Serie Siempre: Colección completa 15. Adri
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15. Adri

Adri

¡Joder, había olvidado que tenía que ir a casa de mis padres a comer!

Menos mal que mi querida hermana ha tenido la deferencia de avisarme.

Su sonrisa es lo primero que veo al llegar a la puerta, con su larga melena, morena como la mía, recogida en una trenza que apoya sobre su hombro y su bufanda de colorines que ella misma tejió años atrás, hace que me sienta en casa aún sin haber entrado.

En otro momento me habría metido con ella y le habría hecho alguna broma con que hay dos puntos al revés justo en el centro de la bufanda, pero hoy estoy de buen humor después de pasar la noche de ayer con Lucía.

Incluso aunque el recuerdo de Jessica lo ensombreciera al final.

—Buenas, hermanito, te veo de buen humor.

—Lo estoy —contesto con una sonrisa y la abrazo para besarla en la cabeza antes de que ella lo haga.

—Y ¿tiene algo que ver ese estado de ánimo con cierto plan para acercarte a cierta persona?

—Puede. Llevamos dos viernes cenando juntos y ayer también.

—¡Así me gusta, hermanito! Reconquistando a tu amor de toda la vida.

—No es eso. —Le dedico una mirada reprobatoria y me saca la lengua—. Solo estoy siendo su amigo, tal y como hablamos.

—Eso ya lo sé. Como también sé que te gustaría que fuerais algo más.

—Pero no va a pasar. —Suspiro y Aitana se separa de mí lo suficiente para mirarme a los ojos. Cuando esquivo su mirada, me coge la cara con las dos manos y me encara. Qué fuerza tiene para lo pequeña que es.

—Escúchame bien, Adri. Tienes todo lo necesario para hacer a Lucía la mujer más feliz del mundo, si ella no lo ve, es problema suyo. Tú eres perfecto tal y como eres. No dejes que el recuerdo de esa gilipollas te haga creer algo que no es.

—Solo digo que…

—No quiero escuchar cómo te echas mierda encima, Adri. Eres un tío genial y una gran persona. Solo una idiota te dejaría escapar.

—Gracias —digo besando su frente. No creo que Lucía sea idiota, pero que a mí me guste alguien y quiera estar con ella no hace que esa persona quiera estar conmigo. Eso es una realidad. Y Lucía tiene mil personas entre las que elegir mejores que yo—. Deberíamos entrar, ¿no crees?

—¿Realmente es necesario? —pregunta encaminándose hasta la puerta y llamando al timbre con un resoplido—. Con lo bien que estaba yo en mi casa.

—Llegas tarde —le reprocha mi madre a Aitana nada más cruzar el umbral de la puerta—. ¡Adrián, qué pronto has venido!

Mi padre, mi hermana y yo rodamos los ojos y mi madre arrastra a Aitana a la cocina mientras yo me dirijo al salón con mi padre.

No es que no queramos ir a preparar cosas, es que no nos lo permite.

Después de años discutiendo, hemos desistido y asumido que no va a cambiar nunca.

Aunque me consta que mi padre está haciendo cosas a escondidas.

—¿Qué tal van las lavadoras? —le pregunto y resopla mientras niega. Le da un sorbo a la copa de vino antes de contestar.

—El otro día encontré un calcetín rojo entre la ropa blanca. Imagino que esperaba que no lo viera, destiñera toda la ropa y usarlo para justificar que no soy capaz de hacerlo.

—Como plan tienes que admitir que es bueno —comento riendo. Mi padre está aprovechando que a mi madre le gusta dormir para despertarse antes y poner la ropa a lavar para intentar repartirse las tareas de casa, pero veo que sigue sin aceptarlo—. Se acabará acostumbrando.

—No le queda otra, cada día se cansa más. Le he propuesto bajar nuestra habitación a esta planta para que no tenga que subir las escaleras, pero no quiere ni contemplarlo.

—¿Por qué no vendéis esta casa y miráis algo más pequeño, de una planta? Es demasiado grande para vosotros dos.

—No quiere ni oír hablar de ello. —Resopla y me ofrece un trozo de tocino—. Dice que entonces qué pasará con vuestras habitaciones o si necesitáis un sitio donde vivir.

—Yo puedo acoger a Aitana en mi casa, hay un sofá precioso en el despacho. Además, yo no pienso volver, con una vez creo que es suficiente.

—¿Qué es suficiente? —pregunta mi madre, entrando al salón con varios platos, seguida de Aitana. Mi padre le enseña un trozo de tocino y esta se acerca con la boca abierta para comer—. Aitana, eso va directo al culo.

—Así tienen más donde agarrar —contesta mi hermana guiñando un ojo a mi padre, que le corta otro trozo y se lo da de la misma forma—. Quien no me quiera como soy, no es la persona correcta.

—Te vas a quedar para vestir santos —le reprocha mi madre.

—Y los gatos, mamá, no te olvides de ellos —se mofa mi hermana camino de la cocina.

—No va a cambiar nunca —se queja mi madre haciendo sitio entre los platos.

—Deja a la niña tranquila —la amonesta mi padre—. Es feliz tal y como es. Eso debería bastar.

—Debería volver con Felipe, eso es lo que debería hacer. —Mi padre y yo hacemos una mueca de fastidio—. A los ojos de Dios, siguen casados.

—¡Ya no! —celebra Aitana entrando de nuevo con varios platos y los deja en los huecos que había hecho mi madre, que la mira estupefacta. Mi hermana acerca la copa a mi padre para que se la llene y la alza para brindar—. ¡Por la anulación matrimonial!

—¡Viva! —exclamo, y mi padre y yo chocamos la copa con la de ella—. Me alegro mucho, hermanita.

—¿Qué vamos a hacer con los dos niños separados, Alfonso? —pregunta mi madre apenada. Mi padre le rellena la copa, se la ofrece y la insta a brindar.

—Pues celebrar que son más felices que nunca, Abelina —sentencia mi padre chocando su copa con la de mi madre y bebiéndose todo el vino de golpe.

Mi padre decide llevar el peso de la conversación durante la comida a temas más banales y fluye sin más dramas ni reproches. Al acabar, me excuso para irme al pabellón y Aitana decide acompañarme dando un paseo. No hemos dado ni dos pasos cuando empiezan las preguntas.

—¿Qué tal eso de cenar solos? ¿Ya os mandáis mensajitos de «buenos días» y «buenas noches»? ¿Eres de esos? ¿Dónde la vas a llevar este viernes?

—Frena, anda. Te lo cuento si estás callada. —Hace el gesto de cerrarse la boca con cremallera y me mira haciendo ojitos. La pico y le contesto lo mismo que cuando nos hemos encontrado—: Te hice caso y estoy siendo su amigo.

—Yo no dije eso. —La miro con reproche por interrumpirme y cierra la boca de golpe. Me muerdo el carrillo para no reírme, qué fácil es hacer que salte.

—El viernes pasado me presenté por sorpresa a buscarla e invitarla a cenar.

Como no teníamos planes hasta la cena, subimos a ver el atardecer al Calar Alto.

—Aitana alza una ceja, pero continúa callada, se nota que está haciendo un esfuerzo titánico para conseguirlo.

Saco el móvil y le enseño las fotos de ese día—.

Aproveché que me las mandó para decirle que me debía una cena y quedamos para el viernes siguiente.

No, no le estoy escribiendo todos los días porque no quiero parecer un acosador, aunque me gustaría.

—Cualquier excusa es buena para escribirle: «Mira, he visto esto y he pensado que te gustaría» o «Mira, he visto esta flor tan bonita, pero tú lo eres más».

—¿Quién dice esas cosas?

—Te sorprenderías.

—Deberías desinstalarte Tinder. —Aitana suelta una carcajada, pero no contesta, por lo que prosigo—: El viernes me llevó a cenar a la pizzería de Las Cuevas.

—¿Ahí no era donde llevabas a tus ligues?

—Sí.

—Así que te llevó a un sitio romántico a cenar, pero solos sois amigos. Ajá, sigue, sigue.

—Lo hizo porque Alba le ha propuesto ser segunda entrenadora y quería preguntarme si me parecía bien. —Aitana pone cara de póker, pero no dice nada—. Así que la invité a que viniera a cenar con los del equipo ayer.

—¿Como tu pareja? —pregunta con una sonrisa pícara.

—Como una nueva incorporación.

—A la cena de tu equipo, no a la de los entrenadores.

—Muchos de ellos son entrenadores —digo encogiéndome de hombros.

—Sigue siendo una cena de equipo.

—No he dicho que fuera lógico.

—No, solo has dicho que sois amigos. Mis amigos no me invitan a cenas donde no pinto nada.

—Era para que se familiarizara con… —Aitana me mira con cara de hastío y cambio mi respuesta—: Era porque quería estar con ella.

—Bien, el primer paso es admitirlo. Y ¿lo conseguiste?

—Sí —admito con una sonrisa—, y, aunque estuvimos rodeados de gente hasta que llegamos al coche, fue una noche genial. —Omito que Lucía me preguntó cosas sobre Jessica, porque no quiero otro sermón de Aitana—. Aunque Marcos volvió a recordarme que su hermana es intocable unas cien veces.

—Ignóralo, es lo mejor —dice rodando los ojos y da una palmada al aire—. ¡Muy bien! Y ¿cuál es el siguiente paso?

—Ninguno, seguir como estamos: cenando los viernes y quedando con más gente los sábados, como hacen los amigos.

—Si ahora te dijera que Lucía está loca por tus huesos y que está deseando ser algo más que amigos, ¿qué harías?

—Me lanzaría a por ella como un sediento a un oasis en un desierto —contesto sin dudar.

—Pues ahí tienes la respuesta del porqué no podéis ser solo amigos —suelta.

Me da un beso y se despide con la mano tomando la calle que lleva a su casa. ¡Joder, la odio, tiene razón! Pero ser su amigo es lo único que puedo hacer. Este sediento se va a morir de sed.