8. Adri
Adri
¡Joder, qué susto me ha dado Aitana! Mi hermana me observa desde la puerta de mi despacho, aguantando la risa mientras intento no fulminarla con la mirada.
Alzo la ceja ante su silencio, pero eso solo provoca que se rompa su contención y acabe riéndose a carcajadas mientras se tumba en el sofá del despacho.
Decido ignorarla mientras acabo de cuadrar, por enésima vez este mes, los horarios de los entrenamientos y partidos.
Cuando termino, me siento al lado de mi hermana mayor, que suelta el móvil al instante.
—¡Hermanito! —Me abraza como si hiciera un mes que no nos vemos y beso su cabeza. Siempre hace lo mismo, incluso aunque nos hayamos visto hace tan solo dos días. Admito que me encanta—. ¿Me invitas a cenar?
—¿Otra vez con la nevera vacía? —me burlo mientras cojo la chaqueta y la insto a seguirme fuera—. Sabes que no se llena sola, ¿verdad?
—Tenía comida, solo quería pasar un rato con mi hermano favorito —comenta con una sonrisa que no engaña a nadie.
—Me sentiría halagado si no fuera porque soy tu único hermano.
—Seguirías siendo mi favorito —susurra como si fuera una confidencia y se cuelga de mi brazo. Se me escapa una sonrisa cuando recuerdo a Lucía cogida de la misma forma—. Esa sonrisa de gilipollas enamorado que tienes, ¿se debe a cierta maestra que ha vuelto después de diez años?
—Puede —admito, porque es peor no hacerlo. Además, nunca he tenido secretos con ella—. El viernes cenamos juntos, el sábado la acompañé a casa y ayer vino a vernos jugar.
—Como todo un caballero, así me gusta, hermanito. —Nos dirigimos a un bar que hay frente al pabellón y que le encanta a Aitana. Mi hermana espera a que pidamos para seguir con la conversación—. Y ¿piensas quedar más con ella o ha sido algo casual?
—Nos chocamos por la calle cuando ella salía del trabajo y una cosa llevó a la otra.
—¿Qué hacías por allí? Está lejos de tu casa —pregunta extrañada. Cuando ve que no contesto, pone una sonrisa pícara—. ¡No fue casual que os encontraseis! ¡Serás bribón!
—¡No fue exactamente así! —exclamo y bajo la voz cuando varios clientes del bar nos observan curiosos—. Y no grites, que no le importa a nadie.
—Pues a mí sí. Y mucho. Desembucha.
—Tenía que llevar un equipamiento a uno de los chavales del alevín para el partido de mañana en Caniles. Una vez se lo di, rodeé el colegio un par de veces, a ver si me encontraba con ella. Cuando iba a volver a casa, nos chocamos.
—¡Qué bonito!
—Deja de montar castillos de arena.
—Aguafiestas. —Me saca la lengua mientras se ríe y coge una croqueta.
En cuanto la muerde, se quema y es mi turno de reír.
En el momento en que parece que vuelve a sentir la lengua, sigue hablando—: Voy a obviar que no me has explicado cómo acabaste llevándola a casa el sábado y si hubo o no un beso de despedida.
¿Vais a volver a quedar? ¿Vas a lanzarte a por ella o vas a seguir suspirando sin hacer nada mientras otro u otra sí tiene agallas?
—No hubo beso de despedida, en la boca al menos. —Aitana sube y baja sus cejas. Decido ignorarla—. Somos amigos y vamos a salir como amigos. Fin.
—Lucía y tú nunca habéis sido amigos, Adri. Deja de decir gilipolleces. Lo que te pasa es que te da miedo que te rechace, porque mientras no te lances, la posibilidad seguirá ahí.
—Marcos ya me ha dejado claro que es intocable.
—Otro idiota a la ecuación. Me preguntaba cuándo aparecería… —Rueda los ojos y niega con la cabeza—. Lo que opine él debería darte igual. A no ser que lo uses como excusa.
—No es eso.
—Sí lo es, pero, por favor, continúa. A ver si así te convences a ti mismo.
—Tana… —El apodo, que solo uso cuando me cabrea, hace que se calle y me preste atención—. Lucía acaba de volver, solo quiero estar a su lado si me necesita.
—Está bien, pero entonces, si eso es verdad, deberías estar. No puedes dejar que fluya con encuentros casuales por la calle. Hazle saber que te tiene disponible, que puede contar contigo si tiene un mal día o si le apetece tomarse una cerveza.
—Eso me gustaría.
—Pues hazlo —dice con una sonrisa—. Si es lo que quieres, si realmente quieres ser su amigo, sé su amigo. Uno de verdad. Estoy segura de que después de eso llegaréis a ser algo más.
—Ese no es el objetivo.
—No será el tuyo, pero sí el mío —admite sin despeinarse, pinchando una patata frita. Ruedo los ojos, no tiene remedio—. ¿Tan malo sería?
—No —le concedo apurando la cerveza para infundirme valor. Estoy seguro de que Aitana va a contradecir cada palabra que diga—: Pero no va a suceder. Lucía nunca ha querido nada conmigo y nunca lo querrá. Para ella solo soy el amigo de su hermano.
—Entonces, has fijado bien tu primer objetivo: ser su amigo. Más adelante hablaremos de los siguientes. —Sigue comiendo como si nada y alzo una ceja mirándola, no me creo que se rinda tan pronto—. ¿Cuándo vas a volver a quedar con ella?
—No lo sé. Supongo que nos encontraremos…
—¡Mec! ¡Mal! Con los amigos se queda, con los conocidos nos encontramos por casualidad y, si nos caen bien, igual nos tomamos algo. Las cosas no se dejan al azar. Tracemos un plan.
—No me gustan tus planes.
—Pues empieza a pensar opciones o las pienso yo —sentencia y trago con dificultad.
Dejar en manos de mi hermana algo tan importante no es una opción, nunca le sale bien ningún plan y lo sabe, pero la sonrisa que tiene en la boca ahora mismo me indica que ha conseguido su objetivo: que yo mueva ficha. No, no puedo dejar que Aitana se meta o será un completo desastre.