4. Óscar
Óscar
—No entiendo cómo puede gustarte esta fiesta —espeta Eloy secándose con la toalla después de una ducha en la que ha estado más de veinte minutos y se ha enjabonado tres veces—. Es asquerosa.
—Es divertida —le contradigo con una sonrisa mientras meto mi ropa sucia de pintura en una bolsa y me quedo desnudo ante él—. ¿Te duchas conmigo?
—Ni hablar. No hasta que estés limpio del todo. —Su mueca de asco me hace reír y entro solo. En cinco minutos estoy fuera y observo como sigue frotando su cuerpo para eliminar manchas inexistentes—. La ropa sucia la quemarás, ¿no?
—¡Qué va! Esa va directa a casa de mi madre.
—¡¿Será una broma?!
—Es una tradición. Al día siguiente del Cascamorra vamos a comer a casa de nuestra madre y le llevamos la ropa sucia. Sin excepción. Y pobre de nosotros si no lo hacemos.
—Tu madre no parecía muy feliz mientras la manchabais. —Me río mientras niego y su cara de confusión aumenta.
—El año después de que muriese nuestro padre decidimos dejarla tranquila y no mancharla, ni llevarle la ropa sucia al día siguiente —le cuento—. Fue un tremendo error que no estamos dispuestos a volver a cometer.
—¿Por qué?
—Estuvo un mes de morros, en el que, en lugar de hablarnos, nos ladraba.
Cuando llegamos al día siguiente de la fiesta a comer a su casa, no había nada preparado, nos la encontramos con los brazos cruzados en el sofá y nos miraba con odio.
Ese día no habló, y mira que es difícil contenerse con Fer y Juanma cerca, sobre todo porque no pararon de meter baza durante todo el día.
—¿Todo eso por no mancharla? ¡Si no dejaba de quejarse!
—Se queja porque tiene que hacerlo, porque no queda bien delante de las amigas decir que está encantada de que sus hijos la busquen y la manchen. Pero la realidad es que a nuestra madre le gusta la fiesta tanto como a nosotros.
—Sois un poco raritos —dice haciendo una mueca divertida y de asco a la vez.
—Era la fiesta favorita de nuestro padre, así que, cuando la festejamos, es como si aún siguiera aquí. —Se me dibuja una sonrisa triste en la boca al recordarlo, aún duele como el primer día.
—Debería irme ya. —Su confesión me saca de la burbuja de tristeza en la que me había sumido y le miro con el ceño fruncido.
—Pensaba que te quedarías a dormir.
—Sabes que no me gusta que tu hermano duerma al lado de donde estamos, y, si me voy ahora, no tendré que conducir de noche.
—Vale, como quieras.
Me trago mi desilusión porque se marche y sonrío.
Sé que no le gusta dormir aquí, pero pensé que hoy haría una excepción.
Nos dirigimos a mi habitación a vestirnos, aunque no es lo que quiero hacer ahora mismo, y Rufus bufa a mi novio al pasar para dirigirse a la habitación de Juanma.
Es un gato muy selectivo y Eloy siempre se queja de ello, pero, si no pasa tiempo en casa como para que pueda conocerlo, nunca lo va a aceptar como parte de la familia.
Cuando estamos acabando Eloy suelta lo que lleva rondándole desde hace un rato:
—¿Quién es el chico que estaba antes con vosotros? ¿Es tu expareja? —pregunta con un aire desenfadado que sé que es mentira.
—¿Quién? —Lo miro confuso, hemos hablado con demasiadas personas como para saber a quién se refiere, aunque me hago una ligera idea.
—El chico rubio que ha venido cuando estábamos con tu madre antes de irnos. No me lo has presentado.
—Ah, Cristo. Es el mejor amigo de Maite.
Omito que me di cuenta de que era gay porque me lie con él o que de vez en cuando damos rienda suelta a nuestra pasión cuando los dos estamos solteros.
Eloy es una persona muy celosa, estamos trabajando en ello, pero no quiero darle motivos para que se emparanoie más, sobre todo porque Cristo y yo no somos nada ni lo seremos.
—Parecía que os conocía bien.
—Y ¿por qué no iba a hacerlo? Se ha pasado todas las tardes de su adolescencia en mi casa, comiéndose todos los bizcochos que preparaba mi madre. Es como un primo pesado del que no puedes librarte. Maite lo adora, pero mi madre más. Incluso lo invita en Navidad a tomar el café.
—Ah.
Respiro hondo y lo dejo acabar de vestirse, cuando está en pie, me acerco y lo abrazo por la cintura.
—Eloy, mírame —le pido. Cuando lo hace, prosigo—: Cristo no es nadie en mi vida, solo el amigo de mi hermana. De hecho, hacía meses que no le veía. No tienes nada de qué preocuparte, eres mi novio y solo tú puedes romper eso. Nada ni nadie se meterá en medio.
—¿Lo prometes? —A veces me cuesta lidiar con sus inseguridades y tener que justificarme a cada paso que doy. Sin embargo, estoy seguro de que será algo temporal, que cuando me conozca bien verá que no tiene de lo que preocuparse.
—Lo prometo —le digo con una sonrisa sincera, la cual me devuelve. Debería tener claro lo que opino de la infidelidad, y más después de lo ocurrido entre César y Maite.
—Es que, te imagino con todos esos obreros cachas, sin camiseta, y pienso que tiene que ser difícil resistirse.
—Es más fácil de lo que piensas, créeme. —Me río—. La mayoría me doblan la edad, y te aseguro que tengo más ganas de ponerles la camiseta que de quitársela. Además, yo solo tengo ojos para ti.
Me sonríe y le robo un beso, al cual responde mucho más efusivo de lo que esperaba.
Antes de darme cuenta, mi ropa ha volado y mi polla está en su boca.
Gimo y me olvido de todo; aunque, durante una pequeña fracción de segundo, mi mente evoca un pensamiento: «Cristo lo hace mejor». Justo en ese momento, me corro.