28. Lucía
Lucía
«No puedo hacerme ilusiones con Adri».
«No puedo hacerme ilusiones con Adri».
«No puedo hacerme ilusiones con Adri».
Sin embargo, por mucho que me lo repita, parece que mi cuerpo no quiere enterarse.
El corazón me da un vuelco cada vez que me sonríe y las mariposas que viven en mi estómago salen a pasear cuando me llega una notificación al móvil, esperando que sea él.
En la mayoría de los casos desde el viernes, lo es.
El día que esta burbuja en la que vivo explote, voy a necesitar mucho tiempo para reponerme.
Y, aun así, soy incapaz de alejarme. Me da la impresión de que llevo unos días viviendo lo más parecido a lo que sería tener una relación con él, o eso parece, y pienso disfrutarla hasta que se acabe.
Por mucho que sepa que no habrá un final feliz, prefiero esta amistad que me confunde a no tenerlo en mi vida.
Ya asumiré las consecuencias de esta decisión cuando toque.
La noche del viernes fue genial, después de la cena elegimos una película y la vimos en el sofá mientras comíamos pipas.
Cuando se acabaron, pasó un brazo por mis hombros y me acurrucó sobre él después de taparme con una manta.
Me hubiera quedado toda la noche ahí. Me regaló la salsa barbacoa que había sobrado, y que tanto me había gustado, y me llevó a casa.
Incluso salió del coche para despedirse.
Cuando llegó a la suya me mandó un mensaje de buenas noches y me dijo lo mucho que había disfrutado.
El sábado fuimos a cenar y a tomar algo con César y Maite.
Pagó mi parte de la cena aprovechando que fui al baño y estuvimos discutiendo un rato sobre quién debía pagar las copas, hasta que César se cansó de escucharnos, nos recomendó que nos fuéramos a un hotel entre risas y las pagó para que pudiéramos irnos.
Antes de salir a la calle, Adri cogió mi bufanda y me la colocó de forma que no pudiera tener frío en el cuello.
Volvió a acompañarme hasta el portal. Incluso me dio la impresión de que se había acercado más a la comisura de mis labios al besarme para despedirse.
Me dormí pensando que todo eran imaginaciones mías, aunque es difícil no dejarse llevar por la esperanza, sobre todo cuando el domingo, al bajar a la calle, me lo encontré dispuesto a llevarme a casa de mis padres para comer.
Solo para eso, montamos en el coche, condujo hasta allí, se despidió y se fue.
Suerte tuve de que Marcos llegase más tarde y no lo viera o hubiéramos discutido de nuevo.
No hemos llegado a hablar de nuestra discusión, creo que en el fondo ninguno de los dos tiene ganas de seguir removiendo las cosas.
No entiendo su empeño en separarnos con tanto ímpetu, pero tampoco tengo ganas de que me lo explique.
Al menos la primera vez que nos vimos fue delante de nuestros padres y a ellos no les íbamos a contar nada o nos hubieran encerrado en una habitación sin comida ni agua hasta que habláramos.
Odian vernos enfadados. Eso nos ayudó a comportarnos como los dos adultos que somos y a rebajar la tensión que hay.
Además, ese día tenía una resaca considerable, le hubiera dado la razón en todo lo que me hubiera dicho con tal de no escucharlo.
Alba sigue encontrándose mal, así que no ha aparecido en los entrenamientos de las niñas.
Sé que no es un tema resuelto, solo aplazado, pero de momento me conformo con eso.
Otra cosa más a la larga lista de temas de los que no me atrevo a hablar.
Ayer Adri me escribió cuando salí del trabajo y estuvimos casi toda la tarde enviándonos mensajes.
Hoy ha pasado lo mismo, a excepción de cuando estaba entrenando, que ni yo he mirado el móvil ni él ha mandado nada.
Al acabar, justo cuando iba a escribirle para tomarnos algo, me ha llegado un mensaje suyo diciendo que quedábamos a la salida de mi entrenamiento, que tenía cosas que hacer.
Así que aquí estoy, a punto de salir del pabellón para encontrarme con él, con un remolino de emociones internas difíciles de gestionar.
Por un lado está la ilusión, que me empuja a lanzarme a la piscina con los ojos cerrados.
Por otro, tengo la razón, que me dice que la piscina está vacía.
Y como colofón, está la tercera en discordia, la esperanza, que me dice que igual la piscina está llena y este cambio de actitud por su parte es una señal para que me arriesgue.
Aunque admito que la que más gana es el miedo, que me dice que si no hago nada, todo seguirá igual y podré disfrutarlo, pero que si doy un paso en falso, mi burbuja explotará, y estoy demasiado alta como para que no me afecte la caída.
Agarro el asa de la mochila para infundirme valor y vuelvo a repetirme el dogma: «No puedo hacerme ilusiones con Adri» antes de empujar la puerta y encontrarlo sentado en el capó del coche con una sonrisa de medio lado.
A la porra mis buenas intenciones, está guapo hasta con chándal.
Voy directa a la puerta del copiloto, pero se adelanta.
Me da un beso en la mejilla antes de abrirme la puerta y dirigirse a su asiento.
—¿Qué tal el día? —pregunta en cuanto arranca.
—Bien. Los niños están locos con la navidad. Hemos montado un calendario de adviento en la clase y cada día toca una actividad distinta. Hoy tocaba fiesta de confeti.
—Suena divertido.
—Y lo ha sido, hasta que se han ido y nos ha tocado limpiar la clase. Mola más ser niño.
—Bueno, mañana es fiesta y tienes todo el puente, no puedes quejarte.
—¡Sí! Estoy deseando desactivar el despertador y dormir hasta tarde. —Se ríe de mi comentario, pero no dice nada más. Al poco, llegamos a mi casa y aparca, aunque no para el motor.
—Venga, a descansar, que lo estás deseando.
—Me insta a salir del coche, así que abro la puerta extrañada por su cambio de actitud.
Al final va a ser verdad que todo está en mi cabeza—.
Por cierto, toma —dice entregándome una bolsa de plástico—.
Te he comprado un bocadillo para cenar, así no tienes que prepararte nada.
—Gracias. —Le doy un beso en la mejilla, cojo mis cosas y bajo. En cuanto cierro la puerta, baja la ventanilla.
—Ah, se me olvidaba. Mañana paso a recogerte a las ocho de la mañana. Deberías hacer la maleta para tres días, no volveremos hasta el sábado. —Y con esas palabras, arranca y se va, dejándome boquiabierta en mitad de la calle. ¿Qué acaba de pasar?
No soy impuntual. Odio serlo, pero si la persona con la que quedas llega veinte minutos antes, es imposible estar lista.
Y más cuando has tenido que hacer una maleta deprisa y corriendo porque te lo han dicho con menos de doce horas de antelación.
Al menos no me ha pillado en pijama y me ha traído minicroissants de chocolate recién hechos.
—Siéntate a desayunar y luego acabas —me insta desde la mesa mientras yo doy vueltas por la casa para no dejarme nada—. Si te dejas algo, puedes comprarlo allí.
—Allí, ¿dónde?
—Donde vamos —contesta con una sonrisa de medio lado—. Y eso es todo lo que te voy a decir. Anda, ven, que necesitas fuerzas para aguantar el viaje.
—¿Tan lejos vamos?
—Puede que sí, puede que no.
—Te odio, lo sabes, ¿verdad? —bromeo mientras me siento y cojo un croissant .
—Si te lo cuento, no sería una sorpresa.
—Pero me ayudaría a preparar la maleta.
—Estarás preciosa con cualquier cosa que te pongas.
—Eso no funciona así. Y lo sabes.
—En mi maleta hay vaqueros, jerséis, una buena chaqueta y calzado cómodo. ¿Eso te ayuda?
—Más de lo que crees. —Sonrío y apuro el café—. Voy a acabar de preparar las cosas.
—No hay prisa. Por cierto, toma. —Me entrega un paquete envuelto en papel de seda rojo—. Te lo ha hecho Aitana.
Al desenvolverlo, me encuentro con una bufanda y unos guantes a juego con distintos tonos de verde haciendo un degradado. Son una pasada.
—Dale las gracias de mi parte, me encantan.
—Se lo diré, pero no ahora o me matará por despertarla.
—Puedo entenderla —bromeo mientras me dirijo a mi habitación. Saco las cosas que considero que no voy a necesitar y meto el neceser. Repaso que no me falte nada y cierro la maleta—. ¡Lista! —digo nada más llegar al salón, pero Adri no está y lo oigo trastear en la cocina.
—Acabo de fregar esto y nos vamos —dice en cuanto entro en su campo de visión—. ¿Lo llevas todo?
—Eso creo.
—Perfecto.
Se seca las manos, coge la chaqueta, mi maleta y espera hasta que acabe de revisar que esté todo cerrado para bajar hacia el coche.
Nos montamos y arranca sin poner el GPS, por lo que sigo sin saber a dónde nos dirigimos.
Tampoco es que me importe, estoy demasiado nerviosa e ilusionada por pasar tres días con él como para que el destino sea un problema.
—¿Nerviosa? —pregunta poniendo su mano en mi pierna y dejándola ahí, justo cuando salimos de Baza.
—¿Debería? —bromeo.
—Espero que no. Creo que te gustará el sitio.
—Seguro que sí. ¿Cómo sabías que tenía puente? No recuerdo habértelo dicho.
—Soy un hombre de recursos —dice alzando las cejas y se ríe—. ¿Cómo hacéis con el calendario de adviento los días que no hay cole?
—¿Estás cambiando de tema para que no pregunte por el destino?
—Puede. ¿Funciona?
—Un poco, sí.
—Entonces, contesta a mi pregunta y déjame el camino a mí.
—Está bien.
Empiezo a explicarle cómo lo hacemos y las distintas actividades que hemos preparado para los niños este diciembre. Para cuando me quiero dar cuenta, ha pasado una hora y Adri para el coche.
—Este es nuestro hotel. —El corazón me da un vuelco al pensar en dormir con Adri, estaba tan nerviosa por preparar las cosas que ni lo había pensado—.
He reservado dos habitaciones —dice ajeno a mi turbación—.
No podemos entrar aún, pero tengo entradas para la Alhambra, por eso quería salir tan pronto. ¿Te apetece?
—¡Claro! —exclamo saliendo del coche. Cuando lo tengo delante, lo abrazo con fuerza.
Granada, vamos a pasar tres días en Granada y solos.
No quiero que llegue el sábado. Y, al mismo tiempo, mis emociones no paran de darme distintas respuestas a la pregunta que no me quito de la cabeza: «¿por qué estás haciendo todo esto, Adri? ».