9. Cristo
Cristo
La cara de gilipollas enamorado que tiene César al mirar el móvil me confirma mis sospechas desde el Cascamorra: Maite y él están intentando arreglarlo.
Y por su cara, parece que va bien, de momento.
Quiero pensar que es con ella con quien se escribe y no con Carmen Mari, la secretaria de su padre con la que se acostó.
Sería un duro golpe para todos los que le apoyaron cuando pasó, entre los que no me incluyo, claro.
Yo estaba ahí ese día, vi cómo se iba con ella; no merece esta segunda oportunidad.
He intentado quedar con Maite para hablar, pero ha estado demasiado ocupada, al igual que yo, como para encontrar un hueco que nos acoplase a los dos.
Suspiro y sacudo la cabeza. No debería meterme, lo sé. A mi hermana Feli le gusta recordarme que me intereso tanto por la vida amatoria de mis amigos porque no tengo la mía propia, y no le falta razón. Aunque nunca lo admitiré en voz alta.
Al salir del vestuario y observar las gradas, cierto alivio se apodera de mí al ver a mi mejor amiga sentada junto a Lucía y Alba.
Puede que no apruebe este intento de arreglo, del que estoy totalmente seguro que acabará mal, pero es un consuelo saber que César no ha sido tan estúpido como para empezar algo con esa zorra.
Además, su cara de sorpresa, ilusión y miedo me hace reír.
Me encanta que Maite le esté poniendo las cosas difíciles.
—¿Esa es Maite? —me pregunta Alberto al oído y asiento—. ¿Crees que han vuelto?
—Es posible. O al menos ha habido un acercamiento.
—Y tú, ¿cómo estás? —interroga realmente preocupado y frunzo el ceño.
—¿Yo? Bien, ¿por qué?
—Te has pasado el verano consolando a Maite y despotricando conmigo de César. Pensaba que tendrías más que decir.
—Entre tú y yo, creo que es un error, pero es su vida y su relación.
—Si necesitas hablar, aquí estoy —se ofrece y le sonrío—. Te vendrá bien, llevas desde que volvimos de vacaciones con un palo metido por el culo.
—Se llama depresión posvacacional, capullo —bromeo y veo como toda la preocupación se le esfuma al momento—. Vamos a jugar, anda, que tengo muchos goles que parar.
—No tantos, que eres un manta —se burla y me río. ¡Será cabrón!
Al salir del partido decido volver a casa dando un rodeo, no tengo ganas de llegar y enfrentarme a la mierda de vida que allí me espera.
Además, Feli había quedado, así que más motivo para no estar.
Llevo un mes apático, sin ganas de nada y mucho menos de soportar a la gente.
Es el maldito mes de septiembre que siempre me hace sentir así, aunque ya estemos en octubre.
Y no es depresión posvacacional como le he dicho antes a Alberto.
La vuelta de las vacaciones trae consigo la vuelta a la realidad, una que no me gusta pero que no hago por cambiar, todo sea dicho.
Vuelvo a mi casa, a la misma habitación en la que he vivido desde que nací; vuelvo al trabajo, uno que odio pero que no puedo cambiar porque «tu sitio está aquí, Cristo, la empresa un día será tuya».
Y lo peor, vuelvo a esquivar con una sonrisa enigmática la pregunta favorita de mi madre: «¿Cuándo nos vas a presentar a una buena chica con la que casarte y darme nietos?
». En definitiva, vuelvo a mi vida insulsa y llena de mentiras que yo mismo me he buscado.
Todos tenemos una fachada que mostramos al mundo, pero algunas son más gruesas que otras.
La mía, por ejemplo, es de unos quinientos kilómetros de grosor y otros tantos de alto, y nadie, absolutamente nadie, ha sido capaz de atravesarla por completo.
Tampoco es que yo se lo haya permitido, la verdad, solo dejo ver pequeños retales a uno u otro con el fin de aligerar la carga que llevo dentro, nada más.
La mierda es mejor guardársela para uno mismo.
Tan absorto estoy regodeándome en mi miseria que no lo veo hasta que tropiezo con sus pies.
—¿Estás bien? —dice Óscar cogiendo mi brazo a la vez que intenta no reírse de mí en la cara.
—Perdona —contesto mientras paso mis manos por los ojos y me fijo en él. Tiene la cara demacrada, como si hubiera estado llorando, y un semblante que le llega al suelo. Está apoyado en su coche y, por su expresión, creo que lleva aquí un buen rato—. Y ¿tú?
—He estado mejor. También peor. Se me pasará.
—¿Quieres hablar de ello? —pregunto apoyándome en el coche a su lado.
—Y ¿tú? —Su sonrisa ladeada en una mueca irónica que no le llega a los ojos me indica que mi cara debe de ser bastante parecida a la suya. Suspiro.
—La misma mierda de siempre, no es que mi vida esté llena de emociones nuevas como para que sea otra cosa la que me perturbe y me impida dormir —le explico encogiéndome de hombros.
Óscar es al único al que he dejado ver un poco de lo que hay detrás de mi coraza, así que no creo que se sorprenda por mis palabras.
—Eloy me ha dejado —suelta en un murmuro—.
En el fondo sabía que pasaría, que nunca aceptaría el tiempo que paso trabajando rodeado de otros obreros.
Que su inseguridad le impediría construir algo bonito con lo que teníamos.
Lo sabía y, aun así, lo di todo. Y ahora duele, duele haberme entregado en cuerpo y alma a una relación abocada al fracaso.
—Si no lo hubieras dado, ahora te carcomería la culpa por no haberlo hecho y estarías pensando si hubiera habido otro resultado de haberlo hecho.
—¿Habla mi amigo o el psicólogo?
—Los dos —admito con una sonrisa ladeada—. Además, tú no eres así. Siempre lo das todo, hagas lo que hagas. No sabes hacerlo de otra manera.
—Para lo que me ha servido…
—Un fracaso no te convierte en un fracasado.
—Y, aun así, no me quito esa sensación de encima.
—Date tiempo —le pido—. No es la primera vez que estás en esta situación.
—No. —Suelta una risa sarcástica—. Sin embargo, es la primera vez que realmente me había imaginado una vida a su lado.
—Lo siento.
—Sé que pasará, que lo olvidaré, que encontraré a otra persona que me devolverá la ilusión, pero no por ello duele menos. —Suspira—. Lo peor es que me ha dejado por un motivo que solo está en su cabeza.
—No podemos controlar lo que piensan los demás.
—No, no podemos. —Cierra los ojos y se pierde en sus pensamientos. Cuando creo que no va a hablar más, lo hace—: Intenté entenderle, ponerle las cosas fáciles. Incluso tener un perfil bajo, ser menos sociable a su lado. Y ¿de qué ha servido? Solo estaba retrasando lo inevitable.
—Que eso te sirva de lección. —Alza una ceja interrogante—. No hay que cambiar por tu pareja, debe quererte tal y como eres. Y si no le gusta, es que no estás en el sitio correcto.
—Y eso lo sabes por tu gran experiencia en pareja, ¿no? —escupe y veo como se arrepiente un segundo después—. Lo siento.
—Es cierto, no he tenido pareja nunca, para desgracia de mi madre. Pero es precisamente por lo que acabo de decirte: tiene que quererme tal y como soy. Y eso no es posible.
—Para eso deberías empezar por quererte tú tal y como eres, independientemente de si tu familia lo acepta o no.
¿Cómo lo has dicho? Ah, sí. Es que no estás en el sitio correcto.
—Es la primera vez que escucho a Óscar hablar de forma tan dura.
Sé que es el dolor el que habla, pero no por ello hiere menos.
—Es fácil hablar cuando tu familia te apoya por encima de todo y no han puesto unas exigencias en tus hombros toda la vida —espeto enfadado.
—¿Has hecho alguna vez algo para cambiarlo? —me acusa—. No, nunca. Pero aquí estás, dando lecciones de vida como si estuvieras por encima de todo, cuando la realidad es que eres el que está más metido en la mierda.
—Me voy —digo separándome del coche y cogiendo mi bolsa para irme—. Perdón por intentar ayudar.
—Lo siento —susurra—. Lo he pagado contigo.
—Ya, bueno. Por mucho que lo sientas, tus palabras no duelen menos, por muy ciertas que sean.
Le doy la espalda y me dirijo a mi casa.
Sé que tiene razón, que nunca he hecho nada para cambiar mi situación, pero la verdad es que siento verdadero terror cada vez que lo pienso.
Porque me conozco y sé que, en el momento en el que rompa una de mis barreras, el resto caerán en un efecto dominó que me aplastará todos los huesos hasta romperlos. Y no estoy preparado para eso.