Serie Siempre: Colección completa 12. Adri
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12. Adri

Adri

¡Joder, al final llegaré tarde! Lucía me escribió el martes para decirme que había reservado y que me pusiera guapo, que era una sorpresa.

Llevo más de una hora intentando decidir qué me pongo y no estoy seguro de haber acertado.

Al final me he decantado por unos pantalones de pinza negros y una camisa del mismo color.

La veo salir con su particular sonrisa, como si la vida fuera maravillosa, que se ensancha al reparar en mí, y provoca que mi corazón dé un vuelco.

No puedo evitar una mueca de satisfacción cuando noto cómo me recorre con la mirada de arriba abajo y se sonroja ligeramente.

Se acerca después de despedirse de sus compañeras, que me observan sin disimulo, y me da un beso en la mejilla antes de hablar:

—Estás muy guapo.

—¿He aprobado, maestra? —bromeo empezando a andar hacia su casa mientras me sigue.

—¡Y con nota! —Se ríe y se agarra a mi brazo para caminar—. ¿Hoy no has venido en coche?

—He aparcado en la puerta de tu casa directamente. Me ha parecido absurdo subir dos calles para volverlas a bajar.

—¡Vaya! Con lo que me gusta a mí que vengas a buscarme con el coche, como si fueras un caballero yendo a por su dama.

—Si quieres, te cojo en brazos y te llevo. —Hago un amago de cogerla y se agarra de mi brazo a la vez que da un salto para huir de mí.

—¡Ni se te ocurra! —me amenaza con el dedo y vuelvo a hacer el movimiento, provocando otro bote por su parte—. ¡Adri!

—Sería más creíble si me hubieras soltado del brazo —la pico retomando la marcha.

—Tonto… —murmura con una sonrisa y seguimos en silencio la calle que nos queda hasta su casa.

Una vez arriba, me indica que va a darse una duchar rápida y a cambiarse, así que me siento en el sofá y aprovecho para revisar los e-mails pendientes con el móvil.

Estoy tan absorto en la tarea, que no me percato cuando Lucía se acerca y me toca el hombro.

Doy un respingo que la sorprende y pierde el equilibrio, impulsándose hacia atrás.

La cojo de la muñeca para frenar la caída, pero lo hago con tanto ímpetu que la lanzo encima de mí.

Suelto mi agarre y la sostengo por las caderas para evitar que su cuerpo esté pegado al mío mientras ella pone las manos en mis hombros con el mismo fin.

La miro a los ojos, preocupado por si le he hecho daño, pero me encuentro una cara llena de diversión.

—No quería asustarte —comenta aguantando la risa a duras penas.

—Has tardado tanto que has conseguido que me evada —bromeo y empezamos a reírnos de lo absurdo de la situación—. ¿Estás lista?

—Sí —contesta con una sonrisa. Da un paso hacia atrás y gira sobre sí misma.

—Estás preciosa —murmuro. Se ha puesto un vestido de manga larga verde oscuro que se ajusta a su cuerpo de una manera deliciosa. Mis manos hormiguean por volver a esas caderas y quitárselo lentamente ante su atenta mirada…

—¡Adri! —Vuelvo a la realidad cuando chasquea los dedos en mi cara y me doy cuenta de que me estaba hablando. Sacudo la cabeza y asiento—. Madre mía, voy a prohibirte sentarte en el sofá. Te evade de una manera asombrosa.

—Perdona.

—No pasa nada. Te preguntaba qué te apetece hacer antes de ir a cenar. Tenemos la reserva a las nueve y son las seis.

—¿Vas a decirme dónde vamos a cenar?

—Aún no. Quiero mantener la magia de la sorpresa un poco más.

—Querrás decir la agonía de la incertidumbre, ¿no? —Suelta una carcajada y niega con la cabeza—. Pues entonces tendrás que confiar en mí para el plan de antes.

—Creo que puedo hacer una excepción por un rato y dejarme llevar —bromea yendo hacia la puerta, donde coge un bolso y una chaqueta de cuero. Me la quedo mirando con una sonrisa y me saca la lengua antes de bajar corriendo las escaleras.

—He echado un par de sudaderas en el maletero por si las necesitas —digo al llegar al coche y suelta una carcajada.

Subimos y emprendemos la marcha hacia uno de los lugares más románticos que conozco.

Quizá no debería llevarla, no sé si es buena idea usar esta carta o si va a salir corriendo despavorida, pero ha sido verla con ese vestido y no he podido evitar pensar en los dos viendo el atardecer desde allí, con su cabeza apoyada en mi pecho mientras la abrazo desde atrás. No, desde luego, no es buena idea.

Mi plan ha hecho aguas en el momento que he sabido que estaba cerrado. De hecho, Lucía lo ha comentado cuando quedaban un par de minutos para coger el desvío como si tal cosa.

—Es una pena que hayan cerrado El Candil, ¿no crees?

—No jodas.

—¿No lo sabías?

—No.

—¿Pensabas ir allí?

—Sí —he contestado mientras buscaba un plan alternativo, pero con tan poco tiempo solo he seguido conduciendo hasta llegar a Las Menas.

Cuando llegamos, casi una hora después, queda media hora para el atardecer, así que nos quedamos apoyados en el capó del coche, observando el horizonte y cómo se va perdiendo el día. Cuando el sol desaparece, Lucía rompe el silencio que se había instaurado desde que hemos salido del coche.

—El atardecer desde aquí también es precioso.

—Lo sé, pero no era el plan.

—A veces los planes improvisados son los mejores, señor Planificador.

—Ya, pero…

—Pero nada —interrumpe mientras me rodea el cuello con sus brazos antes de darme un beso en la mejilla y susurrar—: Es perfecto.

Me giro para encararla y su cercanía me abruma.

Está tan cerca y a la vez tan lejos… Suelto un suspiro casi sin pensar y apoyo mi frente en la suya mientras cierro los ojos.

Sus dedos me hacen cosquillas en la nuca y me imagino un mundo alternativo en el que me ama tanto como yo a ella y nos fundimos en un beso eterno mientras la noche nos encuentra.

El sonido del móvil hace que se separe de forma abrupta y me doy cuenta de que mi cabeza está ladeada, como si hubiera buscado ese beso pese a mi reticencia. Solo espero que ella no se haya dado cuenta.

—Era el restaurante, para confirmar que iremos. ¿Vamos tirando? —pregunta mirando el horizonte—. He reservado en Las Cuevas. Tenemos otra hora de vuelta.

—Perfecto. Me encanta ese sitio —contesto entrando en el coche de nuevo. El silencio nos vuelve a acompañar durante todo el trayecto.

Llegamos a la puerta del restaurante algo antes de la hora reservada. La verdad es que es un sitio con un aire más romántico de lo que esperaba, quizá lo de ir al Candil no era tan descabellado. O puede que simplemente Lucía lo haya escogido porque le encanta la pizza . Debe ser eso.

Nos acompañan hasta la mesa y, una vez hemos pedido, espero paciente a que Lucía suelte lo que quiere decirme desde hace un rato, ya que ha intentado iniciar la conversación varias veces en el coche sin emitir ni una sola palabra.

—Alba me ha pedido que sea su segunda entrenadora con las niñas —dice después de dar un trago a la copa de vino.

—Lo sé —admito y me mira sorprendida—. Me lo preguntó a mí antes que a ti. Soy el presi , ¿recuerdas?

—Y… —titubea—, ¿te parece bien?

—¿Por qué tendría que parecerme mal? Eres tú la que va a entrenar, no yo; la decisión la tienes que tomar tú.

—Entonces le diré que sí —contesta con una sonrisa y toda la preocupación que tenía antes se esfuma de su cara.

—¿Creías que no me iba a parecer bien o que te iba a decir que dijeses que no? —cuestiono estupefacto.

—Bueno, como últimamente quedamos tanto…

—explica. Sin embargo, con cada palabra va perdiendo fuerza y acaba en un murmullo de frases inconexas—: No sabía si querrías verme allí también.

No sé si todo esto lo haces por Marcos o por mis padres.

Igual estás cansado de verme. Tampoco sé por qué estamos quedando tanto.

No quiero que sea algo incómodo para ti. Seguro que estás cansado de aguantarme…

—Eh, Lucía, frena —le pido y asiente, pero no me mira—. Mírame, por favor. —Cuando lo hace, prosigo—: Nunca, jamás, me ha molestado verte. Al contrario, me encanta pasar tiempo contigo, pensaba que a ti también conmigo y que por eso quedábamos…

—¡Claro que me gusta! Pero nunca habíamos quedado antes…

—Bueno, te fuiste con dieciocho años —le recuerdo con una sonrisa—. Mucho margen no hemos tenido. Siempre nos hemos llevado bien y somos amigos, ¿no?

—Sí, claro. Amigos —contesta con una sonrisa que parece forzada, pero cuando voy a preguntarle, nos interrumpen.

—Oh, mira, Antonio, qué pareja más bonita. Me recuerda a nosotros de jóvenes.

—De eso hace mucho, Encarna. Ya no me acuerdo —refunfuña un señor mayor a la señora que se ha parado en nuestra mesa y cuyas palabras han hecho sonrojarse a Lucía—. Venga, vamos, que querrán cenar tranquilos.

—Que seáis muy felices —nos desea la señora con una sonrisa—. Aunque parezca un cascarrabias, es un trozo de pan. Hoy es nuestro aniversario, ¿sabes?

—Felicidades —la felicita Lucía, puesto que solo la mira a ella.

—Disfrutad mucho —comenta el señor, llevándose a su mujer hacia la salida mientras esta se queja e intenta pararse en otra mesa.

—Es bonito —dice Lucía mirándolos y la observo esperando más explicaciones—. Lo de envejecer junto a tu pareja. No siempre se consigue.

—Sí que es bonito, y no, no siempre se consigue —admito y pienso lo fácil que sería hacerlo junto a ella. Debe malinterpretar mi expresión, porque al momento pone cara de espanto.

—¡Lo siento! No quería decir que siempre deba ser así, hay veces que es mejor dejar a la pareja. Lo que digo es que es bonito cuando realmente quieres estar con esa persona —se disculpa de forma atropellada y me río.

—No pasa nada, Lucía. Sé que no lo has dicho con esa intención, ni siquiera lo he pensado.

—¡Ah! ¡Qué susto! No suelo acordarme de que estuviste casado.

—Yo también intento no acordarme —bromeo para bajar la tensión del momento.

—Entonces, ¿tengo que negociar mi sueldo contigo? —pregunta de forma coqueta, cambiando radicalmente de tema, cosa que agradezco. Suelto una carcajada.

—¿Me has traído aquí para convencerme?

—Puede —contesta con una sonrisa de medio lado y empieza a reírse—. Tranquilo, Alba ya me ha dicho que me dará para una merienda.

—Sí, lo siento. Intento ser justo, pero…

—Es broma, Adri. Lo hago por ayudar a Alba, como si fuera gratis.

—¡Eso sí puedo hacerlo! —bromeo y me saca la lengua, lo que provoca que hable sin pensar—. Mañana después del partido iremos a cenar, podrías venirte.

—¿Yo?

—Sí, varios son entrenadores, así te familiarizas y podéis hablar —improviso una respuesta, porque decirle que quiero que sea mi acompañante igual hace que salga corriendo.

—¡Vale! Entonces, el plan de mañana será partido y cena —dice con una sonrisa preciosa en la boca y yo solo quiero estampar mis labios en ella. Igual hubiera sido más fácil decirle que me había cansado de verla, pero nunca se me ha dado bien mentir y jamás me cansaré de contemplarla sonreír.