26. Adri
Adri
—¿Vas a contarme ya qué cojones te pasa o sigo fingiendo que todo va bien? —suelta Aitana nada más salir de casa de mis padres—. Te dije que era mala idea tener dos trabajos.
—No es eso —contesto dirigiéndome hacia la cafetería que hay dos calles más abajo. Ya tenía la intención de hablar con ella antes de su pregunta, necesito verbalizar lo que lleva rondándome la cabeza desde que llegué a casa anoche.
—Es normal que hayas petado, estás trabajando de lunes a domingo, y no intentes decirme que los lunes te los tomas libres porque sé que es mentira…
—No es eso —repito, pero no me escucha y sigue riñéndome por trabajar tanto.
Realmente tiene razón, pero cada vez cojo menos encargos de programación y dedico casi todo mi tiempo al club.
De todas formas, no es el tema que tenemos que tratar hoy.
En cuanto nos sentamos a una mesa apartada de la terraza, suelto la bomba: anoche vi como Lucía ligaba y se iba a casa con otra persona.
—Ah. —Se calla de golpe y hace una mueca—. ¿Cómo estás?
—Mal, hubiera preferido no verlo.
—No verlo no va a hacer que no exista.
—Lo sé, pero…
—Pero nada, Adri —me interrumpe enfadada—. Te avisé que pasaría, por eso no podías ser su amigo.
—Y ¿qué querías que hiciera? —exclamo y las personas de otras mesas nos observan curiosos, así que bajo el tono—: Es lo máximo que voy a conseguir.
—No —sentencia cruzándose de brazos—. No es lo máximo que vas a conseguir, es lo máximo que te permites conseguir. Habla con propiedad.
—Tenía un plan —digo exasperado, porque todo se ha ido a la mierda—. Ser amigos y luego…
—Y luego nada, Adri. No había un luego, los dos lo sabemos. —Suspira y suaviza el tono—. No te atreves a dar un paso más. Tu plan de ser solo amigos hacía aguas por todos los lados, aunque no quisieras verlo. Y ayer viviste las consecuencias.
—¡Joder! —Me llevo las manos a la cara frustrado, porque sé que tiene razón. Llevo toda la noche echándome la bronca porque soy el único culpable de esta situación. Este momento iba a llegar, quisiera verlo o no—. Ser su amigo no es suficiente, nunca lo ha sido.
—Lo sé, pero no hay más ciego que el que no quiere ver. —Alzo la vista para mirarla y me dedica una sonrisa triste—. Ahora te toca tomar una decisión: no hacer nada o hacerlo todo. Tú decides.
—¿Y si me rechaza?
—Haz todo lo posible para que eso no ocurra. —Su sonrisa ladeada me asusta, es capaz de cualquier cosa—. Demuéstrale que eres su mejor opción.
—¿Y si no lo soy?
—Lo eres. Nadie la va a querer como la quieres tú —sentencia cogiéndome de la barbilla—. Pero para convencerla a ella, primero tienes que convencerte tú.
—Me da miedo perderla —admito.
—Es normal, pero si no te arriesgas, ya la has perdido. Además, te arrepentirás toda tu vida. Lucha por lo que quieres y, si no sale bien, que no sea porque no lo intentaste con todas tus fuerzas.
—Quiero hacerlo.
—¿Pero?
—Sin peros. —Carraspeo y digo de forma contundente—: ¡Quiero hacerlo!
—Muy bien —celebra abrazándome—. Sobre todo, piensa que es un trabajo de fondo, no un sprint . Precipitarse puede desbaratar tus planes y asustarla, pero tampoco lo alargues de forma indefinida. Pon una fecha máxima.
—¿Lo tengo que decidir ahora? —bromeo ante su forma de mandarme tareas.
—No, ni siquiera tienes que decírmelo a mí. Es algo para ti, para obligarte a no procrastinar.
—Muy bien. Decidido entonces.
—¿Qué fecha te has puesto?
—¿No decías que no tenía por qué decírtelo?
—Era una forma de hablar, por supuesto que tengo que enterarme. Si no, ¿cómo sabremos que lo has cumplido?
—Está bien. El 1 de enero.
—En un mes. Optimista y decidido, así me gusta. Quiero que me mandes los progresos e iremos haciendo ajustes de las cosas que han funcionado y de las que no.
—Iremos no, esto lo tengo que hacer yo solo. Prométeme que no vas a meterte.
—Hermanito, eres un hombre de recursos, no me necesitas para nada. De todas formas, siempre está bien tener otra persona con la que hablar. Prometo solo ayudar.
—Me vale —digo abrazándola.
—Tendrás que lidiar con Marcos, prepárate.
—Que le den —escupo enfadado.
—¿Qué ha pasado? —pregunta extrañada. Normal, he pasado demasiado tiempo escuchando a mi supuesto amigo.
—Que es imbécil. —Aitana asiente esperando más información—. Nos peleamos el otro día en el vestuario porque paso mucho tiempo con Lucía. Con ella tampoco se habla.
—No lo entiendo. Es decir, Marcos siempre ha sobreprotegido a Lucía, es una realidad. Sin embargo, cuando ha tenido pareja o estaba con alguien, solo hacía la advertencia de «si le haces daño, te mato». La obsesión que tiene con vuestra amistad roza lo absurdo.
—Siempre ha sido muy gallito, pero se le va la fuerza por la boca. No sé qué coño le pasa, pero no tengo por qué aguantar sus desplantes día sí y día también.
—No digo que los aguantes, faltaría más. Solo digo que normalmente solo se hace notar para que se sepa que está ahí, pero no va a más. Que se haya cabreado hasta el nivel de que no os habléis es nuevo.
—Está estresado con Alba encontrándose tan mal y la boda. De hecho, la última vez que hablamos de algo que no tenía que ver con su hermana, me dijo que se estaban planteando atrasarla.
—Quizá sea lo mejor. De todas formas, no debería pagarlo con vosotros.
—No, no debería. Juanma le dijo a Lucía que podría sentirse desplazado.
—No creo que sea eso, porque entonces os llenaría de planes. ¿O no te acuerdas de cuando se hizo el esguince, que nos hacía ir cada día a su casa?
—Lo había olvidado. —Sonrío al recordar su cara de pena para que no nos fuéramos—. Aun así, da igual cuál sea el motivo, se está portando mal y haciendo daño a personas que supuestamente quiere.
—Seguro que lo solucionaréis, pero ahora no es momento de hablar de eso, sino de dar tu primer paso con Lucía, ¿qué has pensado?
Hablamos un rato más antes de despedirnos e irnos cada uno a nuestra casa.
Por suerte, esta tarde me libro de ir al pabellón, así que la paso pensando en cosas que podrían gustarle a Lucía y que me ayuden a conquistarla.
En cierto momento recibo un mensaje de Marcos, pero lo ignoro.
Se pueden ir a la mierda él y su advertencia, pienso ir a por Lucía, aunque me cueste mi amistad con él.