34. Adri
Adri
Estoy temblando. Lucía acaba de mandarme un mensaje para decirme que viene para aquí y todos los nervios que tenía controlados han salido de golpe.
Llevo días evitando estar con ella a solas, desde el baile.
Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no besarla en ese momento y mandar mi plan al traste, pero no quiero hacerlo por primera vez delante de tanta gente.
Quiero que sea algo íntimo, de los dos. Algo para recordar para siempre y contar a nuestros nietos.
Por eso me puse a cantarle, para no darle opción a hablar.
Una palabra o sonrisa por su parte y hubiera estampado mis labios en los suyos, desatando toda la contención de estos años.
Tengo que tranquilizarme o haré justo eso cuando aparezca por la puerta.
Ha sido una suerte que el final del trimestre sea una locura para ella y el campeonato para mí, de esa forma no hemos podido quedar a solas.
Además, ahora que tiene coche no necesitaba que la llevara a casa, aunque lo estuviera deseando.
Mañana por la noche, solo queda un día, veinticuatro horas y todo el esfuerzo será recompensado.
O no. Estoy intentando controlar esa voz interior que me dice que ella me dará una hostia y saldrá corriendo en cuanto me declare, aunque a veces es difícil.
Sobre todo si esa voz es de una persona que conoces bien y a quien considerabas tu mejor amigo.
Puede que en el pasado haya ido de chica en chica sin pensar en las consecuencias, pero eso no le da derecho a decirme con quién puedo o no salir.
En la cena del equipo de ayer estuvimos hablando normal, pero se nota que no estamos bien.
Fue el único que no hizo un regalo para putear, me regaló unos auriculares que hacía tiempo que quería y que valen diez veces más que el presupuesto de diez euros que habíamos fijado.
Nadie se atrevió a comentarlo. Cristo me confesó más tarde que Marcos le había pedido cambiar de persona asignada para que le tocase yo.
Reconozco que se me encogió el corazón y parte del rencor decidió abandonarme ante su esfuerzo por acercarse, ya que tampoco se lo estoy poniendo fácil.
El problema es que sus desplantes no se arreglan con un regalo, por mucho que me haya encantado.
El sonido de unos golpes en la puerta me trae a la realidad y la cabeza de Lucía aparece sonriente al abrirse.
—¿Estás disponible o vuelvo más tarde?
—No, no. Te estaba esperando —digo poniéndome de pie, y entra saltando.
—Es que no estaba segura porque no me has contestado al mensaje —comenta con una mueca y me doy un golpe mental por no haberlo hecho—. Puedo volver más tarde sin problema.
—No le he dado a enviar —miento mirando el móvil y riendo—, pero no tengo nada ahora. Bueno, sí, un regalo que dar. —Su sonrisa se ensancha y se acerca al escritorio para sentarse en él de un salto, por lo que quedamos cara a cara—. ¿Quién lo da primero?
—Tú —me pide—. Me muero de ganas de abrir un regalo este año.
—¿Un coche te parece poco? —me burlo sacando el paquete del cajón de mi escritorio y entregándoselo.
—¡No, claro que no! —Se ríe con el regalo en su regazo—. Pero no me han envuelto ni los papeles del préstamo que voy a estar pagando durante dos años. Tenía ganas de rasgar un papel de colorines.
—Entonces aprovecha antes de que lo abra por ti. —Sonríe y baja la vista para romper el papel. Suelta una exclamación ahogada y me mira llena de ilusión.
—¿Cómo lo has conseguido? —pregunta emocionada, abrazando al pato de peluche que es exactamente igual que Coco.
—Tengo mis recursos —contesto de forma enigmática.
Es mejor eso que decirle que perdí dos días de trabajo buscando en internet hasta que di con una tienda asturiana donde lo tenían y que me cobraron el triple de su precio por pedirles que me lo enviasen.
Ha valido la pena solo por ver su cara—. Me alegro de que te guste.
—No me gusta, ¡me encanta! —exclama y tira de mi mano para abrazarme con el pato entre nosotros—. Mi regalo no es tan guay.
—Seguro que también es genial —comento sin romper el contacto. Da igual lo que me dé, cualquier cosa me va a encantar porque es de ella.
—Es la bolsa que está a tus pies —dice mientras me empuja ligeramente y la señala con la cabeza—. Si no te gusta, no pasa nada. Me lo quedo yo.
—Que te lo has creído —bromeo. Ni de coña se lo va a quedar.
Rasgo el papel y descubro lo que parece ropa.
Cojo la primera prenda, una sudadera verde de una talla mucho más pequeña que la mía.
Miro a Lucía extrañado, se ríe cogiéndola y me señala la otra pieza de ropa que hay dentro del paquete roto.
Al extenderla, una sudadera exactamente igual que la otra aparece delante de mí, pero de mi talla.
—Van a juego —me cuenta poniéndose la suya y susurra mirando el bolsillo donde ha unido sus manos—. Así cuando nos la pongamos será como si el otro le abrazase. Me he puesto la tuya unos días para que huela a mí.
Me acerco la sudadera a la cara y el olor de Lucía me envuelve. La miro sorprendido por lo simple y bonito del regalo que acaba de hacerme, pero no me mira, aunque intuyo su sonrojo desde aquí.
—Gracias —murmuro, poniéndome la sudadera. Como sigue observando sus tenis como si fueran la cosa más interesante del mundo, miento para llamar su atención—: Me queda pequeña.
—¿Qué? —Levanta la vista de golpe—. Es imposible, me aseguré… —Mis carcajadas la interrumpen y me fulmina con la mirada—. Me has asustado.
—Solo era una broma. Me encanta, gracias.
—De nada.
Nos quedamos mirando sin decir nada más.
Mis piernas rozan sus rodillas y mis manos vuelan hasta su regazo, donde descansa Coco.
Es tan perfecta. Su olor me perturba y me incita a hacer cosas para las que quería esperar a mañana.
Ella se merece una declaración en una cena romántica, no un beso robado en un despacho.
Carraspeo y me obligo a hablar, seguro que una broma ayuda a romper este momento.
—Solo tengo una duda.
—¿Cuál? —Su voz suena ronca, como si tuviera la garganta seca. Traga fuerte, pero no añade nada más.
—¿Te acordarás de coger la sudadera o te la dejarás en casa como siempre? —Una sonrisa ladeada acompaña a mi burla y sus ojos se agrandan con indignación, aunque se le escapa una risa.
—¡Serás malo! ¡Solo fue una vez!
—Dos —le recuerdo riendo. Entonces hace algo que no esperaba y toda mi autodeterminación se va a la mierda: me saca la lengua.
En el momento en que mi vista se fija en sus labios y en su lengua, mi cerebro no llega a mandar la orden de parar.
Mi mano vuela a su nuca, a la vez que la atraigo hacia mí y estampo mi boca contra la suya.
No es un beso bonito, no es el primer beso que quería con ella.
Es demandante, ansioso y precipitado y, aun así, es el mejor beso de toda mi vida.
—Adri, ¿tienes un momento? ¡No! ¡Te dije que te alejaras de ella, joder!
Los gritos de Marcos nos separan de golpe y miro a Lucía, que tiene cara de no entender nada.
Está confundida, como si no esperase mi beso.
¿En serio? Después de todo este esfuerzo, ¿ella no quería esto?
¿Lo he malinterpretado todo? ¿No he conseguido demostrarle que podemos ser pareja?
Observo a Marcos, que nos fulmina con la mirada pasando de uno a otro y, cuando da un paso hacia nosotros, salgo corriendo sin mirar atrás.
—¡Adri!
Ignoro los gritos suplicantes de Lucía y salgo del recinto para subirme al coche y dirigirme al único sitio donde quiero estar. No puedo soportar este dolor que me quema por dentro.