni siquiera lo había pensado.

—Yo también te quiero, Maite. No sabes cuánto.

Dejo que me tumbe en el sofá mientras me besa y noto como me va desabrochando la camisa.

Una vez abierta, abandona mi boca para bajar por mi cuello y atrapar uno de mis pechos por encima del sujetador.

Noto su mano viajar hasta mi espalda para buscar el cierre del sujetador y me río cuando me mira desconcertado al no encontrarlo.

—Se abrocha por delante —le indico y me regala una sonrisa de medio lado justo antes de liberar mis pechos.

—¡Oh, joder! —gruñe—. Quiero que a partir de ahora te los compres todos así.

Ni siquiera me deja contestar, ataca mis tetas como si fuera la primera vez que las ve y me deja tan jadeante que apenas puedo hablar. Cuando quiero darme cuenta, se ha desprendido de mi falda y vuelve a gruñir al ver mi liguero. Sé que le encanta que me lo ponga y por eso lo he hecho.

—Eres mala —me acusa observándome desde arriba mientras se quita la camiseta y el pantalón, quedándose totalmente desnudo—. Voy a tener que darte unos azotes.

—¿En serio? —le tiento poniendo cara de inocente—. ¿Vas a darme una lección?

—Oh, no, nena. —Se tumba encima de mí y se acerca a mi oído para susurrarme—: Pienso darte muchas.

—Oh. —Es todo lo que atino a decir cuando aparta mi tanga e introduce lentamente tres dedos en mi interior.

Empieza a entrar y salir, presionando mi clítoris cada vez, mientras venera mis tetas como si fueran el mejor de los manjares.

Cuando le suplico que no pare, se detiene y le lanzo una mirada de odio que lo hace reír.

Levanta mi cuerpo para que apoye las manos en el respaldo y se posiciona detrás, pero solo me amasa el culo con parsimonia, así que le bufo.

Lo que hace que me gane un azote que me deja con ganas de más.

Vuelve a darme otro y, al tercero, noto como se introduce en mí de una estocada que me hace jadear.

Se mueve rápido y profundo mientras ataca mi clítoris y en menos de un minuto me corro gritando su nombre.

Segundos después, me llena con un gruñido que se podría deducir que significa «¡Joder, nena! ».

—Si lo llego a saber, te digo que te quiero antes —bromeo y me gano otro azote—. ¿Comemos algo?

—Claro, deja que me ponga un pantalón —contesta poniéndome su camiseta y se acerca para morderme el lóbulo de la oreja—. No te quites el liguero, aún no he acabado contigo.

—¿Ah, no? —pregunto juguetona.

—Te he prometido muchas lecciones y esta era solo la primera.

Y lo hace. Vamos si lo hace.