13. Cristo
Cristo
Feli y yo tenemos una tradición previa a los partidos: ver una comedia, cuanto más chorra mejor, con un bol de palomitas.
Así que aquí estoy ahora mismo, tirado en mi cama junto a mi hermana, viendo la película más absurda del mundo mientras nos reímos a carcajadas y llenamos las sábanas de palomitas.
Todo empezó en un vano intento de mi hermana para aliviar mis nervios previos; ser el portero y tener al padre más competitivo del mundo no es una buena combinación.
Así que Feli me arrastró a su habitación y me puso la que ella creía que era una comedia.
Resultó ser una gore, que apagamos a los diez minutos después de traumatizarnos de por vida, pero las risas por la confusión me ayudaron, así que seguimos con el ritual que todavía a día de hoy conservamos.
En el momento que voy a robarle palomitas de su bol, porque la comida de los otros siempre está más buena que la nuestra aunque sea la misma, empiezan a sonar varios mensajes seguidos en mi móvil y me doy una colleja mental por no ponerlo en silencio.
Anoche activé el sonido por si me escribía Óscar.
Nos hemos estado mensajeando desde que se disculpó por pagar conmigo la frustración de su ruptura y, bueno, también hemos quedado un par de veces para divertirnos cuando Juanma no estaba en casa.
Puede parecer una tontería lo del sonido, pero no lo es.
Primero, porque siempre, sin excepción, tengo el móvil en silencio.
No me gusta que se metan en mis cosas y el móvil es lo más personal que tengo.
Hasta mis sobrinos saben que no se toca y nunca lo saco del bolsillo.
Y segundo, pero no por ello menos importante, mi hermana es la reina de las cotillas y no tengo ganas de contarle quién puede ser.
Básicamente porque tendría que darle muchas explicaciones que, si bien creo que sería la única de mi familia que me apoyaría, no tengo ganas de desvelar.
No quiero estar viviendo en esta casa cuando desvele que soy homosexual.
Si es que llego a hacerlo en algún momento, claro.
—¿Vas a ignorar el móvil? —suelta Feli cuando no puede aguantar más. Un minuto entero, es un nuevo récord.
—¿Contigo aquí? Por supuesto.
—Parecía importante.
—Y eso lo deduces porque… —Alzo una ceja demostrándole que no me creo sus palabras y se ríe.
—Si no lo miras tú, lo haré yo —me desafía y bufo. A veces parece ella la hermana pequeña.
Cojo el móvil y voy a quitar rápido los mensajes de Óscar para que mi hermana no los vea, pero me quedo paralizado al ver que no es él quien me ha escrito.
—¿Estás bien? Te has quedado blanco —dice pausando la película.
—Es Maite.
—¿Y? ¿Qué hay de raro en que ella te escriba?
—Llevamos un tiempo sin hablar.
—Pensaba que no os veíais porque andabais liados, no que no hablaseis. ¿Ha pasado algo?
—Ha vuelto con César —le explico, porque después de su mensaje no es un secreto a gritos, lo van a decir esta noche después del partido.
—Ah. —Se rasca la cabeza y mira hacia la puerta—. ¿Quieres que me vaya? ¿Que me quede?
—Voy a llamarla.
—Vale. —Se despide con un beso en la mejilla.
En cuanto cierra la puerta, marco el número de mi mejor amiga, si es que lo sigue siendo.
— Hola —me saluda nada más descolgar—. ¿Has leído mis mensajes?
—Por eso te llamo.
— No estás de acuerdo.
—Mi opinión no debería importar, Maite —le recuerdo—. Es tu vida, no la mía.
— Eres mi amigo, claro que me importa.
—¿Por eso llevas evitándome desde que accediste a darle una segunda oportunidad?
— No, eso no es… —Alzo una ceja, incluso sabiendo que no me está viendo—. Puede. No lo sé. En realidad, no lo he hablado con nadie.
—¿Ni siquiera con Lucía? —Eso sí me extraña, esas dos han seguido unidas pese a todas las distancias.
— Con nadie. Mis hermanos tampoco lo saben.
—Bueno, eso no es algo que me sorprenda.
— Ya. —Se ríe, aunque es una risa floja, sin vida—. Lo siento, necesitaba ver si podía funcionar.
—E imagino que crees que sí.
— Sí, lo creo. Es lo que quiero, Cristo. Lo quiero, siempre lo he hecho.
—Nunca he dicho lo contrario.
— Pero no crees que se merezca esta segunda oportunidad. —«No», quiero contestar, pero no lo hago. Los dos sabemos la respuesta a esa pregunta implícita.
—Lo que yo crea no debería importarte, Maite.
— ¡Joder, Cristo! Deja de evitar mis preguntas. Dime lo que opinas, lo que opinas de verdad —me exige y podría jurar que está a punto de llorar.
—Creo que César no se merece ni compartir el aire que respiras —suelto y aprovecho el tirón para seguir hablando—: Creo que es un error darle una segunda oportunidad a alguien que ha hecho algo tan despreciable como lo que ha hecho él.
Creo que no saldrá bien, creo que te volverá a traicionar y eso te destrozará, lo cual estoy seguro de que llegará, si es que es tan idiota de volver a dejarse pillar esta vez.
Creo que deberías olvidarte de él y pasar página.
»Pero también creo que esta segunda oportunidad no se la estás dando a él, sino a lo vuestro, a ese vínculo que teníais, y que necesitas saber que has hecho todo lo posible por no dejar ir lo más importante de tu vida.
Porque la realidad, Maite, es que tu vida siempre se ha centrado en él, igual que la de él en ti, y eso es algo muy difícil de romper, por muchas traiciones que se cometan.
— Gracias por tu apoyo —ironiza y chasqueo la lengua.
—Me encantaría decirte que va a ir genial, que lo vais a conseguir y que volveréis a ser los que erais, pero te estaría mintiendo. Y, la verdad, nunca lo he hecho y no voy a empezar ahora. —Nunca la he engañado, solo he omitido partes de la verdad.
— Y ¿qué hago? ¿Lo mando todo a la mierda? —Está llorando y me doy una patada mental, no la he llamado para discutir.
—Mira, Maite, si alguien lo puede conseguir, esa eres tú. Eres tenaz y luchas por lo que crees hasta la muerte. Puede que no esté de acuerdo con que lo hagas, porque no lo estoy, pero entiendo que lo intentes.
— Gracias.
—Permíteme un consejo: nunca será igual que antes, porque no sois las mismas personas que hace seis meses.
Intentar recuperar lo que teníais no es el camino a seguir.
Tenéis que crear uno nuevo, con nuevos vínculos, nuevas experiencias y con cimientos sólidos.
Lo anterior se ha derruido, y para construir algo nuevo primero hay que apartar los escombros o la edificación se caerá. ¿Entiendes lo que quiero decir?
— ¿Acabas de usar una metáfora de construcción para hablar de mi relación? —pregunta incrédula riendo.
—Es posible, sí —admito riendo también. Ni siquiera me había dado cuenta.
— Estoy muy nerviosa, Cristo. No sé cómo irá y eso me aterra.
—Eso es porque te importa.
— ¡Eso ya lo sé! Joder, Cristo, ¿no puedes ser una persona normal?
—Si lo fuera no sería tu mejor amigo.
— Eso es verdad. —Sonrío, como deduzco que está haciendo ella también—. El martes se encontró con ella y pensé… —Se le quiebra la voz.
—Esa sensación no va a desaparecer de un día para el otro.
— Creía que sería más fácil, pero hay tantas barreras que nos impiden avanzar. —Suspira—. No quiero ser una novia tóxica, Cristo. No quiero convertirme en lo que siempre he criticado.
—¿Lo estás haciendo?
— No, César se ha encargado de evitar que lo controle explicándome absolutamente todo lo que hace durante el día, incluyendo fotos.
—Típico de tu novio, adelantarse a tus necesidades. Sabéis que eso tendréis que cortarlo en algún momento, ¿verdad?
— Durante las cenas con mis hermanos no me escribe.
—No es suficiente.
— La semana que viene empezaremos a obligarnos a pasar dos horas sin escribirnos cada día. Ni siquiera sabía que la batería de mi móvil funcionaba tan mal hasta que no he empezado a hacerle caso.
—¿Estáis seguros de querer hacerlo público tan pronto?
— No. —Se ríe nerviosa—. Pero me da igual. No quiero esconderme más. No puedo saber si funcionará si no tengo una vida normal, y ahora no la tengo.
—Entonces, ánimo. —Me cuesta lidiar con esta situación, por un lado quiero que mi amiga sea feliz, por otro es como ver la crónica de una muerte anunciada. Puto César, ¿no podría haberse dejado la polla dentro de los pantalones?
— El martes la volvió a ver y ella actuó como si no hubiera pasado nada —me explica y pongo una mueca de asco al recordar a esa tipa—. ¿Qué clase de persona hace eso?
—Una mala persona, Maite. No intentes entenderla, no vale la pena.
— César se lo explicó a su padre y hablaron, pero no va a despedirla.
—Eso no hubiera solucionado nada y lo sabes.
— Me hubiera dado paz mental.
—Y con el tiempo te hubieras sentido culpable por provocar que una persona se quede sin trabajo.
— No con ella.
—Vale —le concedo, porque me lo creo—. ¿Por eso habéis decidido decirlo hoy?
— César llegó de ese encuentro como si fuera otro. Me dijo que los problemas o errores se ocultan, pero que las alegrías se muestran. Sinceramente, pensé que estaba borracho.
—Desde luego es una frase para enmarcarla —bromeo.
— Yo le comenté lo mismo. El caso es que me dijo que no podremos conseguirlo si vamos a paso de tortuga, que tenemos que dar pasos contundentes y valorar si nos hemos pasado o si estamos bien con ello. Y, una vez lo hayamos hecho, dar el siguiente.
—Es un buen planteamiento —admito, aunque me joda darle la razón a César.
— Yo pensé lo mismo, hasta que me dijo que quería decirle a todo el mundo que habíamos vuelto.
—Pero al final has cedido.
— No del todo. Vamos a esperar un poco para decírselo a mi madre, no estoy preparada para ello.
—Y ¿tus hermanos?
— Fer ya lo sabe. A Juanma y a Óscar se lo contaré el martes en nuestra cena.
—Es un buen plan, hasta que a tu madre le llegue el chisme.
— Mi madre está muy ocupada con su novio como para cotillear. Además, sabes que odia los rumores.
—¿Tu madre tiene novio? Ya decía yo que tenía un brillo especial en los ojos. Me alegro por ella.
— Se supone que no lo sabemos. —Nos reímos—. En fin, que quería que te enterases por mí, por eso te he escrito.
—Te lo agradezco. ¿Te quedarás a la cena?
— Depende de la reacción de la gente.
—Irá bien, ya lo verás.
— Gracias, Cristo. Te dejo, he quedado con Lucía en diez minutos. ¿Nos vemos luego?
—Claro.
Nos despedimos y suspiro una vez he colgado el teléfono. Tengo que aprender a lidiar con esta situación. No quiero alejar a mi mejor amiga, pero soy incapaz de perdonar a César. Y no sé si alguna vez seré capaz de hacerlo.