30. Adri
Adri
Lucía teclea como una loca en su móvil mientras volvemos de Granada, donde he pasado los mejores tres días de mi vida.
Cuando planeé este viaje no esperaba que ella aceptase, y mucho menos que lo hiciera sin casi preguntas.
Claro que cuando la he visto dudar, he cambiado de tema para que no lo hiciera.
Aún no estoy preparado para declararme, necesito tener la certeza de que le he demostrado que estamos hechos el uno para el otro antes de abrirle mi corazón.
En cuanto deja el móvil a un lado, suspira.
—¿Todo bien?
—Sí, pero había olvidado que había quedado con mis compañeras de curso para cenar esta noche y había quedado con Rocío también, así que he tenido que unir los dos planes. Menos mal que no se llevan mal con la directora o hubiera sido un corte.
—Y ¿cuál es el plan? —balbuceo. La directora es la chica con la que salió de la discoteca el otro día. ¿Estará empezando una relación con ella?
—Cenar y tomar algo. Rocío necesita salir y despejarse, lo está pasando muy mal.
—Me quedo callado ante esa revelación, pero no digo nada.
Sigo teniendo un nudo en la garganta que me impide emitir una palabra.
Lucía, ajena a ello, sigue hablando—: Su pareja la ha dejado después de diez años y no lo está llevando bien.
De hecho, en la fiesta de navidad se pasó bebiendo y acabó vomitando en mi sofá.
—¿En serio? —Me atrevo a preguntar.
—Me la tuve que llevar de la discoteca para que no hiciera ninguna tontería.
Juanma vino a salvarme del intento de mis compañeras para que no acabase la noche sola, pero salió mal.
—Pone una sonrisa pícara, pero no me atrevo a preguntar—.
El caso es que Rocío empezó a bailar conmigo y, en el momento que empezó a autoflagelarse, la saqué de allí.
Al final pasé la noche acompañada, pero no creo que fuera como esperaban mis compañeras.
—Eres una gran amiga —comento con una sonrisa algo más amplia de lo que debería por la historia que me ha contado, pero con la sensación de haberme quitado un peso de encima.
Cambio de tema a otro que, aunque sé la respuesta, sería la pregunta que haría si no hubiera estado allí—.
¿Por qué mi primo no te salvó? No es propio de él.
—Oh, porque se fue con mi compañera, Mar. Creo que tienen un lío.
—¿Mi primo está liado con alguien? Eso tengo que verlo.
Aguanto la risa mientras veo como Aitana resiste como una campeona para no preguntarme cómo ha ido en Granada. Mi madre está especialmente habladora hoy y mi padre no para de mirarnos y reírse por lo bajo. Creo que mi hermana no había comido tan rápido en su vida.
—Cariño, ¿estás bien? —le pregunta mi madre y Aitana la mira extrañada—. Estás comiendo con ansiedad. ¿Te han vuelto a dejar?
—Gracias, mamá, por pensar que todo en mi vida gira en torno a una polla.
—¡Aitana! —Mi madre se escandaliza mientras mi padre y yo nos reímos a carcajadas, incapaces de aguantar más.
—Aitana ha comido tan deprisa porque tenemos que irnos, ¿verdad, hermanita?
—Exacto. Y ya sabes que no podemos dejarnos nada en el plato. Es de mala educación. —Mi hermana me guiña un ojo y nos levantamos.
—¿A dónde vais a estas horas?
—Aitana va a ayudarme a decorar mi despacho para navidad.
—¡Oh, mierda! —se queja mi hermana y me río. Consecuencias de ser una cotilla—. Tendría que preguntar antes de decir que sí.
—Esa podría ser una buena filosofía de vida, hija —se burla mi padre y mi madre asiente dándole la razón.
—Nos vamos —sentencia Aitana y me arrastra hasta la puerta—. ¡Adiós!
Cuando veo que va a entrar en mi coche y que es probable que me rompa la maneta hasta que lo abra, la freno, la abrazo por los hombros y empiezo a andar.
—¿De verdad pensabas que te iba a torturar de esa forma? Lo he dicho para poder irnos.
—Menos mal —dice dándome un beso en la mejilla—. Que te hubiera ayudado, pero, mientras, te hubiera odiado mucho.
—Lo sé. —Llegamos a la cafetería y nos sentamos en una mesa lo más apartados posible. Pedimos un par de cafés y Aitana me mira con ilusión para que empiece a hablar—. Ha ido genial.
—Mira que eres soso. —Rueda los ojos mientras niega con la cabeza—. ¿Qué habéis hecho? ¿Cómo se tomó que fuerais de viaje? ¿Os habéis besado? ¡Cuéntamelo todo! —Sonrío con malicia para torturarla un poco más y me gano una patada por debajo de la mesa.
—No le di opción a decir que no venía. El martes le solté desde la ventanilla del coche que la pasaba a recoger al día siguiente a las ocho y que hiciera la maleta para tres días.
—Seguro que murió de amor —ironiza—. ¿Desde la ventanilla del coche? ¿En serio, hermanito? Tenía mejor concepto de ti.
—Me hubiera preguntado y hubiera acabado explicándole todo. Estaba hecho un flan, fue lo único que se me ocurrió para poder salir corriendo. Al día siguiente, como no había podido dormir, aparecí antes por si tenía que convencerla, pero lo tenía todo preparado.
—Y ¿no te ha preguntado por qué haces todo esto?
—No, aunque lo intentó un par de veces, desvié el tema.
—¿Por qué? —pregunta extrañada.
—Porque no puedo decirle de golpe que quiero estar con ella. Primero tengo que enamorarla, tengo que demostrarle que lo nuestro es posible, que siempre fue ella, y entonces, soltar la bomba cuando tenga claro que no va a decirme que no.
—Vale —dice bebiendo de su café. La conozco lo suficiente como para saber que se está callando algo.
—¿Qué?
—Nada, Adri. Es solo que entiendo tu punto, pero te la has llevado de viaje. Has empezado por todo lo alto. ¿Qué vas a hacer después? ¿Llevarla a Las Bahamas con la boda preparada?
—Cabrona. —La fulmino con la mirada por la pulla innecesaria y me hace un gesto para que siga explicando el viaje—. Fuimos a la Alhambra y visitamos la ciudad. También fuimos a ver el atardecer y dormimos juntos una noche. Todo normal.
—¡¿Qué?! —exclama y sonrío por mi venganza—. No me hagas sacarte la información, anda.
—¡Está bien! Estaba cansada, pero le propuse ver una película en mi habitación, a lo que accedió.
Llevé preparada V de Vendetta , su favorita, pero se quedó dormida un poco antes de que acabase.
Y como soy un egoísta, esperé a que estuviera profundamente dormida para quitarla de encima de mí y tumbarla en la cama.
Me acosté a su lado y disfruté del momento.
—No le explico que Lucía me buscó en la cama y me abrazó.
Ni que volvió a llamarme «mi príncipe», aunque esto igual era a la persona con la que soñaba en ese momento.
Ni que casi no dormí por culpa de la erección que su roce me provocaba y que me obligó a salir de la cama antes que ella para que no la viera, por mucho que esa decisión me costase más de una hora porque no quería separarme de ella.
—¿No te mató al día siguiente?
—No.
—Eres un cabrón con suerte, hermanito.
—Lo sé. La noche siguiente me invitó a cenar por sorpresa.
—¿Estás seguro de que vas a esperar? Yo creo que la tienes ya convencida, eh.
—Prefiero no arriesgarme, tengo un plan para declararme en fin de año.
—¡Cuéntame más! —pide apoyando los codos en la mesa y cogiéndose la cara.
—Me he compinchado con César para decir que vamos juntos a cenar y luego a una fiesta, pero cada uno iremos a un sitio distinto.
—Estoy muy orgullosa, te lo estás currando un montón.
—Solo espero que no me rechace. La verdad es que eso me aterra —admito.
—Es una posibilidad. Pequeña, casi inexistente por lo que me estás contando, pero puede pasar. No está mal tener miedo, lo que no puedes hacer es paralizarte por su culpa. Hazlo, con miedo, pero hazlo.
—Me acabas de recordar a la abuela.
—Es el mayor piropo que me han hecho nunca —dice con una sonrisa de oreja a oreja y con la cara iluminada por la felicidad que le han provocado mis palabras.
—¿De verdad crees que las posibilidades de que me rechace son tan bajas?
—Adri, se ha ido de viaje contigo sin ni siquiera preguntar por qué. Para mí es blanco y en botella, pero no estoy en la mente de Lucía, solo puedo hablar desde lo que yo haría en la misma situación.
—Gracias. —Aprieto su mano por encima de la mesa y me sonríe—. Por cierto, llevó la bufanda y los guantes todo el viaje.
—¿Se dio cuenta de que iba a juego con la tuya?
—Si lo hizo, no dijo nada.
—Lástima. ¿Subisteis a Sierra Nevada?
—¡Qué va! Miramos por las cámaras en directo y estaba lleno de gente. Ya iremos.
—Siempre puedes llevarla este fin de semana —dice alzando las cejas.
—No, tenemos partido. Pero en las vacaciones de navidad sí que podemos escaparnos un día.
—Total, llevarla a la nieve es más suave que un viaje —se burla.
—¡La idea del viaje fue tuya!
—¡Para que te declararas, no para enamorarla! El viaje es el último paso, no el primero. Lo has hecho al revés.
—No especificaste.
—No lo vi necesario, la verdad. Se supone que tú eres el listo.
—Fue genial estar tantos días con ella sabiendo que no tenía que irse y que solo estábamos los dos.
—Y sin Marcos —bromea, pero cambia la expresión al ver que no me río—. ¿No has hablado con él?
—Y ¿qué quieres que le diga, que voy a ir a por su hermana le guste o no?
—Por ejemplo.
—No, porque Lucía se enterará. Ya hablaré con él cuando toque, ahora mismo no es mi prioridad.
—Me sabe fatal veros así —dice con pena—. No entiendo a Marcos.
—Ni tú ni nadie. Cristo ha intentado hablar con él, pero está cerrado en banda.
—Entonces habrá que dejarlo solo dándose golpes contra la pared, pero me da mucha pena.
—Ya, bueno, es lo que hay —contesto evitando hablar más del tema, porque a mí no me da pena, me da rabia que piense que no me merezco a su hermana. Porque puede que haya otros mejores que yo, pero ninguno la va a querer como lo hago yo, de eso estoy seguro.