20. Adri
Adri
¡Joder, Aitana no sabe mentir! Está intentando parecer enfadada, pero que lleve su chaqueta roja favorita, que solo se pone cuando está feliz, la delata.
Alzo la caja con el logo de la pastelería y una sonrisa, que intenta disimular, se asoma en su boca.
La fachada va perdiendo fuerza hasta que llego a su altura y paso mi brazo por sus hombros para atraerla hacia mí.
Beso su pelo cuando sus brazos me envuelven.
—Me has decepcionado, hermanito. Te tenía por un Dios en la cama, pero si ya has despachado a Lucía, creo que la fama no te hace justicia.
—Idiota —murmuro mientras noto su cuerpo reírse pegado al mío y me contagia—. ¿Entramos?
—Sí, creo que tienes muchas cosas que contarme.
—Volveré a decepcionarte —bromeo y me saca la lengua.
Entramos en mi casa y Aitana coge la caja para ir directa a la mesa del salón mientras voy a la cocina a preparar un par de cafés bien cargados.
Cuando llego, tiene la boca llena de nata y una sonrisa de felicidad en la cara.
Le acerco las servilletas y me siento a su lado en la mesa. Respiro hondo antes de hablar.
—Me pidió que volviéramos —suelto y Aitana me mira alzando la ceja incrédula—.
Pensé lo mismo que estás pensando tú: «¿A qué viene ahora esto?
». Me soltó una retahíla de tópicos que dejé de escuchar cuando dijo el tercero.
Que si me echaba de menos, que si nunca había dejado de pensar en mí, que si era el amor de su vida… Mentira tras mentira.
—Lo bueno es que te diste cuenta al momento —dice con una sonrisa, bebiendo de su café.
—Han pasado dos años, me jode pensar en lo idiota que fui a su lado, pero tenía claro que no iba a volver a caer.
—Yo no lo tenía tan claro —confiesa y la miro extrañado—. No digo que tú no te hayas currado la recuperación para volver a ser tú, pero admite que Lucía tiene mucho que ver en que ahora mismo no esté en un coche con tus primos y tú en el maletero.
—Supongo que tienes razón. Quiero pensar que si hubiera vuelto hace seis meses, hubiera reaccionado de la misma manera, pero lo cierto es que mi cerebro hizo clic en el momento en que se metió con Lucía.
—¿Que hizo qué? —pregunta indignada y sonrío.
—Me encontró con ella, cosa que supongo que ya sabes.
—Asiente—. Y cuando Lucía pasó por su lado, me dijo con desprecio que me recordaba con mejor gusto.
Lo hizo para que la oyese y hacerla sentir mal, pero solo consiguió cabrearme.
Ahí la cogí del brazo y la metí en el coche para salir de allí, no quería que nadie del equipo nos viera discutir.
Conduje hasta que vi un parque en el que no había nadie, aparqué y salí del coche para apoyarme en él y que dijese lo que tuviera que decir.
Cuando vio que ni me inmutaba con su amor incondicional, cambió la pose y dejó de quererme tanto.
—Nunca te quiso.
—Quería mi dinero y mi incapacidad de negarle algo.
—Siempre pensé que la tenía que chupar muy bien.
—Tampoco te creas —confieso incómodo—. Me enganchó como si fuera una droga y, cuando ya me tenía a su merced, solo tenía que dejar de darme mi dosis para que yo hiciera todo lo que me pedía con el fin de obtener un chute más.
—Joder, Adri. —Entrelaza nuestras manos y besa la mía—. Nunca lo había visto así. Me dolía tanto ver cómo te apagabas y que cada vez estuvieras más lejos…, ya no sabía qué hacer. Sé que estabas fatal el día que llegaste a casa de papá y mamá, pero me alegré tanto.
—Nunca te lo he dicho, pero fuiste tú quien me abrió los ojos.
—Me mira sorprendida—. Me pediste que condujese el coche de tu boda y me hizo mucha ilusión.
Cuando se lo conté, me soltó que eso no podía ser porque entonces ella con quién iba a ir, que se había comprado unos tacones nuevos y que tenía que llevarla de puerta a puerta porque era mi mujer.
Traté de razonar con ella y ofrecerle alternativas y me soltó una frase que decía mucho, pero que hasta ese día no detecté como un problema: «Así no, Adri.
Tu mujer soy yo». Ella era mi mujer, pero tú eres mi hermana y tengo derecho a poder llevarte el día de tu boda si quiero.
Ahí me repetí esas palabras, pero con otro final: «Así no, Adri.
Tú puedes decidir». Cuando se fue a dormir, cogí todas mis cosas y me fui sin mirar atrás.
Ese fue otro detector de lo poco que decidía en mi casa, todas mis cosas cabían en la mitad del maletero del coche.
—Y pensar que estuve a punto de no pedírtelo —suelta con una sonrisa—. El tito se ofreció a dejarme el coche, pero me costó convencerlo de que no fuera él quien lo llevase. Solo cedió porque eras tú.
—Me supo mal estar tan apagado ese día.
—Total, para lo que duró el matrimonio, casi parecía que vieras el futuro —bromea—. ¿Qué te dijo cuando vio que no iba a sacar nada de ti?
—Me llamó egoísta. —Niego con la cabeza—. Ella a mí.
—¡Viva la hipocresía!
—Le dije que había tenido suerte de que me había pillado en un buen día y le había permitido hablarme, pero que no volviera, que aquí no era bien recibida. Que si quería algo, tenía el número de mi abogado. Y que si volvía la denunciaría por acoso. Creo que captó el mensaje.
—Me alegro. Y ahora lo importante: ¿cómo acabaste en casa de Lucía?
—Cuando se fue, me puse a dar vueltas con el coche y a pensar en estos dos últimos años.
En lo diferente que es mi vida ahora y lo feliz que soy.
En ese momento me vino el rostro de Lucía y, sin darme cuenta, estaba a una calle de su casa.
Estaba bastante cabreado, pero sabía que con ella se me pasaría antes, así que le pregunté si estaba despierta.
Al decirme que sí, subí a su casa y nos pusimos a ver un pastelón de película romántica navideña que la durmió en cinco minutos.
—Así que Lucía es tu lugar seguro.
—Sí —admito con una sonrisa—. Creo que sí, Lucía es mi lugar seguro.
—Eso es bonito, ahora solo falta que se dé cuenta.
—Para. Somos amigos, muy buenos amigos, casi podría decir que es mi mejor amiga, así que es normal que haya ido a su casa. En otro momento habría ido a casa de Marcos.
—Está bien, no insistiré más sobre el tema, pero porque estoy muy contenta de que hayas mandado a la mierda a esa víbora y de verte tan bien.
—Me da un sonoro beso en la mejilla y se pone a recoger los papeles de los pastelitos que nos hemos ido comiendo mientras hablábamos—.
Venga, ahora ve a ducharte. Hemos quedado con Maite, Óscar, Fer y Juanma para comer.
Lo hemos llamado «comida de primos» para que nadie se acople, pero si invitas a Lucía a nadie le va a molestar.
—Me guiña un ojo antes de salir del salón para ir a la cocina.
Conociendo a mis primos, habrán quedado para ir haciendo hambre dos horas antes de la reserva, así que me ducho y me arreglo mientras oigo a Aitana trastear por la cocina y el salón.
Cuando estoy listo me la encuentro en mi sofá viendo una serie.
Me echa una mirada de arriba abajo con cara de aprobación.
—¿Le has dicho algo a Lucía?
—No.
—Soso.
—¿Nos vamos?
—¡Claro!
Salimos y nos dirigimos a mi coche para ir con nuestros primos.
Será la primera vez que mi hermana llegue puntual a algún sitio.
La miro de reojo, sentada en el asiento del copiloto, con una sonrisa de felicidad en la boca.
Me encanta verla así y sé que gran parte de esa alegría es por ver que he sido capaz de echar de mi vida a Jessica para siempre.
Y puede que no lo haya admitido en voz alta, pero estoy totalmente seguro de que si no fuera por Lucía, no lo habría conseguido.
Ella me aporta toda la felicidad que necesito sin pedir nada a cambio.