16. Adri
Adri
Pensé que Lucía no podía gustarme más, hasta que la he visto enfundada en esas mallas de deporte turquesas que le hacen un culo que me encantaría cubrir con mis manos y estrujarlo.
No he podido resistirme a bajar a verla entrenar con las niñas, a los cinco minutos ya se las había ganado, es impresionante.
Me he tenido que ir para no babear como un idiota por todo el pabellón, pero ahora que solo está entrenando el equipo femenino, tengo una visión perfecta de ella, su precioso culo y esos estiramientos que me indican que no ha dejado de ejercitarse por mucho que diga.
Empiezan con un ejercicio de tiro a la portería sin portero, pero cuando le toca lanzar a Lucía, la pelota ni siquiera llega a la línea y se me escapa una carcajada.
Me fulmina con la mirada y me saca la lengua, sin embargo, al segundo se está riendo también.
Cada vez que veo su lengua solo quiero meterla en mi boca y morderla ligeramente mientras la estrecho contra mí, apretando su culo con una mano y la nuca con la otra.
Alzarla para que me rodee con esas piernas tan flexibles y llevarla entre besos a mi despacho.
Tumbarla en el sofá o sentarla en la mesa, o puede que las dos cosas, con ella nunca tendría suficiente.
Apartaría los papeles y me acomodaría entre sus piernas, que no pararían de instarme para que me acercara más.
Le quitaría la camiseta, llevándome con ella ese sujetador deportivo que se intuye debajo, liberando esos pechos que me muero por chupar y morder.
Se tumbaría apoyada en los codos para darme todo el acceso que necesito mientras sus jadeos llenarían mis oídos.
Trazaría un reguero de besos hasta la cintura del pantalón, que sería lo siguiente en quitarle.
Entretanto, ella me arrancaría la ropa con ansias hasta dejarme en calzoncillos.
La miraría a los ojos cuando mis dedos se introdujeran entre sus muslos y me comería un jadeo al besarla justo en ese momento.
La acariciaría lento y rápido, torturándola con el ritmo cambiante hasta que me suplicase que entrase en ella quitándome la ropa interior.
Posicionaría mi miembro en su entrada y juntaría nuestras frentes antes de introducirme lentamente mientras noto como su interior me absorbe y siento que no hay un lugar mejor en el mundo donde estar. Empezaría a moverme de forma…
—¡Adri! —Los gritos de varias mujeres me sacan de mis pensamientos y veo como Lucía me observa divertida desde la pista, rodeada por varias jugadoras más—. Llevo un rato llamándote. ¿Me ducho y firmamos el contrato o prefieres hacerlo ahora?
—Dúchate tranquila. —La voz me sale más aguda de lo que debería y solo rezo para que no sea evidente mi excitación desde donde está—. Te espero allí.
—Perfecto. —Se despide con la mano y se va hacia los vestuarios.
Igual una ducha fría no me vendría mal, sobre todo porque acabo de imaginarme a Lucía desnuda sobre mi escritorio y la tendré en mi despacho en menos de media hora.
Para cuando la cabeza de Lucía asoma por la puerta, he conseguido relajarme y actuar normal.
Al menos hasta que se apoya en la mesa en lugar de sentarse en una de las sillas que hay frente a mi escritorio.
El recuerdo de mi ensoñación donde Lucía gemía bajo mis manos hace que me levante de golpe y se ría de mi reacción.
—He pensado que estaremos más cómodos en el sofá, así puedes leerlo tranquila —improviso dirigiéndome hacia allí e indicándole que se siente en el sofá que hay delante de mí.
—Como quieras. —Se sienta y coge los papeles que le ofrezco. Los lee detenidamente y, cuando acaba, los firma—. ¿Ya estaría?
—Sí, mañana se lo enviaré a la administradora.
—¡Genial! Me gusta tu despacho —dice levantándose y colgándose la mochila—. Es muy tú.
—¿Qué significa eso? —pregunto mientras me dirijo al escritorio y empiezo a recoger.
—No sé. Quiero decir que se nota que es tuyo. Yo entro aquí y sé que es tu despacho. No sé cómo explicarlo.
—Ah. Entonces, me alegro de que mi despacho parezca mío. —Salimos juntos y nos dirigimos al parking —. ¿Te acerco a casa?
—Iba a volver andando, solo son quince minutos.
—No me molesta llevarte, así no coges frío —bromeo, aunque la realidad es que quiero llevarla—. Iba a comprarme un bocadillo, si no te importa esperar, vamos juntos.
—Me muero de ganas de llegar a casa, pero lo del bocadillo me apetece más. Sobre todo lo de no cocinar.
Nos dirigimos al bar y pedimos un par de bocadillos para llevar. Pago yo, alegando que se lo ha ganado, y subimos al coche. A los pocos minutos, aparco en la puerta de su casa.
—Gracias, no me había dado cuenta de lo cansada que estaba hasta que me he sentado.
—Bonita forma de decir que el sofá de mi despacho es incómodo.
—¡No! Pero estaba tensa leyendo, aquí me he relajado.
—Te recuerdo que no puedes dormir en el coche.
—Aguafiestas… —Le aparto un mechón de pelo que se le ha escapado al reírse y acaricio su mejilla en el proceso—. Debería irme. Me muero de hambre.
—Descansa. Mañana vas a odiar a mucha gente.
—Ya lo estoy haciendo, pero la verdad es que me lo he pasado muy bien. No recordaba lo que echaba de menos jugar hasta que he cogido el balón de nuevo.
—Suele pasar —admito.
—¿Te costó mucho volver a jugar?
—Tu hermano me obligó al mes de estar aquí —recuerdo—. Llevaba un mal día y me arrastró al pabellón. Los cabrones se cebaron conmigo, pero me ayudó a reaccionar y a centrarme en lo que estaba haciendo. Dejé de pensar y acabé riendo por marcarle un gol a Cristo. Fue genial.
—Me alegro mucho —contesta cogiendo mi mano y apretándola. La aparta rápido, como si lo hubiera hecho por autoreflejo—. ¿Estarás el jueves en el pabellón?
—Seguramente, intento ir todas las tardes, aunque no siempre salgo del despacho.
—Entonces nos vemos el jueves. —Me da un beso en la mejilla antes de abrir la puerta—. Buenas noches, Adri.
—Buenas noches, Lucía.
Cuando estoy en la cama después de cenar, le envío a Lucía un artículo de cómo combatir las agujetas y contesta riendo.
Bromeo un rato con ella sobre el tema y nos despedimos al poco.
Tengo excusa para volver a escribirle mañana y preguntarle cómo está.
Aitana tenía razón, es más fácil de lo que parece, aunque no pienso admitirlo jamás delante de ella.