Serie Siempre: Colección completa Prólogo
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Prólogo

Prólogo

Óscar

Hace doce años

No sé qué cojones le ha pasado hoy a Cristo en el partido, pero hemos perdido por su culpa.

Ya podría haberse quedado en casa alegando que no se encontraba bien, nadie le hubiera echado de menos, desde luego.

Por los tambaleos de Maite anoche al llegar a casa y la cara del susodicho esta mañana, estoy totalmente seguro de que fueron al botellón en casa de Alberto y se les fue de las manos.

¡Joder! Al menos el anfitrión ha tenido la decencia de no presentarse.

Si no sabes beber, no lo hagas. Así de simple.

Si al día siguiente tienes partido, no te tajes.

No habrá días para hacerlo, como, por ejemplo, esta noche.

Y no nos dejas al resto con el culo al aire.

Apoyo las manos en las baldosas de la ducha mientras dirijo el chorro hacia la nuca, a ver si así consigo apaciguar el cabreo.

Mi padre me dirá que solo es un partido, que no tengo que darle tanta importancia y que todos tenemos derecho a tener un mal día.

El problema es que me cuesta lidiar con que tú mismo te provoques el mal día, tener resaca es una elección.

¡Bebe otro puto día, donde las consecuencias de la borrachera solo te afecten a ti y a tu retrete!

Doy un puñetazo a la pared, pero eso solo consigue cabrearme más, por ser tan idiota de hacerme daño a mí mismo.

Salgo de la ducha cuando me doy cuenta de que no voy a solucionar nada enfadándome, Cristo al menos ha venido al partido, el resto se ha quedado en casa descansando o vomitando hasta su primera papilla, vete a saber.

Espero que sea esto último, se lo merecen por no saber beber. Ni siquiera tienen edad para hacerlo.

Nada más salir, me choco con alguien y suelto un gruñido.

—¿Ahora tienes complejo de perro? —salta Cristo riendo; aunque nada más hacerlo se lleva los dedos a las sienes con una mueca de dolor. Que se joda.

—Mejor perro que zombi —contraataco—. Das pena.

—Cuidado, no vaya a morderte —bromea acercándose con la boca abierta directo a mi hombro.

—Quita, imbécil. —Lo empujo mientras me río. No tiene remedio, incluso resacoso es capaz de bromear.

—Este imbécil te acaba de quitar el palo que tenías metido por el culo desde que ha acabado el partido —espeta con una sonrisa de medio lado—. Así que, de nada.

—No pienso darte las gracias, hemos perdido por tu culpa.

—Y ahí está otra vez el palo. Anda, ven, que te lo quito.

Se acerca y empieza a pellizcarme el culo.

Salto para alejarme de él, pero, contra todo pronóstico, al rozar su brazo con mi polla, esta se empalma.

Bajo la vista hasta la susodicha y Cristo hace lo mismo.

Es imposible que no lo vea, la toalla que tengo rodeando mi cadera deja poco a la imaginación, algo que nunca me había molestado, puesto que llevamos jugando juntos muchos años.

Alzo la vista para mirarlo, con una mezcla de vergüenza y pánico por lo que pueda pensar.

Sin embargo, sus ojos emiten un fuego que jamás había visto y, antes de que ninguno de los dos seamos conscientes, nuestras bocas se juntan en un beso apasionado y noto las baldosas de la ducha en la espalda.

Lo agarro de la cadera para acercarlo a mí y un gemido se escapa de su boca cuando nuestras pollas se rozan a través de las toallas.

Él es el primero en deshacerse de la mía y envolverme con sus manos.

Suelto un siseo mientras echo la cabeza hacia atrás cuando empieza a moverlas por toda mi longitud.

Vuelvo a besarle a la vez que me deshago de su toalla y le devuelvo la caricia, lo que provoca que me muerda el labio inferior.

La prisa nos apremia y enfatizamos nuestros movimientos, coordinándonos con una facilidad asombrosa mientras nuestras lenguas siguen jugando.

En cuanto oigo el sonido del gemido de Cristo corriéndose, le sigo con un orgasmo como nunca antes.

Nos quedamos en silencio, observándonos por lo que acaba de pasar, mientras intentamos recuperar la respiración.

Es la primera vez que me lío con un chico y, por lo que sé, él también.

Nunca me había planteado que pudiera gustarme, pero está claro que tendría que haberlo hecho.

Las chicas con las que he estado no me han provocado ni la mitad de sensaciones que Cristo en los pocos minutos que ha durado nuestro encuentro.

Definitivamente, tendría que haberlo hecho.

Los ojos de Cristo siguen clavados en los míos y, por primera vez en su vida, parece que no sabe qué decir.

Al menos no soy el único que se ha quedado sin habla.

Se escucha el ruido de una puerta y la voz de Juanma nos saca de la burbuja en la que estamos:

—Cristo, Óscar, os estamos esperando. Sois los últimos.

—¡Ya salimos! —consigo contestar y obtengo el sonido de un portazo como respuesta—. Deberíamos ducharnos.

—Sí, deberíamos. —Cristo recoge la toalla del suelo y se dispone a salir, pero, antes de eso, se gira para mirarme—. ¿Qué significa lo que acaba de pasar?

—Que por fin entiendo por qué nunca he conseguido darme más que besos con las chicas con las que he estado —confieso y él frunce el ceño—. Soy gay.

Asiente y se va.

—Yo no puedo serlo —murmura antes de desaparecer.