37. Adri
Adri
Sabía que besar a Lucía antes de fin de año era un error y, aun así, no cambiaría ni un solo segundo desde que mis labios se unieron con los suyos por primera vez.
Incluidas las doce peores horas de mi vida.
Cuando llegué a casa de Aitana, destrozado, pensando que no quería nada conmigo, ni siquiera pidió explicaciones.
Me abrazó mientras lloraba desconsolado y mintió a Lucía cuando llegó preguntando por mí.
Estuve a punto de salir en ese momento para hablar con ella, pero mi maltrecho corazón había llegado a su límite.
Me sorprendió cuando al día siguiente mi hermana me obligó a escuchar a Lucía, pero me permitió hacerlo con la puerta cerrada cuando se lo pedí.
Parece que Maite la llamó y le explicó lo mismo que me dijo Lucía, que llevaba años enamorada de mí.
Les estaré eternamente agradecido por ello. No puedo creer mi suerte.
Aprieto su cuerpo desnudo contra el mío y beso su cabeza cuando veo que una sonrisa asoma a sus labios. Vuelvo a colocar el edredón sobre su hombro y su mano empieza a acariciarme el costado haciéndome cosquillas.
—Buenos días, dormilona.
—No necesitaría dormir tanto si no me despertases en mitad de la noche.
—¿Quieres que deje de hacerlo? —Lo admito, me encanta tenerla a mi lado durmiendo, pero no puedo evitar recorrer su cuerpo con mi boca cada vez que puedo.
—No —susurra sonrojada. Me muevo para colocarme sobre ella y me mira con deseo antes de decir—: Llegaremos tarde.
—Si yo he podido esperar tantos años para estar contigo, ellos pueden esperar media hora para comer juntos.
—Pero se lo explicas tú a mi madre —dice clavando sus uñas en mi culo y, ahora mismo, le diría que sí a cualquier cosa que me pidiera.
Al final llegamos casi una hora tarde a la comida de Reyes en casa de los padres de Lucía. Marcos sale a saludarnos y nos abraza, volviendo a susurrarnos un perdón. Lucía rueda los ojos y va hacia Alba, que tiene mejor cara que las últimas veces que nos hemos visto.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto dándole un beso en la mejilla mientras Lucía no para de tocarle la barriga.
—Hoy estoy mejor, pero no lo quiero decir muy alto para no gafarlo.
—¡Adri! —La voz alegre de la madre de Marcos y Lucía llega desde la cocina y me dirijo hacia allí—.
No sabes lo feliz que estoy de que formes parte de la familia, aunque para mí siempre lo has hecho —admite instándome a agacharme para darme un beso en la mejilla.
Cuando estoy a su altura me susurra—: Como a esta boda no me invites, yo me quedaré sin nietos, pero tú sin pelotas.
—Asiento tragando fuerte y me dirijo al comedor donde están el resto.
—¿Con qué te ha amenazado? —pregunta Marcos riendo—. Tío, ya tienes una edad para que mi madre te siga dando miedo.
—Ya, pero ahora se acuesta con su hija —bromea Alba y el padre de Marcos carraspea—. Venga, Luis, ¿crees que llevan seis días encerrados en casa de Adri jugando a juegos de mesa?
—Bueno, salí un día a por ropa —murmura Lucía, sonrojada hasta las orejas.
—¿Sabéis que? Voy a ayudar a vuestra madre a acabar de hacer la comida —dice Luis saliendo por la puerta del salón como si le fuera la vida en ello.
—¿Y bien? —me insta Marcos.
—Me ha amenazado con cortarme las pelotas si no la invitaba a la boda. —Marcos y Alba sueltan una carcajada y Lucía niega con la cabeza.
—Menos mal que mi hermana es más de montaña que de playa y no te pedirá una boda en Las Bahamas.
—¿Me estás diciendo dónde puedo o no casarme, hermanito?
—Dios me libre —bromea Marcos alzando las manos—, pero admite que te pega más una boda en el Calar Alto que en la playa.
—Sí —admite Lucía asintiendo—. Sin embargo, no tengo porqué invitarte.
—No pasa nada. —La sonrisa de suficiencia de Marcos hace rodar los ojos a su hermana—. Estoy seguro de que Adri sí lo hará.
—Yo no pondría la mano en el fuego —me burlo y Lucía y Alba se ríen.
La comida transcurre entre risas, comida, conversaciones varias y más comida. Cuando nos trasladamos al sofá, Marcos va a ayudar a sus padres y Lucía se sienta con Alba mientras le acaricia la barriga.
—Espero que no sea niña —bromea Lucía—. Quiero a mi hermano, pero primerizo y de una niña, puede ser una hecatombe.
—No pienso dejar que se pase con ella —contesta la mujer de Marcos y Lucía alza una ceja.
Alba pone una mueca de disculpa—. Ya, lo siento.
No he sabido frenarlo esta vez. La verdad es que, entre la boda y lo mal que me he encontrado, me he enterado de muchas cosas después de que pasasen.
Pero, aunque no lo parezca, le he parado los pies en más de una ocasión.
—No me puedo imaginar cómo hubiera sido entonces —murmuro.
—Siento no haber podido hacer más. Le dije que hablara contigo —dice señalándome—, que te contase el motivo real, pero no me hizo caso. Alegó que contestarías que eso era problema tuyo, no suyo, y que igual te lo tomabas como un reto.
—En realidad, si me hubiera preguntado de buenas alguna de las veces, se lo hubiera explicado —confieso.
—Yo también —admite Lucía y ahora es Alba la que levanta una ceja incrédula—. Bueno, a él no, pero a ti sí. Seamos sinceras, Marcos te hubiera mandado a ti a interrogarme.
—Eso es verdad. Sin embargo, el día que lo hice, te pusiste a la defensiva.
—No me preguntaste, me arrinconaste —le reprocha Lucía.
—Muy acertada no estuve, no —asume Alba negando con la cabeza—, pero aproveché la ocasión para preguntar y así sacar de dudas a Marcos.
Todos queríamos saber si estabais liados o no.
Erais la comidilla de todo el equipo, solo queríamos enterarnos por vosotros.
Siento mucho lo mal que os lo hemos hecho pasar.
—Bueno, al final ha salido bien —digo apretando su mano—. Por mi parte, todo olvidado.
—Ponedle a la niña mi nombre y lo olvidaré —bromea Lucía besando la barriga de Alba.
—No puedo —confiesa Alba—. Será niño.
—¿Quieres dormir en tu piso hoy? —le pregunto a Lucía en cuanto salimos de casa de sus padres. Solo hemos ido allí a buscar ropa. Y a probar la cama.
—No. Me gusta tu cama —admite sonrojada mientras entra en el coche.
—Iba a esperar unos días para decírtelo, pero… —Carraspeo antes de seguir—. ¿Qué te parece si nos vamos a vivir juntos?
—Entonces, creo que necesitaremos esto —dice sacando una caja del bolso y tendiéndomela. Cuando la abro, veo dos llaveros a juego con una casa partida por la mitad. Sonrío y la beso, me encanta que tenga tantas ganas como yo—. Hablé antes de ayer con mi casero, puedo dejar el piso ya si quiero.
—Espera unos días, se me acaba de ocurrir una idea genial —comento arrancando el coche para dirigirme a casa de mis padres, donde sé que sigue Aitana con mis primos. Voy a matar dos pájaros de un tiro.