Serie Siempre: Colección completa 6. César
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6. César

César

Hoy hace una semana que Maite me aceptó de nuevo en su vida.

Estoy siendo más intenso de lo que he sido jamás, le escribo cada poco rato, le cuento hasta si me he cruzado con un perro y me paso todos los días por su casa después de trabajar o entrenar.

Sé que debe confiar en mí sin necesidad de que le cuente todo lo que estoy haciendo en cada momento, porque esto no es confiar, es controlar, solo que no es ella quien me lo exige, soy yo quien necesita hacerlo.

No nos hemos vuelto a besar y, por supuesto, tampoco a acostarnos, desde nuestra noche loca el día que volví a Baza.

No quiero forzar la situación, pese a que me muero por hacerlo, y ella parece conforme con ello, así que solo me queda tener paciencia y esperar que Maite decida que quiere volver a tener sus labios juntos a los míos.

Puede que nunca esté preparada y, aunque eso me rompa por dentro, intento disimularlo delante de ella.

Mi dolor es secundario, yo soy el causante de esta situación y soy yo quien debe sufrir por ello, no ella.

Llego a su casa en tiempo récord; parece que todos los coches se han escondido y los semáforos se han puesto de acuerdo para estar en verde.

Aparco dos calles más abajo e intento buscar las sombras de las farolas para que nadie me vea.

Lo que menos quiero en estos momentos son chismes sobre nosotros por toda la ciudad; ya tuvimos bastante de eso en junio cuando cancelamos la boda a un mes de celebrarla, porque puede que me fuera a Málaga, pero me llegaron igual.

Hubo muchos rumores del porqué: que si nos habíamos arrepentido, que si se nos había hecho cuesta arriba el «para siempre», que si había terceras personas…

Sin embargo, no confirmamos ninguna. Evidentemente, la gente más cercana a nosotros se acabó enterando, como es lógico, al resto los dejamos en la inopia, no quería que mirasen a Maite con lástima.

Aunque, por lo que me han contado, es algo que pasó igual, puesto que ella se quedó aquí y yo me fui.

Llamo a la puerta y Maite me abre al instante, le he mandado un mensaje cuando he bajado del coche para que estuviera atenta.

Me deja entrar y el olor a comida hace que me rujan las tripas, me muero de hambre después del partido.

Esto es algo que solíamos hacer: me preparaba la cena o la comida después del partido.

Siempre pensé que era su forma de compensar que nunca viniera a verme jugar.

Incluso cuando íbamos a cenar con el resto del equipo, venía cuando sabía que habíamos terminado.

Nunca me ha molestado, pero ahora, que estamos empezando de nuevo, me gustaría compartir con ella esa parte de mí tan importante.

Supongo que en cierto modo este sentimiento viene porque antes lo compartíamos todo, así que tener algo que no, tenía sentido.

Sin embargo, en este momento que no tenemos nada juntos, lo quiero todo.

—¿Cómo ha ido? —pregunta mientras se dirige a la cocina y voy detrás de ella.

—Hemos ganado, pero se nota que es el inicio de la temporada. Nos ha costado más de lo que debería.

—Igual deberíais asumir la edad que tenéis y que los jóvenes os pueden —bromea entregándome mi plato.

—Seguramente.

—¿Cómo has visto a mi primo? —Sonrío ante su duda. Desde que Adri volvió después de un matrimonio abusivo y tóxico, tan hecho polvo que no parecía él mismo, todos hemos ido controlando su evolución.

—Bien. —Nos sentamos a comer en silencio. La televisión está puesta, pero ninguno de los dos le prestamos atención. Cuando la tensión empieza a ser asfixiante, decido romperla—: Algún día podrías venir a ver un partido.

—¿Yo? —Me mira sorprendida, como si le hubiera pedido que hiciera el pino puente en mitad del salón—. Sí, supongo que podría ir un día.

—Si no quieres, no tienes por qué.

—Lo sé —comenta centrándose otra vez en el plato.

Suspira un par de veces antes de hablar—: César, ¿no te da la impresión de que no estamos haciendo «nada»?

Es decir, me escribes, mucho, yo te contesto, pero hablamos de chorradas.

Vienes a casa, cenamos, vemos un capítulo o dos de una serie y te vas.

Pero realmente no conversamos, no sabemos cómo se siente el otro, ni si esto nos parece bien o no.

Es como vivir constantemente ignorando el elefante rosa de la habitación.

—No quiero decir o hacer nada que te moleste.

—A eso me refiero. ¿Cuándo te has cohibido para comentar algo conmigo? Nunca. Podíamos hablar de todo, aunque no estuviéramos de acuerdo. Si queremos que esto funcione, tenemos que abrirnos el uno al otro y hablar de todo, como antes. Ahora somos dos desconocidos que cenan juntos.

—Y ¿si digo algo que te molesta o te incomoda?

—Te lo haré saber, por eso no te preocupes. —Ahí está, esa fuerza que hizo que me enamorase de ella—. Pero lo que no podemos hacer es querer que funcione y no hacer nada al respecto. Eso solo nos llevará a la frustración.

—Y ¿si lo que quiero es besarte? —pregunto clavando mi mirada en la suya.

—Pues me besas.

No sé quién de los dos se levanta antes, pero un segundo después estamos pegados el uno al otro como si quisiéramos fundirnos.

La alzo y sus piernas me rodean sin romper el beso.

¡Joder! ¡Cuánto he deseado esto! Nos dirijo hasta el sofá y me siento con ella encima mientras amaso su culo con las manos.

Es tan perfecta y encajamos tan bien, que me pasaría el día entero con ella en esta posición.

Mueve las caderas y suelto un jadeo; o hago algo o esto acabará antes de empezar.

Por un momento, dudo si ser yo quien empiece a quitarle la ropa, pero Maite tiene razón, me estoy conteniendo, así que le saco la camiseta y ataco sus pechos por encima del sujetador.

Tanteo su espalda hasta el cierre y, después de forcejear un poco a la vez que noto su risa en mi cuello, consigo liberarlos.

Los beso, los lamo y los muerdo mientras escucho sus jadeos y su cadera se mueve frenética buscando nuestro roce.

En algún momento pierdo la camiseta y echo la cabeza hacia atrás al notar sus dientes por mis pectorales.

Tengo que controlarme para no correrme en los pantalones como cuando empezamos a salir siendo adolescentes; así que detengo el movimiento de sus caderas y la alzo para que quede de pie.

Meto los dedos por la cintura del pantalón y los arrastro llevándome conmigo las bragas.

Ahora que la tengo desnuda frente a mí, me tomo un momento para contemplarla, es preciosa, tanto por dentro como por fuera.

Soy el hombre más afortunado del mundo por tenerla a mi lado.

Cuando acabo de comérmela con los ojos, veo algo que me deja paralizado unos segundos.

Su rostro, que en otras ocasiones tendría la expresión de «sé que te gusta lo que ves y es todo tuyo», muestra inseguridad y duda.

Se me cae el alma a los pies. Yo y solo yo soy el causante de ello.

—Ven —digo levantándome y cogiéndola de la mano—. Vamos a la cama.

—¿Quieres hacerlo con la luz apagada? —murmura.

—No. Quiero venerar tu cuerpo como se merece y que jamás vuelvas a dudar de lo preciosa que eres, y para ello necesito estar en la cama.

Me sigue sin decir nada más y, cuando estamos a punto de subir por las escaleras, me freno y cambio de dirección. Sé que es una apuesta arriesgada, pero creo que los dos lo necesitamos. Si vamos a hacer esto, hay que romper todos los muros desde el principio.

—¿A dónde vas? —susurra frenándome por el brazo—. No creo que sea capaz.

—Quiero que esa habitación vuelva a ser nuestra, que deje de ser un tabú. Quiero que te corras hasta que olvides lo que pasó en ella.

Aferro su mano y la coge con fuerza, asintiendo. Respiro hondo antes de abrir la puerta y encontrarme con un espacio que desconozco por completo. Ni siquiera tiene la misma distribución. Me apunto mentalmente agradecérselo a mis cuñados.

La siento en la cama y me arrodillo frente a ella mientras la miro.

Me hago sitio entre sus piernas y las apoyo en mis hombros, todo sin apartar mi vista de la de ella.

La empiezo a tantear con mis dedos, en una caricia suave que provoca que entrecierre los ojos.

Sonrío de medio lado, algo que solo hago para ella, antes de pasar mi lengua de arriba abajo por sus pliegues.

Desconozco quién de los dos jadea más fuerte.

Sigo trazando el camino con la punta de mi lengua en zigzag mientras oigo sus gemidos.

Voy jugando con el ritmo, hasta que una de las veces que lo ralentizo, noto como clava sus uñas en mi cabeza como protesta.

Me tira del pelo y me pega más a ella, en una súplica silenciosa de que no pare, y eso hago.

El grito de su orgasmo hace que manche mi ropa interior, aunque consigo no correrme por poco.

Me levanto para observarla desde arriba, ahora que está tumbada recuperándose, y sé que he tomado la decisión correcta. Esto es justo lo que necesitamos, volver a ser nosotros y olvidarnos del pasado. Voy a hacer todo lo posible para borrar esa fatídica noche de junio, cueste lo que cueste.