Serie Siempre: Colección completa 11. Lucía
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11. Lucía

Lucía

¡Tengo hambre! Mi madre tiene muchas cosas buenas, pero hacernos esperar para comer si falta alguien por venir, aunque solo sea una patata frita, no es una de ellas.

Ni siquiera estamos celebrando un cumpleaños, es solo otro domingo más comiendo en familia.

Bueno, quizá para ella sí es un día de celebración: va a ser abuela y su hijo del alma se va a casar, pero yo no tengo la culpa, mi estómago va a seguir quejándose igual.

En cuanto llaman a la puerta, mi madre sale disparada hacia allí, por lo que mi padre y yo aprovechamos para lanzarnos hacia el plato de patatas y hacer buena cuenta de ellas.

Nos sonreímos y limpiamos las pruebas antes de que lleguen.

—¡Felicidades, hijo! —Lo abraza mi padre nada más cruzar el umbral del salón y atrapa a Alba con uno de sus brazos—. Me habéis hecho muy feliz y viejo.

—Viejo ya eras, papá —le recuerda Marcos y mi padre aprieta con más fuerza—. ¡Papá!

—¡A ver a quién llamas tú viejo!

—¡Luis, suelta al niño! —exclama mi madre, como si le estuviera haciendo daño de verdad.

—Entre el viejo y el niño, solo quedamos tú y yo de adultas —bromeo con Alba, que se ríe por lo bajo y le da un beso a Marcos, que ya estaba haciendo un puchero. Lo dicho, un niño—. ¿Comemos?

—¿Tienes hambre, hermanita? —pregunta Marcos sentándose a la mesa y cogiendo una patata frita.

—¡Oye! No puedes comer, nosotros lo hemos respetado hasta que habéis llegado.

—Deja a tu hermano que coma, estará cansado del partido —dice mi madre con una bandeja en la mano y sirviéndole a él primero. Mi padre, Alba y yo rodamos los ojos y nos sentamos—. Alba, cariño, coge jamón, que a ti te gusta.

—No puedo comer —contesta cabizbaja, observando la mesa, y hace una mueca de disgusto—. De hecho, no puedo comer la mitad de las cosas que hay en la mesa.

—Cariño, ¿te preparo algo en un momento?

—No, no te preocupes. El cordero lo puedo comer y las patatas también.

—Mi madre se conforma con esa respuesta y vuelve a sentarse después de salir casi disparada hacia la cocina en busca de alimento para Alba.

Cuando lo único que se oye es el sonido de los platos pasando, mi cuñada vuelve a hablar—: Hemos pensado casarnos a principios de abril.

—¡Pero para eso queda muy poco! —exclama mi madre.

Se enzarza en una discusión con Marcos y Alba sobre todo lo que necesitan para casarse, de la cual nos abstenemos de participar mi padre y yo, mientras nos vamos mirando y aguantando la risa ante la frustración de mi hermano con alguna de las exigencias absurdas de mi madre.

Tapo con una manta a Alba, que se ha quedado dormida en uno de los sillones del salón, y Marcos levanta la suya para que me siente a su lado. Cuando lo hago, besa mi cabeza y me abraza por los hombros.

—¿No vas a felicitarme, pequeñaja?

—¿Por echar un polvo? No, gracias. En todo caso, felicitaré a tu mujer, que es la que va a llevarlo dentro nueve meses.

—Va a ser una madraza, ¿verdad? Estoy deseando que nazca y tenerlo en brazos.

—¿Das por hecho que va a ser un niño? —pregunto para pincharlo.

—No, aunque admito que me gustaría.

—Será una niña, por eso de que los hijos son el karma que nos merecemos.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Me lo dijo una vez una madre y, la verdad, creo que tenía razón.

—Yo creo que mi karma negativo fuiste tú —bromea—. Mi hijo será un santo.

—¡Claro! Porque vuestros genes dan angelitos, ¿verdad?

—Por supuesto, si no es así, es porque se parecerá a su tita.

—Entonces, será genial —admito con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Tendré que secuestrarla para que salga de fiesta o te comportarás como un padre normal?

—¡Lo siento!

—¿Qué has dicho? ¡No me lo puedo creer! ¡Repítelo!

—No, lo has oído perfectamente. Cuando Adri me dijo dónde estabas, volvió a mí la imagen de los dos chavales que se metieron contigo y no pude evitarlo.

—Eran unos gilipollas —le aclaro—. Además, si mal no recuerdo, acabaron con el labio partido y algunos moratones. No creo que se hubieran atrevido a volver a acercarse a mí.

—No volverá a pasar. Lo prometo.

—¿De verdad?

—De verdad de la buena —dice con una sonrisa mientras me abraza más fuerte—. Me gusta tenerte por aquí.

—A mí me encanta haber vuelto.

Odio los martes. Además, el día está nublado, por lo que los niños están más alterados de lo normal. Me apoyo en la pared mientras los observo jugar y mis compañeras se unen al momento.

—Son tan bonitos cuando están así —dice Feli, la maestra de educación especial de la otra clase, con dulzura.

—¡Calla! —la insta Sabrina, la tutora de esa clase—. Lo vas a gafar.

—Cuando están así —le explico—, tienes que moverte muy lento y sin hacer ruido. Cualquier movimiento puede alterarlos y crear el caos en un segundo. Disfruta del momento, pero en silencio.

—Exacto —reafirma Sabrina—. Por cierto, este fin de semana los niños están con su padre. ¿Alguna se apunta a una cerveza el viernes al salir de trabajar?

—¡Yo! —contestan las dos maestras de educación especial al unísono.

—Yo he quedado, otro día —comento mientras intento averiguar si uno de mis niños está intentando morder o abrazar a otro.

—¿Una cita? —pregunta Sabrina con voz sugerente y me sonrojo. Da igual lo que conteste después de esa reacción de mi cuerpo, no me van a creer—. Y ¿dónde vais a ir? ¿Te has comprado ropa interior sexy ? Yo conozco una web que…

—Es un amigo —interrumpo, incluso más sonrojada—. No necesito ropa interior sexy .

—Pero te gustaría que fuera algo más —bromea Mar, mi maestra de educación especial, y la fulmino con la mirada—. ¿Es el chico que te vino a buscar el viernes pasado? Si no lo quieres para ti, me lo quedo yo.

—¡No! —exclamo sin pensar y las tres se ríen. Pillada—. Puede que estuviera un poco colada por él en la adolescencia, pero ahora somos adultos y amigos. Solo eso.

—Pues yo le hincaba el diente y luego ya vería en lo que se queda —dice Sabrina y sale corriendo a interrumpir un posible conflicto por una pala en el arenero.

—Entonces, ¿es una cita o no? —insiste Mar, pero no contesto, básicamente porque no lo sé—. Voy a reformular la pregunta: ¿te gustaría que fuera una cita?

—Puede, pero para él no creo que lo sea. Siempre he sido como su hermana pequeña. Es el mejor amigo de mi hermano.

—Pues plantéale una cita romántica y observa cómo reacciona —propone Feli—. Puedes llevarlo a la pizzería de Las Cuevas. Es un sitio donde tener una cita, pero también una cena con un amigo. Si ves que está siendo muy desastroso, miente y di que simplemente te apetecía cenar allí.

—Eso lo tienes fácil —interviene Sabrina, ahora que los niños vuelven a jugar como si nada—. Al haber vuelto, habrá muchos sitios donde quieras ir de nuevo. Es la excusa perfecta.

—No sé yo si…

—¿Te gustaría que fuera una cita de ir con ropa sexy o no? —insiste Mar y acabo asintiendo, porque la realidad es esa: me encantaría tener una cita con Adri—. Pues hazlo.

—Eso —la respalda Sabrina con una sonrisa pícara—. Y el lunes nos cuentas todos los detalles.

Va a ser un desastre. Y eso me repito mientras llamo para reservar y le indico a Adri por mensaje que ya sé dónde iremos y que se ponga guapo.

No estoy preparada para tener una cita con él, y mucho menos sin que lo sepa.

Va a huir despavorido. Al menos, el jueves Alba me da la coartada perfecta para justificar que vayamos allí sin tener que desvelar que lo que realmente quería era una cita romántica con él.

Es una pena tener que buscar excusas para hacer lo que realmente quiero, pero es mejor esto que nada, supongo.