Serie Siempre: Colección completa 9. Adri
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9. Adri

Adri

¡Joder, qué lentos pasan los días cuando estás deseando que llegue el viernes!

He decidido, impulsado en parte por mi hermana, que si Lucía no quiere cocinar, podemos instaurar la rutina de cenar juntos y así puedo enseñarle los nuevos locales que han abierto en estos diez años que lleva fuera.

Espero que le guste la idea, porque no me he atrevido a escribirle para preguntárselo.

Puede que tenga su número, sin embargo, nuestra conversación de WhatsApp está vacía.

Ni siquiera aparecen esos mensajes cutres de «Feliz cumpleaños» dos veces al año que tengo con otras personas.

Fingir una pose casual cuando te mueres de nervios por dentro no es fácil, y menos si cada vez que se abre la puerta tu corazón da un vuelco, pero lo tengo controlado.

O eso creía, hasta que la melena castaña de Lucía ha hecho su aparición y mis manos han empezado a sudar.

Estoy apoyado en el coche, con los brazos cruzados en el pecho y un intento de sonrisa, que espero que no dé mucho miedo, cuando repara en mí.

Su sorpresa inicial da paso a una enorme sonrisa y se despide de su compañera sin apenas mirarla para acercarse a mí.

—¿Esperas a alguien? —pregunta con una carpeta pegada al pecho.

—Sí, a ti —contesto con una sonrisa de medio lado—. Me debes una cena.

—Oh —Finge desilusión—, ¿solo me quieres para eso?

—Puede —digo de forma enigmática—. O puede que no quisiera cocinar y supiera de alguien que tampoco.

—Tengo una pizza congelada de cinco quesos esperando en casa. Ideal para estas ocasiones.

—¿Puedo proponer un plan alternativo? —cuestiono, porque la idea de cenar solos en su casa, por mucho que me encante, puede ser peligrosa.

—¡Claro! La pizza no se va a mover —bromea con una sonrisa y se acerca tanto a mí que nuestros tenis se rozan—. ¿Me lo explicas en mi casa?

—Sí, claro, faltaría más —contesto de forma atropellada mientras me aparto de la puerta del copiloto para que suba al coche y me dirijo a mi puerta.

Respiro hondo antes de entrar y que su perfume me golpee fuerte.

Arranco para concentrarme en conducir y no en la persona que tengo sentada al lado—.

He pensado que podríamos ir a Serón, el restaurante de La Estación.

Es diferente a lo que suelen tener por aquí, pero creo que te gustará.

Por hacer algo distinto, pero si quieres te dejo sola con tu pizza .

—¡No! —grita y carraspea al darse cuenta—. Me parece un gran plan. Maite me ha hablado de él y tenía ganas de probarlo, así que por mí, perfecto.

—¡Genial! —digo aparcando en la puerta de su edificio. Quizá ha sido un poco absurdo coger el coche por dos calles—. ¿Tomamos algo antes o prefieres que te pase a buscar en un par de horas?

—Si ya estás listo, sube si quieres y así no tienes que esperarme. O vete y vuelve en un rato, lo que prefieras. —Empieza a decidir sobre la marcha, como si no tuviera claro qué quiere—. Me cambio y estoy lista. Lo que tú quieras. O podemos comer ahora la pizza para merendar.

—Si vas a tardar poco, prefiero subir —comento con una sonrisa para tranquilizarla. Apago el motor y bajamos del coche—. Pero no te pongas a preparar la pizza ahora o luego no tendremos hambre y realmente creo que te va a encantar el sitio. Además, no me gustaría perder la reserva.

—¿Has reservado sin saber si iba a decir que sí? —pregunta riendo, abriendo la puerta de la portería—. Muy osado por tu parte, ¿no?

—Prefería reservar y luego cancelar que proponerte un plan y no poder llevarlo a cabo por no prever con tiempo.

—Tiene sentido —dice entrando en su casa y dejando la puerta abierta para que la siga—. Ya sabes dónde está todo, ponte cómodo.

Desaparece por la puerta de su habitación, cerrándola con ímpetu.

Como si pensase que, si no lo hace, la fuera a atravesar.

Ojalá tuviera el valor de hacerlo, ni mil pestillos me impedirían entrar.

Es tan tentador saber que se está quitando la ropa en la habitación de al lado y, a la vez, está tan lejos de ser un objetivo alcanzable…

Decido darle intimidad y me acerco a la cocina.

Veo un plato y un vaso en el fregadero, así que me pongo a lavarlos para paliar los nervios y las ansias por estar en su casa.

Igual luego me cae la del pulpo, pero fregar los platos me relaja cuando estoy inquieto. Lo sé, soy así de raro.

Cuando estoy acabando aparece por la puerta y se apoya en el quicio para mirarme curiosa. No dice nada hasta que todo está en el escurridor y me he secado las manos.

—Estás invitado a venir a fregar siempre que quieras.

—¿Solo me quieres para eso? —pregunto acercándome, usando sus mismas palabras, y se sonroja, pero no aparta la vista—. ¿Estás lista?

—No —murmura y frunzo el ceño—. Quiero decir, sí, ya me he cambiado y podemos irnos —contesta rápido y se aparta, bajando la vista a sus pies—. ¿Dónde quieres ir antes?

—Había pensado aparcar donde La Estación e ir andando al Cruce, a tomar algo hasta que sea la hora de cenar. A no ser que prefieras hacer otra cosa.

—¿Sabes qué me apetece y que no he podido hacer desde que he llegado? —dice ilusionada y luego cambia su expresión, como si se estuviera arrepintiendo de lo que había pensado.

—Dime, si está en mi mano, lo haremos —la animo con una sonrisa.

—Me apetecía, pero igual a ti no, ir al Calar Alto, a ver anochecer —susurra sin mirarme y menos mal, porque mi cara de sorpresa e ilusión no creo que hubiera podido disimularla. Me encanta subir al observatorio.

—¡Pues vamos! —propongo acercándome a la puerta—.

Pero deberías llevar una chaqueta —le recuerdo y se ríe mientras coge un bolso grande desde el que sobresale mi sudadera—.

Menos mal que te la regalé, si no, no tendrías nada que te abrigase —bromeo y me saca la lengua mientras cierra la puerta de casa y empieza a bajar las escaleras.

—Me gusta, es calentita y mi ropa de invierno está dentro de una caja que no me apetece desempaquetar —se queja.

—¿Eso quiere decir que vas a robarme más sudaderas? Lo digo por echar un par o tres en el maletero.

—Yo lo haría, solo por si acaso —comenta acercándose a la puerta del copiloto. Una vez dentro, cambia de tema—: ¿Cuánto hace que no subes?

—Desde abril, creo. Me gusta ir a despejar la mente, me ayuda a pensar.

—A mí también me ha gustado siempre —me cuenta, aunque es algo que ya sabía—. En Cádiz iba a la playa, pero no es lo mismo.

—Bueno, pero seguro que ayudaba también. Por cierto, la chica con la que has salido del colegio, ¿la conozco? Me ha sonado mucho su cara.

—Sí, hubo un tiempo que salía con nosotras. Es de Caniles.

—Será eso —comento y cambio de tema—. ¿Cómo vas con tus peques?

Cuando llegamos al Calar Alto, una hora después, sigue relatándome anécdotas como si el tiempo no importase cuando se trata de su trabajo.

Me encanta la pasión que pone cuando habla de ello, me pasaría días escuchándola.

Bajamos del coche y nos envuelve un silencio cómodo mientras respiramos hondo y empezamos a pasear.

Meto las manos en los bolsillos de los vaqueros para no tener la tentación de coger las suyas y damos vueltas hasta que se sienta en una roca para observar como el sol se va, bañando todo de colores anaranjados.

Me siento a su lado y pasamos los minutos así, solos los dos, mirando cómo se acaba el día y empieza la noche.

En ese momento me doy cuenta de lo diferente que fue la única vez que subí con Jessica, que no paraba de hacerse selfis y no me dejó disfrutar del momento comentando absolutamente todo, aunque una de esas fotos acabó en nuestro dormitorio, de las pocas cosas que pude elegir.

De repente, las palabras salen de mi boca sin poder evitarlo:

—Deberíamos hacernos una foto.

Me mira sorprendida, pero asiente, sacando el móvil del bolso.

Aprovecha el movimiento para dejar la sudadera a un lado.

Alza el móvil con la cámara enfocándonos y sonreímos, pero solo sale la mitad de nuestras caras.

Lucía se ríe y se acerca a mí, hasta que nuestras cabezas están casi pegadas y su hombro está apoyado en el mío.

El segundo selfi es un desastre porque los dos salimos tan serios que parece que nos hayan obligado a hacernos la foto.

Sin pensar mucho en mis movimientos, la cojo de la cintura y la siento en mis piernas, para apoyar mi barbilla en su hombro.

Cuando vuelve a alzar el móvil, le hago cosquillas en la cintura y suelta una risa junto a un gemido de sorpresa.

La piel bajo mis dedos se eriza y le recoloco la camiseta para que no coja frío, poniendo mi mano en su barriga.

Conseguimos hacer la foto con los dos sonriendo y cojo la sudadera para ponérsela, colocando la capucha tapándole la cara y robándole el móvil para hacer un selfi justo en ese momento.

Voy dándole al botón mientras intenta recuperarlo y así, entre risas, nos olvidamos del anochecer que hemos venido a ver.