Serie Siempre: Colección completa 5. Maite
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5. Maite

Maite

Hace tres días que César me pidió volver a intentarlo y aún no sé si hice bien o no en aceptar.

En el fondo sé que sí, pero… Esas dudas me están matando.

Tengo claro que lo echo muchísimo de menos desde el mismo momento en el que salió por la puerta de casa, maleta en mano, me miró y cerró.

Deseé durante las siguientes dos horas, que me quedé plantada mirando la puerta, que la abriese y me dijera que todo era una pesadilla, que me despertase, que él estaría a mi lado para darme los buenos días como siempre.

Que todo era a causa de los nervios de la inminente boda que teníamos planeada desde hacía más de un año.

Sin embargo, eso nunca sucedió. Fue una llamada de Cristo lo que me sacó de ese trance.

Debo admitir que he esperado su regreso cada día desde ese momento, tal y como aseguró que haría, sobre todo el día que debíamos casarnos, pero no pasó. Sabía que no vendría, aun así, esperaba estar equivocada por una vez. Me prometió tiempo para pensar y eso me ha dado, por mucho que eso me duela.

Recuerdo la conversación como si fuera ayer, la que tuvimos días después del peor día de mi vida:

—Tu perdón es un regalo que no merezco —dijo abatido, mirando al suelo donde se acumulaban sus lágrimas.

—Pero es verdad, te perdono —repetí por cuarta vez esa mañana—. Ha sido un desliz, podemos superarlo.

—Sé que piensas que será así y te quiero más por ello —admitió—, sin embargo, hacer como si no hubiera pasado nada e intentar seguir con nuestras vidas solo nos va a romper. Y no quiero hacerte más daño.

—¿Me estás dejando? ¿Quieres que lo nuestro se acabe? —susurré como pude y él me miró a los ojos por primera vez desde que nos habíamos sentado a hablar.

—Jamás voy a querer eso. Eres lo mejor de mi vida, no existo sin ti.

—¿Entonces?

—No creo que debamos casarnos en esta situación.

Sé que ese día será el más feliz de mi vida, y si lo hacemos en un mes, no lo será porque ninguno de los dos estará bien.

Quiero que entres a la iglesia sin dudas, sabiendo que será para siempre.

Que nuestro amor es eterno. —Me tragué la réplica, sabía que tenía razón por mucho que doliera—.

No voy a renunciar a ti; siempre volveré junto a ti, pero lo haré cuando estés preparada.

Cuando yo lo esté. Puede que tú me hayas perdonado, pero yo no lo he hecho.

—¿Cómo lo haremos? —Supe desde el momento que formulé la pregunta que no me gustaría la respuesta.

—Tenemos que darnos tiempo. Sanar las heridas que ahora mismo sangran sin control.

Necesitas reflexionar si realmente quieres perdonarme, ahora no estás en condiciones de tomar una decisión objetiva.

Y yo tengo que perdonarme para poder recuperar tu confianza.

Porque, no te equivoques, con el perdón empezaremos el camino, no es el destino, es el punto de partida.

—¿Crees que lo conseguiremos?

—Sí.

El sonido del timbre me saca de mis recuerdos, y lo agradezco, no quiero empezar la conversación llorando.

Porque puede que hayamos decidido que es el momento de volverlo a intentar, pero tenemos que hablar, saber en qué punto estamos y continuar a partir de ahí.

Solo espero que no estemos muy distanciados, no creo que esté preparada para dejarlo ir.

—Hola —susurra César desde la puerta con un intento de media sonrisa.

—Hola —saludo mirándolo. Está justo donde quería que estuviera todas las malditas veces que abría la puerta. Y ahora que lo tengo delante, no sé cómo actuar.

—¿Puedo pasar o prefieres ir a un bar o un banco de la calle? —pregunta prudente—. O podemos dar un paseo.

Sonrío, me está dando otra opción por si he cambiado de opinión.

Quedamos aquí para que fuera más fácil hablar, pero me está ofreciendo una alternativa.

Siempre está cuidando de mí. O estaba. Me trago la mueca de dolor antes de que la vea y me aparto para que entre.

No quiero que nadie nos vea, no por lo que puedan pensar, sino porque necesitamos intimidad para hablar sin tapujos.

—¿Quieres tomar algo? —le ofrezco, quizá en un vano intento de alargar lo máximo posible el inicio de la conversación.

—Agua está bien —dice con una sonrisa y se dirige al salón. Está incómodo, aunque no es el único.

Cuando vuelvo con la botella y dos vasos, me lo encuentro observando todo como si fuera la primera vez.

Como si no hubiéramos elegido juntos el color de los muebles o mareado a Juanma a ver dónde los colocábamos para que la televisión se viera desde cualquier punto.

Dejo las cosas encima de la mesa y me siento.

Él hace lo mismo. Respira hondo y me mira antes de hablar:

—Lo siento. Siento que estemos en esta situación por mi culpa, pero, sobre todo, siento haberte hecho daño.

He conseguido perdonarme, o no, pero he alcanzado un punto en el que me he dado cuenta de que no podía seguir revolcándome en la mierda, que necesitaba hacer algo.

Que por mucho que me arrepintiera, no hacer nada no era una opción.

Que iba a perderte por no actuar. Así que aquí estoy para que hagas conmigo lo que quieras.

—César… —Bebo un poco de agua y bajo la vista, es más fácil si no lo miro—.

Me has destrozado el corazón y sigue roto.

No volverá a estar como estaba, eso lo tengo claro, pero me gustaría volver a construirlo contigo.

Solo te pido que sea de verdad y para siempre, que me prometas que no volverá a pasar.

—Lo prometo —sentencia, pero noto un atisbo de duda y suspira—.

Te lo dije en su momento y te lo vuelvo a repetir: no recuerdo tomar esa decisión.

Siempre pensé que no sería de ese tipo de hombres, ser infiel es una decisión y yo nunca quise serlo.

Me he roto la cabeza pensando el porqué, más que el cómo, el cual tampoco sé, pero he llegado a la conclusión de que nunca lo sabré.

No puedo cambiar el pasado, pero sí puedo hacer todo lo posible para no repetir los errores cometidos.

De momento, llevo sin beber ni una gota de alcohol desde ese día.

—¿En serio?

—Si mi subconsciente quería decirme algo ese día, yo no lo he entendido. Aun así, mi consciente te quiere y no quiere perderte; así que, como te he dicho, haré todo lo posible para que así sea.

—Quiero creerte cuando me dices que no estabas lúcido cuando lo hacías, pero es difícil. Nunca pensé que serías de esa clase de tíos y tenía confianza ciega en ello. Ahora tengo todos mis esquemas rotos y no sé si te conozco siquiera.

—Lo entiendo, porque yo he pasado por lo mismo.

—Se frota la cara con las manos—. Sigo sin saber qué me motivó a irme con ella aquella noche.

Ni siquiera soy consciente de cómo salí del local.

Recuerdo estar en la barra riendo y luego todo era una neblina hasta que escuché que me llamabas.

Rememoro todos los días tu rostro roto por el dolor y mi confusión al no entender nada.

—César lleva diciendo esas mismas palabras desde que sucedió.

Al menos tengo que reconocer que es coherente.

—Aún tengo pesadillas con su boca en tu polla —admito—. En ellas, no la apartas, me miras mientras sigue con su faena y mi corazón se rompe. Caigo en un abismo de dolor y os oigo reír.

—En mis pesadillas llego a casa de trabajar, pero quien me espera no eres tú, es ella. Empiezo a buscarte desesperado por todas las habitaciones mientras ella se ríe y me recuerda que ahora soy suyo.

—«Te dije que sería mío» —recuerdo en un susurro y César me mira con el ceño fruncido—. Ella me dijo eso antes de irse cuando la apartaste y le pediste que se largase.

—No me acuerdo de eso, solo tu cara.

—Ibas muy borracho —le recrimino, no era la primera vez que lo veía en ese estado, pero ese día, ese día era diferente.

Ni siquiera sé cómo explicarlo. Estaba ido, al borde del coma etílico.

César nunca ha sido de los que beben hasta olvidar, claro que tampoco de los que eran infieles a un mes de casarse. O eso creía.

—El caso es que no recuerdo beber tanto, pero imagino que se me fue de las manos. No estoy intentando justificarme —aclara antes de que le replique—. Solo trato de exponer mi punto de vista. Lo que rememoro de esa noche a la que me gustaría volver para evitar todo esto.

—No podemos cambiar el pasado. —Suspiro y hago la pregunta de la que más miedo me da conocer la respuesta—: ¿La has vuelto a ver?

—No. —Exhalo todo el aire que había estado reteniendo—. Fui a la oficina antes de que abriera, cogí mis cosas y le dije a mi padre que trabajaría desde casa hasta nuevo aviso. Tal y como salí de allí, me fui a casa de mi hermana.

—¿Has estado en Málaga todo este tiempo? —Ahora entiendo por qué no nos hemos cruzado ni una sola vez. Pensaba que me evitaba, claro que yo tampoco he salido mucho y no he estado cerca de casa de sus padres u oficina.

—Volví dos semanas después para el último partido de la temporada. Me extraña que no te enterases.

—No me suena, pero no he pasado el mejor verano de mi vida, la verdad.

—Discutí con Cristo, casi llegamos a las manos. También estuve con tus hermanos.

—Ninguno de los cuatro me ha dicho nada —murmuro, un poco enfadada con ellos.

—Supongo que era lo mejor. La realidad es que volví para saber cómo estabas —admite—.

Sin embargo, luego decidí que no debía hacerlo más.

No era capaz de estar cerca de ti y no ir a verte, y eso era egoísta por mi parte, tú necesitabas tiempo.

Así que poner tierra de por medio me pareció lo más indicado.

—Y ahora estás aquí —digo con una sonrisa triste—. No me llamaste ni me buscaste cuando volviste.

—Tuve un mensaje escrito durante dos días. Fui incapaz de enviarlo. No sabía cómo estabas ni cómo te lo tomarías. Prefería que nuestro primer contacto fuera cara a cara.

—Y, aun así, fue cara con espalda —bromeo por romper un poco la tensión que nos envuelve, aunque no sirve de mucho.

—Se suponía que solo iba a venir unas horas para reunirme con mi padre, pero me encontré a Alberto y me dijo de ir a tomar algo.

Me negué hasta que me confesó que sabía que estarías.

Ni pude ni quise rechazar la oportunidad.

Estuve toda la noche pensando qué sería lo primero que te diría.

Sin embargo, cuando te vi bailar todo mi raciocinio se esfumó y no pude más que sucumbir a ti, como llevaba deseando desde que salí de casa.

—Admito que el alcohol ayudó. Yo tampoco quise resistirme.

—Al día siguiente llamé a mi hermana y le expliqué que no volvería hasta que hablase contigo. Y me dijo que perfecto, porque no pensaba dejarme hacerlo. —Se ríe al recordarlo—. Así que dejé de posponer algo que llevaba deseando desde que me fui a Málaga: pedirte una segunda oportunidad.

—Y ¿si te hubiera dicho que no?

—Lo hubiera aceptado y seguramente me hubiera mudado a Málaga. No creo que sea capaz de vivir aquí sin ti.

—¿Qué has hecho estos tres meses en Málaga? —pregunto con miedo, César pone una sonrisa dulce en su boca y coge mis manos antes de contestar.

—Trabajar mucho. Apenas he salido y, cuando lo he hecho, ha sido más para obligar a Cristina a hacerlo. Las oposiciones la tienen consumida, pero me he aprovechado de ello para encerrarme yo también. Mientras trabajaba no pensaba. Y ¿tú?

—Los primeros días me encerré en casa, hasta que mis hermanos decidieron que ya había sido suficiente. Me han acompañado en mi dolor, me han escuchado y respetado, y no me han dejado sola. Incluso hicieron turnos para dormir conmigo, hasta que me cansé y los eché de casa.

—Muy harta tenías que estar para hacer eso.

—Óscar reordenó toda la cocina; y Fer y Juanma redecoraron la habitación de abajo —le explico soltando un suspiro hastiado—. Sé que lo hicieron con buena intención, pero necesitaba enfrentarme a los demonios sola.

—Cambiaron la habitación de abajo —repite girándose para mirar la puerta que lleva cerrada desde hace tres meses. Ahí fue donde pasó todo. Donde me encontré a César con su polla metida en la boca de esa zorra—. Yo la hubiera quemado.

—Estuve tentada —admito con una sonrisa.

—Entonces, Maite, ¿quieres volver a salir conmigo? —pregunta con una sonrisa de medio lado. Una que siempre me ha encantado.

—Sí, quiero.

Solo espero no arrepentirme de mi decisión.