Serie Siempre: Colección completa 17. Cristo
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17. Cristo

Cristo

Hoy, como absolutamente todos los domingos de mi vida, tengo comida familiar en casa de mis padres.

Es decir, en mi casa. Sé que nadie entiende por qué con veintiocho años, un trabajo fijo y un buen sueldo no me he mudado aún, pero el motivo acaba de entrar en mi habitación con la sonrisa más grande y bonita que he visto jamás.

Por ella merecen la pena todos los sacrificios que he hecho en mi vida.

Feli acaba de llegar de Granada, donde ha estado desde el jueves en casa de su amiga Marta y no hemos podido hablar hasta hoy, pese a que le he llamado varias veces. Solo conseguí un mensaje de «Estoy bien, hablamos el domingo ;)» seguido de un «Estoy bien, de verdad».

—Hola, hermanito —dice saltando encima de mi cama y sentándose a lo indio—. ¿Qué haces?

—Nada —miento tumbándome con la cabeza apoyada en sus piernas.

Ella sabe que no es así y, sin embargo, no me lo recrimina. Nunca lo hace y, pese a lo cotilla que es con casi todo, esta es de las pocas cosas que me concede sin insistir. Supongo que después de tantos años me ha dado por perdido.

—¿Saliste ayer? ¿Con quién fuiste? ¿Qué hiciste? —Ruedo los ojos, es peor que mis padres. Quiero que me cuente cosas, así que cedo y hago lo mismo.

—Sí, salí a cenar y después de copas. Fui con Alberto y algunos más del equipo, pero ligaron y desaparecieron. Así que Alberto y yo nos quedamos solos hasta que nos cansamos el uno del otro y volvimos a casa. ¿Contenta?

—Sí, mucho —contesta con una sonrisa de oreja a oreja.

—Se te ve feliz.

—Lo estoy y mucho. —Antes de que pueda interrumpirle para preguntar, me confirma mis sospechas—. He ido a comprar pastelitos de Caniles para celebrarlo.

Me levanto de un salto y la abrazo, provocando que los dos caigamos sobre el colchón.

Empiezo a besar toda su cara mientras ríe hasta que me pide que pare y la miro a los ojos desde arriba.

Aparto un mechón de pelo de su cara y acaricio su mejilla.

Parecía imposible que pudiera sonreír más, pero lo hace.

—¿De verdad? ¿Se acabó? —pregunto para estar seguro.

—Se acabó. Tengo el alta definitiva: mi cuerpo está libre de cáncer.

Vuelvo a abrazarla y me permito llorar. Llorar de felicidad por ella, por todos los nervios y la incertidumbre acumulados, por todo lo que nos ha quitado esta puta enfermedad, pero, sobre todo, por todos los años que he visto cómo mi hermana se consumía, perdía la alegría que tanto la caracterizaba y se derrumbaba después de cada consulta de control.

Hoy he recuperado a mi hermana después de seis años viviendo dentro de una pesadilla.

—Estoy tan contento que voy a pasar por alto que no me llamases el viernes al salir de la consulta y hayas esperado hasta hoy —bromeo tumbándome a su lado en la cama y nos cogemos de la mano, como cuando éramos pequeños.

—Tenía que procesarlo —admite negando con la cabeza—. Te juro que le pregunté al médico si no se había equivocado de resultados, que era imposible que me estuviera dando el alta. Llegué a casa de Marta y me quedé sentada en el sofá dos horas sin moverme, a la pobre casi le da un parraque.

—Normal —comento besando el dorso de su mano—. Entonces, cuándo quieres tu regalo, ¿ahora o luego?

—La duda ofende: ¡ahora mismo! —espeta levantándose para quedar sentada y dando saltitos con el culo mientras da palmadas como una niña pequeña—. Ya estás tardando.

—Nos vamos a Nueva York a ver el encendido de las luces de Navidad.

—¿De verdad? —Sus ojos llenos de ilusión me llenan el corazón. Justo en este momento hace honor a su nombre: Felicidad. Todos los sacrificios que he hecho en mi vida merecen la pena solo por haber estado a su lado todo este tiempo.

—Mañana compramos los billetes —le prometo. Me abraza fuerte y se le escapan las lágrimas, su sueño siempre ha sido ir allí. Llega hasta nosotros la voz de nuestro cuñado, amortiguada por la puerta cerrada, y los dos ponemos una mueca de resignación—. Toca salir de aquí.

—¿Crees que si nos quedamos muy callados se olvidarán de nosotros? —pregunta con un brillo malvado en los ojos y me río—. Mañana empezaré a buscar una casa para mudarme. Deberías hacer lo mismo.

Asiento sin añadir nada más. Nos levantamos para salir y dirigirnos al salón.

Mudarme. Salir de estas cuatro paredes que me oprimen y me hacen sentir un prisionero.

Tener mi propia casa. Mi propia vida. Ser libre al fin.

Algo se me comprime en el pecho solo de pensarlo: ansiedad.

Sin embargo, en el fondo de ese sentimiento hay otro, uno que sé que acabará ganando la partida con el tiempo: la esperanza.

Feli espera hasta los postres para dar la noticia y se desata el caos.

Entre los «Esto es gracias al Señor» de mi madre y los «Sabía que podías con esto» de mi cuñado, no sé a quién de los dos darle el premio al peor comentario de todos.

Llevan seis años diciendo absurdez tras absurdez con la finalidad de darle ánimo, pero lo único que consiguen es que se sienta peor.

La frase «Eres una luchadora» de nuestra hermana mayor colma mi paciencia y decido irme con mis sobrinos al sofá con tal de no soportar más tanta gilipollez junta.

Como si la gente que muere de cáncer lo hiciera porque quisiera, no porque sea una enfermedad mortal.

Si mueres, la culpa es tuya, por no luchar.

Si lo que vas a decir no es mejor que el silencio, cállate. Todo el mundo lo agradecerá.

—Hola, tito. —Lola se abraza a mí y apoya su cabeza en mi pecho.

La adoro tanto que si ahora mismo me pidiera que le bajase la luna, lo haría sin rechistar.

En un par de años se convertirá en una adolescente y pasaré a un segundo plano, pero ahora mismo pienso aprovechar cada momento que me regale—.

¡Qué guay lo de la tita Feli! Estoy muy contenta.

Escuché una conversación de mis padres y pensé que se volvería a poner malita.

—No deberías escuchar conversaciones ajenas —la regaña su hermano sin apartar la vista de su consola—. Además, los papás ya dijeron que la tita Feli es fuerte y saldría de esta.

—La fortaleza de alguien no cambia su destino cuando tiene cáncer —les recuerdo, porque es una charla que ya hemos tenido.

Puede que no sea capaz de hacérselo entender al resto de la familia, pero ellos aún me escuchan—.

Ayuda, pero hasta la persona más fuerte puede derrumbarse y eso no está mal.

Incluso la persona con la actitud más positiva puede morir.

Decirle a alguien que luche cuando siente que se está yendo es culparlo por no hacer lo suficiente para vivir. ¿Os parece bien eso?

—No —contestan a la vez con una mueca de disculpa.

—El abuelo ha llorado —murmura Lola en confidencia—, pero cuando le he preguntado me ha respondido que por supuesto que no, que le había entrado algo en el ojo. Le he comentado que todos los sentimientos son válidos y mi padre me ha dicho «Los hombres no lloran».

—Pues yo he llorado como un bebé cuando la tita me lo ha contado —admito. Los referentes masculinos de estos niños, es decir, su abuelo y su padre, me parecen tan tóxicos y arcaicos que me veo en la obligación de mostrarles otra realidad—. Y no pasa nada. Estaba muy feliz y he llorado.

—Yo también —susurra Toni pausando la partida y mirándome—. Por eso me he venido al sofá a jugar, para que no me vieran.

Beso su cabeza y lo apoyo en mi pecho junto a su hermana mientras los abrazo fuerte a los dos.

Me siento impotente cuando escucho este tipo de comentarios por su parte.

Puede que yo les esté enseñando que otra perspectiva es posible, que no existen deportes o profesiones de hombres y mujeres; que todos los sentimientos son válidos y que no se deben reprimir; pero la realidad es que sus referentes principales, es decir, mi hermana y su marido, les obligan a ocultar lo que sienten.

Al final, cuando con quien vives es tu principal opresor, acabas buscando fórmulas para ocultarlo o no mostrarlo, lo que implica que, aunque la teoría la sabes, actúas justo como te han dicho que tienes que hacerlo.

Y eso es muy triste. También es cierto que el resto de la familia, a excepción de Feli, no ayudan a ponérselo más fácil.

A Lola le encantaría jugar al fútbol, pero mi hermana no la deja porque es un deporte de chicos, ella tiene que hacer gimnasia rítmica.

También sé que Toni es muy empático, algo en lo que llevo trabajando con él años para que sea capaz de poner un muro entre los sentimientos de los demás y los suyos; pero, al final, sigue siendo un niño y a veces hay situaciones que le hacen llorar o gritar y privarle de ello le consume por dentro durante días.

Me alegra saber que me tienen a mí y, aunque me gustaría poder hacer más, en estos momentos sé que lo único que necesitan es este abrazo y alguien que les diga «Todo lo que sientes está bien».

Sin embargo, en cuanto Toni nota movimiento cerca se separa y continúa la partida como si hubiera estado haciendo eso todo el rato.

Algún día les demostraré que hay que enfrentarse a lo que no te gusta, a lo que no te parece bien; que la familia tiene que apoyarte y respetarte, y que, si no lo hace, no merece que la llames familia. Algún día que, gracias a la noticia de mi hermana, está más cerca de lo que pensaba ayer.