32. Lucía
Lucía
Me sabe mal que Alba esté pasando un embarazo tan malo, pero la verdad es que me he alegrado de que Marcos no se haya quedado a cenar después del partido.
De hecho, ella ni siquiera ha venido a verlo, así que he estado de charla con Maite casi todo el rato.
He aprovechado para contarle todo lo que estoy viviendo con Adri, lo ilusionada y confundida que estoy, y que voy a disfrutarlo mientras dure.
Me ha dicho que estaba muy orgullosa y que cree que su primo lleva tiempo enamorado de mí.
Es la primera vez que me dice algo así y no lo niego de forma rotunda.
—Recordad que del veintiséis al veintinueve son los campeonatos —dice Adri a modo de despedida al grupo que ha decidido no quedarse a cenar—. Y que todos estamos suscritos a la San Silvestre el día treinta y uno.
Se oyen varias quejas mientras nos dirigimos al restaurante y me siento, como ya es costumbre, entre Adri y Maite.
—Así que te toca currar en tus vacaciones de navidad —comenta Maite riendo—. Eres una pringada.
—Me apetece, voy a estar con mis niñas. Además, Mar también vendrá con algunos chicos de la asociación y quiero que se conozcan.
—¿Mar es la chica que trae de cabeza a Juanma? —pregunta César.
—Sí —contesta Maite—. Entre mi madre y él no sabría decir quién está más tonto de los dos.
—¿Ya sabemos con quién está saliendo tu madre?
—Es un secreto —ironiza César—. Nadie lo sabe, se ocultan superbién.
—¿Y eso? —pregunta Adri, uniéndose a la conversación—. ¿Qué ha hecho mi tía ahora?
—Tu tía es tonta —dice Maite—. Porque si no quiere que sus hijos se enteren de con quién está saliendo, debería echarlo de casa antes de que lleguemos a comer el domingo.
—O borrar las fotos del móvil antes de enseñaros otra —se burla César, y Maite se lleva una mano a la cara—. Esa fue buena.
—Y ¿por qué no le decís que lo sabéis y ya está? —pregunto.
—Fer se lo ha dicho y dice que no sabe de qué habla —comenta Maite exasperada—. Yo paso, bastante tengo con lo mío como para preocuparme también por ella.
César pone una mano en el muslo de mi amiga y le da un beso en la mejilla. Se ponen a hablar entre susurros y me giro hacia el otro lado para darles intimidad.
—Están diciendo de ir luego a La Pérgola, ¿te apetece? —me pregunta Adri al oído.
—¡Claro! ¿A ti te apetece?
—Siempre que tú vayas, sí —contesta con una sonrisa de medio lado que me hace sonrojar.
—¿Qué os habéis pedido para navidad, chicos? —Cristo parece un niño ante la pregunta y rompe el momento entre Adri y yo—. Yo he pedido un alquiler que pueda pagar.
—Papá Noel hace magia, pero no tanta —se mofa Maite.
—¿Vas a irte de casa de tus padres? —pregunta César con una sonrisa burlona—. ¿Qué ha sido de tu lema de vivir de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos?
—Se fue a la mierda cuando mi padre me dijo que ya debería estar casado y con hijos y me di cuenta que no estaba hecho para tener zagales a mi cargo.
—En mi opinión, nadie que no quiera tener hijos debería tenerlos —comento riendo—. Así que, Cristo, por favor, no los tengas.
—No, no, no tengo intención.
—No se va a perder nada importante —bromea César, y Cristo le contesta con una mueca burlona—. Yo le he pedido a Maite volver a casa. Si quieres, cuando me conteste hablo con mi casero.
—Gracias —contesta Cristo algo tenso mirando a Maite, que le esquiva la mirada—. ¿Y tú qué has pedido, Maite?
—Un día de Navidad sin sobresaltos —dice con una sonrisa preocupada—. ¿Crees que lo conseguiré, primo?
—A ver, mi madre no ha vuelto a hablar de Felipe desde que Aitana dijo lo de la anulación matrimonial, por lo que, por ese lado, parece que estamos a salvo. Pero mi padre quiere mudarse y creo que se ha compinchado con tu madre para insistir ese día. Así que no, no creo que lo consigamos.
—Entonces igual mi aparición a la hora del café no ayuda —comenta César y me atraganto con el agua que estaba bebiendo—. Lucía, no te mueras. Vente tú también.
—Ya tengo suficiente drama en mi casa, gracias —ironizo.
—¿Qué has pedido tú? —pregunta Adri.
—Un coche —digo riendo—. Mi padre ya me ha dicho que si cae, no volveré a tener regalo en años.
—Dile que de juguete no vale —bromea Cristo—. ¿Y tú, Adri?
—Yo se lo he pedido a los Reyes, pero espero que llegue antes —contesta de forma enigmática, pero no añade nada más. Cuando Cristo va a preguntar, César se adelanta cambiando totalmente de tema:
—¿Al final vamos a hacer amigo invisible para la cena del veintinueve o no?
Empiezan a discutir sobre si hacer amigo o enemigo invisible y nos olvidamos de las peticiones a Papá Noel o Reyes.
La verdad, no sé cómo puede estar ganando el enemigo, ¿quién quiere hacer un regalo para molestar al otro?
Seguimos hablando de planes navideños, quejas por el trabajo extra de estos días y apuestas sobre quién será el más lento en la San Silvestre.
Cuando llegamos a La Pérgola hemos perdido a la mitad del grupo y quedamos muy pocos.
Allí nos encontramos con Óscar y Fer, que se unen a nosotros.
—¿Y Juanma? —pregunto cuando han acabado de saludar a todos.
—Pregúntale a tu compañera de curro, últimamente no se le ve el pelo —contesta Óscar con una sonrisa.
—Al menos ya no tiene esa cara de desaborío de hace unas semanas —comenta Fer.
—No, tiene cara de idiota enamorado —se burla Maite riendo.
—Como tú, ¿dices? —la pica Óscar y Maite le saca el dedo del medio, aunque no me pasa desapercibida la sonrisa de César ante el comentario de su cuñado—. ¿Cómo ha ido el partido?
—Ni idea —admite Maite encogiéndose de hombros—. Me he pasado todo el rato hablando con Lucía.
—Así que no has estado atenta, muy mal —me susurra de repente Adri desde atrás, lo que me provoca un escalofrío—. Yo esforzándome para jugar bien porque vienes a verme y tú ignorándome. Está feo eso.
—He estado atenta, además de cotillear con Maite —contesto girándome para mirarlo—. Soy capaz de hacer las dos cosas a la vez.
—Tú eres capaz de muchas cosas, preciosa —susurra pegando su cuerpo al mío y rozando su nariz con mi oreja. Toda la piel de mi cuerpo se eriza y mi mano se mueve sola hasta su cintura, donde agarra el jersey con fuerza—. ¿Bailamos?
—Sí. —Mi voz apenas se oye con el sonido de los latidos de mi corazón.
Adri coge mi mano y nos dirige hacia la pista.
Si alguien más nos sigue, lo desconozco, solo tengo ojos para el chico que me sonríe de medio lado justo enfrente de mí.
Da un paso con el que borra la distancia que nos separa y agarra mis caderas en el momento en que los acordes de una canción que conozco muy bien empiezan a sonar.
—La he pedido yo —admite moviéndose al compás de la música mientras empieza a cantarme al oído—: «Tengo una sonrisa en la mirada. Y hace tiempo que te quiero aquí a mi lado, aquí en mi casa».
Me pierdo en sus caricias, que me llegan a través del jersey fino que llevo y el calor que emana de su cuerpo, y me dejo llevar.
Mueve mi cuerpo a su antojo, sin despegarlo del suyo, cambiando de ritmo cuando lo hace la música y cantándome la canción entera.
Alzo las manos para rodearle el cuello y el poco espacio que había entre nosotros desaparece.
Con el siguiente cambio de ritmo, la canción se vuelve más lenta y nos mecemos al compás, pero cuando se vuelve más rápida, ninguno de los dos hace nada por cambiar nuestros movimientos y nos quedamos así hasta que un ritmo mucho más estridente nos saca de nuestra burbuja.
Me da un beso en la mejilla y me coge de la mano para volver con nuestros amigos, aunque no sé si nos ven o no, porque soy incapaz de alzar la vista para que no se den cuenta de lo sonrojada que estoy.
Noto el roce de alguien a mi lado y distingo la blusa de Maite.
—Si después de ese baile sigues creyendo que mi primo no siente nada por ti, no es que estés ciega, es que estás ciega, sorda y muda, cariño —susurra en mi oído antes de pasar un brazo por mi cadera y darme un beso en la cabeza para irse con César.
Es imposible pensar que no siente nada por mí cuando me ha cantado esa canción al oído, rozando su cuerpo con el mío. Ahora solo me falta pensar cuál debería ser mi siguiente paso, tal y como Adri me ha cantado hace un rato: «¿Cuál es tu plan? Estamos a un paso de llegar».