19. Lucía
Lucía
¡Qué bien, huele a café! ¿Qué? Me despierto de golpe y miro a mi alrededor para ubicarme.
Estoy en mi habitación, en mi cama y con el pijama puesto, pero huele a café.
Adri, triste en el sofá, viendo una película mientras me acariciaba el pelo, es lo último que recuerdo.
Entonces, ¿cómo he acabado en mi cama? ¿Hemos dormido juntos?
Espero que no, no me gustaría no tener ningún recuerdo de ello.
Salgo de la habitación y me encuentro a Adri sentado a la mesa con una taza de café, mirando el móvil.
—Buenos días, Adri.
—Buenos días —me saluda con una sonrisa y levanta la taza—. Me he hecho un café, espero que no te importe.
—No, claro que no. —Noto cómo me observa con una sonrisa ladeada y me doy cuenta de que estoy con las pintas de recién levantada delante de Adri. Salgo corriendo mientras me disculpo y evito mirarlo para que no vea mi sonrojo—. Voy al baño, ahora vuelvo.
Aprovecho para adecentarme un poco, recogiéndome el pelo y lavándome la cara; con el pijama de pingüinos poco puedo hacer, no es como si no lo hubiera visto anoche. Cuando salgo, Adri ha desaparecido y escucho ruido en la cocina, por lo que me dirijo hacia allí.
—Te he hecho un café —dice ofreciéndome una taza con un manchado—. O más bien, leche con un toque de café.
—Gracias. Hay galletas con chocolate en aquel armario. —Adri las saca y coge una antes de ofrecérmelas. Me como una para infundirme valor antes de sacar el tema—. ¿Has dormido?
—No mucho. Me quedé algo traspuesto después de llevarte a la cama, pero me he despertado un millón de veces. Tu sofá no está pensado para dormir en él, aunque no creo que sea el motivo principal de mi falta de sueño.
—En realidad, es un sofá cama —le explico con una mueca de disculpa—. No pensé que te quedarías, si no te lo hubiera dicho. O podrías haberte acostado en la cama conmigo. —Justo después de decir las palabras, me sonrojo hasta las orejas.
—Lo pensé, pero no sabía cómo te tomarías despertarte y encontrarme en tu cama. Me gusta empezar el día tranquilo, no matando del susto a nadie.
—Para la próxima, ya sabes que el sofá se hace cama. —«O puedes dormir conmigo, que no creo que haya mejor forma de despertarse», me abstengo de añadir.
—Espero que no haya una próxima, al menos no en las mismas circunstancias.
—Lo siento —me disculpo y me sonríe quitándome la taza vacía de la mano y llevándola al fregadero para empezar a lavar lo que hemos usado para desayunar.
—No te preocupes, no va a volver —sentencia con contundencia—. Y si lo hace, no pienso dejarte tirada para irme con ella.
—No me dejaste tirada.
—Sí lo hice. Íbamos a cenar juntos y te pedí que te fueras. No tendría que haberlo hecho.
—Lo entendí perfectamente, Adri.
—No he dicho que no lo hicieras, digo que yo no debí hacerlo. Jessica no es una prioridad en mi vida, ya no. No puede aparecer y pretender que lo deje todo por ella.
—No pasa nada —vuelvo a repetir, no quiero que se sienta mal por eso.
—Te agradezco que lo entiendas y que no te enfades, pero a mí sí me cabrea no haberme dado cuenta en ese momento. Estaba demasiado impactado por verla.
—¿Cuánto hacía que no la veías?
—Desde que me fui de casa. Lo gestioné todo con abogados para no volver a cruzármela.
—Me quedo callada, porque quiero preguntarle qué le dijo, pero no sé si le apetece explicármelo.
Como si me hubiera leído el pensamiento, vuelve a hablar—.
Quería volver, después de dos años. Supongo que el ricachón al que se follaba le ha dado puerta.
Debe creer que soy idiota o algo; aunque supongo que esa es la visión que tiene de mí después de todo.
—No eres idiota, Adri. Solo diste todo en una relación que no lo merecía. —Me sonríe, secándose las manos, y se acerca para abrazarme por el cuello, apoyando mi cabeza en su pecho.
—Gracias por estar ahí y por no coserme a preguntas cuando aparecí en tu casa anoche.
—No he hecho nada.
—Has hecho más de lo que crees. —La vibración de su móvil en el bolsillo nos separa—. Tengo que irme. Aitana me ha llamado veinte veces esta mañana, no quiero que derribe la puerta de tu casa.
—¿Le has dicho que estabas aquí?
—Ha ido a mi casa, no me ha encontrado y ha entrado en pánico. Se lo he tenido que decir.
—Pues vete y no la hagas esperar. Yo en breve me iré a casa de mis padres también.
—Si no tardas mucho, te acerco si quieres.
—Pues si no te importa, en diez minutos estoy lista. —Asiente y voy a mi habitación corriendo.
Miro la cama, donde podríamos haber dormido los dos, pero sacudo la cabeza para no perderme en mis pensamientos.
Cojo unos vaqueros y un jersey, y me visto rápido para no hacerle esperar.
Cuando voy a coger el móvil de la mesita, me fijo en que está enchufado al cargador y con la batería llena.
Una sonrisa aparece en mi cara, me encanta que Adri, pese a todo lo que pasó anoche, tuviera el cuidado de traerme a la cama y poner mi móvil a cargar.
Salgo de la habitación y me recibe su sonrisa mientras habla por teléfono, aunque no llego a escuchar con quién, porque cuelga al momento.
—Era tu hermano, para saber cómo estaba —me explica cuando nos dirigimos a la puerta—. Gracias por avisarlos.
—No sabía qué hacer, pero me pareció que debían saberlo. Aunque había olvidado lo psicópatas que pueden llegar a ser Fer y Juanma juntos.
—¿Sacaron la pistola de clavos? —pregunta riendo y poniéndose las gafas de sol justo al salir a la calle.
—Sí, Fer le pidió a Juanma que la cogiera. Al cual, por cierto, le fastidiamos una cita.
—Una de tantas, no es un drama. —Se encoge de hombros y entramos en el coche—. Te dejo en mi casa, quiero pasar a comprar unos pastelitos a Aitana para compensarle el mal trago, ¿te va bien?
—Sí, ya sabes que no me importa andar, aunque tú te empeñes en llevarme en coche a todos los sitios.
—Tu hermano me explicó que te siniestraron el Ibiza. ¿Has pensado en comprarte otro?
—Mi padre quiere que vaya a hablar con Joaquín para ver si tiene alguno de segunda mano que esté bien, pero es que si voy, acabaré subiendo a la tienda y ahí está el Ibiza nuevo llamándome.
Además, después de un año me he acostumbrado a no tener coche, cuando lo necesite se lo puedo robar a mi padre o a mi hermano.
—Y ¿vale la pena el paseo hasta su casa? Puedes pedirme el coche a mí también —se ofrece.
—De momento no lo he necesitado. Me has llevado a todos los sitios, pero lo tendré en cuenta.
—¿Qué le pasó a tu querido Ibiza?
—Un conductor borracho decidió hacer rallies por las calles de Cádiz, con la mala suerte que fue a estamparse contra mi coche.
Nos despertó a la calle entera del golpe, aún me alucina que solo se rompiera un brazo y un par de costillas.
Mi coche se convirtió en un acordeón, no se salvaron ni los peluches.
—¿Perdimos a Coco? —pregunta con una mueca de pena fingida, refiriéndose al peluche de un pato tumbado que tenía en el coche y que me regalaron Marcos y Alba cuando me saqué el carnet.
—Sí, el pobre quedó destrozado. —La verdad es que me fastidió lo del coche, pero le tenía mucho cariño a ese peluche y me puso muy triste ver que no quedó de él ni el pico. Adri debe notar que aún me afecta, porque posa su mano en mi muslo y lo aprieta—. Gracias.
—Te dejo aquí, ¿vale? —dice aparcando a una calle de su casa, donde hay un parque infantil y la pastelería favorita de Aitana.
—Sin problema. —Bajo del coche y me quedo embobada mirando a los peques, que juegan y gritan. Como si algo me uniera a ellos, me acerco aun cuando ni siquiera es la dirección que debo tomar. Un grito me trae de vuelta.
—¡Lucía! —Unos brazos pequeñitos me envuelven las piernas y bajo la vista para encontrarme con unos rizos castaños que conozco muy bien.
—Hola, Julieta, ¿cómo estás?
—¡Ven al parque! Estoy con mi papi.
Miro alrededor para buscarlo y recuerdo que no conozco al señor, pues nunca ha venido a recogerla. Me pide que la suba al columpio y la empuje. Cuando toca que se baje para que se suba otro niño, aparece un hombre.
—Ya me ocupo yo —dice de malos modos, bajándola del columpio y cogiéndola en brazos mientras la niña intenta evitarlo.
—¡Papi, es Lucía! —le indica Julieta y el hombre la mira sin saber de qué habla—. Mi profe del cole.
—¿Tú eres la profesora de mi hija? —pregunta con desprecio.
—Así es. Encantada. —Extiendo mi mano para estrecharla, pero la mira con asco, así que la guardo.
—Sé quién eres. —Lo miro extrañada, a mí no me suena de nada—. Eres la hermana de Marcos, la viciosa.
—¿Qué es una viciosa, papi? —pregunta Julieta y la miro con pena, no merece tener un padre con tantos prejuicios. La deja en el suelo y la insta a irse a jugar. La niña se va feliz al tobogán y el hombre me mira esperando una respuesta.
—Sí, supongo que soy esa Lucía que dice, pero se equivoca en la terminología, se dice bisexual, no viciosa. Parecen iguales, pero hay muchas diferencias, se llaman prejuicios la mayoría de ellas —respondo alzando la cabeza. Ni él ni nadie va a hacerme sentir mal por lo que soy.
—No voy a permitir que mi hija tenga una profesora como tú, mañana mismo pondré una queja en el centro.
—Estoy totalmente segura de que la directora estará encantada de conocerle. Sobre todo teniendo en cuenta que está en la puerta de infantil todos los días, estamos a finales de noviembre y usted no ha venido ni un solo día a llevar o recoger a su hija.
Me giro y lo dejo con la palabra en la boca. Me acerco a Julieta para despedirme e irme a casa de mis padres. Cuando salgo del parque, me encuentro a Adri con una sonrisa orgullosa.
—Quién necesita una pistola de clavos teniendo las palabras exactas —comenta gozoso cuando empezamos a andar.
—Manda a la abuela a buscar a la niña los viernes que le toca a él.
La pobre mujer no puede con la intensidad de Julieta, el lunes cuando la trae tiene una cara de agotada que da pena verla.
Eso me demuestra que es la que la ha tenido todo el fin de semana.
La madre siempre pregunta quién ha venido a buscarla, al menos tiene la custodia completa, porque viendo el panorama…
—¿No te preocupa que se queje de ti a la directora?
—Primero, yo tengo mi plaza y no pueden echarme, a no ser que la líe mucho.
Mi condición sexual no es una opción, en todo caso, si pasase algo sería discriminación por parte del centro.
Y segundo, ¿recuerdas a la chica con la que salí un día y me dijiste que te sonaba?
—Adri asiente extrañado—. Es Rocío, mi directora y el motivo por el que te sonaba es porque fue la primera chica con la que me lié.
Estuvimos un verano entero tonteando y descubriendo que nos gustaban las chicas.
A mí también me gustan los chicos, a ella no.
Así que pienso esperar esa conversación con palomitas.
—Igual al hombre le da un parraque y saca a la niña del colegio.
—Dudo que haga ni siquiera el esfuerzo de ir a quejarse. He estado varios minutos empujando a la niña en el columpio y ni se ha dado cuenta. Hoy juega el Madrid, seguro que cuando se vaya al bar se ha olvidado de la niña y de mí.
—Para desgracia de la niña, seguramente sea así. En fin, aquí se separan nuestros caminos —dice señalando la calle en la que tenemos que girar en direcciones opuestas—. Gracias por dejarme pasar la noche en tu casa.
—Gracias por el desayuno.
—Técnicamente lo has pagado tú.
—Sí, pero no suele prepararse solo. —Se ríe y me abraza antes de darme un beso en el pelo—. Que vaya bien el día y la conversación con Aitana.
—Igualmente. Nos vemos el martes.
Se aleja, despidiéndose con la mano, y me alegra ver que vuelve a ser el Adri de siempre, aunque una sombra oscura lo acompañe. Solo espero que sea algo pasajero y que en unos días esté recuperado del fantasma del pasado que ha aparecido de golpe.