1. Maite
Maite
No era la primera vez que lo veía aquí. Sin embargo, su presencia me perturbaba.
No esperaba encontrármelo. No esperaba verlo.
No quería verlo. Su cabeza sobrepasaba la de todos sus amigos y su aire solitario y enigmático conseguía que la mirada se te enganchara como si fuera un pastel de chocolate después de meses de dieta.
Aparté la vista cuando sus ojos se centraron en mí.
Cogí la copa una vez la camarera acabó de prepararla y pagué con el móvil antes de guardarlo de nuevo en el bolsillo.
Observé la pista de baile, tenía la sensación de doblar la edad a la mayoría de los que allí estaban, pese a que solo fueran unos diez años de diferencia.
Un grupo de chavales imberbes rodeaba a mis amigas, que bailaban como si fuera su último día en la Tierra.
O el primero. «Despedida de ataduras» lo había bautizado Ruth cuando brindamos en la cena celebrando que todas estábamos solteras por primera vez en años.
Seguí bebiendo mi ron cola mientras evaluaba al grupo.
Cada vez que intentaban un acercamiento, mis amigas cambiaban de dirección para impedirlo.
Por sus caras de satisfacción, sabía que les estaba encantando que esos críos se fijaran en ellas, pero que iban a jugar con ellos como un gato con un ratón de tela: hasta destrozarlos.
En el término más pecaminoso de la palabra.
Esos chavales iban a contar esta conquista a todo el que se les cruzase, incluidos sus nietos.
Como si el mérito fuera de ellos y no hubieran sido ellas las que les habían permitido vivirlo.
No tendría que haber aceptado salir. Odiaba el reggaeton que sonaba, Óscar me obligaba a escucharlo en su coche siempre que podía y se burlaba cuando acababa moviéndome al ritmo repetitivo de todas sus canciones.
Tampoco me gustaba la forma en la que las crías se movían como si esto fuera un club liberal en lugar de un bar de copas normal y corriente; quizá hubiera estado más cómoda en esa primera opción.
Volví a sorber solo para darme cuenta de que no me quedaba bebida, hice una mueca, no debería tomar más si pretendía llegar por mi propio pie a casa.
Dejé la copa en la barra y proseguí con mi labor de investigación.
Quédate de Quevedo empezó a sonar, y Ruth cogió la mano del crío que tenía justo detrás para guiarla hasta su estómago por encima del vestido rojo.
Encajó su cuerpo con el del chaval, que se había sonrojado tanto que ni las luces oscuras del local podían disimularlo, antes de empezar a moverse de forma sensual al ritmo de la música.
Me guiñó un ojo cuando nuestras miradas se cruzaron y su sonrisa malvada me prometió mucha diversión esa noche.
Había algo sensual en observarlos, en cómo sus cuerpos encajaban y el culo de ella quedaba justo a la altura del pantalón de él.
El chaval dejó de mirar alrededor y escondió la cabeza en la melena de mi amiga.
Afianzó una mano en su cintura y colocó la otra en el muslo, a la altura justa para que sus yemas jugasen con el borde del vestido.
Se movían con una sincronización perfecta, como dos piezas de un todo.
Como si llevasen años practicando para ese preciso momento.
Una punzada de celos me atacó, pero la envié al fondo de mi mente de una patada.
Hoy había salido para divertirme y olvidar los últimos meses, debía hacer por recordarlo, aunque era difícil notando su mirada en mi espalda.
La música cambió y entonó los primeros acordes de Corazones rotos de Lola Índigo.
Me dejé llevar por el ritmo y acabé cerca de Ruth, que estaba demasiado ocupada hablando en susurros como para percatarse.
Empecé a mover el cuerpo, olvidando dónde estaba o cuánta gente había a mi alrededor.
Imagino que todo el vino de la cena y las copas posteriores ayudaron a ello.
Mis caderas se contoneaban de izquierda a derecha marcando el ritmo de la batería de la canción, pam, pam, pam…
Unas manos se posaron en ellas y me ayudaron a seguirlo con más presión.
Su cuerpo emanaba una calidez sorprendente, tenía ganas de que pegase su pecho a mi espalda, pese al calor del local, pero seguí moviéndome como si no existiera y bailase sola.
Cerré los ojos y alcé los brazos, en una invitación silenciosa a mi acompañante, que entendió a la perfección.
Su mano izquierda subió hasta mi estómago mientras borraba el espacio que nos separaba y dejaba que marcase el ritmo de su cuerpo con el mío.
La fina tela del vestido me permitía sentirlo entero: sus caricias en mi vientre, que subían con sigilo hacia mi pecho; su mano derecha trazando el tatuaje de mi brazo con las yemas y su entrepierna rozándose con la parte baja de mi espalda.
Alcé la vista para mirarlo y sus ojos verdes brillaron mientras me regalaba una sonrisa ladeada.
Fui incapaz de volver a cerrar los míos, enganchada a los suyos.
Me giró con destreza y colocó mis brazos alrededor de su cuello.
Enterré mis dedos en su pelo mientras volvía a coger el ritmo de la canción.
Mi pecho pegado al suyo, una mano en mi culo y la otra en mi costado, con el pulgar rozando el aro del sujetador.
Balanceamos nuestros cuerpos durante una eternidad, mientras sus manos me otorgaban pequeñas caricias que llegaban directas a mi espina dorsal.
Bajó la cabeza y me mordió el lóbulo de la oreja, provocándome un jadeo.
Su risa hizo que le tirase fuerte del pelo y volvió a clavar sus dientes.
Le di acceso a mi cuello, lo besó y lamió con parsimonia; recorriendo el camino con la punta húmeda de su lengua y erizando mi piel hasta los pies.
La canción cambió a otra más animada, pero no nos importó.
Nuestros cuerpos seguían moviéndose a un ritmo que solo existía dentro de nosotros, mientras le dejaba trazarme entera con la lengua y los dedos.
Sus caricias, que prometían más, nos incendiaron hasta el punto de no saber si el calor que notaba era el suyo o el mío. Su dureza contra mi estómago, la fricción de su pecho encendiendo mis pezones y sus dedos en mi culo volatilizaron la poca cordura que me quedaba.
—Pasa esta noche conmigo —susurró en mi oído—. Por favor.
Asentí una vez. Antes de que pudiera arrepentirme, su mano se posó en mi espalda para guiarme hasta el guardarropa y recoger las chaquetas y mi bolso.
No hablamos en el coche, nos limitamos a entrelazar nuestras manos mientras su pulgar no paraba de acariciarme.
No hubo florituras al llegar, ni un vano intento de suavizar lo que íbamos a hacer.
En cuanto cerró la puerta y echó el cerrojo, estampó su boca con la mía, lanzando mi cuerpo contra la pared del recibidor.
Alzó mi culo y lo rodeé con mis piernas.
Nos guio hasta el dormitorio, donde, de forma delicada, me posó en la cama y empezó a quitarse la ropa ante mi atenta mirada.
De repente, toda la prisa inicial se había desvanecido y tardó una eternidad en bajar la cremallera de la chaqueta de cuero que llevaba puesta.
Bufé y sonrió de medio lado. Cuando empezó a desabrochar la camisa con la misma lentitud, mi paciencia se acabó y me puse de rodillas en la cama para abrirla de golpe, haciendo saltar todos los botones.
Cogió mi barbilla y me empezó a besar lento pero profundo.
Sus manos deshicieron el nudo del cinturón de la chaqueta y me la quitó, lanzándola encima de su chaqueta.
Abrí, uno a uno, los botones de sus vaqueros, y su polla dura apareció en mi mano.
No llevaba ropa interior. La acaricié y el beso se cortó con un siseo, aprovechó para quitarme el vestido y el sujetador.
Me empujó hacia atrás y obedecí mientras lo observaba acabar de quitarse la ropa.
Mis bragas desaparecieron antes de tumbarse encima de mí; mis medias de liguero y los tacones se quedaron donde estaban.
Volvieron las ganas, la prisa, los gemidos ahogados y las caricias.
Nos convertimos en uno. Nos besamos, nos lamimos y nos llevamos al placer hasta acabar saciados y jadeantes.
Cuando recuperé la respiración y la cordura, me vestí y me fui a mi casa.
Al final, por muy bien que nuestros cuerpos se compenetrasen, lo habíamos dejado por un motivo. Uno muy difícil de olvidar.