Serie Siempre: Colección completa 7. Óscar
30%

7. Óscar

Óscar

Estoy reventado a niveles máximos y me apetece una mierda ir a Albox hoy. Hemos empezado una reforma integral y llevo tres días picando las baldosas y el mortero de los tres baños que tienen. Al menos hemos acabado y mañana empezaremos con otra cosa.

Pongo un disco de Rammstein a tope para que me mantenga despierto y arranco el coche para pasar casi una hora conduciendo para ver a Eloy.

Espero que al menos lo valore, porque el riesgo de tener un accidente por conducir en estas condiciones es alto.

Llevamos toda la semana sin vernos y lo echo de menos, pero la verdad es que podría haber esperado un día más y descansar.

Lo malo es que le prometí que hoy nos veríamos y no me gusta faltar a mi palabra.

Debería pensar antes de hablar y así no me metería en tantos líos por bocachancla.

Maite tiene razón, siempre acabo yo yendo a Albox y eso no es justo.

Eloy ha venido en tan pocas ocasiones que me sobran dedos de una mano para contarlas.

Tengo que hablar con él, no podemos seguir así.

En verano, que cambiamos nuestro horario para evitar las peores horas de calor, era más fácil porque iba a comer y echar la siesta con él y muchos días mis hermanos me decían que no hacía falta que volviera por la tarde, que ya terminaban ellos.

Sin embargo, ahora que hemos vuelto al horario habitual, es decir, hacer más horas que un reloj y que iremos perdiendo cada vez más luz, no puedo permitirme comerme cada noche dos horas de coche para verle un rato o acabaré teniendo un accidente.

Hoy hablaré con él y tendrá que entenderlo, sí o sí.

Cuando aparco, me indica que está en la terraza de un bar y me dirijo hacia allí.

Al llegar, veo que está con un par de amigos que, si bien me caen bien, hoy no tengo ganas de verlos.

He venido hasta aquí para estar con mi novio, no para compartirlo.

Además, estoy muy cansado como para fingir que me interesa algo de lo que tengan que contarme; estos dos no callan ni debajo del agua.

Aun así, pongo mi mejor sonrisa, beso a mi novio y me siento junto a él, con la esperanza de que solo lo hayan acompañado mientras yo llegaba. Pero eso nunca sucede.

Dos horas después, Eloy me está acompañando a mi coche y yo tengo la cabeza que me va a estallar entre la conversación insulsa de sus amigos, el cansancio y el cabreo que tengo.

—¿Me vas a explicar qué te pasa? Creía que ibas a quedarte a dormir —pregunta indignado y bufo—. Si no querías venir, no haber venido.

—Y ¿qué hubiera pasado si no lo hubiera hecho? Que me habrías recriminado que te dijera que vendría hoy y no lo he hecho. ¿O me equivoco? —exploto más alto de lo que me gustaría.

—Eso no es verdad, lo hubiera entendido.

—¿Como lo entendiste hace dos semanas? ¿O en julio cuando me quedaba con Maite cuando mis hermanos no podían o ella los mandaba a paseo?

—Se calla, porque sabe que tengo razón—.

He venido a pasar un rato contigo, mi novio, pese a estar hecho polvo del trabajo.

Lo mínimo que podrías haber hecho es despachar a tus amigos cuando he llegado.

—Me ha parecido feo —se excusa y mi enfado aumenta.

—Pero te ha parecido bien que yo saliera de trabajar, cansado de toda la semana, cogiera el coche y me viniera hasta aquí para estar un rato contigo y que no tuviera la oportunidad ni de preguntarte cómo te ha ido el día porque tus amigos han acaparado la conversación, ¿no?

—Joder, Óscar, es que si lo dices así, parezco el malo de la película.

—Y ¿cómo lo contarías tú? —escupo—. Habíamos quedado, te dije que estaría cansado y que era mejor vernos el fin de semana; pero no, insististe en que viniera hoy porque si no eran muchos días sin vernos.

Te pedí que fueras tú el que se desplazara, pero tampoco te acoplaba.

Cedí, como siempre hago, porque pese a contarte todo, tú decidiste ser un egoísta y yo un gilipollas.

Creo que no es mucho pedir que, después de eso, estuvieras solo.

—¿Me vas a dejar? —susurra y ruedo los ojos sin poder evitarlo. Ahí está, cuando sabe que no puede ganar, se hace la víctima. Esta vez no lo voy a tolerar.

—Sinceramente, debería hacerlo. —Su cara de pánico al escuchar mis palabras me hacen soltar una risa incrédula.

Siempre contesto que no, que no sea tonto, que claro que no voy a dejarle, pero hoy…

hoy estoy demasiado cansado de todo como para intentar ser diplomático o empático—. Sin embargo, no voy a hacerlo, todavía.

—Gracias.

—De gracias nada, esto no es un favor, Eloy —le recrimino—.

Tenemos una relación y no puedo estar cediendo yo siempre.

Entiendo que prefieres que yo venga aquí porque vivo con mi hermano y tú solo, pero si quieres que nos veamos entre semana tendrás que venir tú.

No voy a exponerme a tener un accidente de coche por conducir cansado.

—No, claro que no. No me lo perdonaría nunca.

—Y cuando quedemos, si es para un rato, será solos —continúo ignorando su interrupción y añado un matiz previniendo su réplica—: No estoy diciendo de no hacer planes con tus amigos, estoy diciendo que si pasamos poco tiempo juntos, que no sea rodeados de gente cada vez.

—Eso incluye a tus hermanos —replica y me muerdo el labio inferior para no cagarme en todos sus muertos. Tenía que soltar lo de mis hermanos, no podía callarse.

—Mis hermanos, a diferencia de tus amigos, saben cuándo deben dejar a una pareja sola. Lo sabrías si te hubieras dignado a conocerlos un poco.

—Yo… —Le miro con la ceja alzada y sé el momento exacto en el que decide dejar de luchar esta batalla perdida—. Lo siento. Siento lo de esta noche y siento ser un novio de mierda. Intentaré mejorar.

—Acepto tus disculpas. —Ignoro de forma consciente otra de sus muestras de victimismo.

Estoy muy harto de ellas—. Pero no deberías intentarlo, tendría que salirte solo.

Si quieres estar conmigo, tendrías que querer venir a verme, tal y como yo hago.

O quizá lo que deberías es plantearte por qué no lo haces.

—Yo te quiero, Óscar.

—¿Sí? Pues a veces me cuesta creerte. —Estoy siendo muy duro con él y me doy cuenta cuando veo su mueca de dolor ante mis palabras. Sé que me quiere, lo sé, pero a veces pienso que eso no es suficiente y me duele—. Me voy ya, es muy tarde y necesito descansar.

—Quédate a dormir y haces el viaje mañana por la mañana —propone con una sonrisa que promete algo más que dormir, pero ahora mismo no puedo.

—No me apetece. Nos vemos el domingo —me despido de forma seca y noto como hace todo un esfuerzo por no llorar. Suspiro y me acerco para darle un beso—. Te avisaré cuando llegue.

—Gracias.

Me meto en el coche, arranco y me largo de allí sin mirar atrás.

Sé que he sido duro, sé que he pagado mi cansancio con él, pero también sé que no puedo estar cediendo yo siempre, que tengo que poner límites en esta relación o acabaré perdiéndome en ella.

Quizá he sido algo injusto con él, no me ha molestado que estuvieran sus amigos, me ha molestado que a él no pareciera importarle que yo no haya hablado en toda la cena cuando sabe que soy el primero en meter baza.

Cuando salgo a la carretera, me doy cuenta de que, como siga dándole vueltas a lo que ha pasado, no seré capaz de centrarme en mi camino, así que activo el manos libres y llamo a la única persona que sé que estará despierta a estas horas. Contesta al primer tono.

— ¿A quién hay que matar? —Juanma siempre contesta así cuando lo llamas a horas extrañas. Sonrío ante ese pensamiento, no sé qué haría sin él en mi vida—. ¿Hola? ¿Óscar? Dime que no me ha llamado tu bolsillo, no quiero escuchar cosas indecentes.

—Hola, capullo. Si me hubieras dejado contestarte, no te hubieras preocupado por escuchar cosas indecentes.

— Oye, que yo me alegro de que tengas una vida sexual activa, pero discúlpame si no quiero escucharla.

—Lo tendrías bien merecido por todas las cosas indecentes que tengo que escuchar yo cada fin de semana.

— ¡Solo fue una vez!

—Pero chillaba como si fueran mil —decimos a la vez riendo. La chavala gemía tan fuerte que despertó a medio edificio. Lo peor no fue eso, sino las felicitaciones y las miradas lascivas de las vecinas durante semanas.

— El otro día vino Paqui, a por sal —me cuenta distraído—, con un picardías rojo que no dejaba nada a la imaginación. Esa mujer se conserva muy bien para la edad que tiene, tengo que admitirlo.

—Esa mujer fue al colegio con nuestra madre, te lo recuerdo.

— Soy totalmente consciente de ello, pero desde que enviudó es como si le hubieran quitado quince años de encima.

—Más bien cien kilos de preocupaciones de encima. Su marido era un capullo.

— También, también. ¿Por qué me has llamado? No creo que sea para rememorar batallitas de nuestros vecinos.

—He salido de Albox hace diez minutos y estoy cansado.

— ¿Quieres hablar de ello?

—La verdad es que no, solo quiero no dormirme por el camino.

— Vale. —Es lo bueno que tiene Juanma, nunca insiste, siempre te da la opción de elegir si quieres o no hablar del tema—. ¿Sabes a quién me he encontrado hoy?

—Evidentemente no —contesto con un bufido después de unos segundos de silencio.

— Ya sabes cómo funciona esto, yo te distraigo, pero tú tienes que ir contestando a todas las preguntas, aunque sean retóricas.

—Está bien —cedo negando con la cabeza—. ¿A quién te has encontrado hoy?

— A Susi. Y ¿a que no sabes qué?

—¿Qué? —escupo cuando vuelve a callarse y se ríe.

— Está embarazada. Nunca había visto una preñada enfundada en un mono de leopardo, ha sido perturbador.

—Eres consciente de que no sé quién es Susi, ¿verdad?

— Eres consciente de que es la una de la madrugada y que estaba sobando, ¿verdad? Es la primera mierda que me ha venido a la mente, disculpa si no sé si conoces o no a Susi.

—¿Quién es?

— Es la tipa que apareció con su novio en aquella cita de hace mil años.

—Recuerdo que me robaste una corbata para su boda y que nunca más la volví a ver.

— Es mejor que no sepas qué hice con esa corbata, créeme. —El cabrón se ríe y yo con él—. Aunque fue más perturbador ver a Paqui en picardías.

—¿Tan malo fue?

— Fue peor cuando intentó rozarse. Quería rechazarla, pero no quería ofenderla.

—Pero lo hiciste —deduzco y se ríe.

— Nah, me la camelé con una sonrisa y para cuando se percató ya le había cerrado la puerta.

—Estoy cansado —le aviso, porque noto como mis músculos se están relajando y necesito activarlos.

— Para y voy a buscarte. Ya iremos mañana a por el coche. ¿Por dónde vas?

—Por Purchena, pero no hace falta, puedo aguantar.

— Ya estoy saliendo de casa, para el coche y mándame la ubicación.

—Está bien —contesto cediendo a su petición saliendo de la autovía para meterme en el pueblo, aparcar y esperarlo—. Gracias, Juanma.

— Óscar, ¿puedo decir una cosa antes de colgar?

—Claro.

— Eloy es imbécil, pienso celebrar el día que cortéis.

Y me despido sin replicarle porque en el fondo sé que tiene razón.