14. Lucía
Lucía
¡Se acabó el partido! Maite me ha estado preguntando las normas casi todo el rato.
Es extraordinario cómo puede no saberlas cuando sus hermanos y César llevan años jugando al balonmano.
Lo bueno es que me ha mantenido distraída y he conseguido no desviar la vista hacia cierto jugador en concreto.
Al menos no mucho, pero es difícil no mirar cada vez que se levanta la camiseta para limpiarse el sudor y me deja ver ese abdomen que…
Maite levantándose para ir al bar me trae de vuelta y lo agradezco.
Me agarra del brazo para que no me separe de ella y nos dirigimos hacia el bar, donde tomaremos algo con las otras chicas mientras llegan las parejas que faltan.
Varias de ellas son del equipo femenino y están intentando reclutarme sin éxito.
César es el primero en salir. Nada más acercarse, abraza a Maite desde atrás y le da un beso en la mejilla.
Ella gira la cabeza y se olvidan de que el resto existimos mientras se funden en un beso tierno.
Observo al resto de la mesa, sin embargo, solo encuentro caras de amor, felicidad y diversión a lo que están viendo.
Maite puede estar tranquila esta noche. Se separan cuando varios del equipo los vitorean y sus parejas los reprenden por ello.
Nos dirigimos juntos al restaurante, muy cerca del pabellón, con Adri a la cabeza.
Mi hermano me mira extrañado, pero decido ignorarlo, he venido a pasarlo bien, no a escuchar sus quejas.
Una mesa larga nos espera y me doy cuenta de que todos saben dónde sentarse.
Maite coge la mano de César, que se dirige hacia allí como si su nombre estuviera escrito en la silla, así que me engancho a su brazo para no quedar descolgada.
Nos acomodamos donde dice la pareja de mi amiga, que me guiña un ojo señalando el asiento de mi lado izquierdo.
Al girarme, Adri está justo ahí, con los codos apoyados en la mesa, hablando con Alba que, ahora que me fijo, está justo enfrente de mí.
—Es menú cerrado —nos explica Adri a Maite y a mí cuando los camareros empiezan a disponer platos por toda la mesa—. Es una ración cada cuatro, son bastantes, pero si os quedáis con hambre podéis pedir más.
—Gracias —respondemos al unísono y nos reímos.
—¡No me lo puedo creer! —exclama Alba de forma exagerada—. ¡Zipi y Zape han vuelto!
—Alba, cariño, ¿te encuentras bien? Igual deberíamos irnos —dice Marcos fingiendo preocupación y haciendo que el resto se ría—. Lo digo en serio.
—Cámbiate de sitio si no quieres estar aquí —comento comiendo una patata frita y mirándolo de forma desafiante—. Nosotras no nos vamos a ir.
—¡Que Dios nos coja confesados! —Exagera un suspiro y se pierde en la conversación que tienen en otra parte de la mesa.
—Lucía, ¿estás preparada para empezar el martes? —pregunta Adri.
—¿Qué tienes el martes? —se extraña Maite.
—Alba me ha pedido que sea segunda entrenadora de sus niñas.
—¿Vas a volver a jugar? —consulta César.
—No, solo entrenar —comento decidida.
—De momento —suelta la chica que está sentada al lado de Alba y que creo recordar que se llamaba Carmen—. Estamos intentando convencerla de que se anime.
—Apúntate, mujer —me insta Alba.
—¿Cuánto hace que no juegas? —pregunta César.
—Diez años. No estoy en forma.
—Eso es fácil de arreglar —propone Adri y lo fulmino con la mirada—. Solo era una sugerencia.
—¿Tú qué le sugieres a mi hermana? —interrumpe Marcos y varios rodamos los ojos.
—La estamos convenciendo para que vuelva a jugar —contesta César riendo.
—Mi hermana ya no puede jugar, le pesa el culo.
—¡Eh! —me quejo—. Si quiero jugar, puedo hacerlo, y te recuerdo que lo hacía mejor que tú.
—¿Veis? Es más fácil conseguirlo si la picas que si la animas. ¿Cuándo dices que me vas a ganar, pequeñaja?
—El martes a las ocho te esperamos, Lucía —sentencia Carmen con una palmada y me es imposible replicar.
Acepto la derrota y le saco la lengua a mi hermano, que me mira con aires de superioridad mientras el resto se ríe y otra charla pasa a ser la prioridad del momento.
—Puedo librarte del entrenamiento, si quieres —me comenta Adri al oído cuando nadie nos mira y la piel del cuello se me eriza—. Tienes que firmar el contrato, ayudarme con el papeleo y mil excusas más que se me van a ocurrir hasta entonces.
—Gracias, lo pensaré. —Mi voz sale más ronca de lo que me gustaría y carraspeo—. De todas formas, no creo que sea tan malo, ¿no?
—El miércoles te vas a acordar de esta conversación y de los ancestros de toda la mesa.
—Gracias por los ánimos —ironizo y me regala una sonrisa burlona.
Vamos saltando de conversación en conversación y, cuando me quiero dar cuenta, estamos con los postres. Ese es el momento exacto que escogen Marcos y Alba para anunciar que la boda es en abril y todo el mundo se levanta para felicitarlos menos Adri y yo.
—¿Sabes que nos va a tocar organizar una despedida? —le pregunto.
—¡Mierda! ¿Crees que puedo discutir con él y reconciliarme antes de la boda para no tener que hacerlo?
—No creo, no, pero puedes intentarlo. ¿Él te organizó la tuya? Puedes vengarte.
—No, mi ex se encargó de todo. —Lo miro extrañada—. Era muy controladora y yo un borrego que decía a todo que sí.
—¿Y si yo organizo la de mi hermano para vengarme y tú la de Alba?
—No me van las pollas en la cabeza, pero buen intento.
—Me gustabas más de borrego diciendo a todo que sí —bromeo, pero su semblante se torna serio—. Lo siento.
—Tranquila —contesta volviendo a ser él y sonriendo—, pensaba lo diferente que hubiera sido mi despedida si la hubiera organizado tu hermano. O si hubiera venido a la boda.
—Me dijo que había sido una cosa íntima.
—Nos casamos en Las Bahamas.
—¡Joder! —Adri se ríe ante mi reacción y la conversación se corta porque algunos vienen a despedirse y nos recolocamos para que no haya huecos.
Vamos saltando de una charla a otra entre risas y vamos perdiendo gente a medida que pasa el tiempo. Cuando me quiero dar cuenta, Maite se despide y tan solo quedamos los cuatro solteros: un chavalín que no para de teclear en el móvil, Cristo, Adri y yo.
—¿Qué opinas de que Maite y César se den otra oportunidad? —me pregunta Cristo cuando nos quedamos solos.
—Parecen felices y, al final, es cosa de ellos.
—César la va a volver a cagar —opina con un resoplido—. Tú no estabas cuando pasó, pero Maite estaba destrozada. No se la merece.
—César ha trabajado mucho para estar bien antes de volverlo a intentar con mi prima —explica Adri, serio—.
Los dos merecen ser felices y se quieren.
Lo que opinemos el resto debería dar igual.
Y si eres su amigo, lo que tienes que hacer es apoyarla en su decisión, no esperar el golpe que es posible que no llegue. Lucía, ¿nos vamos ya?
Asiento y me levanto a la vez que él. Parece que el tema le ha puesto de mal humor, así que no digo nada hasta entrar en el coche.
—Podría ir andando —le recuerdo riendo y parece que la tensión se disipa.
—Perdona, es que Cristo parece que se la tenga jurada a César y me jode. Sé que mi prima es su amiga y la quiere proteger, pero también debería respetar su decisión de volverlo a intentar.
—Cuando solo somos amigos de un bando, es difícil ser objetivo. Yo era amiga de César y, aun así, lo odié mucho en su momento. Luego hablé con él y lo entendí.
—Cristo y él estuvieron a punto de llegar a las manos en un entrenamiento un par de semanas después.
A mí me tocó hablar con César y a tu hermano con Cristo.
Cuando llegué al vestuario dispuesto a pegarle yo también, me lo encontré llorando y a punto de dejar el equipo. No fue fácil para ninguno de los dos.
—Nadie te hubiera culpado si te hubieras quedado en el bando de tu prima.
—Ni a ti tampoco, pero llamaste a César para ver cómo estaba, incluso odiándolo. Eres una gran persona, Lucía.
—Tú también, Adri.
—Eso lo dices para que te regale más sudaderas —bromea aparcando en la puerta de mi casa—. Ya hemos llegado.
—No tengo sueño —digo acomodándome de lado en el asiento para mirarlo de frente.
—¿Te canto una nana? —se burla girándose para mirarme, pero no se acomoda como otras veces.
—¿Te apetece una última copa? —suelto sin pensar, porque no quiero que se vaya. Además, eso es algo que hacen los amigos, ¿no?
—No, mañana tengo que madrugar —contesta con una mueca de pesar, que cambia al segundo a una sonrisa—. Otro día. ¿Has estado bien en la cena?
—Sí, gracias por invitarme. Me lo he pasado genial.
—Me alegro. Y con respecto a lo de volver a entrenar, no lo hagas si no quieres. Lo entenderán.
—Lo sé, en realidad me apetece volver a jugar. —Suspiro—. Es la pereza de pensarlo lo que me frena.
—Es difícil, a mí también me costó, pero me ayudó a volver a ser yo mismo.
—Yo estoy muy feliz por quién soy sin tener que sudar y correr —bromeo y se ríe—. Quiero intentarlo, y si veo que no, pues lo digo y punto.
—O le dices a tu madre que venga a hablar conmigo.
—Ella estaría encantada, ya sabes que está enamorada de ti.
—¿Sabes la bronca que me cayó por no invitarla a mi boda? —Rueda los ojos—. Daba igual lo que le justificase.
—Lo sé, la llamaba para saber cómo iba todo por casa y solo te ponía a caer de un burro. —Vuelve a reírse, pero no contesta—. Así que… Las Bahamas.
—Sí —dice cortante e intenta esbozar una sonrisa que se queda en una mueca extraña—. Estoy cansado, ¿hablamos mañana?
—Perdona, solo me ha llamado la atención. No quería incomodarte.
—No, no es eso —contesta suavizando su expresión—. De verdad que estoy cansado y mañana tengo que estar en el pabellón a las ocho.
—Descansa entonces. —Me acerco para darle un beso y me agarra por la cintura, por lo que acabamos dándonos un abrazo—. Buenas noches, Adri.
—Buenas noches, Lucía.
Pensaba que sería más difícil estar con Adri como amigo, pero con él todo es fácil. Hasta ser solo su amiga.