Serie Siempre: Colección completa 8. Maite
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8. Maite

Maite

Sonrío al notar los labios de César en mi costado.

Me encanta que me despierte así, siempre me ha encantado de hecho.

Desde que hablamos hace tres fines de semana, hay días que se queda a dormir y la verdad es que cuando no lo hace le echo de menos.

Se lo he dicho, porque quedamos que nos lo contaríamos todo, pero no estamos aún en el punto de volver a vivir juntos.

Primero tenemos que despejar cualquier duda que haya entre nosotros y, aunque me gustaría negarlo, sigo teniendo y muchas.

No sé si es un tema de desconfianza o de autoprotección, porque le creo cuando me dice que no lo volverá a hacer.

Como también le creí ayer cuando me dijo que me quería después de reírnos de una broma tonta.

No me lo había vuelto a decir y reconozco que alivió mucho la losa que llevo instalada en mi corazón.

El problema es que a todo esto siempre le sigue un pero.

Confío en él, pero ya rompió esa confianza una vez y puede volverlo a hacer.

Sé que no me va a traicionar, pero lo hizo.

Sé que me quiere, pero también me quería hace cuatro meses e igualmente…

Cuando estoy con él no tengo esas dudas, estamos como antes.

De bromas, riendo o hablando de la vida, de lo que nos preocupa o de los viajes que habíamos hablado de hacer en algún momento.

Incluso hemos hablado de nuestra no-boda.

Resulta que quiso venir a verme ese día, pero a medio camino decidió que era una idea de mierda y se dio media vuelta, para volver a decir que sí y que no un par de veces más.

Me alivia saber que ese día no fui la única que pensó en el otro, pese a que yo me lo pasé con mis hermanos en casa contándome tonterías para hacerme olvidar.

Me gustaría hablar con Cristo de esto, necesito a mi amigo cerca.

Sin embargo, sé que él no va a entender que lo haya perdonado y ahora no puedo lidiar con ello.

Quizás con Lucía sea más fácil, con ella podré hablar sin sentir que no me apoyan.

Aun así, no sé si estoy preparada para decirle a nadie que he dado este paso, no quiero que me juzguen, ni me llenen la cabeza con mierdas. Bastante tengo con las mías propias.

—Si sigues fingiendo que estás dormida se te enfriará el desayuno.

—¿Me has traído el desayuno a la cama? —pregunto abriendo un ojo para mirarlo y niega mientras se ríe—. Aguafiestas.

—No, pero he ido a buscar ensaimadas y, como no te levantes, me las comeré yo todas.

—¡Que te lo has creído!

Me levanto de un salto y me pongo la primera camiseta que encuentro, que resulta ser suya. Soy capaz de dormir en ropa interior, pero no de comer sin nada que me cubra al menos el pecho.

—Estabas mejor antes —bromea y besa mi cabeza al pasar por mi lado—. Aunque siempre puedo ayudarte a quitártela cuando acabemos.

Me deja sola y aprovecho para ir al baño.

Tardo más de lo esperado porque anoche cuando llegué después de pasar la noche con Lucía decidí no desmaquillarme y disfrutar del hombre que me esperaba en la cama con una sonrisa.

La verdad es que agradecí salir y sentirme como antes; que podía volver a mi vida normal.

Me encontré mejor de lo esperado, claro que ayudó que César no parase de escribirme y estuviera despierto al llegar.

Y que Cristo no viniera. Suspiro al recordar a mi mejor amigo, tengo que escribirle, pero no sé cómo enfrentarme a él.

Sé que en el momento en el que me vea, sabrá que le he dado una segunda oportunidad a César y que no estará de acuerdo.

Cuando bajo, veo que ha comprado desayuno para cuatro personas y que tengo el café preparado delante de un plato con dos ensaimadas. Mis tripas rugen y lo primero que hago es pegarle un bocado a una de ellas mientras me siento.

—¿Qué plan tienes para hoy? —me pregunta—. Vas a comer a casa de tu madre, ¿no? Yo tengo partido esta tarde.

—Sí, debería ir, que la semana pasada no fui. —El sábado anterior decidí tomármelo para estar perreando por casa—. Además, se supone que viene Eloy.

—¿En serio? —Me mira incrédulo y ruedo los ojos—. Crees que no vendrá.

—Es más probable que Juanma y Fer anuncien su boda con la pistola de clavos de mi padre.

—A nadie le sorprendería, adoran esa pistola.

—Todos lo hacemos. —Una sonrisa triste se dibuja en mi cara al recordar a mi padre, y César aprieta mi mano—. Lo echo de menos.

—Lo sé, cariño. —Se levanta y me acuna contra su pecho a la vez que besa mi cabeza—. Era un gran hombre.

—Te adoraba.

—Por supuesto que me adoraba. Soy genial —bromea y le doy una palmada en el pecho para bajarle el ego—. Tu madre también me adora.

—Oh, no, no lo hace, te lo aseguro. —César vuelve a sentarse ahora que se ha pasado el momento nostálgico y estoy mejor—. Te odia y mucho. No sé si podrá perdonarte.

—La entiendo —dice con un suspiro—. Si alguien te hiciera daño yo tampoco podría; y yo te lo he hecho y mucho.

—Pero no la despedirías —escupo y me arrepiento en cuanto lo digo. «No reproches, no echar las cosas a la cara. Hablar de lo que nos molesta». Eso es en lo que quedamos.

—Tienes razón, no te culpes por decirlo. —A veces odio que me conozca tan bien—. Mi padre no lo sabe, no se lo conté, así que pedirle que despidiera a su empleada sin contexto no creo que le hubiera servido.

—¿Crees que lo haría?

—No —contesta sincero y me sorprende que lo tenga tan claro—. Carmen Mari lleva mucho tiempo en la empresa, conoce las necesidades de mi padre antes que él mismo. Además, no creo que tengamos liquidez para pagar la indemnización.

—Y si tu padre no estuviera, ¿lo habrías hecho? —A veces temo sus respuestas, pero necesito saberlas.

—Sí, incluso aunque hubiera implicado endeudarme o cerrar la empresa. Estaría despedida desde el mismo minuto en el que decidió tocarme.

—Gracias.

—No lo hubiera hecho solo por ti. Y tampoco es porque crea que vaya a volver a caer en sus brazos —me aclara intuyendo mis pensamientos, pese a que he intentado disimularlos—. No quiero tener cerca a alguien que hace ese tipo de cosas tan despreciables.

—Preferiría cambiar de tema —admito—. El desayuno está demasiado bueno como para que se me indigeste.

—Cuando quieras volver a hablar del tema, estaré preparado para hacerlo. Tampoco es agradable para mí.

—Gracias.

—He comprado pastel de queso para que lo lleves de postre hoy. —El cambio radical de tema se lleva la tensión que se acumulaba en el comedor y lo agradezco. Recordar a esa tipa despierta mis instintos asesinos.

—Óscar va a ser muy feliz.

—¿Compensará el que no aparezca Eloy?

—Tendrá que hacerlo.

—¿Has acabado? —Señala mi plato vacío y asiento—. Bien, porque los dos necesitamos una ducha y te he prometido quitarte la camiseta antes.

—Me gusta esta camiseta —bromeo y me regala una sonrisa de medio lado mientras coge mi mano para tirar de mí.

—Puedes quedártela, pero ahora la quiero fuera.

Me coge en brazos y sube corriendo las escaleras hasta el baño de la habitación. Me deposita en el suelo y me quita toda la ropa para meternos juntos en la ducha. Mima mi cuerpo mientras lo enjabona; para cuando salimos, la poca tensión que quedaba se ha esfumado.

Me acerca a casa de mi madre y me recuerda que luego tiene partido antes de despedirse con un beso tierno. Al llegar a la puerta, me encuentro a Juanma con una cara que me demuestra que anoche se lo pasó muy bien.

—Hola, hermanita. —Está feo que yo lo diga, pero de los tres es el más guapo. Y eso que Fer y Óscar podrían pasar por modelos, pero Juanma tiene una sonrisa que desarma, aunque nunca lo admitiré delante de ellos, claro—. Tienes buena cara.

—He dormido bien —miento, aún no estoy preparada para sus preguntas.

—Me alegro.

—¿No entramos? —pregunto confusa viéndolo apoyado en el muro.

—Fer ha mandado un mensaje al grupo. —Se encoge de hombros y sigue mirando la calle como si esperase a alguien.

Me apoyo a su lado, saco mi móvil y veo varios mensajes de esta mañana de mis hermanos en el grupo que tenemos los cuatro y otro de mi madre en el grupo que tenemos los cinco:

Mamá

Buenos días, mis chiquitines

He quedado con Eugenia para tomar un vermut, así que no vengáis pronto

He hecho asado

Maite, trae algo de postre

Os quiero

Agradezco que César se haya adelantado a las necesidades de mi madre y haya comprado el pastel favorito de Óscar, que es justo lo que mi madre hubiera pedido para el día que Eloy viene a casa por primera vez. Entro al siguiente grupo y lo primero que me encuentro me hace rodar los ojos:

Óscar

Voy a buscar a Eloy, que ha tenido un problema con el coche. Os aviso cuando salgamos, así controláis la hora

Fer

¿Alguno se acordaba de que mamá nos pidió que le cambiáramos el grifo de la ducha hace dos meses?

Ya, yo tampoco

Aprovecho y se lo cambio hoy antes de que llegue

Juanma

Fer, ¿necesitas ayuda o puedo dormir un rato más?

Fer

Creo que podré contra un grifo

Pero te llamo si lo necesito

¿Sabemos algo de Maite?

Juanma

Estará durmiendo

Como voy a hacer yo

Nos vemos luego

Óscar

Cojo el coche

Fer

NO VENGÁIS A CASA DE MAMÁ HASTA QUE ELLA OS LO DIGA

Juanma

¿Qué ha pasado?

Fer

No quieres saberlo

Juanma

Ohh, por supuesto que quiero

Fer

EN SERIO

NO VENGÁIS

Miro a Juanma de reojo y se ríe.

—Podrías haberme llamado, sabías que no iba a mirar el móvil. —Pone una sonrisa burlona y cierro los ojos, ¡será cabrón!—. Querías una excusa para entrar sin «desobedecer» a Fer.

—¿Por quién me tomas? —Finge indignación y alzo la ceja—. Venga, admite que tú también te mueres de ganas de saber qué ha pasado.

—Por supuesto. Y tengo que entrar, porque la tarta de queso tiene que estar en la nevera.

Hay quien dice que los cuatro tenemos la misma sonrisa, si eso es verdad, Juanma y yo tenemos la misma ahora mismo.

Nos despegamos del muro, pero antes de llegar a la puerta esta se abre y sale Paco, el mejor amigo de nuestro padre y mi padrino.

Además del novio de nuestra madre, pero esto se supone que no lo sabemos.

Creo que se ha equivocado al poner Eugenia en el mensaje.

—Hola, Paco. ¿Qué haces por aquí? —Juanma pone su mejor cara de póker y yo me trago una risa. Si no fuera porque sé que sabe lo de su relación, pensaría que lo pregunta de verdad.

—He venido a devolverle a vuestra madre unos táperes —miente, o puede que no, pero no solo ha hecho eso o no parecería un flan de lo que tiembla—. Fer está dentro.

—Lo sabemos —admite Juanma mirándole a los ojos—. ¿No te quedas a comer?

—He quedado. —Bajo la vista para que no me pille riendo; joder, qué mal miente—. Me alegro de veros, chicos. Otro día me paso.

Sale despavorido calle abajo y Juanma y yo aguantamos la risa hasta que dobla la esquina. Cuando consigo tranquilizarme y limpiarme las lágrimas me giro hacia mi hermano.

—Eres malo.

—Se lo merece, se folla a mi madre.

—Joder, Juanma, no seas soez. Ahora no podré quitarme la imagen de la cabeza en todo el día.

—Así no seré el único.

—Créeme, no ibas a serlo. —Me sobresalto al escuchar la voz de Fer, que nos observa apoyado en el quicio de la puerta—. ¿Habéis venido antes para saber qué había pasado?

—Juanma, sí. Yo no había leído los mensajes.

—Chivata.

—Claro, porque me hubiera creído la excusa de mierda que hubieras puesto.

—La tarta de queso necesita nevera. —Juanma pone su mejor sonrisa y no podemos evitar reírnos.

—El postre que trae Maite, dices, ¿no?

Juanma va a contestar cuando a los tres nos suena el móvil con un mensaje. Fer es el primero en leerlo.

—Mierda.

—Joder.

Miro el móvil ante sus caras y me trago una maldición.

Óscar

Al final no iremos. Disculpadnos con mamá

Apago el móvil, no tengo ganas de mierdas

—Vamos dentro —dice Fer—. Será mejor que avisemos a mamá antes de que saque la vajilla buena.

—Ya lo habrá hecho —refunfuña Juanma.

Entramos al salón e informamos a nuestra madre del cambio de planes.

Vemos el esfuerzo que hace por no ponerse a despotricar, aunque cuando va a salir murmura algo parecido a que no sabe qué ha hecho mal para que todos elijamos tan malas parejas.

Juanma rueda los ojos y se dispone a recoger la vajilla mientras Fer y yo compartimos una mirada de entendimiento.

De los tres, él es el que más me comprende, puesto que pasó por lo mismo, solo que él no quiso perdonarla.

A veces pienso si su decisión fue la correcta, pasar página y empezar de nuevo.

Otras, recuerdo el odio en sus ojos cuando se habla de una infidelidad y me doy cuenta de que sigue dolido tantos años después.

Cuando acabamos de comer, ninguno de los cuatro tenemos ganas de hablar mucho, así que nos despedimos y nos dirigimos cada uno a nuestra casa.

Decido ir dando un paseo hasta que un pensamiento se cruza en mi cabeza al pasar por una calle en la que he estado millones de veces.

Estoy frente al pabellón donde César jugará en breve, según el mensaje que me ha mandado hace un momento.

Antes de que pueda arrepentirme, entro y me dirijo a las gradas, donde diviso a Lucía con Alba, su cuñada, haciendo aspavientos muy extraños.

Decido ignorar ese hecho y me siento a su lado sin más.

Mi mejor amiga me mira esperando una explicación y me encojo de hombros dejando claro que no pienso hablar del tema.

No puedo pretender hacerle entender algo que ni yo misma hago.

Solo he notado en mi corazón que entrar aquí hoy era lo correcto.

Y esa revelación me quita otra losa, llevándose consigo varios de los demonios que no me dejan tranquila y que no paran de repetirme que no lo conseguiré.

Que jamás podré volver a confiar en César.