31. Adri
Adri
Una de las cosas que más me llama la atención de venir a buscar a Lucía al trabajo son las miradas que le dedican sus compañeras cuando me ven.
No a mí, a ella. Incluso en alguna ocasión la han hecho sonrojarse.
Hoy están especialmente emocionadas, supongo que porque es miércoles y no viernes, como es habitual.
Una chica morena con el pelo rizado que suele salir con ella, Mar creo que se llama, nada más verme ha vuelto a entrar, imagino que para avisar a Lucía.
Salen las dos juntas y la chica sonríe de medio lado a Lucía mientras me señala con la cabeza. Nada más reparar en mí, se sonroja y fulmina con la mirada a la compañera, que se va riendo a carcajadas. Lucía se acerca y me da un beso en la mejilla antes de hablar:
—Sabes que hoy es miércoles, ¿verdad?
—Claro. —Le ofrezco mi brazo, del que se coge, pegando su cuerpo al mío—. Pero tengo una sorpresa para ti.
—¿Otra? —dice riendo nerviosa—. ¿Te pareció poco el viaje a Granada?
—Bueno, igual estoy creando demasiada expectativa. Te he comprado una cosa.
—Y ¿qué es? —pregunta ilusionada, pero cambia la expresión a una de resignación—. No sé por qué me esfuerzo, no me lo vas a decir.
—Vas aprendiendo, pequeña. —Beso su cabeza y me acerco al maletero de mi coche para sacar una caja rectangular—. Es esto, pero no lo puedes abrir hasta que subamos a tu casa.
—Ya estás tardando —dice yendo deprisa hacia el portal.
Subimos y deja las cosas en la entrada para ir al salón. Me observa mientras da palmadas como una niña pequeña y le doy la caja sonriendo. La abre, pero no entiende nada, así que me mira esperando una explicación.
—No puedo hacer que tengas chimenea en tu casa sin pedirte que te vengas a vivir conmigo —comento disimulando lo mucho que me gusta la idea—. Así que te he comprado una de cartón.
—¡¿Es una chimenea?! —exclama ilusionada y empieza a sacar piezas de cartón hasta que da con las instrucciones—. Venga, siéntate conmigo aquí y vamos a montarla. ¿Cómo empezamos?
—Tú sabrás, eres la experta en manualidades.
—Y tú el ingeniero.
—Estas cosas no se enseñan en la carrera.
—Pues muy mal —se burla—. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar montar una chimenea.
—Anda, dame las instrucciones y empezamos.
—Está al revés —dice Lucía mirando el cartón que simula la pared media hora después—. ¿Estás seguro de que me has indicado bien?
—No estoy seguro de entender las instrucciones.
—Anda, dame —me exige cogiendo el papel—. No puede ser tan difícil.
Al final nos ha costado la misma vida montar la chimenea.
Hemos tenido que desmontarla tres veces porque no hemos conseguido entender las instrucciones.
De hecho, la hemos acabado montando a ojo.
Sin embargo, ha valido la pena solo por ver su cara de ilusión cuando la hemos alzado del suelo y puesto en la pared.
—Solo faltan los calcetines —bromea y saco un paquete que he escondido en la mochila para entregárselo—. ¡Será verdad!
Al desempaquetarlo, ve los dos calcetines que ha hecho Aitana con nuestras iniciales y se le ilumina la cara. Le doy dos enganches para ponerlos en la repisa de la chimenea y poder colgarlos.
—Has pensado en todo —comenta sonrojada mientras los engancha con cuidado para no tirar la chimenea, que se tambalea con el movimiento—. Si se desmonta, paso de volver a montarla, prefiero mudarme contigo.
—Cuando quieras —suelto y meto las manos en los bolsillos para no alzarla sobre mí y llevármela como un cavernícola o tirar la chimenea cuando ella no mire—. Allí hay dos calcetines más. Bueno, tres, Aitana se ha hecho uno para ella, a ver si cae un regalo.
—Chica lista. —Se levanta y contempla la obra de arte que hemos tardado casi tres horas en montar. Hubiera tardado menos en hacer un agujero para poner una de verdad. La abrazo desde atrás y beso su cabeza. Me da una palmada en el brazo y se separa—. Voy a preparar la cena.
—Te ayudo.
—No, mejor recoge aquí para no matarnos. Tardo poco, tampoco esperes algo muy sofisticado.
Asiento mientras veo como sale del salón y hago lo que me ha pedido. Aprovecho para despejar la mesa y voy a coger los cubiertos. Al entrar a la cocina, está llorando mientras corta una cebolla.
—No dejes que te afecte —bromeo.
—¿Qué? —pregunta sorbiendo por la nariz y con los ojos rojos. Cojo un papel de cocina, lo mojo y se lo pongo en los ojos para aliviarla—. Gracias.
—Un placer. ¿Sabes que hay gente que se pone gafas de piscina para que no le piquen los ojos?
—¿En serio? —pregunta mirándome extrañada y acaba de cortar el último trozo de cebolla—. Prefiero llorar.
—En tu casa nadie te va a ver con esas pintas.
—No, pero se ve fatal con esas gafas, seguro que me acabaría cortando. —Empieza a mezclar cosas en el bol donde ha puesto la cebolla y me asomo a mirar qué está preparando—. ¡Fuera!
—¿No me vas a dejar ver?
—Es una sorpresa —se burla sacándome la lengua.
—Un día te vas a arrepentir de…
—Bla, bla, bla —me interrumpe—. Siempre lo dices, pero nunca haces nada. Perro ladrador, poco mordedor.
Niego con la cabeza y empiezo a salir de la cocina para girarme de golpe y fingir que voy a por ella, lo que le hace dar un bote del susto.
Vuelve a echarme y esta vez le hago caso.
Cuando empieza a sacar cosas, la ayudo a ponerlo todo en la mesa y nos sentamos a cenar juntos.
Al acabar, recogemos y me voy a mi casa.
Cada vez que nos separamos me cuesta más no confesarle que estoy loco por ella.