Serie Siempre: Colección completa 24. Lucía
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24. Lucía

Lucía

No sé para qué me dicen de quedar a las siete si no están disponibles hasta las ocho.

Lo peor de todo es que, como los conozco, he venido tarde y, aun así, me han hecho esperar.

En cuanto salen del local que tienen para atender y donde trabaja Maite, me dan un abrazo de oso los tres a la vez y me llenan de besos.

—Qué difícil eres de ver, princesa —dice Fer, que es el primero en soltarme.

—No te veíamos desde la fiesta del Cascamorra —recuerda Juanma—. Eso no puede ser.

—Y ese día huiste nada más vernos —comenta Óscar, que sigue abrazándome.

—Y ¿quién no? Sois un peligro cuando estáis juntos.

—Y cuando están separados también —aporta Maite riendo. Fer la atrapa con su brazo por el cuello y empiezan a andar.

—Vosotros tampoco habéis dicho de quedar —me defiendo y ponen cara de culpabilidad—. Ya me dijo Maite que estáis hasta arriba.

—Está siendo un buen año, sí —admite Óscar contento—. Pero echamos más horas que un reloj.

—Por cierto, Mar me llamó ayer —me informa Maite—. Mañana por la mañana pasará Juanma a valorar cuánto tiempo nos llevará. Me ha dicho que estará su compañera de piso.

—¿Te imaginas que mañana llama para decir que está enferma, pero tú sabes la verdad? —bromea Fer.

—A Mar le apasiona su trabajo —les explico mientras entramos en el bar que hay en la misma calle que su local—.

Un día la tuve que mandar a casa con una contractura que le había dejado el cuello clavado y la cabezona quería esperar a la tarde.

¡No podía ni moverse! Dudo mucho que se quede en casa por una puerta que no cierra.

—Puedes presentarle a Juanma. —Óscar se ríe y le pide al camarero que se acerque—. En febrero se nos desmayó en mitad de una obra. El muy cenutrio vino con gripe y no dijo nada. Menos mal que Fer estaba cerca y lo salvó del golpe en la cabeza.

—Exagerados —se queja Juanma, pero no dice nada más. Me sorprende que esté tan callado, miro a Maite y niega con la cabeza para que no me meta, así que no digo nada.

Aprovechamos para pedir varias raciones para cenar y las conversaciones fluyen entre piques entre ellos y chistes.

En cierto momento me suena el móvil, pero al ver que es Marcos lo ignoro.

Cuando acaba la llamada, es Alba quien lo intenta y vuelvo a rechazarla, como llevo haciendo desde que he salido de trabajar.

Al principio me he preocupado y he llamado a mi madre por si había pasado algo, pero al decirme que no, puedo prescindir de contestar.

—¿Todo bien? —pregunta Maite preocupada.

—Es mi hermano. Estoy enfadada con él y no tengo ganas de hablar.

—¿Qué ha liado ya? —se interesa Fer.

—Estoy cansada de que no pare de controlar con quién voy o dejo de ir. Por lo visto, no puedo quedar con vuestro primo sin su permiso. —Los cuatro ruedan los ojos. Conocen perfectamente a mi hermano, ya saben de qué va.

—Igual llama para disculparse —dice Óscar en modo conciliador.

—¿Mi hermano? Seguro que sí —ironizo y Maite me reprende con la mirada—. No me mires así, me da igual si se quiere disculpar, mañana lo volverá a hacer y estoy muy cansada de su actitud. No me sirve de nada un «lo siento» si no cambia.

—Tiene razón —aporta Óscar con tristeza y lo miro sin entender nada.

—Eloy, el chico de Albox con el que estaba, lo ha dejado —me informa Fer—. Demasiado trabajo y poco tiempo juntos.

—También podría haberse venido él a vivir aquí —comenta Maite enfadada—. Que siempre le tocaba a Óscar ir allí para verse. Es muy fácil pedir, pero no tanto dar.

—Gracias. —Óscar le da un beso a su hermana, que lo mira con amor—.

Así que estamos contigo, Lucía, a tu hermano ni agua.

—El teléfono vuelve a sonar y Óscar me lo arranca de la mano—.

¡Hola, Marcos! ¿Es urgente? ¿No? Entonces pilla la indirecta, tu hermana no tiene ganas de hablar contigo.

—Parece que Marcos está hablando, pero no se escucha—.

Ya, Marcos, pero Lucía está muy enfadada, un «lo siento» no le va a servir.

Piensa en lo que has hecho y prepara una disculpa en condiciones y, ya que estás, que no vuelva a pasar.

—Cuelga el teléfono y me lo devuelve como si no hubiera hecho nada—. Alguien tenía que decírselo.

—No creo que sirva de nada, pero gracias.

—Quién sabe, igual esta vez es de verdad con eso de que va a ser padre —dice Maite encogiéndose de hombros y cambia de tema de forma radical—: Por cierto, no tengo información sobre el Saxo, tendrá que buscar en otro sitio.

—¿Qué Saxo? —pregunta Juanma de golpe.

—Mira, si le hablas de coches reacciona, es bueno saberlo.

—Fer… —lo reprende su hermana—. Lucía me preguntó si conocía a alguien con un Saxo blanco antiguo, pero el único que se me ocurrió fue el de papá y no creo que sea él.

—Quiero pensar que si papá volviera, no lo haría para coger el coche —bromea Óscar.

—Si papá volviera, vendría a la obra a decirnos que lo estamos haciendo mal —aporta Fer.

—Y tendría razón —lo pica Maite.

—A mamá le daría un ataque —dice Óscar riendo—. Por cierto, hablando de ataques, ¿cómo está tu casera, Fer?

—¿Qué le has hecho, Fer? —pregunto riendo, es capaz de cualquier cosa.

—La culpa es tuya por avisar de que Adri estaba con la gilipollas de su ex —me recrimina—. Salí corriendo con lo que pillé y al volver me encontré a mi vecina. La pobre mujer casi se muere del susto.

—Técnicamente yo no os avisé, fue Maite, así que las culpas a ella.

—Hubiera sido peor si no los aviso y se enteran el domingo —dice Maite y los tres asienten—. Entonces, ¿el bizcocho que le pediste a mamá sirvió de algo?

—Sí, sí —afirma Fer, bebiendo de su cerveza—. Todo bien ya.

—Otro que se calla cosas —bufa Óscar mirando a Maite—. Todo se pega, hermanita.

—Os lo conté cuando vimos que tenía sentido hacerlo —se defiende—. Además, tú nos contaste lo de Eloy tres semanas después.

—Y porque te lo sacamos —dice Fer—. Si no, aún seguiríamos esperando a que nos lo presentases.

—Bueno, vale, todos ocultamos cosas. Cuando estéis preparados, ya nos lo contaréis —cede Óscar—. Y hablando de secretos, ¿creéis que mamá nos presentará a su novio estas navidades?

—¿Vuestra madre tiene novio? —pregunto alucinada—. ¡No me lo puedo creer!

—Está más tonta… —dice Maite negando con la cabeza y sus hermanos se tapan la cara—. Mi madre miente muy mal, ya lo sabes, pero ella cree que lo hace bien, así que ha intentado ocultárnoslo todo este tiempo.

—Pero no lo ha conseguido —añade Óscar.

—Es que lo ha hecho todo mal —comenta Fer.

—Y lo peor es que parece que tenga quince años —suelta Juanma y todos ponen una mueca de asco—. Nos alegramos de que rehaga su vida, pero verla así es…

—¿Extraño? —tanteo.

—Da vergüenza ajena —afirma Fer sin miramientos—. Le ha dado por usar tanga. Que me parece bien, ole su coño, pero no tengo la necesidad de conocer la ropa interior de mi madre.

—Y encima le preguntas y evade la respuesta —explica Óscar—. ¡Pues no me lo cuentes!

—Yo creo que está ilusionada, pero no sabe cómo reaccionaremos —la defiende Maite.

—Es adulta, papá murió hace siete años, ¿cómo vamos a reaccionar? Pues bien. Se merece ser feliz —dice Fer como si fuera obvio.

—Dice el tipo que salió de su casa en pijama y chaqueta de cuero, armado con dos martillos para defender a su primo —bromea Óscar.

—A ver, una cosa está clara —aporta Juanma, que parece que de este tema sí quiere hablar—. Si mamá es feliz, nosotros también lo vamos a ser y la apoyaremos. Pero si le hace daño, no le queda campo para correr.

—Y por eso vuestra madre no quiere decirlo —comento riendo—. Ese pobre hombre estará asustado de vosotros.

—Y bien que hace —concluye Fer y nos reímos.

Seguimos con la conversación un rato más y saltamos a otras menos intensas. Cuando salimos del bar, el coche de César aparece y Maite se va feliz. Fer y Óscar toman el camino contrario a mi casa, así que nos quedamos solos Juanma y yo.

—¿Estás bien? —pregunto preocupada—. Es raro verte tan callado.

—Sí, se me pasará. No tiene importancia.

—¿Quieres hablar? Prometo no contárselo a nadie.

—Lo sé —dice con una sonrisa—. Conocí a una chica el sábado y congeniamos muy bien.

Hacía mucho tiempo que no conectaba con alguien a ese nivel, pero cuando me despedí de ella, me di cuenta de que no le había pedido el número, así que no tengo forma de localizarla.

Y ahora me siento como un idiota y no paro de pensar si para ella fue igual o no.

—Mi madre siempre dice que si tiene que ser, será, pero a mí siempre me ha parecido que eso no es consuelo ni es nada. Así que si necesitas algo o puedo hacer algo, me lo dices.

—Gracias. Saldré este sábado a ver si la encuentro de nuevo y si no, pues tocará pasar a otra cosa.

—Espero que tengas suerte. Yo tengo cena de navidad y mis compañeras quieren buscarme un ligue.

—A mí me parece un gran plan —dice con una sonrisa—. Si ves que te molestan mucho, me llamas y me acerco a donde estéis a fingir que ligo contigo. Como en los viejos tiempos.

—Pues estate atento al teléfono, porque no lo descarto, ¡gracias!

—¿Vas a hablar con Marcos? —pregunta poniéndose serio.

—Tendré que hacerlo algún día, sí —digo con un suspiro.

—¿Te apetece hablarlo?

—Es que estoy acostumbrada a que Marcos haga este tipo de cosas. Lo que no esperaba era que Alba lo defendiera. Me hacen sentir que estoy haciendo algo mal cuando solo paso tiempo con un amigo. No tienen derecho a pedirme explicaciones.

—No lo tienen, no. Pero Alba y Marcos siempre han sido un equipo y han ido a una. Es normal que haya pasado eso. Además, como bien has dicho, es algo habitual de tu hermano, hasta me vino a pedir explicaciones a mí cuando empezamos a coincidir. Siempre lo ha hecho y antes lo ignorabas sin más.

—Sí, lo sé, pero me cogió en un mal día, no lo sé, supongo que exploté. Lo peor es que le eché en cara que desde que volví no habían hecho nada para ayudarme a adaptarme a mi nueva vida.

—Y ahora te sientes mal por ello —asume Juanma.

—Un poco, porque es cierto que no han hecho nada, pero yo tampoco he hecho por quedar con ellos. Desde que he vuelto habré ido a su casa un par de veces y porque era su cumpleaños. Así que eso es algo que los dos hemos hecho mal.

—De todas formas, no es excusa para que tu hermano se enfade porque seas amiga de mi primo.

—Se queda pensativo un momento antes de añadir—: ¿Has pensado que igual está celoso?

Adri siempre ha sido su amigo y ahora te tiene a ti.

Tú eres su hermana, lo normal es que te apoyes en él a la vuelta, pero lo has hecho en mi primo. Es posible que se sienta desplazado.

—Y ¿no puede decirlo? No tenemos cinco años.

—Igual ni siquiera sabe lo que le pasa, solo nota el malestar, pero no sabe por dónde le viene o por qué. Además, a todos nos cuesta abrirnos.

—Todo iría mejor si habláramos abiertamente —admito, aunque soy la primera que me callo cosas.

—O nos habríamos matado unos a otros y nos habríamos extinguido —comenta riendo—. Bueno, princesa, me desvío aquí. ¿Quieres que te acompañe?

—No te preocupes, solo son dos calles.

—Perfecto, hablamos otro día. —Me da un beso de despedida y se pierde en la siguiente calle.

No había pensado en que Marcos se pudiera sentir desplazado, lo cierto es que como siempre está con Alba, nunca me he planteado que se sienta solo. Quizá debería hablar con él y darle la oportunidad de que se explique. O puede que si lo hago, acabemos matándonos, como dice Juanma.