Serie Siempre: Colección completa 14. César
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14. César

César

Vaya mierda de partido he hecho. Menos mal que hoy teníamos cambios suficientes y le he pedido al entrenador que me dejase en el banquillo o hubiéramos perdido. Aunque el mérito del partido de hoy se lo tiene que llevar Cristo con los dos paradones que ha hecho.

—No pasaría nada si fueras a felicitarlo —dice Adri dándome un empujón con el brazo mientras nos dirigimos al vestuario—. Podría ser una forma de enterrar el hacha de guerra.

—No, hoy no —admito—. Otro día.

—Como quieras —cede—. ¿Te acuerdas de lo que hablamos el jueves?

—Sí, tranquilo —le interrumpo y vigilo que Marcos no esté cerca—. Estaré pendiente de Lucía en la cena.

—Gracias.

Nada más entrar en el vestuario, empiezan las bromas de siempre y las felicitaciones por la victoria.

Aprovecho para ducharme primero y salir, Maite me está esperando en el bar del pabellón.

Creo que como tarde mucho cambiará de opinión y se largará.

Me apoyo un momento en la puerta para respirar hondo antes de dirigirme al bar, pero la voz de Cristo se filtra por ella y me quedo paralizado:

—A ver, escuchadme todos —vocifera—. Por si no os habéis fijado, Maite ha venido al partido. No creo que haga falta que os explique el porqué. No quiero una mala cara o mirada hoy, ¿estamos? Si alguien cree que no va a poder comportarse, que se largue a su casa.

—¿Eso significa que has perdonado a César? —pregunta Alberto.

—No, pero Maite sigue siendo mi amiga y no se merece ni una sola mirada que no sea de alegría. Y eso va tanto para vosotros como para vuestras parejas.

—Y tú, ¿qué vas a hacer? —Esta vez es Adri el que habla.

—Me tragaré mi opinión y pondré la mejor de mis sonrisas. También me sentaré lo más alejado de ellos que pueda.

Decido dejar de espiar y voy hacia el lugar donde me espera Maite junto a Lucía.

La verdad es que no esperaba este apoyo por parte de Cristo, teniendo en cuenta que me la tiene jurada desde que pasó, aunque tengo claro que no lo hace por mí, sino por ella.

Sé que Maite ha hablado con él antes del partido, pero ni sé de qué ni si quiero saberlo.

Me alegra que hayan puesto las cartas encima de la mesa, pero me da mucha pena que su relación se haya resentido de esta manera.

Siempre han sido uña y carne y, por lo que me ha contado Maite, él ha estado pendiente de ella todo el verano.

Solo espero que, con el tiempo, vuelvan a ser los que eran.

Nunca me perdonaría que perdieran la amistad por mi culpa.

Ya bastante ha perdido Maite, no quiero añadir más cosas a la lista.

Supongo que en algún momento deberemos tener una conversación cara a cara, los dos, y valorar si nuestra amistad se puede reconstruir, pero aún no es el momento ni la prioridad.

Primero es Maite, el resto vendrá después.

Cuando estoy llegando, veo a varias de las parejas de mis compañeros mirando el móvil con distintos sentimientos reflejados en su cara: asombro, extrañeza, diversión, incluso admiración.

Supongo que el mensaje de Cristo ha calado hondo y mis compañeros las han avisado.

Lucía es la primera en verme y me regala una sonrisa de oreja a oreja.

Qué suerte hemos tenido de que haya vuelto y Maite pueda contar con ella en persona siempre que lo necesite.

Siempre que se ven llega a casa con la energía renovada, eso es lo que hacen las buenas amigas.

Al acercarme, me coloco detrás de la silla de Maite y me agacho para quedar a su altura.

La abrazo para darle un beso en la mejilla.

Sé que está muy nerviosa por este momento y quiero que sea ella quien decida cuándo acercarse más.

Gira la cabeza para mirarme y nuestros labios se rozan, así que los beso y espero a que ella lo interrumpa cuando quiera, pero no lo hace.

Sigo besándola y disfrutando de su sabor hasta que se oyen los vítores de mis compañeros por todo el bar.

Maite se ríe por lo bajo y sé que acabamos de atravesar el primero de los muchos obstáculos que aún nos quedan por delante.

—Le he estado preguntando a Lucía por las normas durante el partido —me confiesa Maite cuando vamos de camino al restaurante a cenar—. Hay un montón.

—Hay deportes peores —le resto importancia—. Tampoco pasa nada si no te las sabes.

—Bueno, las básicas debería, si voy a venir a verte.

—Si no quieres no tienes por qué hacerlo.

—Quiero, he descubierto que me gusta verte jugar. Estás muy sexy .

—Solo me quieres por mi cuerpo —bromeo acercándola por la cintura.

En ese momento, los dos hacemos la misma conexión mental: no había vuelto a hacer esa broma desde antes de romper.

Sonrío esperando su reacción y me alivia ver que es la misma que la mía.

Otro paso más, otro avance más. Le robo un beso y sigo caminando para no llevarla a casa a celebrar los dos logros tan importantes que hemos hecho hoy. Ya habrá tiempo para eso.

El inicio de la cena transcurre sin más.

Ha sido un acierto que Lucía y Maite coincidieran hoy, se nota que están mucho más relajadas por tenerse la una a la otra al lado.

Cada vez que Maite ha buscado la reacción del resto a nuestra relación, Lucía se ha encargado de sacar un tema de conversación o darle un pequeño apretón en la pierna, lo que ha provocado que se relajara y dejara de hacerlo.

Ahora se ríe y habla sin parar con todos los que tenemos cerca. En definitiva, es ella misma.

El problema llega cuando acabamos de cenar y Marcos y Alba sueltan la bomba: se casarán en abril.

No es algo que sorprenda a nadie, era cuestión de tiempo que lo hicieran, pero veo el dolor reflejado en la cara de Maite incluso antes de que acaben de anunciarlo.

Nosotros tendríamos que estar casados, buscando un bebé seguramente, como habíamos planeado.

Pero en lugar de eso, estamos intentando averiguar si somos capaces de volver a estar juntos después del peor bache de nuestra vida.

—Lo siento —le susurro y le doy un beso en la cabeza. Ahora mismo me siento como una mierda.

—No es culpa tuya —contesta negando con la cabeza.

—En realidad, sí lo es.

—Quiero decir, pasó lo que pasó y no nos casamos. No estoy triste por eso. Lo que me pasa es que he recordado la planificación de nuestra boda y la ilusión que tenía porque llegase ese día y no sé si en algún momento recuperaré esos sentimientos buenos al pensar en una boda.

—Entonces, no iremos a más bodas. Seremos los antibodas del grupo —propongo en broma para hacerla reír y lo consigo—. Recuperarás la ilusión por las bodas, puede que tardes en querer planificar una, pero llegará una boda que te haga ilusión: Lucía, alguno de tus hermanos, tu madre…

—La de mi madre no me va a hacer ilusión. —Bufa—. Pero tienes razón, gracias.

—¿Nos vamos a casa y despotricamos sobre todos los problemas que da organizar una boda?

—Me parece un planazo.