Serie Siempre: Colección completa 12. Maite
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12. Maite

Maite

Estoy triste, frustrada, enfadada, cabreada, con ganas de tirar cosas al suelo y que se rompan en mil pedazos.

Estoy que no sé ni cómo me siento, ¿quizá impaciente?

César no ha vuelto de la reunión en su oficina ni se ha comunicado conmigo desde que me ha dicho que entraba.

O quizá haya acabado y se haya dado cuenta de que no merece la pena volverlo a intentar, que la prefiere a ella.

Que se ha cansado de mí. Después de doce años, ¿quién podría juzgarlo?

El ideal de pareja de toda la vida es una utopía; una justificación de nuestras abuelas al ser incapaces de salir de un matrimonio sin que muera una de las dos partes.

En definitiva, un imaginario imposible de cumplir.

¿Marcos y Alba? Otros que acabarán rompiendo con el tiempo.

No existen las parejas perfectas, solo dos personas cómodas con la situación y en la zona de confort.

Una que puede volar por los aires una noche de borrachera.

Ellos y nosotros somos las únicas parejas que sobrevivimos al periodo universitario; el resto no soportaron la distancia, o no quisieron luchar por lo que tenían, como le gusta decir a Juanma.

Ninguno de nosotros cuatro fuimos a la universidad: mis hermanos empezaron a ayudar a nuestro padre en la obra antes de tener edad para trabajar y yo decidí prepararme para hacerme cargo de la gestión, adecentar el local para recibir a los posibles clientes y ser la cara visible de la empresa.

Si hubiera sabido en ese momento lo que implicaba, me hubiera ido a subir sacos de cemento con mis hermanos.

En estos instantes me gustaría llamar a Cristo y ponernos a despotricar como hemos hecho siempre, pero no quiero que me diga que ya me lo advirtió.

Vi su cara cuando fui al partido y supe que no iba a meterse, cosa que agradecí.

Sin embargo, también supe que no iba a apoyarme en mi decisión.

No le culpo, me he pasado todo el verano llorando en sus brazos, si hubiera sido al revés, yo tampoco lo hubiera entendido.

Aun así, siempre me dijo que su opinión no importaba, que debía hacer lo que yo sintiera que era lo correcto.

Vuelvo a mirar el móvil y suelto un bufido de frustración ante la falta de noticias.

—Yo también me alegro de verte, hermanita —suelta Juanma y levanto la vista para ver a los tres al lado de mi mesa aguantando la risa.

—¿Vosotros de dónde coño habéis salido?

—Del mismo que tú —bromea Fer y los cuatro hacemos una mueca de asco; no sé por qué sigue haciendo esa broma. Se acerca para darme un beso en la cabeza—. ¿Cómo estás? ¿Cómo ha ido el día?

—Bien —contesto—. Han pedido dos presupuestos, uno de ellos una casa entera. Mañana lo tendré preparado para que lo reviséis. El otro es un baño al que se le han caído las baldosas.

—Y ¿tú? —vuelve a preguntarme mirándome con atención.

Fer y yo somos los más parecidos en carácter, así que suele ser el primero en detectar cambios en mi estado de ánimo.

Evidentemente, aún no estoy preparada para contarles nada de César, así que me encojo de hombros y parece que le vale por el momento—. ¿Vamos a cenar?

Asiento y sonrío mientras cojo mis cosas.

Todos los martes cenamos juntos, llueva o truene, los cuatro, sin excepción, ni acoples.

Ni nuestra madre puede unirse. Fue una norma que pusimos cuando empezamos a trabajar juntos, ese día se habla de todo lo relacionado con el trabajo y no podemos salir del bar de Vicente sin haberlo arreglado.

Fer y Juanma se han llevado más de un escobazo por parte del propio Vicente, que nos conoce desde que nacimos, por ser tan cabezones de esperar al cierre para bajar del burro.

El día que se jubile lo vamos a echar mucho de menos.

También aprovechamos por si queremos contarnos algo personal, que suelen ser las conversaciones más habituales.

Entramos al local cada uno perdido en sus pensamientos y nos sentamos en nuestra mesa.

Y cuando digo nuestra, es literal. Juanma, de adolescente, grabó nuestros nombres en ella.

Le gustaba hacer dibujos en las mesas con una navaja que siempre llevaba consigo.

Cuando nuestro padre se enteró, le obligó a lijar, pulir y barnizar todas las mesas del bar para que aprendiera a valorar el trabajo que llevaba y que él tan ligeramente fastidiaba.

Juanma, en venganza, grabó el nombre de los cuatro en una de las mesas antes de barnizarla, así que quedó para la posteridad como nuestra mesa.

Mi padre no sabía si felicitarlo o castigarlo por lo que había hecho, por suerte Vicente se lo tomó a buenas.

Nos trae cuatro cervezas sin necesidad de pedirlas y repite las tapas que seguramente vamos a pedir para saber si hemos cambiado de opinión. Nunca lo hacemos. En el momento que nos quedamos solos, Juanma decide hablar:

—Óscar y Eloy lo han dejado. Intenta no alegrarte en exceso, hermanita.

—Joder, Juanma, podrías haberme dejado contárselo a mí, ¿no?

—Tiene razón —le regaña Fer—. Pero, por otro lado, es la única que no lo sabía.

—¡Vaya! Gracias. —Miro a Óscar indignada.

—Lo siento —se disculpa con un beso en la cabeza—. No quería preocuparte ni remover nada.

—¿Desde cuándo? —Suavizo el tono para que no se lo tome como un reproche, porque no lo es, solo necesito saberlo. Entiendo que no me lo ha contado para que no reviva toda mi ruptura. Cuando sepa cómo le ha ido hoy a César con ella, les contaré todo. Pero no hoy.

—El día que teníamos que ir a comer a casa de mamá.

—¡Joder, Óscar, de eso hace tres semanas! —le recrimino y suspiro para volver al tono de antes—. Bueno, no pasa nada. ¿Cómo estás? ¡No me he dado cuenta de nada!

—Bien, la verdad.

—Ya sabéis que siempre os digo que un clavo saca a otro clavo y Óscar lo ha llevado a cabo la mar de bien, a juzgar por todas las veces que me ha preguntado cuándo volvía a casa esta semana —se mofa Juanma y Óscar lo fulmina con la mirada.

—¡Juanma! —le vuelve a regañar Fer y me río.

—Entiendo que no es Eloy ese otro clavo, ¿no?

—No, no lo es. Es otra persona —admite Óscar—, pero no os voy a decir quién es.

—Entonces, brindemos —digo alzando la copa con una sonrisa—. ¡Por los clavos eficaces!

Juanma se pasa el resto de la cena insistiendo a Óscar con que nos cuente a quién se está follando, pero la verdad es que nos da igual.

Se le ve bien, incluso feliz. Mi hermano había dejado de ser él desde que estaba con Eloy, y me alegro de que haya salido de esa relación.

Cuando acabamos de cenar, Fer incide en llevarme a casa y, al final, cedo.

Pasear siempre me ha venido bien para despejar la cabeza, porque la cena me ha ayudado a dejar de pensar en la reunión de César, pero la verdad es que sigue muy presente en mi mente, como la falta de noticias por su parte.

Cuando miro el móvil a ver si ha decidido escribirme durante la cena, me doy cuenta de que está sin batería, mierda, tendría que haberme dado cuenta antes.

Aun así, lucho contra la imagen de César con ella, pero fracaso estrepitosamente.

La veo sonriéndole, rozándole el brazo, pegando sus tetas de plástico contra su pecho, feliz, como si no nos hubiera destrozado la vida.

Soy consciente de que la culpa no es de ella, pero no era una persona desconocida que no supiera que César tenía pareja y que nos íbamos a casar en un mes.

¡Por Dios! Si hasta estaba invitada a la boda.

Siempre fue detrás de él, aunque este le restase importancia.

Decía que solo era una pelota porque era el hijo del jefe, pero yo sabía que no era así, que había algo más.

Creo que en parte su traición me dolió más por ser con ella.

No he conseguido olvidar la escena de aquella noche, me persigue siempre que estoy sola, hoy más que nunca.

No sé si seré capaz de olvidarla alguna vez.

Estoy tan perdida en mis pensamientos que, cuando me quiero dar cuenta, Fer lleva un rato observándome y el coche está parado frente a mi casa.

—¿Todo bien?

—No lo sé —admito al fin.

—¿Tiene algo que ver con el chico que está esperándote en la puerta con una sonrisa?

—¿Qué? —Me giro hacia donde me señala Fer con la barbilla y veo a César mirándonos con una sonrisa dulce. Saluda a mi hermano y este se lo devuelve.

—¿Quieres que le eche?

—¡No! —grito, más alto de lo que pretendía, y Fer se ríe.

—Si necesitas algo, me llamas, ¿vale?

—Vale.

—A cualquier hora, Maite. Cuando sea.

—Lo sé —contesto mirándolo y dándole un abrazo—. Lo sé.

—Mañana le pediré a Juanma que baje la pistola de clavos para tenerla a mano.

—Espero que no sea necesaria —murmuro bajando del coche.

—Yo también, hermanita —se despide Fer—. Yo también.