Serie Siempre: Colección completa 17. Lucía
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17. Lucía

Lucía

Necesito sentarme, me duelen hasta las pestañas. Mar ha tenido que asumir casi todo el trabajo, suerte que la tengo a ella o hubiera muerto. Al menos hoy parece que será un día tranquilo, los niños están de buen humor y tenemos sol, pese a que se nota la bajada de temperaturas.

—¿Nos vas a decir qué o quién ha hecho que estés así o hay demasiados niños cerca para explicarlo? —pregunta Sabrina con voz insinuante.

—Ayer fui a entrenar —contesto mientras veo como Feli lidia con dos niñas de mi clase que se pelean por una hoja de un árbol.

—¿Para follar también se entrena? —Sabrina se atraganta con el bocadillo ante la duda de Mar, que nos mira extrañada, como si realmente lo hubiera preguntado en serio.

—Entrenar a balonmano —específico y pone cara de decepción.

—Me gustaba más mi versión del entrenamiento, la verdad.

—A mí también —dice Sabrina—. Y ¿el entrenador es el chico guapo de los viernes o tendremos otro chico esperándote en la puerta los martes?

—No. Además es una mujer.

—No veo el problema. —Mar se encoge de hombros.

—Podría ser mi madre.

—¿Ese es tu límite? —pregunta Sabrina—. El mío es quince años arriba o abajo, más no. Ya tengo suficientes niños en el trabajo y un padre tocapelotas.

—Yo creo que el problema no es que sea una mujer ni la edad —interviene Feli por primera vez—. Si no que no es el chico de los viernes.

—Solo es un amigo. Ya os conté lo desastrosa que fue la cita que me obligasteis a montar. Ya no más.

—¿Va a dejar de alegrarnos la vista los viernes? —pregunta Mar decepcionada.

—No lo sé —admito—. Puede que empiece a quedar con él y con más gente los sábados, y los viernes me los tome libres.

—¿Por qué? —cuestiona Sabrina—. Mirar es gratis, mujer. Tú deja volar la imaginación y disfruta de su compañía.

—Lo que le pasa a Lucía —explica Mar—, es que se había hecho ilusiones, le habían quedado preciosas y se ha hostiado contra el muro de la amistad. Y claro, el golpe duele y hasta que deje de sangrar, pues no quiere seguir dándose contra él.

—Sí, sería un buen resumen —confieso—. Creo que le voy a decir que estoy ocupada este viernes mientras valoro qué hacer.

—Yo no sé si sería capaz —reconoce Feli—. Estuve enamorada de mi compañero de piso durante años, viendo cómo se follaba a la mitad de la facultad, y seguí ahí como una gilipollas. Menos mal que me gradué y me mandaron a un pueblo de Sevilla.

—Yo iría a por él hasta que cambiase de opinión en lo de ser solo amigos —bromea Sabrina con una sonrisa pícara.

—Lucía, haz lo que te nazca —me aconseja Mar—, pero intenta no hacerte daño en el proceso. Si necesitas dar un paso atrás o al lado, hazlo.

—Gracias, chicas —respondo con una sonrisa y suspiro—. Mañana le diré a Adri que el viernes no puedo quedar.

Soy una cobarde, lo admito. Ayer vi a Adri en las gradas durante el entrenamiento y lo saludé de lejos.

Al acabar, pensando que igual se ofrecía a llevarme a casa, me escabullí sin ducharme para no toparme con él.

Aproveché que me envió un mensaje para preguntarme por el entrenamiento y mis agujetas para decirle que hoy no podría quedar para cenar porque tenía cosas que hacer.

Bromeó con el hecho de que seguía debiéndole una cena y se la acabaría cobrando, y nos deseamos buenas noches.

Fue más fácil de lo que imaginé, pero ahora que tengo que salir, y que sé que no estará fuera, me invade un sentimiento de decepción que no esperaba.

—Así que al final has decidido seguir dándote contra el muro —me dice Mar al oído y la miro sin saber de qué habla—. Cuídate y no entres en un estado de autodestrucción solo por unas migajas de amor. Te mereces todo el plato. Créeme, sé de lo que hablo.

Sigo la mirada de mi compañera sin entender nada y mi corazón da un vuelco al encontrarme con la sonrisa tímida de Adri justo enfrente de la puerta. Me acerco a él, tras despedirme de Mar, y su sonrisa se ensancha.

—No quiero que pienses que solo paso tiempo contigo cuando no tienes nada que hacer, así que he comprado una pizza precocinada —dice mientras alza la bolsa del súper que lleva en la mano y señala la mochila que lleva en la espalda—, y tengo un buzón lleno de correos pendientes que puedo leer mientras tú haces tus tareas.

Sus palabras me paralizan. No sé qué decir ni qué hacer.

Por un lado, me encanta pasar tiempo con Adri y saber que él también quiere estar conmigo me genera unos sentimientos demasiado buenos como para obviarlos.

En contra, esos sentimientos son justo lo que quería evitar para no volver a pegarme contra el muro con letras luminosas que pone «Solo amigos».

No sé si soy suficiente fuerte como para renunciar a él ni si voy a ser capaz de recuperarme del golpe cuando algo de nuestra dinámica cambie.

Debo de haberme quedado un buen rato pensando, porque Adri empieza a hablar de forma atropellada:

—Lo siento. Tendría que haberte preguntado antes de venir.

He dado por hecho que tenías cosas del colegio por hacer, pero igual has quedado con otra persona y te estoy retrasando.

He estado acaparando tus viernes sin pensar que tienes una vida y más gente con la que quedar.

Lo siento. —Se gira para irse y eso me hace reaccionar.

Cojo su mano para frenarlo y entrelazo nuestros brazos.

—No te esperaba, y me ha impactado verte, pero me encanta la sorpresa. —Me gusta ver cómo vuelve su sonrisa, que se había esfumado al pensar que no quería quedar con él—. Además, estoy segura de que vas a ser un ayudante genial para montar los murciélagos de mis peques.

—Tengo muchos correos por contestar.

—Entonces, haberte quedado en casa.

Puede que me esté metiendo en la boca del lobo y acabe con un mordisco o que me esté acercando tanto al borde del precipicio que acabe ahogada en el fondo del mar, pero no quiero renunciar a él. Si solo podemos ser amigos, seremos los mejores amigos que se pueda ser.