11. César
César
Después de meses posponiendo este momento, ha llegado la hora de enfrentarme a ello.
Hoy me toca ir a la oficina y, por tanto, coincidir con Carmen Mari, la persona que arruinó mi vida hace casi cinco meses.
Mentira, el único culpable de ello soy yo, aunque no acabo de entender cómo pudo acceder a ello sabiendo que iba a casarme en un mes.
Claro que no soy tan valiente como para preguntárselo, por lo que siempre me quedaré con la duda del motivo.
No es algo que me quite el sueño, hay muchas más cosas antes, como el porqué lo hice yo, por ejemplo.
Estiro el puño de mi camisa y respiro hondo antes de entrar.
Todo sigue igual que hace cinco meses cuando recogí mis cosas y me largué a Málaga con Cristina.
Mi hermana me acogió con los brazos abiertos y me dio tiempo para curar la herida sangrante de mi corazón que, si bien sigue supurando, está mucho mejor desde que Maite accedió a darme una segunda oportunidad.
No pienso ser tan idiota de desperdiciarla.
Carmen Mari me sonríe y me guiña un ojo, en lo que supongo que cree que es un movimiento sexy , pero que a mí me provoca un rechazo instantáneo. Requiero de todo mi autocontrol para no rodar los ojos y llamarla patética.
—Hola, César —me saluda levantándose para venir hacia mí con una sonrisa que se podría considerar radiante si no le tuviera tanta tirria a esta persona—. ¡Me alegro mucho de verte! Se te ha echado de menos por aquí.
—Buenos días —contesto lo más seco que puedo y esquivo su intento de abrazo. No quiero que me toque y aprieto los puños para no gritarle a la cara—. He quedado con mi padre.
Con esas palabras me dirijo al final del local, donde está el despacho de mi padre, y dejo a su secretaria boqueando de pie en mitad de la oficina. Entro y suelto un bufido frustrado que provoca que mi padre alce la ceja interrogante.
—Buenos días, hijo. Si llego a saber que venir aquí te provocaba tanto rechazo, hubiera convocado la reunión en otra parte.
—No es el lugar, sino la persona de la puerta —murmuro, pero mi padre me escucha igualmente. A su cara de sorpresa inicial le sigue una carcajada que rompe todos mis esquemas.
—Así que ella es el motivo por el que no te casaras… —dice chasqueando la lengua—. Bueno, hijo, no puedo culparte. Tiene un culo de escándalo, tendrías que ser de piedra para ignorarla.
—¿Qué? —Ahora es mi turno de mirarle perplejo. Mi padre rueda los ojos y se reclina en la silla.
—Creo que he dejado bastante claro mi punto de vista, no quiero tener que repetirlo. No es una conversación que se suela tener con un hijo, la verdad.
—¡Por Dios, papá! ¡Podría ser tu hija! ¡Qué grima! —grito asqueado presionando mis ojos con los dedos para quitarme la imagen mental que sus palabras me han provocado.
—Yo no lo busqué —se excusa y carraspea—.
Solo pasó… Nos quedamos un día trabajando hasta tarde y una cosa llevó a la otra.
Ni siquiera recuerdo cómo, estábamos hablando y un segundo después nos besábamos.
Me aparté, por supuesto, incluso me disculpé, pero entonces ella volvió a besarme.
Soy un hombre, hijo, y ella una preciosidad.
Además, no tengo que rendirle cuentas a nadie. Solo un necio se hubiera negado.
—En serio, papá, no necesito saber detalles.
—Y yo no pensaba darlos, soy un caballero, aunque ahora no te lo parezca —espeta enfadado—. Después de eso nos hemos visto más veces, pero con lo que acabo de saber, lo mejor sería que no volviera a ocurrir. No me parece ético.
—¿Es ahí donde pones tu ética? —pregunto con incredulidad.
—A mí no me hables así, jovencito —suelta señalándome con el dedo—.
Fui fiel a tu madre todo nuestro matrimonio y la quise incluso años después de que se fuera.
Puede que no esté preparado para compartir mi vida con otra persona que no sea ella, pero nada me impide tener una aventura o un escarceo de vez en cuando.
Y si es con una mujer preciosa y dispuesta, pienso aprovecharlo.
Si eso me condena al infierno, que así sea.
—Bufa y me mira a los ojos—. Lo siento, quizá tendría que habértelo contado antes.
O no. No creo que ahora tenga importancia.
—No, no la tiene —admito—. Solo me ha sorprendido, eso es todo.
—Lo bueno es que ahora sé por qué no quieres venir a la oficina —dice con una sonrisa—.
Tómate el tiempo que necesites, me has demostrado que puedes hacer tu trabajo sin estar aquí, aunque reconozco que tenía mis dudas.
Supongo que entenderás que no voy a despedirla, sustituirla sería un verdadero quebradero de cabeza, por no decir que no tenemos el dinero para pagarle la indemnización que toca.
—Lo entiendo —miento. Es decir, claro que entiendo su postura, pero no la comparto, no la quiero cerca. Aunque esa no es la solución.
—Siento que estés pasando por esto, hijo. ¿Cómo estás? ¿Sabes algo de Maite? Si no quieres hablar de ella, lo respeto.
—Estoy triste, pero mejor que hace cinco meses. —Asiente—. He vuelto a hablar con Maite y, bueno, poco a poco.
—Hay que asumir la responsabilidad de nuestros actos, hijo.
Fuera de estas cuatro paredes te defenderé de cualquier ataque, pero ahora que sé lo que pasó solo puedo decirte que eres imbécil.
Tenías la vida perfecta al lado de una mujer maravillosa que, por alguna extraña razón —bromea—, te quería como a nadie en este mundo.
Y la jodiste por un culo bonito. No esperaba eso de ti, me decepcionas.
—No tanto como yo me he decepcionado a mí mismo.
—¿Qué quieres decir? ¿Que te caíste y se la metiste? No me tomes por idiota.
—No recuerdo mucho de esa noche, bebí demasiado —admito con un susurro mirando al suelo y oigo como suspira.
—Mira, hijo, no voy a juzgarte, bastante lo estás haciendo tú ya por lo que veo. Todo el mundo ha cometido errores estando borracho, pero si realmente quieres enmendarlo, tendrás que ser mejor de lo que eras, porque Maite no se merece menos que eso.
—Lo intento.
—Eso no me vale. No tienes que intentarlo, tienes que hacerlo.
Sin excusas, sin medias acciones. Quieres algo, vas a por ello y haces todo lo que sea necesario.
¿Quieres recuperar a Maite? No vuelvas a traicionar su confianza, jamás, con nada.
Si te pide que comas verdura, tú te comes la verdura y tiras la hamburguesa a la basura.
¿Entiendes lo que quiero decir? — Asiento—.
Confianza ciega, tal y como teníais. Ahora bien, vas a tardar años en conseguirlo, asúmelo y prepárate para ello o retírate antes de rendirte a medio camino.
—Estoy listo para lo que venga.
—Entonces, lucha por ello y que sepas que siempre tendrás todo mi apoyo. No hagas que me arrepienta de dártelo, quiero a Maite como a una hija más, como vuelvas a hacerle daño me asociaré con sus hermanos para darte la paliza que te mereces.
—El señor Jaime está aquí —nos interrumpe Carmen Mari.
—Gracias, Carmen Mari —dice mi padre serio y, por la cara de la chica, veo que eso no se lo esperaba—. Hazle pasar a la sala de reuniones y ofrécele un café. Ahora vamos.
—Claro, señor. —Sale del despacho sin decir nada más y mi padre suelta un suspiro.
—Esto no va a ser fácil —murmura y niega con la cabeza. Se frota los ojos y, un segundo después, estoy delante de mi jefe, no de mi padre—. ¿Vamos a la reunión?
—Claro.
Ya sabía que tendría que darlo todo para recuperar al amor de mi vida, pero es cierto que mi actitud ha sido prudente, con miedo y sin llegar a dar el paso realmente hacia el vacío.
Si hablamos de algo que nos molesta, siempre es ella la que saca el tema.
Lo estoy dando todo para estar bien con ella, pero tenemos que estar bien los dos, juntos y separados, y creo que es algo que ahora mismo no estamos consiguiendo.
Tomo la decisión incluso antes de levantarme de la silla.
Se acabaron las excusas, voy a lanzarme de una vez por todas y…
si tengo que morir en la caída, que así sea.