Serie Siempre: Colección completa 13. Lucía
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13. Lucía

Lucía

« Somos amigos, solo amigos ».

« Somos amigos, solo amigos ».

«Somos amigos, solo amigos».

Igual, si me lo repito muchas veces, dejo de sentirme decepcionada con ello.

El plan de la cita hacía aguas por todos lados, lo admito.

Y mi forma de abordar el porqué de tanta cena fue, cuanto menos, desastrosa, pero un puñal directo al pecho me hubiera dolido menos.

Supongo que por eso he decidido no arreglarme, después de más de una hora delante del armario intentando ver qué me ponía, y me he decantado por unos vaqueros rotos y una sudadera con capucha.

Así puedo esconderme dentro de ella. Lo peor es que encima tendré que verlo en el pabellón y actuar como siempre cuando lo que realmente quiero es que me empotre en el despacho y…

El sonido del timbre me trae de vuelta y bajo las escaleras corriendo para reunirme con Maite.

—¡Qué guapa! —dice a modo de saludo y hago un gesto de desagrado. Yo quería pasar desapercibida, no estar guapa—. ¿Qué ha pasado con mi primo?

—¿Por qué crees que tiene que ver con él? —pregunto asqueada, entrando en el bar de debajo de mi casa.

—Porque te conozco y porque sé que vas a la cena del equipo esta noche.

—¿Cómo sabes eso?

—César —contesta desviando la vista y pide dos cervezas.

—Creo que no soy la única que tiene cosas que contar.

—Tú primero, yo después.

—No es lo que piensas —añado rápido, antes de que me interrumpa—. Ayer me dejó claro que solo somos amigos.

—¿Me lo explicas o tengo que sacártelo? —me insta cuando me quedo callada.

Le relato mi plan inicial y lo desastroso que fue todo y, para mi sorpresa, me escucha sin interrumpirme.

Una vez acabo, vuelve a hablar—: Lucía, cariño, eres tonta.

No puedes montar una cita y esperar que, por arte de magia, la otra persona lo sepa.

Son hombres, necesitan letreros luminosos para enterarse de las cosas.

—Da igual, lo prefiero así. Al menos ya sé que solo somos amigos y será más fácil actuar en consecuencia. Aunque no sé cómo mirarlo a la cara y fingir que todo está bien.

—Como llevas haciendo todos estos años. Que él no sienta lo mismo que tú, cosa que dudo, no significa que tengas que actuar diferente.

Recuerda lo que odiabas cuando alguien se acercaba a ti y cuando veía que no estabas interesada desaparecía.

Si te puedes conformar con ser su amiga antes que nada, sé su amiga; si te va a doler verlo, pues intenta quedar menos o con más gente para poder escabullirte.

—No es mala idea. Me gusta cenar con él los viernes, pero igual me hace más mal que bien.

—Yo creo que eso os acercará más y quién sabe cómo puede acabar. Una noche de peli y palomitas puede acabar en una porno.

—También en una de terror —bromeo porque necesito bajar el sonrojo que me han causado sus palabras—. Quizá le estoy dando demasiadas vueltas a algo tan simple como ser amigos.

—Bueno, es normal. No es cualquier persona con la que te reencuentras diez años después. Es tu amor platónico.

—Y que está siendo un soplo de aire fresco en la vuelta a casa. Me está costando más de lo que pensaba —admito.

—¿Y eso?

—Demasiada familia. Marcos y Alba van todos los domingos a comer a casa de mis padres y parece que estoy obligada a hacer lo mismo, pero a mí no me apetece ir siempre.

Me gustaría que fuera algo más espontáneo y no tan cuadriculado, pero mi madre no para de invitar que si a una tía o a una prima para que no pueda poner ninguna excusa.

—Este domingo, antes de irte, le dices a tu madre que el siguiente no puedes ir y que es inamovible. Ve saltando domingos aleatorios y dejará de obligarte a ir. A mis hermanos y a mí nos funcionó con mi madre.

—No es mala idea. —El sonido de una notificación me despista y presto atención al móvil. Maite aprovecha para pedir otra cerveza y, al fijarme en la mía, veo que la tengo por la mitad. Mal, Maite nunca me ha ganado a beber.

—¿Algo importante? —se interesa.

—Alba recordándome que hemos quedado para ir a ver el partido. —Pongo una mueca de hastío—. No tengo ningunas ganas de ir ni al partido ni a la cena de hoy.

—Pues ya somos dos —admite con la misma expresión que yo.

—¿Tú también vas? ¿Por qué?

—César me ha pedido que lo intentemos de nuevo.

Nos estamos dando otra oportunidad. —Me quedo muda ante su afirmación.

No sé cómo reaccionar o qué necesita ahora mi amiga.

Lo pasó muy mal cuando lo dejaron poco antes de casarse—.

Estoy bien. Siempre me dijo que volvería a conquistarme de nuevo cuando estuviera preparado, aunque admito que empezaba a pensar que no lo haría.

—Me alegro mucho. Puedes contar conmigo cuando lo necesites y, ahora que estoy aquí, será más fácil.

—Lo sé y te lo agradezco. Mis hermanos aún no lo saben, así que estoy quedando contigo una barbaridad —me explica riendo.

Cuando va a pedir la tercera cerveza la freno; los nervios y el alcohol no son una buena combinación—.

Gracias. ¿Estarás conmigo esta noche? Todos saben lo que pasó y no quiero miradas de pena.

Es la primera vez que saldremos con más gente.

Hemos intentado que nadie nos viera, pero empieza a ser agobiante lo de esconderse y tarde o temprano se acabarán enterando.

—Por supuesto, seremos Zipi y Zape.

—Como en los viejos tiempos —dice y suspira—.

En realidad estoy muerta de miedo —admite con una sonrisa triste—.

Cuando estamos juntos es genial, como si el tiempo no hubiera pasado.

El problema viene en el momento en que nos separamos.

No paro de pensar qué estará haciendo o con quién.

Que se lo está currando mil y no para de escribirme para enseñarme qué hace o deja de hacer, pero aun así, sé que debo confiar en él sin necesitar que me diga qué está haciendo en todo momento…

—Es normal que estés así, Maite. No te presiones o será peor. Deja que fluya y a ver hacia dónde vais, no fuerces el rumbo o te arrepentirás. Si al final no funciona, que no sea por no haberlo intentado. Os merecéis al menos eso.

—Gracias. También se lo tengo que contar a mis hermanos o se acabarán enterando por otro lado. —Suspira—. Quiero que funcione, pero es difícil.

—Nadie dijo que fuera fácil o ¿te recuerdo lo que os costó empezar a salir?

—Éramos jóvenes e idiotas. —Se ríe y parte de la preocupación se esfuma de su cara—. Y luego estábamos los dos deseando estar juntos.

—Era más que evidente —le recuerdo.

—Como tú con mi primo, ¿dices?

—No es el mismo caso.

—Lo que tú digas, corazón. ¿Te acuerdas de la encerrona que nos hicisteis?

Empezamos a recordar cómo empezó su historia y otras locuras que hicimos en el instituto.

Cuando es hora de ir al partido, nos dirigimos hacia allí, donde nos juntamos con Alba y otras parejas.

Todas saludan a Maite como si no hubiera pasado el tiempo y noto como poco a poco se relaja, lo que me ayuda a hacerlo yo.

Al menos hasta que Adri me dedica una sonrisa ladeada al salir del vestuario. Amigo, es mi amigo. Solo mi amigo.