Serie Siempre: Colección completa 27. Lucía
18%

27. Lucía

Lucía

Rocío lleva evitándome toda la semana, por lo que hacerle una encerrona no creo que sea la mejor de las ideas, pero necesito hablar con ella y que sepa que todo está bien.

Mar se ha quedado custodiando la puerta del baño, así que aquí estoy, esperando a que salga del urinario, apoyada en la pila.

Nada más salir, se asusta al verme, pero no tiene escapatoria.

—Tenemos que hablar —digo en voz baja.

—¿Ha pasado algo con algún padre o niño? —pregunta distraída lavándose las manos, pero la voz le tiembla.

—Sabes que no he venido a hablar de trabajo, sino de lo que pasó el sábado.

—Lo siento, no sé qué me pasó. No suelo ser así.

—Lo sé, por eso estoy aquí, para decirte que todo está bien. Puedes dejar de evitarme.

—No puedo —contesta cabizbaja—. Cada vez que te miro me muero de vergüenza.

—No eres la primera persona que se emborracha y hace algo de lo que se arrepiente al día siguiente. No pienso juzgarte por ello.

—Eres demasiado buena —dice negando con la cabeza—. Si a mí me hubieran potado todo el sofá, no estaría tan bien.

—No te equivoques, pienso pasarte la factura de la tintorería —bromeo—. Ahora en serio, todas nos hemos emborrachado alguna vez y dado la chapa a una amiga para acabar vomitando hasta la primera papilla. No hay nada de lo que avergonzarse.

—Gracias por sacarme de la discoteca antes de que nadie me viera en ese estado.

—Estaban demasiado distraídas con sus ligues como para darse cuenta. Además, estaba deseando salir de allí y mi cita de mentira me dejó tirada.

—¿Tu cita de mentira? ¡De eso no me enteré!

—Como de muchas otras cosas —me burlo—. Es un amigo con el que tengo un código secreto. Cuando vivía aquí y necesitábamos salir de una cita o una situación que no nos gustaba, nos enviábamos un mensaje e íbamos al rescate del otro. El sábado tuve que usarlo, pero no me salió bien.

—Entonces, de nada. —Hace una reverencia y nos reímos—. Siento haberte pegado la chapa con mis problemas.

—Para ser sincera, me preocupaba más que te ahogases con tu propio vomito. Si necesitas hablar, sabes que puedes contar conmigo.

—Gracias —dice abrazándome—. Y ahora, ¿puedo salir del baño?

—Por supuesto. —Abro la puerta y le hago un gesto a Mar para que sepa que todo está bien. Me da mi chaqueta y mi bolso y nos dirigimos a la salida.

—¿Hoy viene tu chico a buscarte? —pregunta Rocío al poco. Ni Mar ni yo contestamos—. Te lo preguntaba a ti, Lucía.

—Ah, perdona. Adri no es mi chico, solo un amigo. —Mira a Mar extrañada y esta se encoge de hombros—. ¿Qué?

—Nada, solo me parece raro que no haya algo entre vosotros. Tenéis una química brutal juntos.

—Ni lo intentes —interviene Mar—. Lleva con la cantinela de que solo son amigos todo el curso.

El día que el chico se eche novia verás las risas.

—Me paro en seco ante ese comentario y el corazón se me encoge.

Respiro hondo antes de continuar y salir a la calle, donde me espera Adri.

No quiero ni plantearme la opción, aunque sea inevitable saber que algún día pasará.

En cuanto lo veo, me quedo sin respiración.

Está más guapo de lo normal, o puede que sea esa sonrisa de medio lado que me regala y que tanto me gusta.

Lleva unos vaqueros desgastados, una camisa oscura y una chaqueta de cuero, va algo más arreglado de lo habitual.

Y no sé si es eso o su mirada, pero me da la impresión de que algo ha cambiado en él, o puede que las palabras de Mar me hayan afectado más de lo que esperaba.

Me ofrece su brazo y me engancho a él, como ya es costumbre entre nosotros, para dirigirnos a mi casa.

—Tengo una sorpresa para ti —suelta justo después de besar mi cabeza y lo miro ilusionada—. Ni lo intentes, no pienso contarte nada.

—No iba a preguntar —me quejo, aunque era justo lo que pensaba hacer.

—Mentirosa —susurra y le saco la lengua—. Un día te arrepentirás de sacarme tanto la lengua.

—O no —bromeo.

—O no —repite de forma enigmática, pero no dice nada más. Cuando llegamos al piso y dejo las cosas vuelve a hablar—: Tienes una hora de margen, aunque si acabas antes, no hay problema.

—¡Vaya! ¿Me vas a cronometrar? ¿Hay código de vestimenta? —pregunto riendo, empieza a ponerme nerviosa con tanto secretismo.

—No, puede servirte mi atuendo de referencia. Pero vamos, que si vas en chándal también estarás preciosa. —Asiento mientras me sonrojo y me dirijo a mi habitación a cambiarme y arreglarme. Estoy deseando saber qué ha preparado.

He tardado cincuenta minutos en estar lista, aunque me da la impresión de que si hubiera tardado el doble, no se hubiera quejado.

Por la sonrisa que me ha regalado y la cara de aprobación que tenía, creo que he acertado al ponerme este vestido.

Llevo desde que nos hemos montado en el coche intentando saber a dónde nos dirigimos, pero solo se ríe y me pide paciencia mientras conduce.

Al poco, aparca y apaga el motor. Cuando miro por la ventana y veo dónde estamos, me giro para mirarlo. No entiendo nada.

—Esta es tu casa, ¿también tienes que cambiarte?

—No —dice bajándose. Viene corriendo a abrirme la puerta y ayudarme a bajar—. Es aquí donde está la sorpresa.

Me dirige hacia el interior de la vivienda, con una mano en la parte baja de mi espalda, y me doy cuenta de que es la primera vez que voy a estar dentro.

Me contó que se la compró al poco de volver, pero que no se vino a vivir hasta pasado casi un año.

De hecho, su madre no quería que se fuera.

Una vez dentro, observo todo con curiosidad.

Está decorado con muebles modernos y oscuros, con las paredes blancas, sin ningún cuadro.

La entrada da paso a un gran distribuidor con varias puertas donde se intuyen la cocina, el baño, un salón y dos habitaciones.

—Es bonita.

—Aún no te he enseñado nada. —Se ríe—. Mira, este es mi despacho. —La estancia es pequeña, con una gran ventana, un escritorio con dos pantallas y un sofá. Todo está recogido al milímetro, no como el caos que tengo yo en mi casa—. Esta es mi habitación —dice abriendo la puerta de al lado.

—¡Vaya! —exclamo al ver una cama enorme que ocupa todo el lugar. Se intuye un gran ventanal detrás de las cortinas y hay un armario en el lateral. En las mesitas no hay apenas nada fuera de sitio, solo un cargador de móvil suelto.

—Fue un capricho del que me arrepiento —me cuenta—. No suelo moverme mucho y me gusta dormir en mi lado de la cama, así que prácticamente no uso el resto.

—Siempre puedes adoptar una familia de cachorros y dormir todos juntos. Cabéis —bromeo volviendo al distribuidor. Me enseña el baño y vamos hacia la cocina—. ¿Está el horno encendido?

—Se está cocinando la cena, sí —contesta poniéndose delante—. Pero no puedes mirar lo que es. —Le saco la lengua y se ríe—. Es parte de la sorpresa.

—Que sepas cocinar es una sorpresa, sí.

—Sé cocinar y se me da bien. De hecho, me encanta hacerlo.

—Y ¿por qué hemos estado pagando tantas cenas fuera? —bromeo.

—No suelo traer a nadie aquí. De hecho, mis primos no han venido y mucho menos les he cocinado.

—Como lo hagas, no los sacas de tu casa.

—Lo sé. —Sonríe—. Aunque a ti no me importaría cocinarte todos los días —dice como si nada, como si lo que acabase de decir no hubiera llenado mi estómago de mariposas y mi corazón no hubiera dado un vuelco. Se acerca a la nevera, saca dos cervezas y me tiende una—. Vamos al salón.

No me pasa desapercibido que nuestras cervezas no son iguales, ha comprado la que más me gusta, aunque a él no le apasione. Cuando llegamos al salón y abre la puerta, suelto una carcajada al ver apilados un montón de juegos de mesa de cuando éramos adolescentes y otros más nuevos.

—Pensé que te gustaría jugar, pero te advierto que no pienso dejarte ganar.

—Te ganaré igualmente.

—No estés tan segura de eso —chulea riendo—. Venga, elige un juego para que pueda machacarte.

Me decanto por el Mastermind, que siempre me ha encantado.

Jugamos varias partidas antes de cambiar al cuatro en raya, donde hace trampas y acaba ganando, así que volvemos a cambiar.

Vamos cogiendo distintos juegos y descartando los que tienen partidas más largas o son más divertidos con más personas.

En cierto momento mira su móvil y deja las cartas del Uno sobre la mesa.

—Hay que sacar la cena del horno, vamos.

—¿Tengo que ir? —me quejo mientras me levanto. En realidad tengo mucha curiosidad por saber qué ha preparado.

—Por supuesto. Te conozco lo suficiente como para saber que vas a mirar mis cartas en cuanto salga de aquí.

—Yo nunca haría eso —finjo indignación mientras lo acompaño a la cocina, porque realmente sí que lo haría—. ¿Puedo saber ya qué es?

—Ahora mismo lo vas a ver.

Se pone unas manoplas y saca la bandeja del horno, que deja sobre la vitrocerámica. Empieza a quitar el papel de aluminio y el olor a costillas nos envuelve justo cuando acaba.

—¡Qué buena pinta!

—Pareces sorprendida.

—Eso es bueno, ¿no? Esto era una sorpresa.

—Cierto. —Se ríe y coge un bote con una salsa marrón oscuro—. He recordado lo mucho que te gustaba la salsa barbacoa. Espero que esta también te guste, la he hecho yo.

—Seguro que está buenísima —susurro sonrojada, no solo porque haya hecho el esfuerzo de preparar él mismo la salsa, sino porque se acuerde. No la he comido en ninguna de nuestras cenas—. Gracias.

—Un placer —dice con una sonrisa mientras esparce la salsa con un pincel de silicona. Trastea en el horno y vuelve a meter la bandeja—. En diez minutos estarán listas, ¿acabamos la partida?

—Claro.

Vamos al salón y, por su sonrisa de medio lado, sé que voy a perder esta partida.

Y así es, tira un +4 seguido de un +2, lo que me hace imposible remontar.

Recojo todos los juegos mientras va a ver cómo va lo del horno y los dejo en la mesa auxiliar que está delante del sofá.

Al ver que tarda, vuelvo a la cocina y observo desde la puerta cómo se maneja con soltura por ella.

Me encantaría que todos los viernes de mi vida fueran así.

La chica que acabe con Adri será muy afortunada.